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Por Roger Penrose*
A los que desearían, como Kant, la evidencia y exactitud matemática para las cuestiones religiosas, filosóficas o teológicas, pueden consolar y fortalecer las siguientes palabras de Roger Penrose, uno de los matemáticos más relevantes de este momento:
«Creo que nuestra conciencia es un ingrediente crucial en nuestra comprensión de la verdad matemática. Debemos ‘ver’ la verdad de una demostración matemática. Debemos ‘ver’ la verdad de una demostración matemática para ser convencidos de su validez. Este ‘ver’ es la verdadera esencia de la conciencia. Debe estar presente en cada caso en que comprendamos directamente una verdad matemática...
«Cuando nos convencemos a nosotros mismos de la verdad del Teorema de Gödel, no solamente lo ‘vemos’, sino que al hacer esto ponemos de manifiesto la naturaleza esencialmente no algorítmica del proceso mismo de ‘ver’»
Roger Penrose, The Emperor’s New Mind , Oxford Univ. Press, 1981,10 (Traducción de Javier García Sanz: La nueva mente del Emperador, Mondadori, 1991).
Actualmente no hay profesional de la Matemática o de la Física que considere su ciencia como «exacta». No se puede esperar de ninguna verdad una evidencia deslumbrante que bloquee cualquier duda a favor de la evidencia. Nuestro intelecto no es químicamente puro; nuestra razón no posee la luz del mediodía. Nos hallamos y movemos en una semipenumbra que nos permite dudar de todo, si nos lo proponemos. Esta condición precaria de nuestras facultades cognoscitivas conduce a muchos al relativismo o agnosticismo. Se ha llegado incluso a negar la existencia del mundo y de los otros yo, como si todo lo existente fuese sólo el yo mío y sus productos. Este paso no está justificado, porque en la semipenumbra podemos ‘ver’ muchas cosas con suficiente claridad. Al menos podemos percibir el tacto de una mano amiga, el sonido elocuente de una voz, las sombras que resaltan un volumen, un color, una belleza, un horizonte.
Pues bien, si podemos proponernos dudar de todo hasta conseguirlo, también podemos proponernos reconocer la verdad asequible, también la de orden religioso, filosófico o teológico. Que la voluntad intervenga en el reconocimiento de la verdad no debe escandalizar, porque en definitiva, quien conoce y reconoce no es una facultad de la persona, sino la persona misma, en un acto en que toda ella, íntegramente, se implica, se entrega.
En rigor, el reconocimiento de las verdades trascendentales implican la entera vida personal. De ahí que tal acto sea en cierto modo una rendición, una entrega, a veces ardua, pero siempre necesaria, vivificante y gozosa. Puede causar dolor, pero no es un dolor agónico, sino dolor de parto, vivificante, que engendra a una mayor riqueza de espíritu.
Newman decía que sólo se puede creer lo que se puede dudar. En ocasiones, es necesario «creer» en la propia facultad de conocer la verdad, frente a las pasiones distorsionantes, frente a la pereza o al cansancio intelectual.
La claridad de la evidencia reclamada por Descartes, en su sentido radical, sólo es posible en el seno de la Luz absoluta, fontal, creadora.
*Roger Penrose es uno de los físicos teóricos más famosos y a la vez más importantes de nuestro tiempo. Sus trabajos a finales de los 60 y principios de los 70 sobre lo que ocurre en el interior de los agujeros negros, las llamadas singularidades, marcaron el camino a seguir en un momento en que estos extraños cuerpos celestes eran tenidos como engorrosas veleidades de una teoría de difícil confirmación experimental. Desde hace treinta años, Penrose está ocupado en desarrollar una teoría tremendamente abstracta: la teoría de los twistors. Todo ello forma parte de un profundo interés personal por descubrir una nueva formulación en la física que una el mundo de lo muy pequeño con el de lo muy grande.
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