Implacable con la mentira
Por Julián Marías,
de
la Real Academia Española
Vale
la pena repasar este artículo del gran
pensador español, publicado en el diario
ABC de Madrid, el 9 de marzo de 2001. No
hace tanto tiempo y parece muy actual.
Un viejo dicho dice: "In communi causa omnis
homo miles" (en una causa común, todo hombre
es soldado). ¿Cuál puede ser una causa
común, en una época en que tiene vigencia la
democracia, y ésta debe estar inspirada por
el liberalismo y no ser impuesta por la mera
presión aritmética de los votos? No se
olvide que Hitler triunfó repetidas veces
por este procedimiento, y así aplastó
definitivamente toda libertad. Y su ejemplo
ha sido seguido muchas veces, con diferentes
pretextos.
Por esto, la
causa común indiscutible es la verdad, el
respeto a las reglas del juego. En
principio, se puede formular, expresar,
defender cualquier tesis, con tal de que se
respete la verdad comprobable, justificable.
El error es aceptable mientras sea
inevitable; quiero decir, mientras no sea
expreso, deliberado, una violación
voluntaria de la verdad. Una cosa es el
error, otra absolutamente distinta, la
mentira. Ésta es inadmisible, contra ella
hay que ser implacable, porque destruye el
mismo suelo en que se funda toda discusión,
el supuesto de los principios de la
convivencia, de la discrepancia, del posible
acuerdo; en suma, de la sociedad civilizada.
Esa
implacabilidad no excluye la posibilidad de
entenderse; al contrario, es la condición de
su existencia. Las discusiones sobre
opiniones, estimaciones, valoraciones
intelectuales, son problemáticas y a veces
difíciles. La falsedad es accesible,
comprobable, frecuentemente demostrable. Pío
Baroja decía que los españoles discuten con
frecuencia por cuestiones de hecho. Por
extraño que parezca, es frecuente que se
discuta por ellas. Cuando se aducen cifras,
estadísticas o porcentajes, se puede esperar
lo peor. Se dicen las cosas más extrañas,
improbables, aventuradas, con tal de que
sirvan para defender lo que conviene. Mi
pregunta usual es: ¿cómo lo sabe? No hay
respuesta porque no puede saberse. La tesis,
probablemente profética, es incomprobable.
Se basa en una estadística que no se ha
hecho ni probablemente se puede hacer. Se
nos dice que dentro de cincuenta años la
población, la riqueza, la educación de un
país será tal o cual. Todos sabemos que los
cambios sociales son en gran medida
impredecibles, a veces bruscamente,
inesperados y que deparan constantes
sorpresas. Las variaciones son enormes y
decisivas. Basta con recordar lo que ha
sucedido en unos cuantos años para
persuadirse de la esencial variabilidad de
la historia.
"Por la boca
muere el pez" es una vieja convicción
atestiguada por la experiencia. En esta
época, casi todo lo que se dice queda
registrado por mil procedimientos. Se puede
recordar lo que se ha dicho, en su fecha
precisa, con sus propias palabras: no hay
manera de evitarlo y escapar a ello. Son
legión los que viven en perpetua zozobra,
temiendo ser citados, que se recuerde lo que
en otra fecha, en otro contexto, en otra
compañía, con otros propósitos, dijeron.
Ese temor
está templado, casi siempre, por la
esperanza de la impunidad. Se confía en que
no se recuerde, en que se haya olvidado o,
en todo caso, se eluda el recuerdo. Podría
hablarse de un amplio sistema de "olvidos
mutuos". Yo te olvido y tú me olvidarás. Lo
malo es que esta práctica reiterada va
impregnando gran parte del mundo, engendra
una desconfianza creciente, va contaminando
la palabra, muy especialmente la pública, la
despoja de valor, impide el edificar sobre
ella la interpretación de la realidad, la
confianza en los testimonios. Son bien
conocidas las normas con las cuales se
declara judicialmente las manifestaciones de
los testigos. En algunos países, cuando se
declara algo bajo juramento es perceptible
el grave temor a mentir. En algunas
legislaciones, el perjurio es por sí un
delito, sea cualquiera su contenido.
Este sano
temor no existe en otras sociedades en que
ni siquiera el perjurio tiene demasiada
gravedad. Lo que me preocupa no es la
carencia de una sanción jurídica o penal de
la mentira, sino la posible descalificación
moral. Si el que ha mentido perdiera su
credibilidad, no tuviera prestigio, no
pudiera seguir mintiendo desde la impunidad,
la gravedad de esta situación no sería
excesiva. Lo que importa es que la mentira
no tenga consecuencias.
A veces
espero con impaciencia, con inquietud y
esperanza, la significación de una figura
política que va a entrar en escena. Hay que
ver lo que hace, antes que nada lo que dice.
¿Se podrá confiar en lo que va a seguir, en
su futura conducta? En ocasiones, antes de
que esto se manifieste, se siente confianza
o lo contrario. El principio "Dios los cría"
suele ser iluminador. Si alguien busca la
compañía de los veraces siento confianza,
esperanza, casi seguridad. Si busca compañía
de los que segregan habitualmente la
mentira, pierdo toda esperanza, temo que va
a continuar la misma práctica, que no se va
a atrever a discrepar de ella, aun dando por
supuesto que tuviera ese deseo.
El único
remedio conocido para esta lacra, que
perturba y corrompe una parte considerable
de la vida pública, muy especialmente de la
política, es detectar, reconocer, retener la
mentira allí donde aparezca. A diferencia de
la tolerancia amplísima respecto a las
opiniones, aunque sean erróneas, a condición
de intentar manifestar el error y tratar de
superarlo; a diferencia también de la
disposición a examinar y discutir serena y
correctamente las opiniones más distintas de
las propias, la mentira deliberada y
comprobable no puede aceptarse, porque vicia
toda la discusión, pervierte el uso
legítimo, absolutamente necesario, de la
palabra.
Si se repasan
los quebrantos graves de la convivencia, los
desastres que han acontecido en una sociedad
determinada, en un país, tal vez en el mundo
entero, se puede medir hasta qué punto las
causas han estado en la tolerancia de la
mentira, en la falta de percepción de ella,
probablemente en el temor a reconocerla,
sobre todo en la complicidad con ella. El
que tolera una mentira, el que no la toma en
serio, el que no procura declararla y
evitarla, el que no se aparta de sus autores
y los declara "fuera de la ley", miente con
ellos, se asocia a su misma empresa, queda
contaminado por ese factor de corrupción,
del cual proceden casi todos los demás. Por
ahí habría que empezar; lo demás se daría
por añadidura.
(c)
2001 Prensa Española S.A.
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