Por MONS. FERNANDO OCÁRIZ
©SCRIPTA
THEOLOGICA [38 (2006/2) 617-636]
[EVANGELlZATION, PROSELYTISM &
ECUMENISM]
SUMARIO: 1. INTRODUCCIÓN. 2.
NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN. 3.
EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO».
3.1. El proselitismo en la
Sagrada Escritura.
3.2. El proselitismo en la
época patrística. 3.3. La
reaparición del término y su
significado en las lenguas modernas.
3.4. Conclusión terminológica.
4. PROSELITISMO y ECUMENISMO. 4.1.
Iglesia católica e Iglesias no
católicas. 4.2. Ecumenismo y
proselitismo: conclusión.
Resumen: El proselitismo
pertenece a la misión evangelizadora
de la Iglesia. La connotación
negativa que para algunas personas
tiene la palabra no debe hacer
desaparecer ni su uso ni la
actividad que designa. Así lo
muestra un estudio detenido del
término en la Sagrada Escritura y en
la tradición de la Iglesia. Se deben
excluir las formas de proselitismo
violento o sectario, pero en el
marco del diálogo ecuménico también
se debe intentar ayudar a las
personas para que lleguen a la
plenitud de la verdad en la Iglesia
Católica.
Palabras clave: Proselitismo,
Evangelización, Ecumenismo.
Abstract:
Proselytizing is part of the mission
of evangelization of the Church. The
negative connotations that the word
has for many people should not lead
the disappearance of its use or the
activity it refers to. This is
obvious from a detailed study of the
term in the Scriptures and in the
tradition of the Church. Violent or
sectarian forms of proselytism must
be avoided, but within the framework
of ecumenical dialogue we should
also give help to people so that
they may reach the full truth of the
Catholic Church.
Keywords:
Proselytism, Evangelization,
Ecumenism.
1. INTRODUCCIÓN
La vida de Jesucristo, redentora en
todos sus instantes y dimensiones,
se puede resumir en aquellas
palabras de San Pablo: «en Cristo,
Dios estaba reconciliando al mundo
consigo» (2 Cor 5, 19), que
San Agustín comentó con la célebre
expresión: mundus reconciliatus,
Ecclesia1: Cristo, reconciliando
al mundo con Dios, edifica su
Iglesia. Esta extensión universal de
la Redención -contemplada por otros
Padres en la Cruz cósmica, que
abarca el universo2 se va realizando
en la Iglesia. La Iglesia es el
mismo mundo en cuanto reconciliado
con Dios en Cristo y, a la vez, es
la continuación de la presencia
reconciliadora, salvífica, del
Señor: «la Iglesia es eso: Cristo
presente entre nosotros; Dios que
viene hacia la humanidad para
salvada, llamándonos con su
revelación, santificándonos con su
gracia, sosteniéndonos con su ayuda
constante, en los pequeños y en los
grandes combates de la vida diaria»
3.
De ahí que la misión de la Iglesia
se pueda, a su vez, resumir en
transformar el mundo en sí misma; es
decir, en ir incorporando la
humanidad al Cuerpo de Cristo que
ella misma es. Esta misión puede
también expresarse con el término
evangelización -que encierra una
gran riqueza de contenido, del que
«ninguna definición parcial y
fragmentaria puede dar razón» 4,
entendido en su sentido más amplio,
como traditio Evangelii,
transmisión del Evangelio en cuanto
«fuerza de Dios para la salvación de
todo el que cree» (Rom 1,
16); palabra que anuncia y da la
vida eterna (cfr. Jn 6, 68),
en la predicación y en los
sacramentos. Misión apostólica que
el Señor enunció así: «Id por todo
el mundo, y haced discípulos a todos
los pueblos, bautizándoles en el
nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo; y enseñándoles a
guardar todo cuanto os he mandado» (Mt
28, 19). Por esto, «el nuevo
pueblo de Dios, la Iglesia, es un
pueblo que proviene de todos los
pueblos. La Iglesia, desde el
inicio, es católica, ésta es su
esencia más profunda» 5. Catolicidad
y universalidad de la evangelización
son inseparables.
Como el Señor -que predicó a todos
la conversión desde el mismo inicio
de su vida pública (cfr. Mc
1, 15)-, la Iglesia ha entendido
siempre su misión de transmitir el
Evangelio ad gentes como
dirigida a la conversión de los
hombres. Sin embargo, es bien sabido
que, por desgracia, este empuje
misional ha sufrido en los últimos
tiempos un enfriamiento en no pocos
ambientes católicos. De hecho, Juan
Pablo II advirtió que la llamada a
la conversión «es puesta en
discusión o pasada bajo silencio. Se
ve en ella un acto de
"proselitismo"; se dice que basta
ayudar a los hombres a ser más
hombres o más fieles a su propia
religión, que basta construir
comunidades capaces de obrar a favor
de la justicia, de la libertad, de
la paz, de la solidaridad» 6. La
actividad de transmitir el
Evangelio, incorporando los hombres
a Cristo en la Iglesia, puede
designarse -y así se ha hecho con
alguna frecuencia- con el término
proselitismo. Pero -como
apuntaba Juan Pablo II, en el texto
citado-, en algunos ambientes, esta
palabra ha ido adquiriendo un matiz
negativo.
De hecho, no es raro que, con
motivaciones de fondo diversas, se
pretenda obstaculizar la misión
evangelizadora de la Iglesia con la
acusación de proselitismo,
entendiendo este término en un
sentido negativo, es decir como el
uso de métodos inmorales (violencia
física o moral, engaño) para captar
seguidores. En realidad, el
Magisterio de la Iglesia ha
reprobado siempre la violencia y el
engaño. Así, en el contexto de la
libertad religiosa, el Concilio
Vaticano II lo ha recordado con
especial fuerza: «Las comunidades
religiosas tienen también el derecho
a que no se les impida la enseñanza
y el testimonio público oral y
escrito de su fe. Pero en la
difusión de la fe religiosa y en la
introducción de costumbres hay que
abstenerse siempre de todo tipo de
acciones que puedan tener sabor a
coacción o persuasión deshonesta o
menos recta, sobre todo cuando se
trata de personas incultas o
necesitadas» 7. Y, en este mismo
sentido, Juan Pablo II afirmaba: «La
nueva evangelización no tiene nada
que ver con lo que diversas
publicaciones han insinuado,
hablando de restauración, o
lanzando la palabra proselitismo
en tono de acusación, o echando mano
de conceptos como pluralismo
y tolerancia, entendidos
unilateral y tendenciosamente. Una
profunda lectura de la Declaración
conciliar Dignitatis humanae
sobre la libertad religiosa ayudaría
a esclarecer tales problemas, y
también a disipar los temores que se
intenta despertar, quizá con el fin
de arrancar a la Iglesia el coraje y
el empuje para acometer su misión
evangelizadora. Y esa misión
pertenece a la esencia de la Iglesia»
8.
2. NECESIDAD DE UNA CLARIFICACIÓN
En algunos documentos eclesiásticos
posteriores al Concilio Vaticano II,
cuando se emplea la palabra
proselitismo en sentido
negativo, se aclara el sentido que
el término no contiene en sí mismo.
Por ejemplo, en el Directorio
ecuménico de 1967, se exhorta a
los Obispos a hacer frente al
peligro de proselitismo en relación
a la actividad de las sectas, pero
se aclara inmediatamente que «por la
voz "proselitismo", se entiende aquí
un modo de obrar no conforme con el
espíritu evangélico, en cuanto
utiliza argumentos deshonestos para
atraer los hombres a su Comunidad,
abusando, por ejemplo, de su
ignorancia o pobreza, etc. (cfr.
Decl. Dignitatis humanae,
4)»9. La necesidad de distinguir
entre un proselitismo positivo y uno
negativo, se hizo también presente
en campo ecuménico, por ejemplo en
la Tercera relación oficial
(1971) del Grupo Mixto Iglesia
Católica-Consejo Ecuménico de las
Iglesias, en la que se constata que
en algunos contextos lingüísticos el
término proselitismo «ha
adquirido un sentido peyorativo», y
se concluye que, si se quiere
indicar ese sentido negativo «en
otras lenguas o contextos en los que
el término conserva su sentido más
antiguo de "celo por la difusión de
la fe", se hará necesario
especificar siempre "proselitismo en
un sentido peyorativo" o alguna otra
expresión que denote actitudes y
conductas criticables»
l0. No es éste, evidentemente, un
texto con valor magisterial, pero sí
es un testimonio más del hecho de
que el sentido negativo o peyorativo
no es intrínseco al termino
proselitismo.
Años más tarde, Juan Pablo II, en la
Carta Mentre si intensificano,
de 1991, se refería al «rechazo de
toda forma indebida de proselitismo,
evitando de manera absoluta en la
acción pastoral cualquier tentación
de violencia y cualquier forma de
presión» 11. Es evidente, también
por el contexto, que si hay formas
indebidas de proselitismo, existen
otras no indebidas.
En otros documentos eclesiásticos,
se fue introduciendo el uso del
término proselitismo en
sentido negativo, especialmente en
referencia al «proselitismo de las
sectas». En ocasiones, también se ha
usado el término para indicar, sin
matiz alguno, una actividad injusta.
Así, por ejemplo, en un documento de
la Comisión Pontificia pro Russia,
de 1992, se dice: «Lo que se llama
proselitismo -es decir cualquier
presión sobre la conciencia-, de
quienquiera que sea practicado o
bajo cualquier forma, es
completamente diverso del apostolado
y no es en absoluto el método en que
se inspiran los pastores de la
Iglesia» 12. En el nuevo Directorio
ecuménico de 1993, desapareció el
matiz presente en el anterior
Directorio, con el que se precisaba
el sentido en que se hablaba de
proselitismo 13. A partir de
entonces, ha sido frecuente que con
esta palabra se designen tout
court comportamientos dirigidos
a forzar, presionar o, en general,
tratar en forma abusiva la
conciencia de las personas.
Sin embargo, en el ámbito ecuménico
no se llegó a prescindir siempre de
la distinción entre un proselitismo
bueno y uno malo. Por ejemplo, en un
documento de 1995 del Grupo mixto
Iglesia Católica Consejo Ecuménico
de las Iglesias, se aclara que,
aunque el término proselitismo
«ha adquirido recientemente una
connotación negativa cuando se ha
aplicado a la actividad de algunos
cristianos dirigida a hacer
seguidores entre los miembros de
otras comunidades cristianas»,
históricamente este término «ha sido
empleado en sentido positivo, como
concepto equivalente al de actividad
misionera» 14 y se explica que «en
la Biblia este término no tiene
connotación negativa alguna. Un
"prosélito" era quien creía en el
Señor y aceptaba su ley, y de este
modo se convertía en miembro de la
comunidad judía. La cristiandad tomó
este significado para describir a
quien se convertía del paganismo.
Hasta época reciente, la actividad
misionera y el proselitismo se
consideraban conceptos equivalentes»
15.
En cualquier caso, parece necesaria
una clarificación, pues el asunto no
es meramente lingüístico, sino que
comporta importantes connotaciones
doctrinales.
3. EL USO DEL TÉRMINO «PROSELITISMO»
3.1. El proselitismo en la
Sagrada Escritura
Como se recordaba en el texto apenas
citado, el término prosélytos
pasó del judaísmo a la tradición
cristiana. Se trata de la traducción
griega del hebreo ger, frecuente en
la versión de los LXX (77 veces),
que designaba principalmente al
extranjero que, viviendo
establemente en la comunidad
hebraica, gozaba de los mismos
derechos y deberes que los hebreos
16, participando también en el culto
religioso de la comunidad.
Parece que la realidad de los
prosélitos, en cuanto categoría
institucionalizada, provino de la
diáspora en la época del helenismo y
comportaba un periodo de preparación
que culminaba en la Pascua, antes
del cual el prosélito recibía la
circuncisión 17.
El término prosélytos aparece
sólo cuatro veces en el Nuevo
Testamento: una en San Mateo (23,
15) y tres en los Hechos de los
Apóstoles (2, 11; 6, 5; 13,43). El
texto del Evangelio es en el que se
expresa más claramente el alcance
del término. Los escribas y fariseos
se preocupaban de buscar personas
que estuviesen en condiciones de
entender y de vivir la fe en el
único Dios. En buena parte fue la
actividad proselitista lo que
permitió sobrevivir al judaísmo
después de la destrucción del Templo
y la dispersión del pueblo. La mayor
parte de los exégetas concuerdan
-como, por otra parte, parece
bastante obvio- en que el reproche
que Jesús dirige a escribas y
fariseos no se refiere al hecho de
procurar prosélitos sino al modo de
hacerlo y, sobre todo, a que hacían
después al discípulo «hijo del
infierno», dos veces peor que el
maestro que le atrajo al judaísmo
18. Ya en la época del
protestantismo liberal apareció la
tendencia a interpretar Mt
23, 15 como si Jesús hubiese
condenado el proselitismo en cuanto
tal, pues su actividad se dirigía
exclusivamente a Israel, evitando
expresamente la misión entre paganos
19. Ciertamente, al menos en dos
ocasiones el Señor afirmó que había
sido enviado sólo a Israel (cfr.
Mt 10, 6; 15, 24), pero no
bastan esas referencias para sacar
conclusiones generales absolutas:
sería superfluo detenemos aquí en
mostrar la universalidad de la
misión redentora de Jesucristo, que
precisamente en San Mateo es
particularmente explícita (cfr.
Mt 12,41 s; 25, 31 ss;
28,18-20). Se puede ciertamente
asegurar que el Señor no sólo no
valoró negativamente el proselitismo
hebraico en sí mismo, sino que la
universalidad de su misión se situó
en continuidad con el espíritu
proselitista judío; continuidad,
dentro de la peculiar
continuidad-discontinuidad entre el
Antiguo y el Nuevo Testamentos.
El primer texto de Hechos en que
aparece el término prosélytos
se refiere a los diversos grupos de
judíos que se habían congregado en
Jerusalén con ocasión de la fiesta
de Pentecostés. La expresión «judíos
y prosélitos» (Hch 2, 11) no
menciona lugares de proveniencia
sino que es una indicación de
naturaleza religiosa, que constituye
como un resumen del enunciado de los
diversos pueblos hecho anteriormente
20. En Hch 6, 5, leemos que
uno de los primeros siete diáconos
es «Nicolás, prosélito de
Antioquía». El sentido positivo del
ser prosélito es evidente: los siete
fueron elegidos por su buena fama,
por estar llenos del Espíritu Santo
y por su sabiduría (cfr. Hch
6,3). En Hch 13, 42-43 se
recoge el final del discurso de San
Pablo en la sinagoga de Antioquía de
Pisidia. El efecto que sus palabras
producen en los oyentes hace que
éstos pidan después a Pablo y
Bernabé que continúen explicando su
mensaje el próximo sábado. Como
consecuencia se adhirieron a ellos
«muchos judíos y piadosos
prosélitos», que eran exhortados a
«permanecer en la palabra de Dios».
También aquí es evidente el
significado positivo de prosélito,
que es además subrayado por el
adjetivo «piadosos» (sebomenon
prosélytos).
Los Hechos de los Apóstoles
describen la actividad misionera de
la primitiva comunidad cristiana
siguiendo las huellas del judaísmo.
Como los hebreos intentaban atraer
paganos bien dispuestos para que se
integrasen en la religión hebrea,
así también los primeros cristianos
se sentían impulsados a comunicar el
mensaje salvífico de Cristo con el
fin de «ganar» almas para el Señor
(cfr. 1 Cor 9, 19-23; Flp
3,8). Al principio, su actividad
estaba dirigida a los judíos, pero
«los que se habían dispersado por la
tribulación surgida por lo de
Esteban llegaron hasta Fenicia,
Chipre y Antioquía, predicando la
palabra sólo a los judíos. Entre
ellos había algunos chipriotas y
cirenenses, que, cuando entraron en
Antioquía, hablaban también a los
griegos, anunciándoles el Evangelio
del Señor Jesús. La mano del Señor
estaba con ellos y un gran número
creyó y se convirtió al Señor» (Hch
11, 19-21). La misión de la
Iglesia ad gentes nació, en
efecto, como la continuidad
cristiana -en el sentido mencionado
antes- del proselitismo hebreo.
3.2. El proselitismo en la época
patrística
En la Patrística, el término
proselitismo aparece en San
Justino, en su Diálogo con Trifón21,
a propósito de Is 49, 6: «Te
he puesto para ser luz de las
naciones». Los hebreos, convencidos
de la fe en el verdadero Dios, se
sentían impulsados a buscar
prosélitos, pero San Justino
comenta, sin negar la actividad
proselitista de los hebreos, que el
texto de Isaías se refiere
principalmente, en sentido
profético, a Cristo ya los
cristianos. Más explícitamente
escribe en otro pasaje del
Diálogo con Trifón: «os queda
poco tiempo para haceros prosélitos
(prosélyseos krónos)
nuestros: si Cristo os precede con
su venida, en vano os arrepentiréis»
22. Migne tradujo así al latín:
«breve enim hoc vobis relinquitur
ad nos accedendi tempus. Si
Christus venire occupaverit, frustra
vos poenitebit». En esta línea, las
traducciones en lenguas vulgares
usan expresiones como «uniros a
nosotros» («aderirvi a noi», etc.),
en lugar de la expresión más literal
que sería «haceros prosélitos
nuestros» («farvi proseliti nostri»,
etc.).
También Flavio Josefo, en su
Contra Apionem, se refiere a los
éxitos proselitistas de los hebreos
23. El proselitismo, como actitud y
como actividad, se consideraba
eminentemente positivo y meritorio,
pues se daba a los gentiles la
posibilidad de ser objeto de la
elección divina, de formar parte del
pueblo elegido. Así, por ejemplo, en
el Midrash Rabbah se
encuentran afirmaciones de este
tipo: «quien se acerca a un pagano y
lo convierte debe ser considerado
como si lo hubiese creado» 24;
«cuando llega un extranjero y se
hace prosélito, dale la mano para
que sea acogido bajo las alas de la
shekinah» 25. En otros
autores, como Eusebio de Cesarea,
Epifanio de Salamina, Procopio y
Teodoreto, el verbo prosélyteio
suele tener el significado de «ser
extranjero»; también San Juan
Crisóstomo lo emplea en este sentido
26.
Naturalmente, hay muchos comentarios
patrísticos a Mt 23, 15, en
los que se dan sobre todo
interpretaciones de por qué el
prosélito se hacía peor que su
maestro 27. En este contexto, San
Agustín considera que hacer
prosélitos es como engendrar hijos
28. En cualquier caso, se puede
decir que, en los primeros siglos,
el uso del término para designar a
los conversos al cristianismo y el
de su derivado (proselitismo) no
tenía connotación negativa alguna.
3.3. La reaparición del término y
su significado en las lenguas
modernas
Lo mismo puede decirse de los siglos
sucesivos. Las conversiones al
cristianismo pasan a ser
numerosísimas y la cuestión que la
Iglesia se plantea, en una Europa
que se hace cristiana, no es tanto
buscar prosélitos cuanto la
organización del catecumenado, la
enseñanza de la fe a quienes
solicitan el Bautismo. Parece ser
que fue poco después de la Reforma
protestante, cuando reapareció en el
lenguaje cristiano el uso de la
palabra proselitismo. Según David
Bosch, fueron los jesuitas los
primeros en utilizada con el
significado de extender la fe
cristiana entre los no católicos,
incluidos los protestantes 29. En
cambio, según el Oxford English
Dictionary el término habría
reaparecido en 1660 en una obra de
H. Hammon 30. En ámbito italiano, se
encuentran muy numerosas referencias
al proselitismo a partir de 1774 31;
en francés, parece que fue
Montesquieu en 1715 el primero en
usar esta palabra 32, que en cambio
no se encuentra en la
Encyclopédie de Diderot y
d'Alambert.
Por lo que se refiere al significado
actual en las diversas lenguas
occidentales, prácticamente todos
los diccionarios y las enciclopedias
más prestigiosas coinciden en
definir el proselitismo simplemente
como la actividad o la actitud
dirigida a hacer prosélitos 33. Es
obvio que se trata de una realidad
presente en múltiples niveles
(religioso, político, deportivo,
económico, etc.) y, en principio,
plenamente legítima, aunque como
cualquier otra actividad pueda
desviarse moralmente34. En algunos
casos, se menciona un sentido
peyorativo del término, como en el
alemán Duden-Rechtschreibung(de
1986), donde Proselyt se
entiende originariamente como el
converso al judaísmo y actualmente
como el «nuevo converso», y se añade
que el término derivado
Proselytenmacherei
(proselitismo), implica una idea
negativa. Por el contrario, en
diversos diccionarios y
enciclopedias en otras lenguas, se
encuentran sobre todo explicaciones
del término en sentido sólo
positivo, especialmente en escritos
de inspiración cristiana. Así, por
ejemplo, en el Lessico Universale
Italiano, se afirma que «la
actividad misionera es una forma
organizada de proselitismo» 35; y,
en castellano, en la Gran
Enciclopedia Rialp, donde el
término proselitismo se entiende en
el sentido literal de «celo por
ganar prosélitos», se explica que,
en sentido más amplio, por
proselitismo se entiende «la acción
apostólica dirigida a difundir la fe
católica para que todos los hombres
lleguen al conocimiento de Cristo»
36.
En Internet se pueden
encontrar sobre el tema fuentes de
todo tipo; sin embargo, es
significativo que en una de las más
consultadas en todo el mundo -por
pertenecer a Microsoft y estar
disponible en numerosas lenguas-, el
término proselitismo es mencionado
en varios artículos y nunca en
sentido negativo. Por ejemplo, en el
artículo sobre «Libertad de culto»,
se dice que todos los ciudadanos
«pueden profesar libremente el
propio credo haciendo,
eventualmente, también obra de
proselitismo» 37; y, en el artículo
«Propaganda», se afirma que este
concepto está «inicialmente ligado a
la actividad de proselitismo de la
Iglesia católica» 38. En este
horizonte de libertad se sitúan
también algunas posiciones de
autores actuales, como la de un
político francés que llega a afirmar
que «el proselitismo, con tal de que
sea moderado, ha sido reconocido
como un componente intrínseco de la
libertad religiosa» 39.
De todos estos datos se puede
concluir que, aunque en algunos
idiomas, como el alemán, prevalece
actualmente un sentido negativo del
término proselitismo, que se separa
de su raíz bíblica, en muchas otras
lenguas y contextos culturales,
expresa una actividad en sí
positiva. Como se lee en un
Diccionario teológico de hace pocos
años, «Según la Sagrada Escritura,
el "prosélito" es el no judío que se
hace judío, aceptando la fe judía.
Es el "temeroso de Dios" que conoce
la ley y la observa.
El cristianismo hizo suyo el término
analógicamente, de manera que "hacer
proselitismo", difundir la fe
cristiana (cristianizar,
evangelizar), hasta tiempos
recientes se consideraban la misma
cosa» 40. El mismo Diccionario añade
que, junto a este significado
positivo y habitual, el término
proselitismo ha comenzado a tener
recientemente también uno negativo
como consecuencia de las actividades
de las sectas de origen protestante
41.
Antes de la aparición de este
fenómeno de acentuación negativa del
término proselitismo en algunos
ambientes, los autores católicos,
especialmente en el contexto de la
vida espiritual, han usado
pacíficamente la palabra
proselitismo para referirse a la
actividad apostólica o de
evangelización: «el término pone de
relieve la dimensión personal de la
misión apostólica, es decir, la
necesidad de realizarlo de persona a
persona, con quienes se encuentran
al lado» 42. Esta misión la realiza
el cristiano muy especialmente en el
trato de amistad en su vida
familiar, profesional y social.
Junto al uso para designar la
actividad encaminada a acercar a
otros a la Iglesia o a ayudarles a
vivir coherentemente con la fe
católica, el término proselitismo
se ha utilizado también con
frecuencia en el contexto de la
promoción de vocaciones específicas
dentro de la Iglesia (al sacerdocio,
etc.). También este uso está
claramente inspirado en el sentido
bíblico de proselytos.
Un importante ejemplo actual lo
encontramos en el libro Camino,
de San Josemaría Escrivá de
Balaguer, obra de espiritualidad de
extraordinaria difusión (hasta
ahora, más de cuatro millones y
medio de ejemplares, en unos 44
idiomas), donde hay un capítulo que
lleva por título precisamente
Proselitismo, en el que se
emplea el término en su sentido
original exclusivamente positivo.
Sólo en las ediciones en algunas
pocas lenguas, en las que hay una
tendencia a valorar negativamente el
término (concretamente, en alemán y
en inglés), se ha traducido no
literalmente sino con expresiones
más o menos análogas («Menschen
gewinnen»; «Winning new
apostles»). Sin embargo, en una
reciente edición bilingüe
castellano-inglesa, el traductor ha
considerado más adecuado traducir
proselytism, con «proselitismo»,
explicando en una nota el
significado positivo que tiene esa
palabra.
3.4. Conclusión terminológica
El uso de la palabra proselitismo
en un sentido exclusivamente
negativo no es algo generalizado ni
tampoco, en la mayor parte de los
casos, el simple efecto de una
evolución del lenguaje. Con
frecuencia, la utilización actual de
este término como si sólo tuviese un
significado negativo no se debe a
que por tal palabra se entienda de
hecho -contra su significado
original- una actitud inmoral
(violenta, engañosa, etc.), sino que
también se considera negativo el
verdadero sentido positivo del
proselitismo. Es decir, el problema
de fondo es que con la tendencia,
que pretende imponerse en algunos
ambientes, de usar la palabra
proselitismo como algo negativo, se
pretende afirmar una actitud
relativista y subjetivista, sobre
todo en el plano religioso, para la
que no tendría sentido que una
persona pretendiese tener la verdad
y procurase convencer a otras para
que la acojan y se incorporen a la
Iglesia. La descalificación
-presente en algunos ambientes- de
la palabra proselitismo,
sobre todo cuando se refiere al
apostolado cristiano, mucho tiene
que ver, en efecto, con esa
«dictadura del relativismo que no
reconoce nada como definitivo y que
deja como última medida solamente el
propio yo y sus deseos» 44.
Por esto, es necesario reafirmar que
la acción de invitar y favorecer que
otras personas -no cristianas o, en
otro nivel, cristianas no católicas-
se incorporen a la plena comunión en
la Iglesia católica, respetando la
verdad y la intimidad y libertad de
todos, es parte integrante de la
evangelización.
En otro orden de cosas, también se
está pretendiendo usar la palabra
proselitismo en un sentido
exclusivamente negativo, para
designar la acción apostólica de
promoción de determinadas vocaciones
dentro de la Iglesia que comportan
un serio compromiso (el sacerdocio y
otros diversos modos organizados de
buscar la plenitud de la vida
cristiana). En este caso, las
motivaciones son variadas pero no
del todo ajenas al mismo relativismo
y subjetivismo.
Como es obvio, la evangelización, al
igual que cualquier actividad
humana, puede realizarse con
intención o con métodos inmorales (y
de hecho así sucede en no pocas
sectas no católicas y no
cristianas). Pero sería una gran
falsedad histórica afirmar que esto
haya sido frecuente en la Iglesia.
El verdadero espíritu cristiano
siempre ha estado informado por la
caridad, como se expresa en estas
palabras de San Josemaría Escrivá de
Balaguer: «No comprendo la
violencia: no me parece apta ni para
convencer ni para vencer; el error
se supera con la oración, con la
gracia de Dios, con el estudio;
nunca con la fuerza, siempre con la
caridad» 45. Por otra parte, la
posibilidad -y realidad en algunas
sectas- de un proselitismo
moralmente incorrecto no justifica
atribuir al término un sentido
negativo. Es más, la coherencia
debería llevar a usar la palabra
proselitismo sin adjetivo alguno
para designar su sentido original
positivo, y calificada en cambio de
algún modo cuando se trate de una
actividad reprobable (por ejemplo,
proselitismo negativo,
proselitismo sectario, proselitismo
violento, etc.), a menos que el
contexto lo haga claramente
innecesario.
No hay pues motivos suficientes (ni
lingüísticos, ni históricos ni,
mucho menos, teológicos) para
atribuir al término proselitismo
un sentido negativo. Y, sobre todo,
nada podría justificar la pretensión
de que la Iglesia renunciara a la
catolicidad de su misión
reconciliadora del mundo con Dios,
es decir a extenderse ella misma más
y más, para gloria de Dios y
salvación de todas las almas.
4. PROSELITISMO Y ECUMENISMO
La pretendida descalificación del
término proselitismo está teniendo
especial relevancia en relación a la
actividad de la Iglesia católica en
territorios de mayoría ortodoxa. En
este contexto, se hace más patente
que no estamos ante una simple
cuestión terminológica o de
evolución del lenguaje. No se trata,
en efecto, de que se use el término
proselitismo sólo para lo que
debería especificarse como
«proselitismo abusivo», sino que se
considera también reprobable el
proselitismo que busque, con pleno
respeto de la intimidad y libertad
de las personas, la incorporación de
cristianos ortodoxos a la Iglesia
católica.
Las motivaciones de semejante
descalificación son variadas; desde
el punto de vista propiamente
eclesiológico, el motivo que puede
parecer más importante es que los
cristianos ortodoxos ya están
incorporados a una verdadera
Iglesia, como la misma Iglesia
católica reconoce, al afirmar, en la
Declaración Dominus Iesus,
que las comunidades cristianas que,
aunque separadas de Roma, han
conservado la válida Eucaristía y el
Episcopado válido son «verdaderas
Iglesias particulares» 46. Pero esta
afirmación ha de entenderse en su
contexto y significado auténticos.
4.1. Iglesia católica e Iglesias
no católicas
Ante todo, es necesario confesar que
Jesucristo ha fundado una sola
Iglesia, sobre Pedro y con la
garantía de indefectibilidad ante
las persecuciones, divisiones y
obstáculos de todo tipo que habría
de encontrar a lo largo de la
historia (cfr. Mt 16, 18). Y
así ha sido y será siempre: existe
una sola Iglesia de Cristo, que en
el Símbolo confesamos como una,
santa, católica y apostólica 47.
A la vez, con el Concilio Vaticano
II -en el n. 8 de la Constitución
Lumen gentium-, debemos sostener
que «esta Iglesia, establecida y
organizada en este mundo como una
sociedad, subsiste en (subsistit
in) la Iglesia católica,
gobernada por el sucesor de Pedro y
por los Obispos en comunión con él,
si bien (licet) fuera de su
estructura se encuentren muchos
elementos de santificación y de
verdad que, como bienes propios de
la Iglesia de Cristo, impelen hacia
la unidad católica».
Como se sabe, en el esquema que dio
lugar después a este texto
definitivo, se decía que la Iglesia
de Cristo es (est) la Iglesia
católica 48. Sobre todo por esto, la
célebre expresión subsistit in
ha sido después objeto de diversas y
contradictorias interpretaciones,
sobre las que no es necesario
detenemos aquí. En realidad, «la
palabra "subsiste" no tiene otro
significado que el de "continúa
existiendo". Por tanto, si la
Iglesia de Cristo "continúa
existiendo" (subsistit in) en
la Iglesia Católica, la continuidad
de existencia comporta una
substancial identidad de esencia»
49. Este significado coincide con el
lenguaje común de la cultura
occidental y es conciliable con el
significado filosófico clásico:
subsiste aquello que es en sí y no
en otro 50. Y, por esto, «el
Concilio quiere decimos que la
Iglesia de Jesucristo como sujeto
concreto en este mundo se puede
encontrar en la Iglesia católica.
Esto puede suceder sólo una vez y la
concepción según la cual el
subsistit se habría de
multiplicar no capta precisamente lo
que se quería decir. Con la palabra
subsistit el Concilio quería
expresar la singularidad y la no
multiplicabilidad de la Iglesia
católica» 51. Por eso, «es contraria
al significado auténtico del texto
conciliar la interpretación de
quienes de la fórmula subsistit
in extraen la tesis según la
cual la única Iglesia de Cristo
podría también subsistir en Iglesias
y Comunidades eclesiales no
católicas» 52.
Es necesario observar que el n. 8 de
Lumen gentium, al afirmar la
subsistencia de la Iglesia de Cristo
en la Iglesia católica gobernada por
el sucesor de Pedro y los Obispos en
comunión con él (en el sentido de
solo en ella), se refiere
explícitamente a la Iglesia en
cuanto establecida y organizada como
sociedad en este mundo, e
inmediatamente después afirma que
fuera de su estructura se encuentran
muchos elementos de santificación y
de verdad. Esto nos remite a
considerar la Iglesia no sólo en su
dimensión social sino también en su
dimensión mistérico-sacramental,
como Cuerpo místico de Cristo 53.
El Concilio Vaticano II, siguiendo
un uso tradicional, da el nombre de
Iglesias a las comunidades
cristianas no católicas que han
conservado la Eucaristía válida y el
Episcopado. Durante la elaboración
del Decreto Unitatis
redintegratio, uno de los
relatores de la respectiva Comisión
conciliar explicó que no se
pretendía entrar en la cuestión
disputada de cuáles son las
condiciones para que una comunidad
sea Iglesia en sentido teológico 54.
Pero esto no significa que ese
título, atribuido a esas comunidades
no católicas, fuese simplemente
honorífico o sociológico, ya que el
mismo Decreto afirma que «por la
celebración de la Eucaristía del
Señor en cada una de estas Iglesias,
se edifica y crece la Iglesia de
Dios» 55; expresión que hay que
interpretar a la luz del n. 8 de
Lumen gentium, es decir en el
sentido de que en estas Iglesias
existen muchos elementos de
santificación y de verdad propios de
la única Iglesia de Cristo (la
Iglesia católica).
Los posteriores desarrollos
teológicos y magisteriales sobre
este tema, han conducido a atribuir
a estas comunidades no católicas que
han conservado el Episcopado y la
Eucaristía válida el título,
ciertamente de naturaleza teológica,
de Iglesias particulares 56.
Desde el punto de vista magisterial,
los momentos más relevantes sobre el
tema han sido dos documentos de la
Congregación para la Doctrina de la
Fe: la Carta Communionis notio,
de 1992, que afirma que estas
comunidades «merecen el título de
Iglesias particulares» 57; y la
Declaración Dominus Iesus, ya
citada en su afirmación de que son
«verdaderas Iglesias particulares»
58.
Se comprende fácilmente que donde
Cristo se hace presente en el
sacrificio eucarístico de su Cuerpo
y de su Sangre, allí está presente
la Iglesia, Cuerpo de Cristo
mediante el cual el mismo Señor
realiza la salvación en la historia.
Sin embargo, no toda forma de
presencia de la Iglesia constituye
una Iglesia particular, sino
solamente la presencia con todos sus
elementos esenciales; por eso, para
que una comunidad cristiana sea
verdaderamente Iglesia particular,
«debe hallarse presente en ella,
como elemento propio, la suprema
autoridad de la Iglesia: el Colegio
episcopal "junto con su Cabeza el
Romano Pontífice, y jamás sin ella"
(Lumen gentium, n. 22)» 59.
Esto podría parecer un obstáculo
insuperable para entender cómo las
Iglesias no católicas son
«verdaderas Iglesias particulares».
Una posible vía de reflexión puede
ser considerar la real presencia del
Primado petrino (y del Colegio
episcopal) en las Iglesias no
católicas, en virtud de la unidad
del Episcopado «uno e indiviso» 60:
una unidad que, desde luego, no
puede existir sin la comunión con el
Obispo de Roma. Allí donde, en
virtud de la sucesión apostólica,
exista válido Episcopado, allí
estará presente, como autoridad
suprema (aunque no sea de hecho
reconocida) el Colegio episcopal con
su Cabeza. Además, en toda válida
celebración de la Eucaristía hay una
referencia objetiva a la universal
comunión con el Sucesor de Pedro y
con la Iglesia entera 61,
independientemente de las
convicciones subjetivas. Es
necesario, sin embargo, no perder de
vista que la ausencia de plena
comunión con el Papa comporta una
herida en la eclesialidad misma
de esas Iglesias 62; herida no sólo
de naturaleza disciplinar o
canónica, sino también relativa a la
no plena profesión de la fe
católica. Por esto, a una Iglesia
particular no católica no le falta
solamente la manifestación visible
de la plena comunión para ser
plenamente Iglesia 63.
Y, volviendo de nuevo al dato
fundamental de la unicidad de la
Iglesia de Cristo, es preciso
afirmar que las Iglesias
particulares no católicas son
verdaderas Iglesias por lo que
tienen de católicas, y que no son
plenamente Iglesias por lo que
tienen de no católicas. Su
eclesialidad, en efecto, está
radicada en el hecho de que da única
Iglesia de Cristo tiene en ellas una
presencia operante» 64. En otras
palabras, reconocer el carácter de
Iglesias a estas comunidades
cristianas comporta necesariamente
afirmar que también estas Iglesias
no católicas son -en aparente
paradoja- porciones de la
única Iglesia, es decir, de la
Iglesia católica; porciones en
situación teológica y canónica
anómala. Aún en otros términos,
podemos decir que la suya es una
«eclesialidad participada, según una
presencia imperfecta y limitada de
la Iglesia de Cristo» 65.
4.2. Ecumenismo y proselitismo:
conclusión
La Iglesia debe evangelizar ante
todo a sus propios miembros,
llevando a cada uno la doctrina
íntegra del Evangelio y la plenitud
de los medios de salvación. Miembros
de la Iglesia son también, en el
sentido expuesto, los fieles de las
Iglesias ortodoxas. En relación a
éstos, la Iglesia debe empeñarse en
edificar la unidad de fe y comunión;
unidad que es fruto de la
evangelización y, a la vez, su
semilla, según la oración de Jesús:
«que todos sean una sola cosa. Como
tú, Padre, estás en mí y yo en ti,
que también e
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