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Una crítica a la indiferencia ante la vida
Robert Spaemann,
uno de los más prestigiosos filósofos alemanes,
descubre en esta entrevista realizada por dos
periodistas, del diario alemán Die Welt, aspectos
relevantes de su pensamiento relacionados con la
energía nuclear y el medio ambiente; sus posiciones
críticas frente al aborto y la eutanasia, para
finalizar hablando de la relación actual entre la
Filosofía y las ciencias positivas.
Christian
Geyer y Carlos Gebauer
(Traducción: MANUEL RICO)
-Profesor Spaemann, tras los últimos accidentes en la
industria nuclear han vuelto a renacer con fuerza las voces
que proponen el abandono de la energía nuclear. La pregunta,
a usted como filósofo, ¿se puede responsabilizar éticamente
esa petición de abandono mientras no existan seguras
alternativas energéticas?
-Su pregunta sugiere las famosas coacciones implícitas, de
las cuales aparentemente no se puede prescindir aunque se
quiera. Para adelantarlo rápidamente: estoy muy alejado de
posicionarme por el "abandono inmediato o no al abandono
inmediato". Cuánto tiempo llevaría el abandono, si realmente
se quisiese, no me atrevo a juzgarlo. De todas formas me
parece una actitud hipócrita cuando los políticos dicen:
"Eso no se puede realizar", y para ello se apoyan en
supuestos coacciones implícitas. Mucha gente tiene un
conocimiento político extraño cuando sólo se fija en qué
puede ser lo mejor bajo las circunstancias dadas. Pero de lo
que se trata precisamente es de cambiar las circunstancias
bajo las cuales se puede cambiar algo. La pregunta se
reduce, a saber si estamos dispuestos a pagar el precio. Yo
no digo lo que se puede. Pero si otro dice lo que se puede,
yo le diré: intentas engañar a la gente cuando sostienes
obligaciones absolutas, cuando en realidad sólo has
ponderado posturas enfrentadas y has impuesto tus
preferencias.
-La búsqueda de fuentes de energía alternativa ya está en
marcha.
-Sí, pero la búsqueda es desesperadamente lenta. Más leal
sería investigar con la misma rapidez que se haría si no
tuviésemos la energía nuclear. Pero esto es probablemente un
sueño, ya que en las formas alternativas de generación de
energía existe menos appeal para el investigador. Es, por
decirlo de forma algo tosca, más una cuestión para
aficionados. Si se quiere obtener un Premio Nobel entonces
hay que trabajar con física atómica y no andar de aficionado
con alternativas energéticas. Los llamados expertos, por los
que se dejan aconsejar los políticos, siempre tendrán una
cierta inclinación en aquella dirección, porque les resulta
más interesante.
-Se podría llegar a la impresión de que considera usted la
energía nuclear un mal en sí, en el cual una ponderación de
deberes sea de entrada inadmisible.
-Por supuesto que se puede sopesar este tema, aunque estoy
firmemente convencido de que existen áreas donde termina la
ponderación. Yo no sostengo que la creación de energía
nuclear sea lo que los teólogos morales han llamado un actus
intrinsece malus, o sea una acción mala en sí. Pero en la
ponderación llego a resultados diferentes de los que nos
ofrecen hoy las instancias interesadas.
"LOS RIESGOS TIENEN QUE PERMANECER CALCULABLES"
-¿Cuáles son realmente sus principales reservas ante la
energía nuclear?
-Prescindiendo aquí de las amenazantes consecuencias de unas
convicciones corruptas, que nunca podrán ser controladas
totalmente, todavía queda como calamidad principal la
cuestión de la eliminación de los desechos radioactivos,
aunque esto no será un tema candente hasta dentro de
cincuenta años o más. Los responsables actúan aquí
frívolamente, dicen: "el problema todavía no lo hemos
resuelto, pero no hay que preocuparse, seguro que lo
resolveremos". Y sin saber exactamente cómo lo van a
resolver siguen por el camino emprendido. Me parece, que en
cuestiones que encierran en sí tales peligros y que fijan de
tal forma a las próximas generaciones, esto es una actitud
muy irresponsable.
-¿No han estado los progresos, hasta ahora, muy relacionados
con los riesgos? ¿No sucede que una incondicional aspiración
de total seguridad nos hubiera retenido en la edad de
piedra?
-Los riesgos tienen que permanecer calculables lo que
aparentemente aquí no se puede asegurar. No tenemos el
derecho de añadir nuevas fuentes de peligro a nuestro
planeta, más allá de los riesgos intrínsecos de la
naturaleza como los terremotos, los volcanes, los huracanes.
No tenemos además el derecho de imponerles a nuestros
descendientes, como una realidad invariable, tales fuentes
de peligro, sobre todo cuando no sabemos si podrán
controlarlas y si más tarde todavía existirán los
dispositivos que garanticen la protección ante los fallos en
las zonas de peligro. ¿Cómo vamos a saber si dentro de cien
años todavía existirá la civilización técnica? No podemos
descartar, por ejemplo, que pueda volver una edad de
migraciones humanas. Y aunque todas estas visiones sean
improbables, nadie puede apostar la vida de otra persona
sólo porque las probabilidades de ganar la apuesta sean
altas.
"Nadie puede jugar con la vida de otra persona sólo porque
las probabilidades de ganar sean altas".
-Sus palabras son agua para los molinos de aquellos que, en
la R.F.A. aprovechan los fallos en la industria nuclear para
crear nuevamente una difusa hostilidad contra la técnica.
-Naturalmente no puedo impedir a nadie que manipule mis
palabras en ese sentido. Pero si quisiera descartar toda
posibilidad de falsas interpretaciones no podría decir
absolutamente nada más. Y entonces tendríamos que
interrumpir aquí nuestra conversación, lo que sería una
lástima para ambos. Yo tengo una relación muy distanciada
frente a las bendiciones de la técnica moderna. Así, por
ejemplo, estoy contento cuando el dentista me pone una
inyección antes de sacarme el diente. Pero el mito de los
últimos doscientos años ha sido que vamos siempre hacia
adelante, progresando. El progreso técnico en general, se
decía, lleva en cualquier caso a una mejora global de la
vida. Imparables marchamos hacia un futuro mejor, y quien se
oponga a ello es una mala persona. Estas ideas las considero
verdaderamente absurdas.
PROGRESO Y PROGRESOS
-Usted ha dicho alguna vez que "en vez de hablar de progreso
en singular habría que hablar de progresos en plural", ¿qué
quiere decir con ello?
-Hay progresos que son avances y hay progresos que son
retrocesos. Algunas mejoras se consiguen por medio de
deterioros tan grandes que ese progreso no merece la pena.
Por eso yo soy partidario de que se concrete el sentido del
término progreso, que se pregunte: ¿es esto un empeoramiento
o una mejora? Y no que se atonte a la gente con la palabra
mágica progreso en singular, sin que se pueda preguntar:
"si, progreso, ¿pero hacia dónde?". Yo, por tanto, abogo por
una vuelta a juicios razonables de los progresos en plural,
y no estoy en contra de cualquier progreso posible.
-¿Cómo se explica usted que "los Verdes" no lo hayan elegido
todavía como uno de sus filósofos principales? Puntos en
común existirían suficientes.
-Creo que los Verdes, en sus comienzos, se hicieron eco de
problemas importantes, y no creo que sea negativo que exista
hoy este movimiento ya que, en parte, han hecho despertar a
los partidos establecidos. De todos modos, los Verdes
mezclan sus respuestas a las cuestiones ecológicas con un
programa político que, en mi opinión, no es razonable y que,
en parte, empeora el mal que combate. Ellos han puesto, por
una parte, bajo su bandera el trato responsable y ahorrativo
con los recursos de la naturaleza, y por otro lado,
continúan con el programa de emancipación de los últimos
doscientos años, e incluso lo aumentan; un programa que fue
precisamente el que trajo dicha destrucción.
-¿Podría ponernos un ejemplo?
-La demanda de permitir la posibilidad de abortar, bajo los
condicionantes que sean, hasta el noveno mes de embarazo
está en grotesca contradicción con su programa de
reconciliación con la naturaleza. Estamos ante un campo
donde terminan las ponderaciones de deber: nunca está
permitido matar a una persona inocente. El que quiere
aprovechar el legítimo derecho de autodeterminación de la
mujer contra la necesaria protección de la vida del
no-nacido está pidiendo claramente: "Yo quiero poder decir
si puedo matar a mi hijo o no". Pero esto es un absurdo. Si
de repente alguien abandona un bebé en mi casa al que yo no
deseo en absoluto, no por ello puedo tirarlo al cubo de la
basura. El bebé está ahí y yo tengo la obligación de
cuidarlo.
-Con esta comparación está dando por sentado que la persona
lo es desde el momento de su concepción.
-La biología moderna sabe que existe una estricta evolución
continuada desde el comienzo de la persona. Cada corte que
usted haga es arbitrario. Igual de arbitrario tras el primer
mes, que tras la primera semana o que tras el primer minuto.
Y si ese corte lo realiza alguna vez en el principio,
inmediatamente lo hará también al final.
La reivindicación de la eutanasia ya vuelve a estar sobre la
mesa. La procreación natural y la muerte natural son las
únicas fronteras, todo lo demás es tiranía.
"LA PERSONALIDAD HUMANA SURGE INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE LA
CONCEPCIÓN"
-Pero también nos encontramos con opiniones que dicen: "De
acuerdo, inmediatamente después de la fecundación nos
encontramos con vida biogenéticamente identificable ¿Pero
podemos saber si también nos encontramos ya con una
personalidad humana?"
-En el fondo el problema es el mismo. ¿Dónde quiere
establecer de forma plausible, una frontera para la
personalidad humana, de no ser inmediatamente después de la
fecundación?, ¿Con qué derecho quiere usted decir: a partir
de ahora es persona y antes no lo era? Eso sería una postura
(opinión) medieval. En la Edad Media, como se sabe, existía
la teoría de la progresiva espiritualización. Se creía que
el espíritu humano, o sea su personalidad, se creaba
cuarenta días después de la fecundación, pero este
pensamiento no es que supusiera que la personalidad podía
desarrollarse a partir de algo no personal. De todas formas
se trata de una tesis que no es plausible.
El embrión humano no es primero un animal o cualquier otro
tipo de individuo, sino que todo su desarrollo se produce
desde el principio bajo la forma del ser humano. Si
quisiéramos introducir un criterio de personalidad que se
basara, por ejemplo, en la capacidad de hablar o en la
autoconciencia, se podría incluso permitir la muerte de los
bebés. Cuando alguien dice "Yo nací o fui fecundado en tal o
cual momento", no se refiere a que en ese instante comenzó
su autoconciencia. Más bien se refiere a un yo que en aquel
momento no era consciente de su ser yo. Pertenece al ser de
la persona creada el que su comienzo se encuentra situado en
la intemporalidad. Esa inmemoriabilidad del comienzo
personal sólo lo podemos representar temporalmente cuando lo
equipamos con el comienzo de la existencia orgánica de la
vida humana, es decir, con el momento de su fecundación.
"La procreación natural y la muerte natural
son las únicas fronteras, todo lo demás es tiranía".
-El tema de la protección de la vida humana es coyuntural. A
esta conclusión se podría llegar si observamos la fuerte
presión contra la energía atómica, frente a la cual la
presión a favor del no-nacido parece muy pequeña. ¿Cómo se
explica usted este compromiso esquizofrénico?
-Aunque creo que la presión a favor del no-nacido ha
recibido, en los últimos años, un aumento considerable,
estoy en líneas generales de acuerdo con su apreciación. Una
respuesta posible creo que sería: el aborto lo hemos
superado todos, es decir, todos nosotros hemos tenido la
suerte de no haber sido abortados. Por lo tanto eso nunca
nos podrá ya pasar. Las personas al fin y al cabo, suelen
reaccionar alérgicamente ante aquellas cosas que todavía les
pueden suceder a ellos. Al revés, tendemos a la indiferencia
cuando se trata de respetar una vida que depende plenamente
de nosotros, que no tiene ninguna posibilidad de represalias
o venganza. A ello se añade una segunda razón: nuestra
dependencia de la percepción sensible. Este es el motivo por
el cual el ginecólogo norteamericano Bernard Nathanson sólo
interrumpió sus prácticas abortivas cuando vio en una
película, rodada en 1984, la grabación ecográfica de un
aborto. En esa película se ve como se defiende el embrión, y
cuales son sus reacciones antes de ser matado. Ello supuso
para el ginecólogo un shock tan grande que se pasó al bando
contrario. Y no en vano se oponen con unas y dientes los
partidarios del aborto a que esta cinta sea proyectada. Es
increíble como también en nuestro país se intenta evitar que
esa película de Nathanson llegue al público. Las personas no
deben ver lo que hacen, porque así lo podrán hacer con más
facilidad.
-Un fundamento para su tesis es quizá también la siguiente
realidad: mientras que matar niños subnormales ya nacidos es
castigado, tenemos la indicación genética para permitir la
muerte de embriones anormales.
-Eso es en realidad una esquizofrenia desde la que hablan
los prejuicios visuales. En el futuro tendremos que decirle
a los disminuidos: "querido, por desgracia no hemos podido
impedir a tiempo que vinieras a este mundo. Por eso ahora
tenemos que preocuparnos por ti". Una forma de existencia
extraña la que hay que llevar en una sociedad de la que
sabemos que en realidad nos quería matar.
EL "DEJAR SER" DE HEIDEGGER
-¿No podría tener su crítica de la indiferencia ante
naturaleza y vida sus raíces en un conocimiento científico
mal enfocado? Da que pensar cuando Thomas Hobbes escribe:
"Reconocer una cosa significa saber qué se puede hacer con
ella cuando se tiene".
-La frase caracteriza exactamente ese tipo de ciencia
moderna que desde el principio ha sido un programa híbrido.
Ella, precisamente, ha prescindido sistemáticamente de que
los seres naturales tienen una constitución determinada
propia, de que se juegan algo, circunstancia que el hombre
debe respetar. En lugar de ello, no recelan de objetivar
radicalmente la naturaleza, y esta objetivación no se ha
detenido siquiera ante el sujeto de ese dominio: la persona.
Cuando la persona se convierte, hasta en sus actos
espirituales, experimentalmente en objeto de hipótesis
biológicas, esto significa que su contaminación de
individuo, de sujeto, se disuelve.
"Hay una ciencia moderna híbrida que prescinde
sistemáticamente de la constitución
propia de los seres humanos".
-Para muchos es Martín Heidegger el más importante pensador
de esa ética pensada en el "dejar ser". Este filósofo se ha
visto de repente en la línea de fuego de la crítica pública
porque presuntamente era un nazi convencido. ¿Cómo valora
usted la actual discusión en torno a Heidegger?
-Yo no soy historiador. Lo seguro es que la filosofía de
Heidegger ha tenido una gran influencia en muchas partes del
mundo. Y en pensadores con orientaciones políticas tan
diferentes que es imposible ordenar la filosofía de
Heidegger bajo cualquier ideología política. Actualmente no
puedo profundizar más en su pregunta. Quizá baste con hacer
referencia a que para Heidegger el concepto de libertad
estaba íntimamente unido con la idea de dejar ser. Este
pensamiento se entiende, sin duda, mejor ahora que en la
época en que fue enunciado.
-A propósito del "dejar-ser". Usted habló de un programa
híbrido de la ciencia moderna, que ya se ha adueñado incluso
de la persona. ¿Cómo juzga en relación con esto la
fecundación artificial?
-Se trata de instrumentalizar a la persona cuando se reduce
artificialmente la dimensión potencial de transmisora de
vida de la unión sexual, para convertirla así en mero
instrumento de un aumento subjetivo de placer. Al contrario,
se degrada igualmente la persona cuando se disocia la
transmisión de la vida humana M acto placentero del que es
consecuencia natural y que llamemos fecundación. Rechazo
también la fecundación artificial porque en ella, por
primera vez, una persona se convierte en criatura de otra
persona.
-¿Puede aclarar su reserva?
-Nosotros entramos en la sociedad por naturaleza, por
derecho propio, como consecuencia natural del amor. En la
reproducción de los niños-probetas el niño es obligado a
venir al mundo, en la medida en que ha sido compuesto
manualmente. Y ese niño, si es infeliz, puede dirigirse
algún día a sus padres y decirles: ¿Por qué me obligasteis a
venir al mundo? Un padre y una madre normales pueden
responder despreocupadamente a la pregunta diciendo: has
venido al mundo igual que lo han hecho el resto de las
personas. En el otro caso los padres están obligados a
rendir cuentas, y en mi opinión una persona no puede dar
cuenta ni de la vida ni de la muerte de otra persona, ya que
eso sobrepasa aquello de lo que nosotros podemos responder.
-En este punto sean citadas una vez más las palabras de su
colega Odo Marquard, que nos previene de una ética de las
grandes prohibiciones y solicita una moral no censuradora.
-Eso me parece una solicitud algo ambigua. No podemos idear
una ética. Si Odo Marquard se refiere a que no todo lo que
debemos prohibirnos lo debe prohibir el Estado, entonces
estoy de acuerdo con él. Pero la pregunta sobre qué es el
bien y el mal no se deriva ni de leyes estatales o
eclesiásticas, ni de los libros de profesores de ética, sino
de la naturaleza de la cosa. El hundirse en la arbitrariedad
es equivalente a una pérdida de humanidad. Y una conciencia
sensible es algo muy diferente de escrupulantismo.
-Si lo hemos entendido correctamente dice usted: no todo lo
que la naturaleza de la cosa permite, debe ser impuesto
jurídicamente.
-Naturalmente yo no quiero ver prohibido jurídicamente todo
lo que es malo. Por otra parte, una persona que reflexione
debía estar interesada en que -allí donde se ven afectados
los derechos de otro- le fijen las fronteras desde fuera.
Tomemos por ejemplo la contaminación atmosférica por medio
de la industria. Es pedirle demasiado a la industria, el
decirle, que debería ser responsable con el medio ambiente.
Su trato responsable con el medio ambiente consiste en
respetar las leyes. O piense en el científico. Tiene un
elemental interés en experimentar. Y las fronteras de esa
experimentación deben serle formuladas desde fuera. Yo
también tengo interés en llevarme, sin muchos
inconvenientes, los libros de la biblioteca de mi facultad,
con la consecuencia de que les faltaría a los estudiantes.
Por eso soy partidario de que el control bibliotecario
también me afecte a mí. Si el científico que experimenta con
animales, insiste en que las fronteras de su actividad las
debe dictar él, eso es insensato. Un juez honesto se
autoexcluye por presunta parcialidad cuando existe un
conflicto de intereses y él está involucrado.
RELACIÓN FILOSOFÍA-CIENCIA
-¿Qué papel le concede a la filosofía? ¿Tiene alguna
posibilidad de ser escuchada por las ciencias particulares?
-Es evidente que los científicos se interesan más por la
filosofía que antes. Continuamente se pide a los filósofos
que emitan alguna enseñanza. En realidad la filosofía no
debe instruir tanto. Sócrates tampoco lo hacía, sino que
llevaba a la gente a hacerlo (hacía caer a la gente en la
cuenta). Un filósofo no es un maestro religioso que comunica
alguna revelación. Lo grotesco es que cuando, no obstante,
los filósofos dicen algo adecuado, que no pertenezca ya al
consenso general, el enfado es grande. Los científicos se
consuelan diciendo: bueno, se trata sólo de la opción del
filósofo, que en realidad no importa. Es paradójico:
nosotros, los filósofos, debemos hablar continuamente, pero
no podemos tener la esperanza de que alguien nos escucha.
-Así de pesimista tampoco habrá que verlo. El primer
ministro de Baden-Wurtemberg, Lothar Späth, ha indicado que
últimamente, en las asambleas y congresos, cada vez más son
los filósofos los oradores. ¿No podría ponerse con ello en
evidencia una especie de renacimiento de la filosofía?
-Sería bonito si así fuera. El filósofo no debe con ello,
naturalmente, correr el peligro de sacrificar su
ensimismamiento. El éxito sólo puede venir despertando
ensimismamientos. Si los filósofos son hoy más solicitados
que nunca, debe estar en relación con que más personas
tienen la sensación que las llamadas coacciones implícitas
-como dije al principio- sólo son coacciones implícitas bajo
determinadas circunstancias. La pregunta sobre qué tipo de
coacciones implícitas debemos aceptar y cuales no, parece no
ser competencia de nadie. Entonces aparecen los filósofos.
Odo Marquard definió nuestra especie como la "competencia de
la compensación de la incompetencia". No como si fuesen los
filósofos los verdaderos competentes. Pero ellos, en
relación con la incompetencia están más ejercitados y no
dejan de reflexionar cuando su competencia profesional está
agotada. Quizá sea eso lo que le interesa hoy a la gente.
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