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JUAN VICENTE BOO
Coresponsal de ABC en Roma
La confusión de ideas puede acabar con la vida civil y con la democracia. En un gigantesco esfuerzo clarificador, Juan Pablo II aprobó el primer vademecum para políticos católicos, a quienes pide más coraje y más coherencia. El texto, presentado el 16 de enero de 2003 en el Vaticano, advierte que «algunas organizaciones católicas apoyan fuerzas y movimientos políticos contrarios a la enseñanza moral». Del mismo modo, «algunas revistas y periódicos orientan a los lectores de modo ambiguo e incoherente».
El texto de 19 páginas, escrito por el cardenal Joseph Ratzinger y aprobado expresamente por el Papa, es una fortísima llamada a la responsabilidad personal y a la claridad de ideas en un momento confuso «que marca el final de una época, en la incertidumbre ante la nueva que emerje en el horizonte». El primer documento político de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha hecho necesario visto que «últimamente, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación». Las leyes precipitadas sobre fecundación artificial o sobre parejas de hecho son algunos ejemplos.
El Santo Padre y su principal colaborador en asuntos doctrinales comienzan por distinguir entre el pluralismo político -legítimo y positivo- y el relativismo moral -«como si todas las concepciones de la vida tuviesen igual valor»- que además de ser negativo puede destruir la democracia, como se ha visto en varias experiencias tristes a lo largo del siglo XX.
El Vaticano advierte que «la democracia sólo es posible en la medida en que se funda en una recta concepción de la persona. Se trata de un principio en el que los católicos no pueden admitir componendas. La estructura democrática sobre la que se construye un Estado moderno sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona». Por ese motivo, el Papa exhorta a los políticos católicos a no ceder ante el avasallamiento de los los derechos de los más débiles, como sucede con la experimentación sobre embriones, el aborto, la eutanasia -«que no hay que confundir con el rechazo, moralmente legítimo, del ensañamiento terapéutico»-, el abuso de menores, las «modernas formas de exclavitud» y la prostitución. En este sentido, el documento representa un reproche explícito a la cobardía de los políticos en países de mayoría católica donde no se ha protegido a los más débiles.
Actuar con optimismo
El documento titulado «El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política» es una invitación a actuar con optimismo. Subraya que todos los laicos tienen la responsabilidad de intervenir «en la multiforme acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural» y que los políticos tienen que poner mucho más empeño en lograr el bien común y la justicia, sin acoscumbrarse a situaciones corruptas o a modas intelectuales.
Su acento en la libertad política de los católicos y la legitimidad del pluralismo político le permite combatir el «pluralismo moral», el pensar que «cualquier ética vale», lo cual es una manifestación de «relativismo cultural». El desprecio a la «vida sin valor» de los deficientes mentales en Alemania o la primacía del Estado sobre el individuo en la Rusia de Lenin fueron los primeros pasos hacia las grandes catástrofes humanas del siglo XX.
El documento reitera que «el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos», por lo que defiende explícitamente la «laicidad» de la vida pública, «entendida como la autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica, pero nunca de la esfera moral».
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