Por
Jaime Nubiola
Profesor de
Filosofía
Universidad
de Navarra
En
La Gaceta de
los Negocios (Madrid)
21 de abril de 2006
Casi todas las personas con las que me
encuentro suelen decirme, lamentándose, que
están agobiadas porque les falta tiempo. Se
trata, al parecer, de una consecuencia
inevitable del estilo de vida actual que
lleva a dormir poco, ir a todas partes
apresuradamente, comer rápido y trabajar
deprisa. Hasta mis estudiantes, que
realmente no tienen otra cosa que hacer que
estudiar, se quejan —sobre todo en época de
exámenes— de que están agobiados porque les
falta tiempo para preparar cada materia como
les gustaría, y los más responsables achacan
esa carencia de tiempo a que lo han perdido
en los meses o semanas precedentes. En esas
ocasiones, como hacía el inolvidable
profesor de El club de los poetas
muertos de Peter Weir, les hablo del
carpe diem de los estoicos, de
aquel sabio "aprovecha el día", vive el
presente, disfrútalo a fondo, que en época
de exámenes se traduce en "estudia ahora
todo lo que puedas".
Siempre me ha intrigado esta metáfora del
tiempo como un recurso valioso, pero
limitado, que contrasta tanto con la
experiencia filosófica universal de que sólo
existe realmente el tiempo presente, el
ahora. George Lakoff y Mark Johnson en su
luminosa obra Metáforas de la vida
cotidiana detectaron que en nuestras
expresiones más comunes está muy presente un
concepto metafórico del tiempo en cuanto
dinero: alguien nos hace perder el
tiempo, un invento nos ahorra
tiempo, a otro le sobra tiempo o lo
malgasta y docenas de expresiones
más. Como explican estos autores, "en
nuestra cultura el tiempo es una cosa
valiosa. Es un recurso limitado que
utilizamos para alcanzar nuestros
objetivos". En nuestra cultura occidental el
concepto de trabajo está estrechamente
asociado con el tiempo que lleva realizarlo.
El tiempo se cuantifica con precisión y se
paga a quien trabaja por horas, semanas o
meses: el tiempo se convierte así en dinero.
"De forma análoga al hecho de que
actuamos como si el tiempo fuera una
cosa valiosa, —concluyen— concebimos
el tiempo de esta manera". Es decir,
entendemos y experimentamos el tiempo como
un recurso que se agota como la llama
temblorosa de una vela que se termina o el
depósito de gasolina del coche una vez
encendida la luz de reserva. Sin embargo, en
realidad no parece necesario conceptualizar
el tiempo de esta manera y, por supuesto, no
es la imagen más adecuada para un trabajo
gustoso y una vida feliz.
El economista Fernando Trías de Bes en su
sátira sobre el sistema económico titulada
El vendedor de tiempo ha visto esto
maravillosamente bien. Su protagonista, un
tipo corriente, descubre que lo único de lo
que los ciudadanos de nuestra sociedad
carecen es de tiempo y se plantea vender
tiempo envasado, primero en frascos de cinco
minutos, después en cajas de dos horas y
finalmente en enormes contenedores de 35
años. El éxito del producto es tan grande
que subvierte todo el sistema económico.
Merece la pena una lectura detenida de este
libro publicado el pasado año: es sugerente,
imaginativo, divertido y, por tanto, hace
pensar. De forma análoga, cuántos que han
intervenido en negociaciones laborales han
descubierto con sorpresa que los empleados
no reclamaban un incremento salarial, sino
que pedían sobre todo más días de
vacaciones, más tiempo para ellos y sus
familias.
Hace algunos años tuve ocasión de comprar un
hermoso reloj de pared. El relojero lo trajo
a casa para instalarlo y lo hizo cuidadosa y
acertadamente. Al terminar su tarea, lo miró
con legítima satisfacción por el buen
trabajo realizado y leyendo en voz alta el
lema latino que ostentaba el reloj,
Tempus fugit, me lo tradujo con cierta
solemnidad: "Mide el tiempo". Sin duda, el
experto relojero no era tan buen conocedor
del latín como de su oficio, pero con
aquella traducción estaba corrigiendo esa
errónea percepción del tiempo como algo
fugaz, que se escurre sin darnos cuenta como
el agua entre los dedos. Los relojes miden
el tiempo, no lo encadenan: el tiempo no
huye en pos del segundero. Más bien, el
tiempo es algo que se lleva dentro y que
sólo es fugaz para quien no es capaz de
prestar atención al presente, a la tarea
grande o pequeña que tenga en cada momento
entre manos.
Quien se queja de falta de tiempo de
ordinario de lo que carece es de la
capacidad de atender a una sola cosa
en cada momento. Tiene la cabeza llena de
una docena de actividades y se distrae
continuamente porque su imaginación va
saltando rápidamente de una actividad a
otra. Todos tenemos experiencia de cuánto
potencia nuestro trabajo el hacer listas de
las tareas pendientes, asignándoles en
nuestro calendario personal los espacios
oportunos de tiempo para llevarlas a cabo.
Eso deja libre nuestra atención para
concentrarse en la única tarea
verdaderamente importante que es la que
tenemos en cada momento delante. A decir
verdad, el secreto de las personas eficaces
no está en las listas y en la agenda, sino
sobre todo en hacer una cosa detrás de
otra. Las personas que hacen una cosa
detrás de otra son realmente las personas
que hacen más cosas, las que de ordinario
disfrutan más llevándolas a cabo y, por
supuesto, las que tienen espacio mental para
atender a una persona o tarea imprevista que
necesita atención o cuidado.
Por el contrario, quienes viven
apresuradamente, corriendo de acá para allá
y haciendo media docena de tareas a la vez,
se sienten muy agobiados y nos agobian a los
demás. Les falta tiempo porque dispersan su
imaginación en actividades distintas en vez
de concentrarla en la única importante que
es la tarea que tienen delante. Las prisas
nacen casi siempre de la imaginación que
trata de prestar atención a lo que tenemos
que hacer después o quizás a lo que nos
gustaría hacer, en lugar de atender a lo que
realmente tenemos que hacer en un
determinado momento. Al entrar en la
biblioteca de mi Universidad, paso todos los
días por el lugar donde San Josemaría
Escrivá pronunció una memorable homilía en
una soleada mañana de octubre de 1967 ante
varios millares de personas. Han pasado casi
cuarenta años, pero sus palabras, con fuerte
acento aragonés, quedaron grabadas en mi
memoria. Todos los días al pasar por allí
recuerdo su cita con voz fuerte y pausada de
aquellos sencillos versos de Machado:
"Despacito y buena letra: / el hacer las
cosas bien / importa más que el hacerlas".
¡Cuánta sabiduría encerrada en tan pocas
palabras!
Sin duda, hay algo profundamente humano en
la capacidad anticipadora de la imaginación
y en la capacidad evocadora de la memoria,
pero ambas potencias requieren el gobierno
de la voluntad. Esto, que ya fue descubierto
por los antiguos griegos, parece haber sido
olvidado por quienes se quejan tontamente de
que les falta tiempo. Lo que hay que
decirles es que no les falta tiempo, sino
que más bien quizá flaquea su atención,
porque se escapa su imaginación a otras
tareas. Carpe diem! Aprovecha el
día, el presente, que es el único tiempo que
hay.