El cambio que necesita la comunidad
internacional
Mary Ann Glendon -católica,
de madre luterana y casada con un
judío-
presidenta de la Pontificia Academia
de Ciencias Sociales y jefe de la
delegación de la Santa Sede en la
Consulta de Alto Nivel sobre los
Países menos Desarrollados de ECOSOC
2004 (Consejo Económico y Social de
Naciones Unidas), habló el 29 de
junio sobre "Movilidad de los
recursos y erradicación de la
pobreza en el contexto de un
programa de acción para los países
menos desarrollados en la década
2001-2010".
Mary Ann Glendon es catedrática de
Derecho en Harvard y ha sido miembro
del Comité Central del Jubileo del
2000, así como participante en el
Sínodo de los Obispos de América. En
anterior ocasión declaraba al
semanario «Avvenire» que «también
los ricos y los potentes tienen que
ser evangelizados, pues de ellos
dependen las decisiones que después
pesan sobre todos. En el Evangelio,
Jesús no se preocupa demasiado por
la salvación de los pobres,
favorecida por su condición
desafortunada, sino que tenía miedo
por el alma de los ricos. El Papa
considera que su mensaje no puede
dividirse. La cultura de la muerte,
como repitió en San Luis, no sólo
amenaza a los no nacidos y a los
ancianos, sino también a las
personas débiles o inútiles, como
los pobres. Quien acepta sus
enseñanzas sociales tiene que
entender que no puede separar la
lucha contra la pobreza o la pena de
muerte de la lucha contra el aborto
y la eutanasia.
El 17 de enero de 2003, al ser
nombrada Doctora Honoris Causa por
la Universidad de Navarra, en su
discurso, se preguntaba:
«¿Cómo puede uno vivir la fe sin
rebajas si no conoce la propia fe?».
Y tocaba un punto neurálgico que
afecta a la vida de cada uno de los
católicos y a la eficacia de su
acción en el mundo: la cuestión de
la formación cristiana a
todos los niveles:
«Creo que no
es una exageración decir que
nosotros, los católicos, nos
encontramos ahora en medio de una
crisis de formación que afecta a la
formación de nuestros teólogos, de
nuestros educadores religiosos, y,
por tanto, a la educación de los
padres. Es una crisis que deja a los
padres pobremente pertrechados para
educar las almas de las generaciones
venideras, que difícilmente pueden
competir con la agresividad de las
escuelas estatales, fuertemente
secularizadas, y con la gran
industria del entretenimiento que se
complace en derribar todo lo que sea
católico. Esta crisis representa
especialmente un peligro en las
sociedades modernas porque, si la
educación religiosa no se sitúa en
el nivel general de la educación
laica,
nos
llegará a resultar difícil defender
nuestras creencias incluso para
nosotros mismos.
Habiéndonos dado la Iglesia católica
una larga y distinguida tradición
intelectual, es trágico que hoy
muchos católicos sean incapaces de
responder incluso a los más simples
ataques relativistas, historicistas
y nihilistas. Es un escándalo que
muchos católicos se callen cuando se
confrontan con anti-católicos.
Además, cuando se supone que una de
las glorias de nuestra fe es que
podemos dar razones de las
posiciones morales que mantenemos,
razones que son accesibles a todos
los hombres y mujeres de buena
voluntad, a otras confesiones o a
los que no tienen fe. Como ha
escrito el Papa Juan Pablo II,
“Para que el testimonio cristiano
sea eficaz, especialmente en temas
delicados y controvertidos, es
importante realizar un esfuerzo
especial en explicar con rigor las
razones de la posición de la
Iglesia, subrayando que no se trata
de imponer a los no creyentes una
visión que nace de la fe, sino de
interpretar y defender los valores
enraizados en la misma naturaleza
del hombre”.
La idea fundamental que quiero
subrayar es que los educadores e
intelectuales católicos tienen que
volver a familiarizarse de la gran
tradición intelectual que es nuestra
herencia fundamental. Lo necesitamos
no sólo por el bien de nuestra
vocación bautismal, o por el de la
Iglesia, sino también por el bien de
nuestras sociedades.
Como miembro del Consejo bioético de
los Estados Unidos, en los últimos
meses he participado en varias
discusiones interdisciplinares sobre
la clonación, la investigación en
las células madre y en la ingeniería
genética. En el transcurso de estas
discusiones, he visto lo importante
que es para filósofos y teólogos
conocer los avances en las ciencias
naturales, y también he observado
cuánto necesitan las ciencias
naturales de las ciencias humanas.
El hecho es que la ciencia natural
no puede por si misma generar la
sabiduría que necesita para
progresar sin hacer daño.