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¿QUÉ PASA CUANDO «SE
PASA» DE LA VERDAD?
Por Antonio
Orozco Delclós
Hay un cierto tipo de gente que aparenta no interesarse
en absoluto por la verdad de las cosas; incluso hay
quien niega que se pueda saber nada acerca de la verdad.
Sin embargo, en la práctica, a todo el mundo, incluso a
los que mienten casi por sistema, le importa mucho que
no les mientan (que no les mienta su mujer, o su
abogado, o su banquero, o su jefe o su súbdito, o su
peluquero)
Los tópicos al uso son del estilo siguiente:
-Qué más da;
-todo da lo mismo; da todo lo mismo;
-todo es opinable;
-cada uno tiene «su» verdad; «paso» de «tu verdad»;
-yo soy libre para pensar así o asá;
-como a mí me parece que es así y quiero que sea así,
¡es así!...
-todo es del color del cristal con que se mira
-todo cambia, nada es; no hay verdades fijas...
En consecuencia: no me interesa, "paso de la verdad"
Ahora bien, «pasar de la verdad» es no sólo sospechoso
(porque se puede esperar cualquier cosa de quien pasa de
la verdad); es también muy peligroso para el que pasa.
Porque si tú pasas de la verdad, también puedo pasar yo.
Y pasar de la verdad es tanto pasar de deberes como de
derechos. Si pasas de la verdad, no tienes nunca razón
ni siquiera razones para reclamar derechos; porque los
derechos o son verdad o no son nada. Y entonces uno
queda inerme ante sí mismo, ante los demás, y ante una
sociedad a su vez inerme ante a los que pasan de ella,
de los que cabe esperar cualquier cosa.
Si se generaliza el pasar de la verdad, entonces la vida
en sociedad es un infierno. Con razón decía J.P. Sartre
que «el infierno son los otros», porque él negaba en
absoluto la existencia de la verdad.
Si tus derechos no son verdad, yo puedo pasar de tus
derechos y en cuanto te descuides y casualmente me
apetezca, puedo romperte la crisma o hacerte cualquier
barbaridad sin que puedas reclamar ningún derecho, ni
siquiera el derecho de defensa.
La vida humana no puede prescindir del concepto de
verdad y no se puede permitir el lujo de pasar de la
verdad. Pasar de la verdad es pasar de que te pasen a
cuchillo, o por la cámara de gas, o por el psiquiátrico
con una camisa de fuerza; o de que te apeen de este
mundo y te encuentres sin darte apenas cuenta en "la
otra orilla". Bastaría que apareciera alguien con
precedentes al estilo de un Hitler o un Stalin. Cuando
parecía que se habían acabado en Europa, ha salió
Milosevic y nunca se va a saber
LA VERDAD ES QUE NO SE PUEDE "PASAR" DE LA VERDAD
Quizá sean pocos, tal vez, los capaces de pegarse por la
verdad, como pretenden incansablemente aquellos locos
creados por Chesterton en La esfera y la cruz. Pocos
están dispuestos a dar su vida en defensa de la verdad.
No se quiere decir aquí que sea bueno pegarse. Pero ¿no
es bueno sentir la tentación de hacerlo, cuando se
niegan ostentosamente, con alardes de intelectualidad y
"normalidad" verdades que afectan a la dignidad de la
persona humana y sobre todo a la dignidad y el honor de
Dios?
¿No será, la indiferencia, un síntoma de indigencia
intelectual, de carencia de vida auténticamente
personal, de voluntad enferma, de libertad encadenada,
de persona moribunda...?
Pasando de la verdad ni siquiera es posible ser
coherente.
NO BASTA LA COHERENCIA DEL DISCURSO.
Cierto día, en la década de los noventa, vi en un
telediario que un alto personaje de la vida política,
interrogado sobre otro que acababa de fallecer,
declaraba, con énfasis elogioso: "era una persona
coherente; sí, coherente". No supo, no pudo o no quiso
decir más, con lo cual nada quedó dicho; quedaba, eso
sí, abierta la posibilidad de que el difunto hubiera
sido un estafador muy coherente. Y he observado que se
continúa con el mismo expediente en circunstancias
semejantes. Se elogia la coherencia como si fuera un
valor supremo.
Sin embargo, uno puede instalarse en una mentira muy
coherente, en el escenario de un teatro de una obra muy
coherente, en un mundo lógico muy coherente, en una
borrachera muy coherente... Pero la coherencia no nos
dice si es verdad o no lo que se nos ofrece. Ese
pensamiento coherente que pretende interpretar la
realidad -esa ideología- ¿responde a la realidad, o es
una elucubración elaborada al margen de lo real? ¿Trata
de lo que pretende tratar o de alguna otra cosa ignota o
arcana?
La coherencia no nos dice si es verdad o no lo que se
nos ofrece. Depende del punto de partida. Si parto de
que dos más dos son cinco, quizá puedo construir una
aritmética coherente, pero lo seguro es que será
absolutamente ajena a la realidad.
La Lógica racional es una de las disciplinas filosóficas
de enorme importancia, porque de las reglas del
pensamiento depende que sea correcto o incorrecto. Si yo
digo: dos y dos son cuatro, luego tres y dos son seis,
hago un razonamiento incorrecto y la conclusión es
falsa. Si en cambio concluyo que tres y dos son cinco,
la conclusión es correcta. Pero si antes no he arrancado
de la realidad, no podré decir que mi conclusión es
verdadera. Es por supuesto, coherente, pero ¿se ajusta a
la realidad? Dos manzanas y tres manzanas, ¿realmente
hacen cinco manzanas? He aquí la cuestión nuclear de una
teoría del conocimiento (Gnoseología).
Lo que llamamos corrientemente "realidad", ¿realmente lo
es?
Esto ya no es una cuestión lógica, es la cuestión de la
adecuación del entendimiento y la realidad, según el
concepto clásico de verdad, precisamente como adecuación
o conformidad de lo afirmado por el cognoscente y la
realidad conocida.
Que conozco, parece incuestionable. Y además, conozco
(sé) que conozco. Algo aparece en mi subjetividad que
representa algo que no es un producto mío, sino "otro",
que está ahí, fuera de mí, con una existencia
independiente de la mía, que yo no he puesto, no la he
elaborado, no la he formado ni mucho menos creado. La
cuestión es: ¿mi conocimiento del tú y del yo y del ello
-del mundo, del cosmos-, corresponde a la realidad?¿La
expresa tal como ella es? ¿Cómo puedo saberlo, si es que
puedo? ¿Cuál es la capacidad y el límite de mi capacidad
de inteligir? Estas son cuestiones de Gnoseología.
VINCULO ENTRE VERDAD Y VIDA
Hay un vínculo muy estrecho entre verdad y vida, porque
lo hay entre verdad y bien. La verdad es el bien del
intelecto y el intelecto es la mayor fuerza vital que
tenemos. La persona es tal por su intelecto, la única
facultad de conocer las cosas en sí, la verdad en sí, el
bien en sí, la belleza en sí. Porque tenemos
entendimiento tenemos voluntad y libertad.
Los animales no conocen el bien en sí, por eso están
totalmente condicionados por el bien inmediato y por el
instinto de la especie. El hombre es el único animal que
puede negarse al imperio del estímulo inmediato, porque
no sólo conoce que "esto" es bueno para mí aquí y ahora,
sino también si es bueno con vistas a un futuro más o
menos próximo; y no sólo para mí sino también para la
sociedad entera, para el mundo.
En rigor, el hombre siempre se gobierna por la razón, a
no ser que haya perdido la razón y con ella el gobierno;
o haya perdido libremente el vigor nativo de su
entendimiento por abandono a las pasiones.
Jesucristo dice de sí mismo que es la Verdad «y» la
Vida. Vida y Verdad en él se identifican plenamente. En
las criaturas, la vida puede desconectarse -
psicológicamente, no ontológicamente - de la verdad.
Pero entonces se produce un desgarramiento íntimo, una
división interior que no puede tener buenas
consecuencias para el equilibrio psíquico ni, en
consecuencia, para la felicidad de la persona.
En la entraña del espíritu humano hay una exigencia de
plenitud y de unidad. Como es sabido, el que no vive
como piensa acaba pensando como vive. Por eso, negar una
verdad en la práctica, conlleva negarla también un poco,
más o menos, tarde o temprano, en la teoría. Y esto es
como apagar una luz, que inclina a apagar otra, y luego
otra, y otra, hasta que ya todo queda envuelto en
penumbras y todos los gatos son pardos: nada se ve con
claridad.
Se puede vivir algún tiempo en desacuerdo con lo que se
sabe y conoce como verdad, pero al final triunfa el
error o se impone la verdad.
No se puede olvidar que la forma más plena de vida es la
del pensamiento, la vida intelectual, que es lo
diferencial humano. Pensar es vivir. Hay más vida en una
sola idea o concepto, que en todo el mundo irracional.
El hombre o se realiza por la vida intelectual o no se
realiza de ninguna manera. El camino hacia la vida plena
se inicia en la vida de la razón y no se alcanza
perfección humana alguna sin ella.
No es que la vida humana se reduzca a vida intelectual,
porque el hombre también es libertad y amor y cuerpo;
pero lo segundo pende de lo primero. No hay amor sin
conocimiento. Ojos que no ven corazón que no siente.
De ahí que "pasar" de conocimiento intelectual, de
ejercicio del intelecto especulativo es empobrecer
infinitamente, sofocar, reprimir lo más humano de la
vida personal; lo cual no puede conducir más que a la
frustración de la personalidad.
La actitud ante la verdad, sin duda, afecta
profundamente a toda la vida personal. Se requiere un
modo de vida acorde con la verdad para sostenerla y
reafirmarla, y otro para rechazarla.
CAMINAMOS HACIA LA VERDAD
De otra parte, todo hombre en el mundo está en camino.
¿Hacia dónde? Hacia la verdad. La última hora es "la
hora de la verdad", en la que nadie podrá decir "yo paso
de la verdad", porque ya nada pasará, todo quedará, será
el momento de la eternidad, de rendir cuenta de los
talentos recibidos, el mayor de los cuales es el de la
capacidad para conocer la verdad y hacerla.
No hay nadie que no vaya "a ninguna parte". Todos, de
grado o por fuerza, nos encaminamos a la verdad. El más
allá no es la nada, sino el lugar donde se verifica la
verdad, donde se valora todo con la medida de la verdad
absoluta.
El tema de la verdad es ciertamente el tema de la vida:
es un asunto de vida o muerte, algo sumamente vital. Por
eso se lee en un gran libro: "no temas a la verdad,
aunque la verdad te acarree la muerte". Porque la muerte
por la Verdad es vida, mientras que la vida sin la
verdad es la incoación de la muerte eterna, o más
exactamente, la incoación de una angustia irreversible.
¿EXISTE ALGO (VERDADERO)?
Realmente es preciso reconocer que muchas veces no es
fácil dar con la verdad de las cosas. Pero ¿es razonable
la actitud que desespera o desiste de conocer la verdad,
al menos las verdades fundamentales que ilustran sobre
el sentido de nuestro vivir?Lo cierto es que hay
verdades, y verdades fundamentales que no son tan
difíciles, con tal de aceptar la posibilidad de conocer
alguna verdad. También sucede que "existen verdades tan
evidentes que no hay posibilidad de hacer que penetren
en los cerebros" (H, MARET, Pensées et opinions, 1)
Hay unas palabras de Jesucristo en el Evangelio, que
vienen aquí como anillo al dedo. «Decía también a la
gente: "Cuando veis una nube que se levanta en el
occidente (poniente), al momento decís: va a llover, y
así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: viene
bochorno, y sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el
aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis
interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis discernir
por vosotros mismos lo que es justo?"» (Lc 12, 54-57)
Sucede que para discernir lo justo, tanto para mí como
para los demás, he de suponer que existe lo justo, lo
cual supone que existe verdaderamente y que hay una
verdad sobre lo justo y lo injusto.
A quien el Evangelio inspire alguna confianza, puede
permitirse el lujo de desconfiar de los que desconfían
de la posibilidad de conocer la verdad, al menos de las
verdades fundamentales. ¿Y qué puede haber más
fundamental que conocer lo que es justo y lo que es
injusto conmigo mismo, con los demás y con Dios? ¿No
puede ser cierto que sea una hipocresía exagerar las
dificultades para discernir lo verdadero de lo falso, al
menos por lo que se refiere a lo fundamental?
Se puede fingir «pasar» de la verdad. Lo que no se puede
es «pasar» verdaderamente. Y tampoco se puede «pasar» de
los que «pasan», porque lo pasan muy mal; si no, al
tiempo.
Escribía Julián Marías en "tercera" de ABC (28.VII.1990)
que le sorprendía e inquietaba que cuando se habla de
filósofos o de sus obras, rarísima vez aparece la
palabra "verdad", como si fuese indiferente que lo que
se llama filosofía sea verdad o no. "Ahora bien -añadía-
la filosofía ha sido siempre la busca de la verdad; en
ocasiones se la ha identificado con esa palabra, en
griego "alétheia", que ha sido una de las denominaciones
de la filosofía. Y no una verdad cualquiera, porque ésta
puede tener muy distintos orígenes y por tanto
justificaciones. La verdad de la filosofía procede de la
razón, palabra que pocas veces se usa; y se busca la
verdad que responda a las cuestiones más fundamentales y
vitales: qué pensar sobre la realidad, qué hacer, cómo
vivir... Entender lo real, discernir entre la verdad y
el error o la mentira...
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En la foto: La
bocca della verità (Roma).
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