Por Luis Olivera
Periodista
A todos nos emociona y persigue la poesía de la vida: las canciones de cuna apenas recordadas, el sonido de los silbatos de los trenes en la noche, el aroma de la lavanda en el jardín estival, el silencio de la noche bajo un cielo profusamente estrellado. Y también a veces nos persiguen el pesar y el terror y los recuerdos de la crueldad o la injusticia caprichosas, y la macabra descomposición de la edad.
He tenido –de momento—una vida ordinaria y sencilla, pero fecunda y llena de recompensas. Por naturaleza, soy un hombre optimista. Por crianza, me inclino a la convicción religiosa.
¿Qué creo con respecto al hombre? Que es un animal malicioso y a veces loco. Que es mejorable, pero nunca, jamás, perfectible. Es una caña quebradiza, pero que piensa. Que la brutalidad lo degrada y sólo el amor, el respeto a los demás y el perdón pueden ennoblecerlo. Pero sigue siendo quebradiza, como el licenciado Vidriera de Cervantes . Siempre llevamos puesto el cartel de “frágil”.
“Cuanto más envejezco –ha escrito Morris West --, más me convenzo de que toda la vida humana es un proceso evolutivo durante el cual el Creador ofrece a la criatura una experiencia de la divinidad, una oportunidad grande o pequeña de compartir el acto dinámico de la creación ”. Es algo difícil de explicar con las limitaciones del lenguaje humano. Pero Dios no juega a los dados con los hombres.
El amor, el respeto y dedicación a los demás y el perdón. Lo decían el otro día varios misioneros españoles trabajando en lejanos parajes de la geografía terrestre. No tienen muchos bienes materiales, pero son felices. Y no quieren cambiarse por ningún triunfador del primer mundo, empapado de “poder, fama y dinero”. Porque la felicidad está en “ser más, y no en tener más”.
El amor, como el de esa madre – Blanca de nombre-- que ha fallecido de cáncer, tras dar a luz a su quinto hijo, y después de haber retrasado hasta el alumbramiento la necesaria quimioterapia. ¡Qué ejemplo! ¡Qué ir contracorriente! Lo ha contado una carta al director de un diario de Madrid. Ya hay una estrella más en que refugiarnos, cuando miramos al cielo en busca de serenidad, perseguidos por la injusticia o el dolor. Se llama Blanca . Y su luminosidad sí que es brillante poesía de la vida.
El perdón: los civiles rusos que, en Stalingrado, comparten su escasa comida con los prisioneros alemanes, a 35 grados bajo cero. Ha muerto medio millón de personas por cada bando en esa batalla crucial para el desenlace de la II Guerra Mundial. El perdón pudo más que el odio; la generosidad sobrepasó las propias escaseces materiales. El ser humano es mucho más que materia. “ Es un ser que piensa, que ama, que va a morir y que lo sabe ” ( Thibon ). El hombre es mucho hombre, porque participa en algo de Dios. Todo el mundo busca a Dios, porque todo el mundo busca lo imposible. Es el anhelo de absoluto que palpita en el corazón de cada hombre y que los detalles de la poesía de la vida le hacen ansiar sin descanso.
La dedicación a los demás, porque somos criaturas sociales por naturaleza. Y nuestra naturaleza es el principio de todas nuestras actividades. Pero somos, sobre todo, seres humanos con una dignidad especial que nos hace ser personas. “El bien humano es el que me hace bueno precisamente en cuanto hombre, es decir, como persona” , ha escrito el filósofo Llano . La vida no es –recordemos a Shakespeare —una historia contada por un imbécil que no significa nada. De ahí la profundidad y el acierto de la sentencia que repite frecuentemente Aristóteles , según el cual actuar bien es actuar como el hombre bueno.
La índole dinámica de mi ser se revela en la necesidad de avanzar hacia el encuentro con los demás, hacia más allá de lo que soy ahora. Y nunca se debe utilizar a una persona humana solamente como medio, sino siempre también como fin. Con esta formulación, el filósofo alemán Kant alcanzó una de las cimas de la ética occidental. Sólo como medio, no. Porque entonces se la cosifica, se la priva del valor en cierto modo absoluto que intrínsecamente le pertenece. Aristóteles lo explica diciendo que el ser humano “ es en cierto modo todas las cosas” . De ahí la necesidad de preocuparnos por cada uno de nuestros “otros yos”. Nuestro sano sentido moral nos hace ver que lo bueno y lo mejor es servir a los demás, ayudarles todo lo posible y dejarse ayudar por ellos. Sin los demás no podemos vivir dignamente. Sin el diálogo --la más alta poesía de la vida--, sencillamente no podemos vivir.
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