
|

 |
EL VALOR DE SER CATÓLICOS (Alejandro LLano) |
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
Elogio de la ironía
|
 |
|
 |
Elogio de la ironía |
|
Buscar una alianza de civilizaciones puramente retórica y
oportunista —desde un planteamiento contrario a todo lo
religioso— sólo es posible a fuerza de superficialidad.
|
|
Por Alejandro
Llano *
La Gaceta de
los Negocios
24.06.2006
DEFINÍA Platón a los sofistas como
mercaderes ambulantes de golosinas
del alma. Y hoy está el mercado de
la información y de la cultura
repleto de chiringuitos donde se
expenden todo tipo de materiales
azucarados totalmente incompatibles
con la tan celebrada dieta
mediterránea. Pues bien, ahora, como
entonces, una de las pocas
herramientas eficaces para combatir
el abotargamiento intelectual es la
ironía. No la ironía ácida, a la que
también nos han acostumbrado los
sofistas, sino justamente la que
surge de la ingenuidad. Porque lo
más inocente de todo es llamar a las
cosas por su nombre y —como el Juan
de Mairena machadiano— ir por ahí
anunciando que la verdad es la
verdad, dígala Agamenón o su
porquero.
Por ejemplo, es verdad que la
difusión oficial del uso del
preservativo no disminuye los casos
de infección por sida, sino que los
aumenta, al fomentar la promiscuidad
y elevar estadísticamente el número
de los fallos de tan viejo y
primitivo procedimiento. Está
científicamente comprobado el hecho
de que, en África, el porcentaje de
contagiados es inverso a la
proporción de católicos entre la
población de un determinado país. Y,
sin embargo, proclamar esta
evidencia constituye una notoria
ingenuidad, dado que lo
políticamente correcto consiste en
mantener que la institución de la
Iglesia católica está perpetrando un
genocidio al recomendar la
abstención sexual fuera del
matrimonio o de una pareja estable.
El inminente riesgo de atentados en
los vuelos desde aeropuertos del
Reino Unido ha vuelto a disparar el
discurso sobre el fundamentalismo
religioso y la necesidad de promover
el laicismo para difundir una
cultura de paz. Pero se ha vuelto a
demostrar que los potenciales
terroristas, felizmente detenidos,
no eran precisamente activistas
religiosos provenientes de
conventículos orientales, sino
ciudadanos británicos de segunda
generación que han recibido una
enseñanza laica y viven en grandes
ciudades de ambiente cosmopolita. Se
repite de nuevo lo que ya vimos en
los casos del 11-S y del 11-M. El
terrorismo es una perversión de la
Ilustración radical y no surge de
ninguna vivencia religiosa
auténtica. El diagnóstico oficial
falla de nuevo.
“El alma africana y el alma asiática
están horrorizadas ante la frialdad
de nuestro racionalismo”. Lo acaba
de decir Benedicto XVI, que sabe de
lo que habla y nunca miente. La
manera de establecer un diálogo
entre civilizaciones no discurre por
la difusión de un helado
secularismo, sino por el encuentro
entre las raíces humanistas y el
hondón religioso que laten en todas
las culturas. Buscar una alianza de
civilizaciones puramente retórica y
oportunista —desde un planteamiento
contrario a todo lo religioso— sólo
es posible a fuerza de
superficialidad. Es también el Papa
quien, en la misma entrevista
reciente con periodistas europeos,
mantiene que el único camino válido
para ayudar a los países menos
desarrollados es una educación que
vaya más allá de lo puramente
técnico y logre una formación del
corazón para aprender en qué
consiste perdonar y reconciliarse.
La desesperanza ante el equilibrio
inestable —acompañado por el
enconamiento del odio— en que ha
desembocado la nueva fase de la
guerra en el Líbano manifiesta
claramente que la superioridad
técnica no basta para conseguir una
victoria. La situación de Irak lo
había anunciado. Y es que, como
decía el astuto Talleyrand, con las
bayonetas se puede hacer todo menos
sentarse encima de ellas. No resulta
cómodo.
Los heraldos de una modernidad
salvaje, en la que se hayan barrido
los últimos símbolos de la tradición
cristiana y humanista, están
tratando de erguir nuevamente un
cadáver. A estas alturas, deberían
haber completado la autocrítica que
su previo apoyo a diversos tipos de
totalitarismo materialista exigía.
Pero les cuesta demasiado aceptar la
evidencia: que lo que ha hecho
saltar por los aires sus utopías
individualistas o colectivistas ha
sido —pido disculpas por la tremenda
ingenuidad— la naturaleza humana.
Puede dársele el nombre que se
quiera, pero lo cierto es que existe
algo así como una ley natural que,
expulsada por la puerta, vuelve a
entrar por la ventana. Los anhelos
más profundos de la condición humana
no pueden ser eliminados ni por
caudillos ni por ideólogos. Acaban
por reaparecer con una tozudez
insoportable.
No es otro el fundamento del
optimismo: que la realidad trabaja a
favor de los ingenuos. Los programas
sociales que se empeñan en ir a
contrapelo de la evidencia
consiguen, sin duda, éxitos
parciales y momentáneos, porque el
poder fascina y las recetas
sofísticas seducen. Mas, al carecer
de vida, al no poder articularse
dinámicamente, acaban por abocar al
estancamiento. De ahí que la ironía
sea un recurso imprescindible frente
a los ilustrados y pedantes.
“Desconfía, hijo mío, de las
personas serias, recomendaba
Unamuno. Porque el que no sabe
reírse de sí mismo es tonto de
remate”.
*Alejandro LLano
Catedrático de Filosofía |
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
|
|
|
|
© ASOCIACIÓN
ARVO 1980-2005 |
|
Contacto:
webmaster@arvo.net |
|
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós |
|
|
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
|
 |
 |
Enviado por La Gaceta de los Negocios - 24/08/2006 |
  |
 |
|
|
|

|