Por JOSÉ GRAU
ABC, Domingo, 9.4.2006
Su apellido campea con letras
enormes, por voluntad del Papa
Camillo Borghese (Pablo V), en la
fachada de la
basílica de San Pedro. Villa
Borghese fue cedida por su familia a
Roma
SEREGNO (ITALIA). He quedado con la
atractiva princesa Alessandra Borghese
(Roma, 1963) en el Colegio Ballerini de
Seregno, un hermoso pueblo al norte de
Milán. Allí, la muchachada escolar la
recibe con vítores, igual que el rector,
don Luigi, y los profesores. El día está
nublado, pero a ratos luce el sol. La
Borghese lleva pantalones de pana
naranja y habla de su conversión, como
en su obra «Con ojos nuevos», que dentro
de unos días la pondrá a la venta en
español Ediciones Rialp. En Italia acaba
de publicar «Sete di Dio» (Sed de Dios).
—Usted pertenece a uno de los linajes
italianos más ilustres. «Con ojos
nuevos» narra su conversión. ¿Le ha dado
ahora a una representante de la «jet set»
por el esnobismo de la religión, como ha
ocurrido con otras figuras?
—¿Qué otras figuras?
—Podría mencionar, por ejemplo, a la
princesa de Éboli, que tuvo relación con
Santa Teresa de Jesús.
—Sé muy bien que quien decide exponer
sus sentimientos está siempre en el
punto de mira de todos para ser
criticado. La gente puede hablar de ese
personaje porque ha llegado a ser un
factor público. Yo quiero mostrar a los
lectores el bien que hay en mí. La razón
por la que escribo no es una razón de
exhibicionismo, como diciendo: «Ahora
que lo tengo todo, voy también a por la
religión». Es algo más importante. Es
verdad que hay una intimidad especial en
nuestro corazón, entre nosotros y
nuestro Señor. Pero hoy más que nunca,
hablar de nuestra fe es importante. La
religión es un hecho público. Por eso yo
quiero hablar, con orgullo, con
confianza, con mucho respeto, pero
también con mucha alegría, del gran
tesoro que es encontrar la fe.
—De su libro bastantes, especialmente en
Italia, han comentado que les ha
cambiado la vida. ¿Qué escritos la han
transformado a usted?
—Hay un libro de mi amigo Leonardo
Mondadori, «Conversión», que, cuando lo
leí, me dio la fuerza para redactar «Con
ojos nuevos». Hay otro libro que en
estos años me ha ayudado muchísimo a
profundizar en mi fe: «La sal de la
tierra», del cardenal Ratzinger. Pero
están también los Evangelios. Para mí,
los Evangelios son una lectura muy
importante, en la que hay que penetrar,
que ayuda decisivamente a la reflexión.
—¿Tiene usted ambición ahora de triunfar
con sus libros? ¿Su campo profesional
está orientado en este momento a la
publicación?
—Yo soy muy seria, pero no me tomo en
serio. De ahí que quiera sorprenderme.
Escribir libros para mí no es imponer un
suceso o imponer mi persona. Yo, con mis
libros, quiero hablar del misterio de la
vida, quiero hablar de Jesucristo
Nuestro Señor más que de mí. Yo uso mi
persona, mi nombre, mi educación, mi
talento para escribir y mi personalidad,
para hablar de alguien más importante
que yo, que puede cambiar la vida de
cada persona, que se llama Jesucristo.
—Se ha llegado a comentar que usted
podría suceder a Navarro-Valls al frente
de la Oficina de Prensa del Vaticano.
¿Le han hecho alguna oferta?
—Conozco a Joaquín Navarro-Valls muy
bien. Le tengo un enorme respeto. Pienso
que es la persona justa, todavía ahora,
con el Papa Joseph Ratzinger, en el
lugar justo. Nunca he pensado en
sustituirlo. No estoy lo suficientemente
preparada para un trabajo tan importante
como el suyo.
—¿Pero le han hecho alguna oferta al
respecto?
—No, no me han hecho ninguna oferta en
ese sentido.
—De alguna manera se la está poniendo a
usted como un ejemplo a seguir. ¿Teme no
estar a la altura de las circunstancias,
que algo la llevará a no tener la
intensidad religiosa que ahora parece
tener?
—No, no. Yo no me pongo como ejemplo a
seguir, sino que soy un instrumento. A
través de mis libros, doy un testimonio,
en un mundo tan complicado. Yo sólo
digo: en mi vida ha acontecido de este
modo.
—¿Pero no teme no estar a la altura de
las circunstancias en el futuro? ¿Que
cambie y no responda al ideal que
presenta en sus libros?
—Usted sabe muy bien que un converso es
un bocado muy apetitoso para el diablo.
Si actúo mal, si caigo, hago mal a
Alessandra Borghese. En un mundo como el
nuestro, Alessandra Borghese puede ser
reinventada. Yo haría mal a la Iglesia y
a Jesucristo. Para seguir en este
camino, para estar cerca de la religión,
rezo muchísimo. Yo creo en el poder de
la oración. Con la oración se puede
cambiar el mundo.
—Había oído decir que el mismo Papa
Benedicto XVI presentó su libro. ¿Es
verdad? ¿Le consta si lo ha leído y lo
que ha dicho al respecto?
—No. No es verdad. Yo conozco muy bien
al cardenal Ratzinger. Siempre ha sido
santo de mi devoción. Desde hace años lo
seguía: para oír sus conferencias, sus
homilías... He tenido también el honor
de comer con él y de conversar con él.
—¿Sabe si ha leído su libro?
—Yo se lo di en persona, pero entonces
era cardenal.
—¿No hizo ningún comentario?
—En aquel momento, no. No sé si lo ha
leído. Pero un hombre que tiene tanto
que hacer, no pienso que tenga tiempo
para leer mi librito.
—¿Se puede confiar en Dios en un mundo
en el que el mal se ve por todas partes
y en el que la experiencia vital parece
indicar que las cosas incluso empeoran
con el tiempo?
—Se puede ver un vaso medio lleno o
medio vacío. Yo siempre lo he visto
medio lleno. Hay mucho sufrimiento, hay
mucho dolor, hay muchas complicaciones.
Es difícil hoy ser católico. Somos una
minoría. Es verdad. Yo trato de buscar
el bien, y nunca de ver el mal.
—La fe, la religión, la vida de fe, ¿es
ajustarse a unas reglas?, ¿es cumplir
los diez mandamientos?, ¿qué es para
usted?
—Diría, antes que nada, que es abrir el
corazón a un misterio más grande. Pero
sobre todo a una persona que todavía
vive hoy, que se llama Jesucristo.
Jesucristo no es sólo el personaje
palestino de hace dos mil años que nos
dijeron que resucitó. Jesucristo está
vivo aún en la Eucaristía. Allí se le
puede encontrar, y ese encuentro puede
cambiar la vida. Nuestra religión no es
filosofía, no es ideología. Es un
encuentro, un encuentro de amor, porque
Él, Jesucristo, nos ha amado primero.
—¿Por qué, al parecer, su vida ha
cambiado tan radicalmente, y la vida de
tantos cristianos, por el contrario, es
tan tibia?
—Yo entiendo muy bien a los cristianos
que no cambian porque he sido uno de
ellos durante muchos años. Tenemos
miedo. Miedo de que al cambiar, al abrir
el corazón al misterio más grande, al
amor de Jesucristo, eso pueda implicar
perder nuestra libertad. Yo probé y por
eso escribí «Con ojos nuevos». Siguiendo
a Jesucristo, a su enseñanza, nos
convertimos en seres más libres. La vida
se transforma en otra más bonita y más
completa. Tenemos que hacer un pequeño
acto de coraje, lo que dijo Juan Pablo
II en 1978, cuando lo eligieron Papa:
«No tengáis miedo, abrid vuestros
corazones a Jesucristo».
—¿Pertenece usted al Opus Dei?
—No. No pertenezco a ningún grupo
eclesial.
—¿Qué le llama la atención de la
espiritualidad del Opus Dei, si es que
algo le llama la atención?
—Me gusta mucho y respeto mucho al Opus
Dei. Me gusta mucho San Josemaría
Escrivá de Balaguer. Me gusta mucho don
Luigi Giussani, de Comunión y
Liberación. Respeto muchísmo a los
Legionarios de Cristo. Estoy muy abierta
a todos los movimientos eclesiales que
nacieron después del Concilio Vaticano
II, en donde los laicos están implicados
en la vida de la Iglesia. Pero no
pertenezco a ningún grupo en particular.
—¿Por qué vale la pena vivir hoy como
cristiano y cuáles son los nuevos
valores que hay que descubrir y
mantener?
—Los valores son siempre los mismos. No
hay nada nuevo. Tenemos sólo que
continuar en lo que Jesucristo nos ha
enseñado, de una manera renovada, quizá
más moderna, pero es siempre la misma
tarea, es siempre la misma y única
verdad.
—Usted dice que tener sentimientos
religiosos, pensando en el budismo, el
hinduismo, etc., quizá esté de moda,
pero no lo está el ser católico
consecuente, siguiendo las enseñanzas de
la Iglesia y del Papa. ¿A qué se debe,
en su opinión?
—Pienso que hay un poco de
superficialidad, como si todo lo que
viniera de lejos, todo lo que es
exótico, fuera siempre más valioso.
Muchas veces encontramos más
interesantes las filosofías orientales,
pero no sabemos quién es Jesucristo, no
conocemos nuestra historia, nuestra
cultura, nuestra tradición. Yo he
tratado de descubrir nuevamente de dónde
vengo, quién soy, a dónde voy y por qué
camino marcho. Profundizando en mi
religión he hallado un horizonte de
belleza.
—¿Qué ve con «nuevos ojos»?
—Veo un mundo difícil, porque seguir a
Jesucristo no quiere decir que se tiene
ya el camino resuelto. La puerta puede
ser muy estrecha. Pero yo sé que ya no
estoy sola. Sé que alguien me acompañará
en ese camino si tengo fe y confío en
Él. Confiar en Él es más que creer, es
sentirse hijo.
—¿Se puede ser libre en la Iglesia?
—Nosotros somos los más libres de todos
porque podemos también renegar de
nuestro Dios, aunque Él nos espere
siempre.
—¿Es un católico un fundamentalista, un
intolerante, porque en teoría aspira a
imponer su credo en la sociedad?
—Decididamente: ¡no! Pienso en un
ejemplo de católico, que vivió hace cien
años, que se llama Charles de Foucault,
y que el Papa ha beatificado hace unos
meses. Es un gran ejemplo en nuestros
días. Fue a evangelizar a la población
tuareg, en África, al final de siglo
pasado, cuando de verdad era muy difícil
llegar hasta ellos. Pero él no impuso
nada. Quería vivir entre la gente y
demostrar cómo era un católico.
Explicaba que tenía que dar ejemplo para
que esa población concluyera: «Mira qué
bueno que es este hombre...¡Pues imagina
cómo tiene que ser su Dios!». Nosotros,
hoy, estamos llamados a ser testigos de
nuestra fe, sin imponer nada, con mucho
amor, respetando a los otros y también
pidiendo que los otros nos respeten.
—¿Tendría que enseñarse la religión en
la escuela?
—Yo pienso que es fundamental que haya
clase de religión, porque nosotros somos
cristianos, de raíz cristiana. Nuestra
cultura viene de ahí. Es muy importante
enseñar la religión a los niños. Creo
que es un error que los padres digan:
«Mi hijo decidirá si quiere ser católico
u otra cosa». ¡También este problema!
¡Ya tienen tantos problemas, y también
éste! Creo que dar los sacramentos a los
niños es decisivo y facilita la vida.
—Usted se divorció del multimillonario
Costantine Niarchos. ¿Se había casado
por la Iglesia? ¿Piensa en un futuro
matrimonio?
—No me había casado por la Iglesia. No
estoy divorciada.
—¿Piensa en la posibilidad de un futuro
matrimonio?
—Yo estoy abierta. Claro: encontrar a un
hombre que tenga los mismos objetivos,
que quiera festejar la verdad de la vida
conmigo... Ahora tengo cuarenta años.
Cuando tenía veinte era más fácil.
Veremos. Los caminos del Señor son
abiertos.
—Por su libro desfilan, entre otros
muchos personajes de relieve mundial,
los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.
¿Qué es lo que destacaría de ellos?
—Con Juan Pablo II crecí como mujer.
Pienso que este Papa tiene un lugar muy
importante en la vida de todos nosotros.
En la mía en particular me ha ayudado
muchísimo, también en la conversión,
porque la conversión no es algo de una
vez para siempre. Cada día hay que
renovar el amor y decir que sí a nuestro
Señor, que le queremos. Juan Pablo II
dio un testimonio supremo en medio de su
sufrimiento. Un testimonio enorme de fe.
Benedicto XVI es un grandísimo de la
Iglesia, un Santo Tomás de Aquino de
nuestros días, no en el sentido físico,
porque Santo Tomas de Aquino era muy
corpulento, sino por su finura, por su
sutileza. Es un Papa muy dulce, muy
humilde. Con su palabra llega derecho al
corazón de la gente. Es un Papa que está
haciendo un grandísimo trabajo para la
Iglesia. Yo me siento en manos seguras
con Benedicto XVI, protegida como
católica.
—¿Es el sexo una dificultad para los
católicos?
—Se puede ver como una dificultad. Pero
no es sólo el sexo. Y no es la primera
dificultad. La primera dificultad es
comprender que sin Dios no podemos hacer
nada. Mucha gente habla del sexo
pensando que es la gran dificultad. No
es la gran dificultad. Si charla con los
sacerdotes, con las monjas, verá que el
sexo no es la dificultad, la gran
privación, que no es una privación, es
un don, un don para crecer. Le dirán que
no es el sexo. Es convivir con los
otros. Es ser fiel a la doctrina de la
Iglesia.