Por Ramón Pi (1)
En Madrid empezó ayer [5/11/2003] el Congreso Internacional Provida (2), bajo el lema "La vida humana en un mundo globalizado". Entre las ponencias y las comunicaciones se hace un intenso repaso a las amenazas que en esta época acechan a la vida humana y su dignidad. Amenazas ciertamente paradójicas, porque este tiempo es, felizmente, el del retroceso de las legislaciones que consienten la pena de muerte. Al mismo tiempo que se vela por la prohibición de disponer legalmente de la vida de los peores criminales, se promueven legislaciones atentatorias contra la vida de los inocentes; al mismo tiempo que progresan las leyes protectoras de los más débiles, enfermos, minusválidos y ancianos, se aprueban normas que otorgan a los particulares potestad para decidir la muerte de los más indefensos, que son los que empiezan a vivir y los que se acercan al final de su paso por la tierra. Y, para mayor escarnio de las sociedades que se llaman civilizadas, entre las que se cuenta la nuestra, esta potestad sobre vidas inocentes e indefensas se otorga precisamente a los que, según el más elemental sentido común, son los llamados más especialmente a protegerlas: la madre, la familia, el médico, el propio legislador.
No es que los pobladores del llamado primer mundo, que es donde más se instalan las legislaciones atentatorias contra la vida humana y su dignidad, seamos una gran colección de monstruos homicidas; es que hemos perdido en muy buena medida la aguja de marear, y tenemos cada vez más dificultades para distinguir lo que está bien y lo que está mal, porque hemos sustituido los criterios éticos externos a nosotros por lo que en cada momento cada cual decida como norma suprema, o por lo que en cada momento acuerden las mayorías sociales en cada lugar. Y como esta época se caracteriza también por la exaltación de los sentimientos por encima de los principios y los valores, son finalmente los estímulos sentimentales los que prevalecen.
La consecuencia de esta mentalidad es que los sentimientos de piedad hacia una madre con problemas (a la que vemos) prevalecen sobre la misma vida de su hijo por nacer (al que no vemos); o que la posible curación de enfermos (a los que vemos) se impone al respeto de la vida de los nuevos seres en estado embrionario (a los que no vemos). Y así, aceptamos la lógica del "homicidio piadoso", que a veces llega a formularse en forma de teoría. Trágica paradoja.
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(1) http://www.diariodirecto.com/OPI/rpi.html.
(2) En breve daremos más información sobre este importante congreso.
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