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EL VALOR DE SER CATÓLICOS (Antonio R. Rubio Plo) |
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Tony Blair: Política, ética y cristianismo
Tony Blair:
Política,
ética y cristianismo
Antonio
R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones
Internacionales
en analisisdigital.com
Una conversión es siempre un asunto muy
personal aunque tenga repercusiones
externas. Acerca de su trayectoria sólo
sabremos lo que quiera decirnos la
persona interesada, pues somos incapaces
de escrutar las conciencias. El
protagonismo habría de ser para un Dios
que mueve los corazones, pues solemos
olvidar a menudo que las conversiones no
son un final de historia sino más bien
un principio. La vida del convertido
debería de ser la crónica de una
perseverancia, con todos sus altibajos,
pues nuestra fragilidad bien nos puede
llevar a desandar lo andado.
Pero un convertido nunca podrá librarse
de juicios y especulaciones, que suelen
aumentar si es un personaje público. Tal
es el caso del ex primer ministro
británico Tony Blair, recibido en la
Iglesia Católica pocos días antes de
finalizar 2007. Blair ha sido discreto a
la hora de expresar su vivencia personal
aunque no hace mucho tiempo no dejó de
llamar la atención sobre la ausencia de
la religión en la vida pública europea,
y en particular la británica: todo un
contraste con Estados Unidos. Pero esto
no es un hecho de ahora: entre los
primeros ministros de Gran Bretaña de
los últimos dos siglos no abundan los
políticos que fueran practicantes. No lo
era desde luego el más prestigioso de
todos ellos, Winston Churchill, que en
sus discursos no dejó de aludir
vagamente al Todopoderoso, aunque su
formación intelectual estuvo muy marcada
en su juventud por la lectura de The
Martyrdom of Man de Winwood Reade,
obra de ecos darwinistas y casi
niezstcheanos en la que se exalta al
hombre como único amo de su propio
destino en un mundo hostil. Quizás una
excepción fuera la del liberal William
Gladstone, un personaje con el que
algunos historiadores han comparado a
Blair. Desde los bancos de la oposición,
Gladstone protestaba en 1876 por la
pasividad del conservador Disraeli en
los Balcanes que no quería quebrantar el
sacrosanto principio de equilibrio en
las relaciones internacionales. A
diferencia de lo que se había hecho con
los griegos unas décadas antes, Gran
Bretaña no prestó ayuda a la rebelión de
Serbia y Montenegro contra los otomanos.
Blair, en cambio, impulso la
“intervención humanitaria” de la OTAN en
Kosovo en 1999, seguidas de otras
intervenciones británicas contra los
talibanes en Afganistán o contra los
“señores de la guerra” en Sierra Leona.
Siendo primer ministro, Gladstone
favoreció un proyecto de autonomía para
Irlanda que no saldría adelante por la
oposición de los conservadores. Más de
un siglo después, Blair desempeñó un
destacado papel en el proceso de
pacificación del Ulster. En estas y
otras iniciativas de Tony Blair hay un
acusado trasfondo ético que no puede
desvincularse de sus convicciones
cristianas, pese a que en otros temas
como el del aborto un partido como el
laborista no se ajuste a la defensa
cristiana del derecho a la vida desde su
concepción.
Blair estaba convencido en 2003 que el
derrocamiento de Sadam Hussein era un
episodio de la lucha de la libertad
contra las tiranías. Habría convencido a
algunos sectores de una opinión pública
antibelicista si la posguerra de un
terrorismo cruel y extremista no hubiera
empañado una arrolladora victoria
militar. Irak contribuyó al desgaste
político del primer ministro que, pese a
su tercera victoria electoral en 2005,
tuvo que abandonar el poder dos años
después para no comprometer más las
posibilidades de su partido. Después de
todo, no resulta sencillo defender una
política exterior como la de Blair en
una época de auge del multiculturalismo
y el relativismo, que han arraigado con
fuerza en círculos intelectuales y
grandes sectores de la opinión pública
en Occidente. Tienen mucho peso las
voces que critican toda idea de extender
la democracia y el respeto de los
derechos humanos más allá de las
fronteras occidentales, e incluso en el
interior de esas fronteras no son pocos
los que defienden excepciones culturales
a la hora de aplicar las normas de un
Estado de Derecho.
En estos momentos de regreso a
actividades privadas, compatibles con su
poco agradecido papel de mediador en
Oriente Próximo, Tony Blair ha dado el
paso para convertirse al catolicismo. No
se conocen grandes detalles de este paso
trascendental en su vida pero si
consideramos que las grandes decisiones
no suelen ser improvisadas, habrá que
remontarse a sus lecturas de sus años de
estudiante en Oxford, unas influencias
no siempre valoradas por quienes
analizan su trayectoria política. Blair
reconoció en diversas ocasiones su
admiración por el pensamiento del
filósofo escocés John Mac Murray
(1891-1976), cuyas obras prologó en
1992. El presbiteriano Mac Murray se vio
impactado por los horrores de las
trincheras del frente belga en 1915:
terminó rechazando el rigorismo moral de
sus orígenes calvinistas, y se consideró
cristiano al margen de toda Iglesia
organizada. Sus charlas radiofónicas en
la BBC en los años 30 le dieron una
cierta popularidad, y desde esa tribuna
proclamaría, por ejemplo, que es la
amistad, el fundamento del cristianismo,
en unal interpretación de Jn 15, 15: “Ya
no os llamo siervos...os he llamado
amigos”. Mac Murray criticaba el
platonismo y el racionalismo cartesiano,
pensaba que los individuos prosperan en
comunidades fuertes, y que unos deben
apoyarse en otros. Afirmaba también que
“la vida humana es intrínsecamente
una vida en comunidad”. Este
comunitarismo se encontró entonces –y
mucho más ahora- con la oposición férrea
de un individualismo liberal que no
desea someterse al más mínimo vínculo.
Este individualismo busca hacer tabla
rasa del pasado en nombre de la libertad
y aunque sea en contra de la propia
razón. No quiere admitir que los
derechos deben ir a la par que las
responsabilidades. Si leemos en una
enciclopedia que Mac Murray gozó de su
mayor popularidad desde 1930 hasta
mediados de los 50, no es difícil
imaginarse las causas de su olvido
posterior. La contracultura de los
sesenta estaba llamando a las puertas.
Mac Murray reafirmó la diferencia entre
sociedad y comunidad: la primera es la
expresión de la necesidad mutua mientras
que la segunda es expresión del amor. La
comunidad es un vínculo más difícil de
construir. En él hay un claro sentido
moral. Lo problemático es que en nuestra
época no todo el mundo entiende lo mismo
por moral e incluso se niega la
existencia de la inequívoca dimensión
personal de la moral. El propio Blair
aseguraba certeramente en uno de sus
discursos que aspiraciones nobles de
tipo social como la construcción de
hospitales, la mejora de la enseñanza o
la lucha contra el desempleo en ningún
caso pueden ser un sustituto de una
moralidad personal. De una cosa estamos
seguros: quien afirma algo así está más
cerca del cristianismo que cualquier
simple reformador de estructuras
externas.
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Enviado por Arvo Net - 08/01/2008 |
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