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Por Jose Ignacio
Moreno Iturralde
1.
Sentido común y comienzo
de la vida humana
Cada ser está en
continuo cambio. Un
gusano de seda… ¿Es
oruga, larva o mariposa,
o las tres cosas a la
vez? Cabe decir que es
un proceso. Esta
noción de proceso
entronca con lo que los
griegos llamaron
naturaleza, el modo de
ser operante de algo.
Cada ser, especialmente
un ser vivo, es un
proceso. Un proceso es
para algo, un proceso
tiene una finalidad. Es
magnífica y aterradora
la palabra finalidad,
como magnífico y
aterrador es el
despertador por las
mañanas. No todo el
mundo gusta de la noción
de finalidad; bastantes
la niegan…mas: ¿Con qué
fin?
La
naturaleza de cualquier
ser vivo es un continuo:
“un principio fijo de
comportamiento móvil”,
en expresión del
profesor Millán Puelles.
Cada ser está en acto de
una serie de cosas
-fundamentalmente de
ser- y en potencia o
capacidad de otras. La
actualización de sus
capacidades no es una
negación de la etapa
anterior sino su
desarrollo.
Una
aplicación interesante
de todo esto puede
llevarse al debate
actual sobre la
identidad del embrión
humano. Un embrión de
unas horas es un
proceso, una naturaleza,
una finalidad que se
desarrolla en sí misma.
Es hombre en acto porque
es proceso humano, no
porque haya actualizado
un determinado número de
potencialidades. Su caso
es análogo al de un
enfermo indefenso y
desvalido que realiza
pocas actividades
humanas y no por ello
deja de ser hombre.
Entender al embrión tan
sólo como una suma de
células es similar a
entender un reloj como
la suma de sus elementos
materiales: es no
entenderle. Manipular al
embrión es no respetar
su ser, su naturaleza,
su finalidad. Congelar a
un embrión humano es
detener un proceso de
vida humano; es negarlo.
2. Toda
la vida humana es
valiosa
Si
el lector tiene la
suficiente paciencia
para llegar al final de
este punto se dará
cuenta de que lo que
está leyendo no es
solamente una sucesión
de letras. Antes de ser
escritas y a lo largo de
su escritura hay una
intención. La intención
está fuera de las letras
pero de algún modo está
dentro de cada una de
ellas. El comienzo del
párrafo, la zona media y
el final están unidos en
la intención. Si alguien
me dijera que lo que
estoy escribiendo es un
rollo tendría que
resignarme; pero si
alguien dijera que esto
no es más que un
ejercicio de caligrafía
y lo afirmara
“científicamente” –según
él- me entrarían ganas
de lanzarle algún
proyectil suave. Sin
intención no habría ni
pasado, ni presente, ni
futuro de esta
exposición. Un fin
inmaterial –ya que no es
una letra más-, la
intención, se despliega
en rasgos tangibles a lo
largo del tiempo.
Cada realidad y mucho
más cada ser vivo lleva
en si una gramática
sumamente compleja: una
gallina –por poner un
ejemplo bucólico- tiene
un grado de orden
configurado abismalmente
mayor que el robot de
mayor tecnología punta.
En su gramática de la
vida no existe
únicamente una
articulación tan
compleja que incluso es
capaz de poner huevos
sino una semántica, un
sentido. Hablar de la
semántica de la gallina
nos deslizaría con
facilidad hacia el
terreno de la poesía;
por tanto hablemos de
que la gallina tiene una
naturaleza con finalidad
o, si se prefiere,
finalidades. Ni el
aventurado texto que
estoy escribiendo se
autodiseña ni tampoco lo
hace la gallina. Por
terminar con esta
familiar ave de corral
diremos que su vida es
una historia, quizás no
muy apasionante aunque
estos seres tienen por
naturaleza la sublime
característica de
“autoaceptarse” sin
problemas.
Las personas no somos
una sucesión de
vivencias, ni siquiera
cada uno somos una
historia, sino una
biografía. El carácter
biográfico es el que nos
define respecto a
cualquier otro
animal…entiéndanme bien.
En nuestra vida podemos
optar; con nuestra vida
forjamos nuestra propia
identidad, como es
propio de nuestra
naturaleza racional.
Por
todo lo dicho desde que
se forma genéticamente
nuestra identidad de ser
vivo del género humano
no es correcto
entendernos como una
sucesión de instantes,
ni siquiera como un
transcurso de vida
humana, sino como seres
dignos capaces de
elegir. Cada instante de
nuestra vida está en
función de toda la
biografía. Entender
nuestra vida como una
unión de segmentos es
deshumanizarla. La
biografía es la
semántica, el sentido de
nuestra realidad
personal. Sólo una
ciencia que tenga esto
es cuenta puede hacer un
servicio digno del
hombre. Cuando no se
hace así se está
destruyendo la propia
identidad humana.
3. ¿Qué
es ser humano?
Aristóteles decía que
“el ser se dice de
muchas maneras”. En
clase de Bachillerato
vemos, entre otras
cosas, en que se parece
el ser humano al ser de
un buzón de correos.
Además de alguna
respuesta fácil
concluimos que, al
menos, en la existencia.
El ser es un término que
admite mayor gradualidad
que la existencia: hay
seres más importantes
que otros. No somos
grandes vegetales ni
pequeños dioses, somos
hombres.
La
palabra ser
parece un poco sosa. Sin
embargo todo ser, además
de un orden y un
sentido, tiene una
verdad. La palabra
verdad es más
inquietante.
Aristóteles, el
inevitable, dice también
que “el hombre es en
cierta manera todas las
cosas”. Cuando explico
esto a mis alumnos y
noto algo de química con
ellos imito a un
elefante: mi brazo hace
de trompa y con la boca
emito un temible
bramido. Entonces les
digo: veis, en cierto
sentido soy un elefante.
Hasta el momento no me
han tirado calderilla.
Los hombres poseemos la
capacidad de albergar
ideas, incluso de
representar la realidad
del cosmos en seis
letras. Somos capaces de
comprender algo: de
ponernos en su lugar.
Hasta el siglo XV los
hombres pensaban que era
el sol el que se movía
alrededor de la tierra;
sin embargo resulta que
es al revés, pese a que
nuestra evidencia
sensible nos dice lo
contrario. El ser humano
es el único que es capaz
de ponerse en el lugar
de la realidad,
especialmente en la
realidad de los demás.
También puede negarse a
hacerlo.
Un
buen jugador de ajedrez
no es sólo el que piensa
en la próxima jugada que
va a hacer sino en por
qué el contrincante ha
hecho su último
movimiento. Un buen
conductor no atiende tan
sólo a lo que él hace
sino también a lo que
hacen los otros en la
carretera. Si los
marcianos secuestran a
mi novia y se la llevan
a Andrómeda puedo
trasladarme allí con el
pensamiento y planear
una venganza galáctica.
Esta capacidad de
comprender es
genuinamente humana.
Ponerme en el lugar de
los demás es una actitud
donde inteligencia y
moralidad confluyen.
Ser
capaces de comprender
cada realidad, con sus
limitaciones, en orden
con el universo es
captar el núcleo de la
poesía y del
conocimiento intuitivo.
Cuentan de una mendiga a
la que alguien regaló
una rosa. Dejó de
mendigar durante algún
tiempo. Hacerse cargo de
la miseria humana, no
olvidando la propia, es
ser más hombre o más
mujer. Atreverse a
entrar en el concierto
para violines
desafinados, del que
escribió el psiquiatra
Vallejo-Nájera, es:
levantar al deprimido,
reconfortar a la persona
que quizás con no mucha
edad está ya partida por
el eje, comprender la
grandeza de la vida de
un anciano. La
misericordia es la
actitud más inteligente
que la persona puede
adoptar porque, entre
otros motivos, no hay
nada que llene de tanto
sentido como ella.
Apoyándome en
reflexiones anteriores
puedo decir que el
embrión humano es el ser
máximamente dependiente,
totalmente necesitado.
Rechazar este tipo de
planteamientos
acusándolos de ñoños es
una torpeza mental
supina que supone la
destrucción arbitraria
de muchas vidas humanas.
Una sociedad que no
defiende la vida humana
embrionaria o
intrauterina fomenta la
chabacanería de
anteponer la calidad de
vida a la vida de
calidad; cambia la
maternidad incondicional
por una satisfacción
sentimental selectiva de
la vida, dejando a otros
hijos en la estacada:
una estacada que es una
estocada de muerte o de
congelación.
Por
el contrario una
sociedad que implante la
bandera universal de la
dignidad de la defensa
de toda vida humana es
una sociedad fraterna,
digna, acogedora,
solidaria. |