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EL VALOR DE SER CATÓLICOS (Pablo Cabellos Llorente)

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Pablo Cabellos, Valor creativo de la fe

Valor creativo de la fe



Es equivocada la actitud que divorcia la fe de la vida. El laicismo y el relativismo han calado también en algunos cristianos, hasta hacerles pensar que la fe es algo privado. Y no es así, porque tal afirmación supone desconocer la esencia del evangelio

Por Pablo Cabellos Llorente
Arvo Net, 21.03.2006

En su obra Verdad, valores, poder , el cardenal Ratzinger alertaba frente a una fe sobrellevada como carga. Podría pensarse en la fe como problema del que la tiene o también del que no la posee y se sitúa enfrente. A veces, se contempla como obstáculo para realizar determinadas actividades. La fe no es eso: ni carga, ni problema ni obstáculo. Para nadie. La fe cristiana es siempre positiva, lleva dentro el signo más, porque mueve al respeto, a la tolerancia, a la libertad, a la paz, al amor en definitiva.

Pero deseo referirme a la creatividad de la fe para resolver los problemas de nuestro mundo, para convertirlo en la civilización del amor. La fe se enraíza en Dios –creemos por Él–, pero no mueve a un espiritualismo descarnado, sino que, como tantas veces recordó Juan Pablo II, se interesa por todo lo humano, hace del hombre el camino de la Iglesia. No hay –por circunscribirlo a un tema– competitividad entre el mundo de la razón y de la fe. Al contrario, se potencian y se ayudan. Así se encuentran en la ocupación más ordinaria de los hombres, el trabajo, que es siempre creador y “testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia, medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vive, y al progreso de toda la humanidad” (san Josemaría).

La fe impulsa a interesarse por todas las vicisitudes de la historia humana, a la búsqueda que mejora la vida de los hombres, a los avances técnicos o científicos, a la lucha por la paz, por la ecología, por la libertad de las personas y los pueblos, por la erradicación de la pobreza y la marginación, por la promoción de la mujer...

El fundador del Opus Dei, que animaba a los cristianos a estar presentes en el mismo origen de los cambios, escribió en Surco : “Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:

• amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

• afán recto y sano –nunca frivolidad– de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía, en la interpretación de la historia...;

• una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

• y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida”.

Con esas pautas y con otras, todas con el empuje de la fe, la Iglesia construyó –y construye–catedrales, universidades, hospitales y ha sido pionera en tantas campos, sobre todo en educación y en atención a los más necesitados. Mueve la fe pero, como afirmó Gilson, también hay matemáticas, filosofía, pedagogía, medicina, etc; es decir, un impulso cristiano que no es ajeno a la ciencia, a la técnica, al arte, al trabajo. El Concilio Vaticano II alentó a los cristianos a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. “Se equivocan los cristianos que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas.’’

Pero también se refirió el Concilio a la equivocada actitud que divorcia la fe de la vida. El laicismo y el relativismo han calado también en algunos cristianos, hasta hacerles pensar que la fe es algo privado. Y no es así, porque tal afirmación supone desconocer la esencia del evangelio: la fe atraviesa medularmente a cada persona, el cristiano es totalmente otro Cristo. Por tanto, su unidad de vida le pide serlo siempre, tanto cuando le impulsa a ser puntero en su trabajo, como si le exige discrepar de algunas formas de pensamiento. Es verdad que no impone nada –como no debe imponerlo nadie– pero ofrece lo que tiene, y procura, sin violencias ni complejos, llevarlo a la vida de las personas y de la sociedad. Así, gana el hombre, la libertad y la ciencia. No es aceptable que se imponga el secularismo y no puedan ofertarse las soluciones cristianas; soluciones variadas, sin que el hecho de ser católico signifique “formar grupo, ni siquiera en lo cultural e ideológico, y, con mayor razón, tampoco en lo político” ( Conversaciones ).

Sin embargo, en algunos ambientes, se mantiene la acusación de que la Iglesia se opone a la ciencia. No es cierto: la Iglesia ama la ciencia, pero evita que se haga contra el hombre. Todo esto sucede –decía el cardenal Ratzinger– cuando el arte, la ciencia o la técnica pretenden que se puede hacer todo lo que el hombre es capaz de hacer. Esta autonomía respecto al Creador, y a cualquier ley moral, es la forma más grave de pecado, pues consiste en que el hombre niega el hecho de ser criatura, porque no quiere respetar la medida ni los límites que trae consigo. Más, el ser humano pretende ser Dios mismo.

Muchos recordamos aquellas palabras con las que Juan Pablo II iniciaba su pontificado: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!”.
 

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Arvo Net, 21/03/2006

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