Rodrigo Guerra López
La incongruencia entre fe cristiana y
vida social es uno de los signos de la
fragilidad humana. Todos somos limitados
y cometemos continuamente faltas que
traicionan nuestra identidad como
creyentes en Cristo. San Pablo con gran
realismo confiesa que frecuentemente no
hace el bien que quiere y por el
contrario hace el mal que aborrece. Esta
expresión muestra que la condición
humana no ha cambiado mucho en veinte
siglos. Ayer y hoy los cristianos
fallamos y, por lo tanto, estamos
necesitados de una ayuda gratuita más
grande que nuestras fuerzas que nos
permita corregir y continuar.
La incongruencia no sólo afecta nuestra
relación de amistad con Dios. Existe
también una dimensión de la
incongruencia que si bien es secundaria
resulta sumamente relevante desde un
punto de vista cristiano-misional y
político: lo que hace creíble a la fe y
a las propuestas sociales inspiradas en
ella es precisamente el testimonio que
los actores brindan de que es posible
vivir de acuerdo a Cristo y a los
valores que se desprenden de su
encuentro.
La mercadotecnia, por eficaz que sea, no
puede lograr lo que realiza la
coherencia entre fe y vida. La
coherencia fe-vida muestra precisamente
que la vida puede configurarse de modo
diverso a la lógica del poder. Además,
la coherencia genera confianza y la
confianza es una realidad cualitativa
sin la cual la vida social naufraga.
Vale la pena insistir: un apasionado y
emotivo discurso, un magnífico «plan
estratégico», un rostro resuelto en un
cartel de propaganda no pueden sustituir
el mensaje que transmite la vida entera
transformada por Cristo.
Los católicos involucrados en
actividades políticas no podemos olvidar
este aspecto fundamental. La
credibilidad de la dimensión social del
Evangelio se juega en cierto grado en
nuestra coherencia personal, en nuestro
testimonio privado y público.
Por esto puede ser muy grave que quienes
hemos encontrado a Cristo poco a poco lo
coloquemos en un papel secundario –
meramente “motivacional” – al momento de
actuar en la vida pública. Más grave aún
es el caso de quienes al momento de
decidir subordinan las exigencias éticas
de la fe al pragmatismo de la
racionalidad puramente instrumental.
Un ejemplo puede ilustrar un poco esta
situación: hace no mucho en un Estado
gobernado por el Partido Acción
Nacional, el católico dirigente
municipal del Partido y su equipo
promovieron la realización de un
espectáculo con desnudistas
profesionales para recaudar fondos. Esto
que de suyo implicaba una contradicción
con el humanismo político de inspiración
cristiana que habita en su declaración
de principios se complicó aún más cuando
el gobernador, católico confeso, prestó
una instalación pública para 5000
personas con el fin de realizar dicho
evento. El lleno fue total. El
argumento partidista no podía haber sido
más débil: «no podíamos retractarnos
porque tendríamos que haber pagado una
multa». El argumento del gobernador fue:
«todos los ciudadanos tienen derecho de
organizar eventos y, en su caso, de
utilizar instalaciones públicas…
Además: no hay que ser tan mochos, sería
más dañino el oponerse».
En efecto, los espectáculos con
desnudistas pueden no gustar a algunas
sensibilidades que por motivos éticos o
religiosos afirman el valor de la
dignidad de la persona, del matrimonio y
de la familia. Es razonable pensar que
un gobierno humanista ha de tolerar
muchas cosas que suceden en la sociedad
y que afectan al bien común (incluidos
muchos tipos de espectáculos con
desnudos). No se pueden combatir todos
los males sociales de una vez. El más
elemental realismo político debe de
acompañar siempre a un gobernante o a un
dirigente partidista católico en estos
temas. Sin embargo, lo que rebasa las
fronteras de la tolerancia y se vuelve
complicidad es precisamente la
colaboración activa con algo que en
conciencia se sabe un mal: no está bien
promover activamente un evento
que lastima la dignidad de las personas,
del amor, del matrimonio, de la familia
con tal de obtener (o de no perder)
dinero. No está bien autorizar el
uso de instalaciones públicas para algo
que afecta el bien común.
En política es importante tener claro
cuales son los mínimos éticos que es
preciso respetar. Si el político es
además católico los mínimos éticos son
sumamente explícitos a menos que
cínicamente se subordinen los contenidos
básicos de la antropología cristiana a
los intereses del poder. Los mínimos
éticos no se pueden violar ni siquiera
mínimamente. Ellos coinciden con los
absolutos morales, es decir, con esas
pocas normas que no admiten excepción en
ninguna circunstancia. Una aplicación
elemental de esta doctrina es: «si eres
católico y haces política, tendrás que
tolerar muchas cosas malas que no puedas
corregir, sin embargo, nunca has de
colaborar activamente a su realización a
menos que te encuentres en una situación
de estricto mal menor, es decir,
si es totalmente imposible obrar el
bien».
La incongruencia entre la fe y la vida
en los políticos católicos lastima a la
vida y lastima a la fe. El daño es
importante por motivos estrictamente
religiosos y también por motivos
estrictamente políticos ya que el anhelo
de congruencia en nuestras sociedades
hoy más que nunca es muy grande.
Tomás Moro sabía de las infidelidades de
Enrique VIII con su amante Ana. Sabía
que un problema de vida privada podía
tener consecuencias graves en el orden
público. Tomás oraba por el Rey, por su
conversión, y le ayudaba como Canciller
para que su ejercicio del poder fuera lo
mejor posible. Sin embargo, más pronto
que tarde, la vida privada desordenada
de Enrique trascendió al ámbito público.
Cuando una fragilidad personal se
transforma en acto de gobierno, en
legislación o en política pública el
católico no puede sino mostrar con
claridad su propia convicción y actuar
con coherencia. Un católico no puede
secundar una acción intrínsecamente mala
y menos si esta afecta gravemente el
bien común. La coherencia de vida de
Tomás tuvo consecuencias. El Rey terminó
condenándolo a muerte por no firmar un
acta que implicaba la traición a su fe.
Sin embargo, a través de su muerte logró
mostrarnos que la vida puede ser de otro
modo, puede responder a valores
elevados, puede responder en el fondo a
Cristo que antes ya había dado su vida
por todos.
El “triunfo político” de Enrique al
darle muerte a Tomás fue también su
derrota. Enrique VIII fracasó en su
humanidad al darle muerte a su fiel
colaborador. Por otro lado, Tomás
triunfó en un sentido real aunque
no-político: afirmó con su vida que el
poder no se basta a sí mismo sino que
sólo adquiere sentido cuando se pone al
servicio de la verdad y de la bondad.
La congruencia entre fe y vida no es
fácil. A veces es dramática. Sin
embargo, la gracia existe en nuestra
historia precisamente para hacerla
posible. Ser fiel a la verdad
descubierta en Cristo puede implicar
incomprensión y dificultad. Sin embargo,
la vida política no podrá ser diferente
(realmente diferente) si no existen
hombres y mujeres dispuestos a renovarla
a través de la fidelidad a Aquel que ya
venció a la muerte y al mal.
R.G.L.
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