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FANATISMO, TOLERANCIA Y FE (José Miguel Odero)

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FANATISMO, TOLERANCIA Y FE

El año 1995 ha sido designado por la ONU como "Año Internacional de la Tolerancia", quizás por la percepción de que el siglo XX ha contemplado y sigue contemplando demasiadas veces formas variopintas de intolerancia. Y la intolerancia es un obstáculo formidable para el desarrollo de la vida social, que llega a convertirse en una vida inhumana, indigna del hombre, e incluso insoportable. Acuden inmediatamente a la memoria las grandes dictaduras de nuestro tiempo: el autocratismo zarista y las diversas dictaduras del proletariado; la dictadura del nacionalsocialismo y sus imitaciones; la "caza de brujas" liderada por el senador McCarthy en los Estados Unidos y las innumerables dictaduras tribales del Tercer Mundo; el denominado "fundamentalismo islámico", etc. Todas ellas constituyen formas de lo que podría denominarse intolerancia política.


Por José Miguel Odero

Intolerancia de Estado

La intolerancia política es un fenómeno antiguo en la historia. La practicaron los faraones de Egipto, los reyes de Asiria y de Babilonia, los emperadores de Japón… La historia de los imperios de la antigüedad está escrita con lágrimas: deportaciones en masa, genocidios, trabajos forzados, ejecuciones sumarias que "Amnisty International" no ha denunciado, porque ya eran agua pasada muchos siglos antes de constituirse esta asociación.

La intolerancia política conoce dos grados de injusticia. El primero y más acervo consiste en que las leyes no protegen acciones o actitudes externas que son de suyo totalmente legítimas. Y desde luego deben ser protegidos al menos los que hoy consensuadamente se denominan "derechos del hombre": derecho a la libertad política y religiosa, a la manifestación del propio pensamiento, a constituir una familia, a la igualdad ante la ley, a la libertad para elegir residencia, a la defensa de su seguridad, a la propiedad privada… Los derechos del hombre constituyen el primer ámbito donde puede detectarse flagrantemente la intolerancia; la autoridad política que no tolera lo que es en justicia un derecho de otros más que intolerante es un tirano y un déspota. Sin embargo es un hecho que en algunos casos el Estado llega a promulgar leyes que dificultan o prohiben expresamente tales acciones; entonces ya no debería hablarse meramente de intolerancia sino de cruel tiranía y abuso del poder.

La esfera de la tolerancia política

La auténtica tolerancia política comienza más allá de la estricta justicia. En su sentido más estricto tolerar significa aceptar la existencia de un mal, un mal real. Así decimos que una persona tolera el dolor, el frío o calor excesivos o el cansancio; y, en un sentido análogo, se puede tolerar un insulto, un desplante, una rabieta del cónyuge o el reparto injusto de una herencia familiar. Estas últimas situaciones apuntan a la esencia de la tolerancia propiamente dicha, porque entendemos que una persona es tolerante si en la vida social sabe aceptar sin agresividad la existencia de hechos y realidades que lo contrarían, que le parecen malas o perjudiciales. Naturalmente no es ningún mérito la mera pasividad en las relaciones sociales y menos la pasividad ante lo que se considera que es un mal, una actuación indebida de otro, una situación injusta o una actitud peligrosa. Pero sí es digno de elogio quien sabe contener su furor o actuar a la contra, manteniéndose en una espera prudente, cuando presume que adoptar otra actitud y reprimir el mal percibido, acarrearía a la larga perjuicios mayores que los que evitaría una acción contundente. Tal es el hombre tolerante: tolera acciones o situaciones que le parecen equivocadas, pero que la prudencia le aconseja aceptar.

El hombre tolerante lo es también por otro motivo: sabe distinguir entre los que le parece que está mal en otros y lo que sabe sin lugar a dudas que lo es. Una persona tolerante nunca podrá tolerar lo que su conciencia reconoce como injusticia ejercida sobre terceros; los "colaboracionistas" con las atrocidades nazis de la II Guerra Mundial, que las veían sin protestar e incluso proporcionaban alguna ayuda material para cometerlas, ni de lejos eran personas tolerantes, sino cobardes y, a veces, cómplices de delitos gravísimos contra el hombre; lo mismo debe decirse de quienes adoptaron una actitud pasiva ante los asesinatos arbitrariamente perpetrados durante nuestra última Guerra Civil.

Sin embargo, el hombre realmente tolerante duda a veces de que su punto de vista sobre la necesidad de una huelga o sobre un aumento del control policial en las calles sea infalible; él es consciente de que la complejidad de la vida social contemporánea hace francamente difícil emitir juicios de valor definitivos sobre estas y otras muchas cuestiones. Y, ante la duda, descarta la idea de reprimir a quienes mantienen opiniones contrarias a las suyas e incluso se abstiene prudentemente de calificar dichas opiniones de malévolas o peligrosas para el orden social.

La tolerancia política no se limita a las cuestiones estrictamente políticas, sino que se extiende al ámbito más amplio del comportamiento humano. La tolerancia política debe ser, pues, definida como tal en función de quien la ejerce: el poder político, por el Estado. Esta tolerancia irradia hacia todo tipo de cuestiones en las cuales el Estado moderno interviene. Como es sabido, gracias al crecimiento vertiginoso de las competencias estatales que se ha producido desde el Renacimiento hasta nuestros días, las cuestiones sobre las cuales el Estado se siente competente son numerosísimas: desde la educación a la asociación religiosa, desde la pesca hasta el modo de transitar por una ciudad. Pues bien, un Estado es tolerante si sus gobernantes, bien por dudar de su propio juicio, bien por considerar que la persecución legal y policial de tales actos causaría perjuicios aún mayores, permite actuaciones y situaciones que la ideología del partido en el poder juzga como perniciosas pero inevitables.

Los Estados intolerantes se caracterizan por cierta insolencia hipócrita. Es el caso de algunos regímenes, confesionales en lo religioso, que, a pesar de haber firmado la Declaración de Derechos universales del hombre de las Naciones Unidas, no admiten en su país auténtica libertad religiosa; como ya se ha visto nos encontramos aquí con una intolerancia que es en realidad patente injusticia. Más precisamente debe hablarse de un Gobierno intolerante cuando el poder ejecutivo o legislativo dificulta o imposibilita acciones e iniciativas sociales sólo porque contrarían el talante de su ideario. Es el caso de tanto países donde se ponen continuas trabas al desarrollo de una enseñanza libre, no estatalizada; sus gobernantes opinan que de este modo favorecen la igualdad social y sacrifican el ejercicio de la libertad ciudadana a lo que no es sino una opinión.

La tolerancia personal

La raíz antropológica de la intolerancia política se halla en la incapacidad del gobernante para suponer que no tiene toda la razón, en la actitud de arrogancia intelectual que le caracteriza. No percibe por otra parte —y ello es gran imprudencia— que en su altanería a la hora de actuar por vía de "ordeno y mando", reprime ideas e iniciativas sociales que, aun en el caso de que no fueran bien encaminadas —no se encauzan en las normas que dicta su ideología—, de no ser reprimidas producirían a su alrededor la cohesión social que el gobernante precisa para el auténtico bien de la nación. Un estadista intolerante siempre acaba por encontrarse solo, pero es que él mismo se ha aislado con si intransigencia.

Tolerancia cívica

Por otra parte, la tolerancia no es una virtud que sólo los políticos puedan vivir. La tolerancia es antes y primariamente una virtud cívica y, en cuanto tolerancia de la persona como ciudadano, podemos denominarla tolerancia personal. La tolerancia personal es la base y sustento de la tolerancia política, pues, al fin y al cabo, los gobernantes son hombres y sus actitudes de gobierno no se improvisan en ese vértigo que H. Kissinger aludía en sus "Memorias"; en ellas señalaba por propia experiencia que las ideas y actitudes de un estadista son las que tenía antes de ser elegido para el cargo, porque desde el momento de su elección ya no dispone de tiempo alguno para crear unas nuevas.

Un talante intolerante a menudo se escuda tras la supuesta exigencia de ser coherente consigo mismo, con sus ideas. En realidad el ideal de autocoherencia tiene un fundamento muy débil. El hombre no es un ser cristalizado como una piedra; la existencia humana auténticamente vivida consiste en un continuo corregir el rumbo a la luz de nuevos conocimientos y de nuevas disposiciones afectivas. Quien se resiste a cualquier cambio invocando la necesidad de autocoherencia se convierte en un fósil espiritual. Otra cosa es que el ser humano pueda y deba mantener fidelidades, pero la fidelidad hace siempre referencia a otra persona con la cual se debe ser leal. Sólo así se explica, por ejemplo, la fidelidad del cristiano a lo que cree: su fidelidad no es el cerrilismo de quien aborrece cualquier cambio, sino la renovación reiterada de una lealtad hacia la persona de Dios.

Por el contrario el hombre autocoherente corre el peligro de adoptar actitudes intolerantes; es más: se coloca en la tesitura de convertirse en un fanático.

Intolerancia y fanatismo

¿Cómo describir en general la coherencia del fanático? Hoy entendemos que el fanático es un hombre obsesionado por algún pensamiento práctico, por un objetivo social que trata de hacer realidad a toda costa, concretamente a costa del respeto debido a sus conciudadanos. El fanático, para el logro de sus fines, es maquiavélico y no duda en conculcar el orden ético y el legal. El fanático no es desde luego un demócrata, porque piensa que sólo él o unos pocos como él han visto la verdad práctica y que a ellos corresponde realizarla mediante una acción violenta. En el fanático se aloja una carga de violencia potencial: está dispuesto a utilizar la violencia si fuera precisa para sus fines; violencia física (agresión), violencia psicológica (terror) y violencia intelectual (engaño), todo como medio para violentar o contrariar las voluntades de quienes se oponen a sus proyectos.

Es característica del fanático la obstinación, la enérgica y casi inconmovible persistencia en su actitud decidida. Ciertas convicciones elementales forman parte de dicha actitud y la alimentan; estas convicciones varían según los diversos grupos sociológicos de fanáticos. Pero se puede hablar de una convicción universal que ceba y sostiene cualquier fanatismo: el maquiavelismo que justifica cualquier medio en función de un fin que el fanático coloca como absoluto en sus sistema de valores. La coherencia del fanático depende de esta última convicción.

Además es típico del fanático descartar el diálogo como un elemento absolutamente inútil, porque el fanático renuncia al ideal de que su empresa y las convicciones peculiares que la guían puedan ser comprendidas y aceptadas pacíficamente por la comunidad. El fanático no cree que la inteligencia sea un patrimonio común de la humanidad en la cual deben fundarse las relaciones sociales. Por eso sus palabras no quieren ser razonables ni razonadas, sino sólo persuasivas e impulsivas: su discurso público se apoya sobre lemas y no sobre razones.

Fanatismo y fe religiosa

Según lo hasta ahora expuesto se puede colegir que en ocasiones no resulta fácil distinguir las actuaciones del creyente (el hombre fiel a Dios) y del fanático. De hecho la etimología del término fanático pertenece al campo semántico de la religiosidad helenística. Sin embargo, fe y fanatismo son actitudes radicalmente diversas. Ello se muestra con evidencia cuando se analizan sus raíces.

La fe religiosa se enraíza en la conciencia de una relación interpersonal con el Absoluto, el cual, siendo igualmente fuente de la Verdad y del Bien, suscita en el creyente un amor original por la capacidad intelectual del hombre y un hondo deseo de honestidad.

El fanatismo surge, por el contrario, de lo que cabe denominar creencia-apuesta; que no es propiamente un tipo de fe —aunque a menudo sea denominada así—. En efecto, el fanático se limita a apostar su vida entera a una opinión vehemente que él coloca en la cima de su jerarquía de valores, tomando simultáneamente la decisión de que dicha opinión sea intocable, indiscutible, cerrada a cualquier racionalización. Pero es propio de la creencia-apuesta que, como toda opinión, sea mantenida por el sujeto como algo intrínsecamente incierto; otra cosa es violentar su naturaleza y deshumanizarla, convirtiéndola en algo monstruoso. Sin embargo, muy a menudo la creencia-opinión de un individuo o de un grupo es impuesta a los demás dogmáticamente, como si fuera objeto de certeza. Hay que hacer notar que, en general, al hablar de las opiniones de alguien como de sus creencias, se está acentuando implícitamente la fuerza subjetiva de afirmación, la vehemencia de una convicción que se basa en la conformidad de lo creído con los intereses de ese sujeto y no en su probabilidad o verosimilitud objetivas. Si a veces resulta difícil conseguir que alguien se rinda a la evidencia y salga de sus creencias erróneas —de sus opiniones mal encaminadas hacia la verdad— es precisamente porque estima que esas creencias son suyas, que forman parte de su personalidad, de modo que prescindir de ellas significaría autoalienarse. Quienes así se comportan son enemigos de la genuina libertad de pensamiento y merecen el calificativo de oscurantistas, en cuanto se esfuerzan por precipitar a su comunidad en falsas certezas que carecen de fundamento.

Obsérvese que este fenómeno puede darse en personas que, sin tener fe religiosa, han adoptado determinadas opiniones o puntos de vista en materias religiosas. Pero no por ello debe calificarse este tipo de desvarío como fanatismo religioso u oscurantismo religioso, ya que no está impulsado por una actitud realmente religiosa. Sin embargo hay que reconocer que desgraciadamente los casos de este tipo de fanatismo profano en materias religiosas no son infrecuentes.

¿Es propio hablar de "fanatismo religioso"?

De lo ya expuesto cabe observar que la tolerancia, con lo que conlleva de capacidad de diálogo, es un signo privilegiado para distinguir al creyente religioso del fanático: uno busca el diálogo porque es un vehículo hacia la prudente tolerancia; el otro lo rechaza porque lo desprecia e incluso lo teme: cualquier tolerancia le resulta inconcebible e inaceptable.

Naturalmente puede haber personas que se digan creyentes y que oculten bajo las proposiciones de tema religioso que mantienen una actitud fanática e intolerante. Igualmente es posible —y no poco frecuente— que algunos escritores parezcan desconocer la figura del auténtico creyente y que en consecuencia describan sistemáticamente a los creyentes con ribetes de fanatismo más o menos hipócrita.

Las comunidades religiosas pueden albergar dentro de sí a hombres fanáticos, hombres cuya fe religiosa ha degenerado en creencia fanática. Parece importante subrayar que resulta inexacto hablar —como desgraciadamente acontece con frecuencia— de fanatismo religioso. El fanatismo sólo merece esta calificación de religioso extrínsecamente; es decir, se trata de un fanatismo que surge en el espíritu de hombres que han sido religiosos o que han estado en contacto con ideas religiosas. Pero sería un error entender esa expresión como si el fanatismo fuera consecuencia de la religiosidad. Fanatismo y religiosidad se oponen netamente entre sí, porque la esencia de la religiosidad es la sumisión y obediencia a un Dios que es la Bondad. El fanático es, por contraste, un hombre que ha elegido por sí mismo, siguiendo su propio parecer, prescindir de algunas creencias, adoptar otras e imponerlas violentamente a la sociedad; en la elección de una coherente y violenta cerrazón se ha equivocado gravemente, se ha convertido en un instrumento de maldad.

Raíces de la tolerancia

El Año Internacional de la Tolerancia debe constituir una invitación para revisar las actitudes personales de cada uno hacia las acciones de quienes les rodean. Desgraciadamente la tolerancia no aflora espontáneamente del corazón humano. Tampoco, como ingenuamente supuso la Ilustración, se puede erradicar la intolerancia con sólo combatir la ignorancia de los hombres mediante mera información. Es cierto que alcanzar una cierta amplitud de miras es requisito indispensable para mostrarse comprensivo y tolerante, pero también es precisa una decidida lucha por atemperar los movimientos espontáneos de odio que inevitablemente suscitan en nosotros aquellas actuaciones ajenas que contrarían nuestras opiniones y principios. La escuela de toda tolerancia —aun la más trascendental— debe buscarse en las incidencias de la vida cotidiana: tolerar al vecino que pone su equipo estereofónico a un volumen más alto de lo deseable; tolerar a los hijos que hablan con una jerga "nueva" y utilizan constantemente el zapping con la televisión, tolerar a los abuelos con sus manías inofensivas pero que acaban resultando enervantes, tolerar al conductor de otro vehículo que realiza una maniobra astuta y nos quita la preferencia, tolerar al amigo que fuma…

En definitiva será tolerante aquel que haya aprendido el hondo valor de la libertad, hasta el punto de apreciar e incluso amar la libre y leal actuación de sus conciudadanos que contraría nuestras opiniones y deseos individuales. No es otra la enseñanza de la Biblia, que presenta al mismo Dios —que envía la lluvia igualmente sobre justos y pecadores— como el paradigma de la tolerancia.

José Miguel Odero
Doctor en Filosofía, Doctor en Teología
Profesor de Axiología y de Teología Fundamental
Universidad de Navarra

 

 

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28/06/2005 ir arriba
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