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Por Hervé Pasqua (*)
El hombre, en efecto, cansado de sí mismo, intenta transgredir sus límites. Intenta evadirse de la existencia concreta y sueña con ver su cuerpo vagar fuera de los límites de aquí-ahora.
"El hombre escribe Pierre Boutang- es el ser que habita la tierra, humus, término que los latinos reemplazaron tardíamente por el de terra; y la humildad es para ello el hecho de permanecer en el nivel de este humus, de esta misma tierra. Lo que el sentimiento judeocristiano añade a este humanismo y a esta humildad pagana es el reconocimiento -al nivel de la tierra, así como de todo lo creado- de un ser participado y trascendente al que hace ser, sin que toda prueba caiga en la nada" (51).
Este texto pone de manifiesto la condición de ser creado de todo lo que existe. El amor por la tierra es, sobre todo, amor por la creación, y este amor es tan humano como divina es esta creación.
Estar tan vinculado a la tierra como a las verdades eternas es la característica de lo que, desde tiempos inmemoriales, se ha llamado sabiduría. El sabio no separa la tierra del cielo. La sapientia consiste en saborear, degustar el sabor de las cosas, y el oficio del sabio es el de meditar acerca del misterio de su propia presencia. Se diferencia totalmente de la inteligencia sistemática, amurallada por el formalismo, encerrada en sí misma, separada de lo real y, en consecuencia, incapaz de comunicar algo, ya que la nada no se comunica. Una inteligencia que pretendiera sacar de su fondo el tesoro del conocimiento, acabaría por realizar las abstracciones. Y desembocaría en el falso saber que nace de las ruinas de lo real y toma las ilusiones por iluminaciones. Este falso saber, de hecho, es una ignorancia, una noche sin estrellas, una oscuridad vacía que aspira a colmarse en la plenitud de un saber absoluto cuyo desenlace inevitable es el desvanecimiento del mundo.
Ahora bien, no hay nada más ilusorio ni más peligroso para el hombre que tal tentativa: "Donde ya no existe el misterio, ni la trascendencia -dice Gustave Thibon-, donde yo puedo comprender y utilizar a fondo, el sentimiento de lo sagrado desaparece". En efecto, en cuanto el mundo se transforma en un objeto susceptible de ser explotado, se convierte en un recinto sin luz, pierde todo su sentido. Se cierra para convertirse en un objeto utilizable que deja de participar desde dentro al ser. Reducido a utensilio, se extiende a la superficie, puede ser inventariado, pero incapaz de revelarnos el aspecto sagrado que encierra, es decir, su ser. El olvido del ser, por tomar una expresión de Heidegger, condena al hombre a nutrirse de las cifras, es decir, de la nada. Idolatrar consiste, en definitiva, en amar la nada. Los ídolos matan la propiedad de las cosas, son la negación del ser.
Negar el Ser es afirmar la muerte de Dios, ya que Dios y Ser son idénticos. Si Dios no fuese, el Ser no sería: sería un ídolo. Si Dios no es, nada sería, pues nada hay que no haya sido creado por Dios. De ahí proviene el tono patético con el que Nietzsche anuncia su mala noticia: "¿Adónde ha ido Dios?, grita Zaratustra; yo os lo voy a decir. Lo hemos matado...¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar?...> . Y en otros términos, ¿cómo puede el Ser vaciarse de sí mismo e identificarse con la Nada? Ésta es la pregunta.
La obra de Simone Weil nos ofrece un testimonio desgarrador a este respecto. Nos aclara con una luz viva la pregunta que nos planteamos. Ella fue, sin duda, una mujer admirable, cuya generosidad le hacía llorar por la suerte de los hambrientos y compartir la de los desgraciados. Pero, por encima de todo, la vida de Simone Weil representa la desdicha. No ya el infortunio de la conciencia o la desgracia social, no la desdicha física o psicológica sino la del Ser. ¿Cuál es la desgracia del Ser? No poder ser. Es la contradicción absoluta de un Ser que no es. En palabras de Simone Weil, es la experiencia de un amor imposible. Todos estamos de acuerdo, amar es entregarse. Pero amando, Dios, nos dice Simone Weil, se vacía de sí mismo. Su ser se extenúa en su propia donación. Dicho de otro modo, el amor le impide a Dios ser, porque le empuja a vaciarse de sí mismo(52).
Por no haber conocido el Amor en Dios, es decir, por no haber reconocido el Dios a la vez Uno y Trino de la revelación cristiana, Simone Weil hace salir a Dios de sí mismo. Por eso, a sus ojos, amor es separación, separación entre Dios y Dios. "Dios ha abandonado a Dios, Dios se ha vaciado -escribe- y esta palabra envuelve la creación y la encarnación con la pasión" (id.). La creación, añade, es el espesor que Dios ha puesto entre sí y sí mismo. Al crear, nos dice, su Ser se ha inclinado y se ha volcado totalmente hacia el ser de la creación, multiplicándose y dispersándose. Y, como el ser transcurre totalmente en los seres, no queda nada para él: ¡sólo le queda la nada! La creación sería entonces como un error, el fruto de la necesidad, el efecto de un amor fatal y no la obra del Amor trascendente. Y al producirse hubiera provocado la anulación de Dios.
Esta doctrina, de inspiración gnóstica, se encuentra en la obra de André Glucksmann. Para el autor de Cynisme et Passion, de La force du vertige, títulos tan evocadores, la muerte teje la vida: "Vivir -nos dice- es morir". El hombre es pasión: "Siempre se encuentra en estado de crisis, por lo tanto en estado de pasión". Este "pathos" fundamental consiste en soportar la obra de la nada actuando en el corazón del ser. Por lo tanto, para él, el único saber conveniente es el "saber terascópico", palabra creada con los términos griegos teras "monstruo" y scopos "visión". Dicho de otra manera, se trata de ver cara a cara al monstruo, de contemplar el horror y de pensar a la humanidad en el horizonte de su desaparición. El mal es la única cosa que podemos saber. Por lo tanto, al afirmar que el mal es el objeto único del saber, ¿no estaremos haciendo del mal una realidad positiva y atribuyéndole una dimensión trascendente? Parece ser que esto dice Glucksmann al afirmar que el mal es "radical", esto quiere decir que su raíz no está en nosotros: está en él mismo. Si la raíz del mal estuviera en nosotros, deberíamos reconocer su origen moral y .asumir la responsabilidad. Pero si rechazamos esa responsabilidad, el mal pierde su dimensión ética para tomar un estatuto exclusivamente ontológico. ¡Hacemos de él un ser aparte, un principio autónomo, un ídolo! Caemos en el maniqueísmo. Recordemos que, según este último, el mal no tiene nada que ver con el bien; mal no es una ausencia de bien, sino una presencia total que se impone como una realidad destructora e inexpugnable. La " terascopia", visión del terror, se desprende, entonces, de lo más profundo de la destrucción. El mal es un poder que deshace. La técnica, la ciencia, la política, cualquier forma de poder en general, encarnan esta potencia destructora y maligna de un dios que, desde hace ya mucho tiempo, se ha confundido con los ídolos.
Tanto para André Glucksmann como para Simone Weil existir es el acto según el cual el Ser se deshace y sale de sí mismo. El Ser se separa de sí, se multiplica, se atomiza. Y existir es destruirse superándose. " La terascopia -dice André Glucksmann- percibe del no ser aquello que no puede ser, pero que puede inducir a no ser lo que es". Sólo el mal existe con su capacidad destructora. Es la obra de la nada. Por eso, el universo entero se encuentra en estado de "descreación". Se desarrolla destruyendo su entorno. Glucksmann desemboca en la idea de Weil, según la cual entre Dios y el mundo no hay una relación de creación sino de destrucción. Para ambos, el fondo del Ser es la Nada: se hace al deshacerse. Por lo tanto, el individuo carece de una realidad propia, discurre sin fin. Todo ser vivo es un ser muriendo: "morimos continuamente y eso es la vida." La humanidad, en consecuencia, se refleja en la perspectiva de su perdición. "El retrato del hombre se bosqueja en el mismo movimiento que lo borra". Tantas fórmulas descienden directamente de Hegel, para quien " el devenir es la identidad inquieta del ser y de la nada". Ésta es la devastadora lógica de la idolatría, es decir, de la mentira.
Glucksmann, resignado a existir " en el centro de una amenaza extrema", se hace eco de Simone Weil, consagrada a realizar su propia desgracia, y de Nietzsche, ocupado en vivir de manera peligrosa. Si, efectivamente, existir consiste en "descrearse", en deshacerse, no vemos cómo puede haber salvación. En esta perspectiva trágica, la única solución es la de abandonarse a las fuerzas del mal, petrificarse en una consunción helada con la mirada fija en el horror del espectáculo que refleja la esencia de la vida. Al igual que Weil, Glucksmann encuentra en el conocimiento de la desgracia el medio de aceptar su condición de "ser-para-la-muerte" ¡Si la muerte no existiera en su doctrina, habría que inventarla!
La idea del vértigo ante el cual el ser perdería sus fuerzas cayendo al abismo de la nada, la idea de la anulación de Dios, están intrínsecamente unidas a la concepción de Hegel según la cual " el mundo es el devenir de Dios". En efecto, el devenir hace estallar su unidad introduciéndose en el ser. Al principio de todas las cosas, existía el caos primordial; el big-bang originario, imagen de la deflagración del Ser que se encuentra esparcido en los entes. En el origen de esta doctrina está el mito de una caída del Ser; de un olvido constitutivo del Ser que se olvidaría de sí mismo en los entes, porque los entes, al manifestarse, privan al Ser de su ser. Por esto, dice Heidegger, el Ser pide continuamente que le recordemos. En esta línea, el mundo no puede ser más que una corrupción en marcha, y la individualidad sólo una enfermedad de la cual hay que curarse.
A partir de estos análisis, ¿podemos hablar aún de progreso en filosofía? Leamos al presocrático Anaximandro: "Las cosas -dice- al nacer se desligan de la unidad primordial y divina; para alcanzar su ser particular actual, han cometido una acción impía en el más alto grado, por eso deberán sufrir el castigo supremo: la muerte, la destrucción". Este mismo sentido tiene lo que Nietzsche ha escrito veinticinco siglos más tarde: "Todo devenir es una emancipación culpable respecto al ser eterno, una iniquidad que hay que pagar con la muerte". Ambas filosofías se manifiestan fuera de la órbita de la creación. Si la presencia de los entes no es el resultado de una creación, la única forma de explicarla es a través del mito, es decir, a través de la desunión originaria, de la caída del Ser.
En esta óptica, la existencia consistiría en deshacerse para rehacer el Ser. Los entes deberían unirse para reconstruir el Ser en su totalidad. El hombre, de esta manera, se convertiría en ¡el redentor de Dios! ¿De qué manera? Realizando la comunidad perfecta en la que los individuos se disolverán en favor del Gran Todo. Asistimos a un éxtasis por abajo, a lo largo del cual el hombre sale de sí mismo, se despersonaliza, se desustancializa, o como diríamos hoy, "se défonce" (53). Se trata, expresado en un término inventado por Simone Weil, de dejar que se produzca la descreación. Descrear es deshacer la creación para hacer volver al Creador. ¡Este mundo está de más para la eternidad! y ha provocado la parcelación del Ser divino. Ha llegado el momento de realizar la Gran Obra de Regeneración, según la cual los entes restituirán el Ser al Ser destituyendo al suyo propio. Según Simone Weil, éste es el significado gnóstico de La esperanza de Dios. Dios esperaría librarse de la creación, de la prisión del mundo. Por tanto, entre Dios y el mundo existe una relación de exclusión y no de participación. Cuando uno es, el otro no es. Así, entre los entes y el Ser hay un movimiento continuo de vaivén. Éste es el significado de la metempsicosis para Weil y del Eterno retorno para Nietszche.
En definitiva, nos encontramos ante una doctrina que ignora la relación entre Dios y el hombre. El Ser divino no tiene aquí relación alguna con el Dios creador judeocristiano. Es un Ser que se destruye en el mismo momento por el que los entes se construyen. O, dicho de otra manera, la multiplicación de los entes es una división del Ser y no una creación que deja al Ser del Creador igual a sí mismo. Cuando Simone Weil invoca la muerte del hombre, lo hace por las mismas razones que Nietzsche cuando proclama la muerte de Dios. Para ellos, el Ser se altera continuamente, nunca es el mismo, y esta alteración supone la alternativa entre Dios y el mundo. Ambos recorren la misma lógica, pero en sentido inverso.
Todo esto que puede parecer teórico tiene aplicaciones prácticas muy concretas. Pensemos, por ejemplo, en los "punkis" . Paradójicamente, para ellos la voluntad de singularizarse -conforme a la idea según la cual el individuo no es nada y lo universal lo es todo- desemboca en la voluntad de destruirse, hundirse... Ésta es una característica esencial de la idolatría. El ídolo sacrifica lo particular a lo general, exige un culto absoluto y exclusivo en nombre de la divinización de lo abstracto. Para el ídolo, la única Realidad es la abstracción. ¿Y qué es abstraer? Abstraer es sustraer lo real a lo particular, superar la existencia concreta. Pero aquí lo universal acapara todo lo real. Así, el " punki" vive en la abstracción, en la idolatría, poniendo su existencia personal entre dos mechones de cabello a modo de paréntesis. La única realidad verdadera que reconoce es " el grupo", " la banda", " el colectivo"; pero, a la vez, envía un espejo a la sociedad que considera que sólo existe la comunidad frente a los individuos, que son falsos seres ahí.
El "punki" encarna la cruel metamorfosis del hombre particular en hombre colectivo. Y como la crueldad preside necesariamente este cambio sustancial, la idolatría sacraliza la violencia. La violencia se afirma como el motor de un progreso del que se espera la liberación del principio de contradicción. Una realidad es contradictoria cuando se le dan dos atributos opuestos. Es decir, el agua no puede ser al mismo tiempo caliente y fría. Por lo tanto, desde el momento en que se afirma que el hombre es, a la vez, él mismo y los demás, se hace esencialmente contradictorio. En consecuencia, hay que superar esta contradicción. ¿Cómo hacerlo? Fundando al individuo en las totalidades que lo superan y sacrificándolo a los ídolos.
Hay que unir el mundo en una fuerza destructora e invencible con este fin. Por eso, la guerra es la madre de todas las cosas. Para crear de nuevo hay que matar, y ésta es la mística de los terroristas. Se trata de llevar a cabo una reestructuración total del hombre a través de una revolución permanente, la renovación sin fin de una exaltada marcha hacia el Gran Todo, que es la única realidad de la que los individuos son aspectos efímeros. Como dice la obra de Beckett Final de partida, no debe quedar nadie. Sólo permanece el ser colectivo, el cuerpo social, la Masa Indiferenciada de la que el organismo tiene como función principal consumir a los individuos. Este ser colectivo es una sociedad de consumo al pie de la letra: los individuos son consumidos para alimentar la vida, que es únicamente un circuito interior de su propia totalidad mistificada.
Todo esto se encuentra en la lógica de la idolatría porque desde el momento en que el hombre pierde su naturaleza se convierte en una aventura cuyas peripecias tienen como fin "estallar en el mundo", según una expresión de Sartre. Ya sólo puede irradiarse en el campo de las relaciones que lo componen, lo descomponen y lo recomponen, porque de él no parten opiniones, los sentimientos ni las ideas. Éstos no son más que líneas de fuerzas que, momentáneamente, convergen en un punto de encuentro que comete el desatino de considerarse alguien. Los individuos no son más que fragmentos de un conjunto sin consistencia alguna, elementos de un sistema sin sujeto. Estos fragmentos o elementos no hacen más que combinarse de manera aleatoria hasta llegar a un devenir que sólo es el despliegue y el repliegue de un ser que no es más que un pliegue. Irradiación, desintegración, expresiones que resumen la filosofía de la era atómica.
"El erotismo -dice Jean Brun-, la invasión de lo abstracto, el aplanamiento de la noción de modelo reducido a una simple noción operatoria, son las diferentes caras de una única experiencia: la del hombre que, en su deseo de salir de sí mismo, quiere disolverse en un campo dionisíaco en donde se despliegan todas las posibilidades combinatorias que aseguran el éxtasis" (54). El hombre, en efecto, cansado de sí mismo, intenta transgredir sus límites. Intenta evadirse de la existencia concreta y sueña con ver su cuerpo vagar fuera de los límites de aquí-ahora. ¡Si pudiera oír los colores con las orejas y ver los sonidos con los ojos! ¿No le daría el desarreglo de los sentidos la sensación de fusionarse con el cosmos divinizado? Y los estupefacientes, en consecuencia, aparecen como un medio infalible. Bajo los efectos del peyol, del LSD, de la marihuana, al hacerse las sensaciones más intensas, identifican al sujeto con los objetos que le rodean y le hacen olvidar su propia existencia. La droga mina todas las bases de la percepción y sumerge al hombre en el océano de una sensación ilimitada. Otros medios dan la posibilidad de obtener los mismos efectos. Los osciloscopios, los estroboscopios, con la luz que se quiebra hacen caer al individuo en un remolino en el que las imágenes, que se suceden con un ritmo loco, dan una sensación de vértigo y producen una multiplicación del yo que se confunde con la diversidad del mundo.
El deseo de salir del yo, convertido en cárcel, para llegar a ser todo tiene un resorte secreto: el erotismo. Eros es un ídolo que consume. Descompone al inidividuo para incorporar el universo consumidor al organismo gigante capaz de un amor absoluto. Por eso, Don Juan no ve en una mujer una existencia particular propiamente dicha, ya que para él sólo existe realmente el ser colectivo. Si abarca lo múltiple es sólo para componer una totalidad sin fin en expansión. El erotismo no está, pues, unido a alguien particular, sino a una abstracción. Y esto no puede ser de otra manera, porque el erotismo es un concepto que vuelve la espalda a lo real y pone entre paréntesis aquello que hace del un ser una conciencia encarnada. Y así, se esfuerza en independizarse del cuerpo desmembrándolo, para remembrarlo y constituir un cuerpo cósmico recorrido por un escalofrío oceánico.
El intento de irradiarse en el seno de un océano vital traduce la búsqueda faustiana de un conocimiento que nos revele el secreto de la génesis del universo. De ahí la importancia del aspecto iniciático de la búsqueda del punto alfa, que sería la matriz del Ser autocreador; en ella se encuentra el germen del huevo cósmico y su posesión nos llevaría a asegurar el dominio de la producción y reproducción del universo. Por lo tanto, es necesario remontar la escala de los entes para coincidir con el momento originario del que ha salido el mundo. Esta regresión hacia el mar del Origen, esta vuelta al océano de la vida, consiste en llevar a cabo el camino inverso al nacimiento y encontrar, así, la fuente de la vida divinizada. Por ello, Teilhard de Chardin profetiza: "Antiguamente, los precursores de los químicos actuales se consagraban a buscar la piedra filosofal. Hoy, nuestra ambición es todavía mayor; no se trata ya de hacer oro, sino de hacer la vida". Habla también del cercano crecimiento de una energía humana que convierte al hombre en "la mano puesta sobre los encargos secretos de la biogénesis" que podrá fabricar una "neovida creada artificialmente". Teilhard es, así, el gurú de una vida divinizada, que oficia el paso de lo puramente zoológico a lo antropológico, de la materia al espíritu, del hombre individual al hombre genérico. Paso que rompe la frontera entre lo humano y lo divino sin confundirnos en el Gran-Todo indiferenciado.
Por eso, el ser del mundo no será nunca el Ser de Dios, y nunca podrá serlo, porque el Ser trasciende los entes. La idea según la cual el Ser de Dios sería un prisionero de su creación que le despojaría de sí mismo, subyace desde la filosofía de Hegel hasta la de Heidegger. Como hemos dicho, es de inspiración puramente gnóstica. Ahora bien: el gnosticismo se sitúa en la prolongación del neoplatonismo. Éste considera la existencia del mundo material como el resultado de una caída, de una degradación del espíritu. La materia no es buena. Es mala porque impide al Ser ser totalmente, privándole así de su plenitud. La gnosis, desde ese momento, se afirma como el saber-salvador, que llevaría a cabo la salvación de un Dios que se ignora y adormece en el mundo, haciéndole tomar conciencia de sí. En el origen de esta teosofía encontramos la idea de Simone Weil de un dios débil y cambiante. Se trata de un dios que se despliega y se desvanece como emanaciones sucesivas. Estas emanaciones son la multiplicación fantástica de los eones -los entes- que irradian desde el centro del Ser hasta el límite último, más allá del cual el Ser dejó de ser. Sin embargo, éste se extenúa en esta multiplicación que lo divide contra sí mismo. En el último horizonte del Ser, es decir, en el límite de la esfera que forma el conjunto de "eones" -el pleroma divino- se sitúan los "eones" más débiles, los más disminuidos, porque son los que están más alejados del centro divino. Fatalmente, un "eón" por debilidad tendrá la idea de alejarse del resto y así formar una esfera nueva, su propia esfera. Su independencia le hace creer que podría ser el más poderoso y el primero entre los débiles. Embriagado por sus propias visiones, se desvía y se encuentra fuera del pleroma divino, llevándose consigo una multitud de eones cuya escapada provoca una verdadera leucemia del Ser, que se vacía de sí mismo. Al ser otra vez bastante numerosos, los eones toman las fuerzas suficientes para crear; y así se explica la aparición de este mundo necesariamente malo, puesto que es la obra de un ser malvado: el eón prevaricador.
Los primeras gnósticos intentaron adaptar el cristianismo a la cultura pagana. Este deseo de adaptación daba lugar a un eclecticismo ilimitado, a una mezcla fantástica entre la religión oriental y la filosofía griega, en la cual se intentaba asimilar los mitos de Oriente; un poco como sucede en la actualidad: nuestros teósofos han intentado unir la religión católica con el idealismo alemán. Estos intentos caracterizan a los momentos incapaces de llevar a cabo la síntesis y tentados por un sincretismo fácil. Pero lo más grave es que, al minimizar la función de la Fe y de la revelación en el conocimiento teológico, el fundamento de la Iglesia y su teología se ponen en peligro. Es fácil constatar esto, por ejemplo poniendo de relieve el gnosticismo que subyace en la teología de la liberación y, en general, de cualquier tentativa de secularización que desemboque en la mundanización de Dios, es decir, en la disolución de Dios en el mundo. En esta perspectiva, cualquier tipo de poder, puesto que es siempre el poder del mal el que obra en el mundo como una energía destructora, trata de luchar contra cualquier tipo de institución, y especialmente contra la Iglesia jerárquica, abucheada en nombre de una Iglesia "pneumática", la de los puros, la de los cátaros, los únicos que poseen el " pneuma" , que no se trata del Espíritu Eterno del Dios trascendente, sino del aliento de un dios que se sofoca.
La agnosis es una de las consecuencias de la separación entre la Verdad y el Ser. Desde el momento en que el Ser no puede mantenerse en pie, desde el momento en que el Ser se hunde en sí mismo y se destruye hundiéndose, el mundo deja de aparecer como creación para convertirse en una ilusión. ¡Ya no hay creación sino difusión! El universo sería el resultado del desmoronamiento divino, del estallido del Ser. Durante la eternidad pesaría sobre él una fatalidad catastrófica. Por lo tanto, la separación entre la verdad y el Ser está basada en la confusión entre el Ser y la Nada. Una confusión como ésta puede tener efectos termonucleares. El " gulag" , esta monstruosa máquina que nos procura la muerte; la idolatría, esta mentira que rinde culto a la nada, representan una doble amenaza que cae sobre el mundo seducido por el apocalipsis. Frente a este peligro, es absolutamente necesario sentir que el Ser no puede ausentarse de sí mismo: él es la plenitud hacia la que todos los seres tienden.
Sólo Dios existe; el ídolo, no. Dios es lo contrario al ídolo. El ídolo es pura debilidad sin apoyo; es un impostor, la mentira absoluta que pretende imponerse en el lugar del Dios verdadero, vaciándolo de su substancia para ocupar mejor su puesto, para sustituirlo mejor. Pero la verdad es lo que es, se funda sobre un Ser sin fisura, capaz de crear sin extenuarse y de amar sin vaciarse de sí mismo, un Ser que no se tiene fuera de sí, sino en sí, en una independencia soberana en relación a los seres que no existirían sin Él, un Ser, en fin, que no nos mienta y que sea la misma Verdad.
Notas:
51. Pierre BOUTANG: L"ontologie du secret, P.U.F.., París, 1973, p. 441.
52. Cfr. Hervé PASQUA: Bas-fonds et profondeur, Klincksieck, París, 1985, p. 40 y ss.
53. Se défonce: "se desfonda".
54. Jean BRUN, Le retour de Dionysos, Les Bergers et les Mages, París, 1976, p. 148.
(*) Del libro de Hervé Pasqua Opinión y verdad, Ed. Rialp, Madrid 1991, págs. 128-147.
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