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LOS NUEVOS INOCENTES (Javier Aranguren)

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Los nuevos inocentes

 

 Por Javier Aranguren

 

 

Quizás nos despierta hoy una broma. A mí los Inocentes me solían pillar en Bilbao, durante los años de misterio de la infancia. Siempre era lo mismo: nos despertaba la Abuela, cantarina, ofreciéndonos unos caramelos, cosa que no era en absoluto habitual. Y ávidos de sabores los metíamos en la boca, y eran de algodón, y nos reíamos todos a gusto coreando un "inocente, inocente" que te hacía sonrojar y sentirte querido desde momentos antes del cotidiano encuentro con el tazón de ColaCao.

 

Es el día de los juegos. Y quién sabe si con tanto juego dejamos caer en el olvido que hoy se celebra algo que a los ojos de las madres de los protagonistas constituye una tragedia. Siempre me ha impresionado el texto de San Mateo: «Una voz se ha escuchado en Ramá; llanto y lamento abundante. Raquel llora por sus hijos y no se quiere consolar, porque ya no existen» (San Mateo, cap. 2, v. 18). Es verdad que estos chiquillos saltaron directamente al Cielo, y además sin correr el riesgo de una vida larga, marcada por el descubrimiento de las pasiones, de la envidia, de la avaricia o del pecado. Pero también es cierto que el acto de Herodes se nos hace especialmente despreciable: matar a un niño es destruir las infinitas posibilidades de cosas nuevas que concurren con cada nueva existencia, y es destruir amores, proyectos, decisiones, sentimientos. Y me hace temblar pensar en la sonrisa exagerada en que se vuelven las bocas de los niños y en sus gestos de enfado y de capricho, porque ya no existen. El hecho de que los niños de Belén rían felices en su inocencia eterna no quita nada de la maldad del acto cometido.

 

Matar a un niño es fruto de un cálculo en el que lo que cuenta es la seguridad egoísta del adulto, que teme que la irrupción del nuevo le haga patente su propia miseria. Herodes no odia a Dios: se odia a sí mismo (no tiene a quién ir ni a dónde), y por eso teme al rival que le anuncian los Magos (¿le expulsará acaso de su pobre reino sometido por Roma, el único lugar en que alguien podría temer su vil y caprichoso carácter?), y por eso pretende matarlo.

 

En nuestros días, en nuestro país, probablemente hoy mismo -mientras el resto reímos- también morirán niños, matados en quirófanos asépticos, por manos que de esas muertes sacaran dinero para organizar una buena cena en Año Viejo y despedir bebidos el milenio de la mano de su mujer o su querida, como si no pasara nada. Y ocurrirá también que quizás nadie llore a esos niños, ni Raquel, ni sus madres, pues nadie ha visto nunca sus rostros, poseedores de ojos sin mirada, incapaces de interpelar a nadie.


 En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Rialp - 27/04/2005 ir arriba
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