| por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA
En ABC 31.08.2002
LO inhumano siempre ha formado parte de lo humano. Nada hay nuevo bajo el sol. Siempre ha habido hombres que han descendido a los infiernos de la violencia y de la degradación. Lo nuevo es sólo acaso su presencia cotidiana en el diario y en la pantalla de la televisión. La imagen y la percepción inmediata del horror le dotan de un añadido de realidad. No es lo mismo saber el número de hombres que mueren de hambre cada día que contemplar cómo muere un niño por falta de alimento. No es lo mismo saber que se ha cometido un secuestro que presenciarlo. Es tanta la barbarie que uno casi añora la serena soledad del claustro o la feliz asepsia de la torre de marfil.
Hay que informar también de lo abyecto. Además goza de nutrida audiencia. Dos fotos recientes, junto a multitud de otros hechos y noticias, reflejan el gesto hosco de la barbarie humana. En el rostro del secuestrador tailandés, que ayer aparecía en la página 5 de ABC, apenas era posible encontrar un rastro humano. Sumido en la droga y poseído por la violencia, contrastaba con el abatido y humano dolor que exhibía el de la víctima. Lo inhumano amenazando a lo humano. La otra imagen mostraba el gesto canino de un deshumanizado batasuno clavando su dentadura en la mano del policía que lo desalojaba. ¡Qué esfuerzo por regresar en la cadena de la evolución! Son las caras de la inhumanidad. Calificarlos como brutalidad o animalidad sería un piadoso e injusto eufemismo. Sólo el hombre puede ser malo porque sólo él puede ser bueno. Como dijo Wittgenstein, un perro no puede mentir, pero tampoco puede decir la verdad. Preferir al animal es una torpe simpleza. Junto a estas dos imágenes, la ración habitual de violencia, incluso aumentada: violencia familiar, ancianos que mueren en la infame soledad del abandono, niños maltratados, terror y hambre.
Imposible y ridículo resulta sostener la simpleza roussoniana de la bondad natural del hombre y de la culpa de la sociedad y de la cultura ante estos obstinados empeños en andar a cuatro patas. ¿Acaso no proceden de los hombres las culturas y las organizaciones sociales? En lugar de refugiarnos en tópicos extraviados, más vale atender a la realidad y recordar con Kant que «con un leño tan torcido como aquél del cual ha sido hecho el ser humano no puede forjarse nada que sea del todo recto». Si, como dijo Terencio, nada humano nos es ajeno, tal vez cabría afirmar que nada inhumano nos puede ser propio. Lo malo es que lo inhumano forma parte de lo humano.
Si uno lo ignora casi todo, el mundo le parece que está bien. Si uno conoce un poco más, el mundo aparece como algo insoportable, digno de la aniquilación. Mas si uno mira más detenidamente y entrevé lo profundo, comprende que el mundo está bien tal como es. El optimismo puede ser superficial; el pesimismo lo es siempre. No sería posible extirpar el mal sin anular la libertad humana, la condición del bien y del mal. Un mundo de esclavos felices no sería un mundo feliz. A pesar de la abolición de lo humano en el terrible rostro tailandés, el hombre siempre puede ser redimido. Ese es el origen y fundamento de la esperanza. No podemos juzgar ni condenar definitivamente a un hombre porque siempre puede redimirse y recuperar la humanidad. Aunque sólo fuera por eso, la pena de muerte es inhumana, pues su condena es irrevocable. Tanto lo noble como lo abyecto son minoritarios. Lo mayoritario es el reino vulgar de la mediocridad. No es posible asumir la condición humana sin asumir con ella la condición inhumana.
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