Lluís Foix
La Libreta (en La Vanguardia digital)
04/04/2007
Hace veinticinco siglos, Confucio mantuvo
largas conversaciones con sus discípulos
chinos hablando del valor de las palabras.
Cuando alguien le preguntó qué haría si
llegara a gobernar el gran país asiático
respondió que escribiría una enciclopedia en
la que cada palabra tuviera su significado.
Es el principio básico de toda civilización.
Claudio Magris pone en boca del protagonista
de su última novela, "A Ciegas", que "sin
palabras y sin fe en las palabras no se
puede vivir; perder esa fe quiere decir
ceder, abandonarlo todo".
Cambiar el sentido de las palabras equivale
a una gran catástrofe que puede conducir a
horribles tragedias. Lo comprobamos en el
siglo pasado cuando la democracia, la
libertad y la justicia fueron conceptos que
deformaron la realidad.
Shakespeare, que ponía palabras a las
pasiones, las traiciones, las grandezas y
las vilezas de los humanos, era algo más que
el más grande de los dramaturgos. Era un
filósofo que todavía hoy nos envía lecciones
sobre el comportamiento de las personas.
Cambiar el sentido de las palabras, como
dijo Montaigne y más tarde Lewis Carroll, es
el primer paso para deformar la realidad. Es
una trampa que puede acarrear graves daños
para millones de ciudadanos que nos podemos
sentir arrastrados por el cambio inadvertido
del lenguaje.
"Nosaltres, ben mirat, no som més que
paraules", escribía el poeta Miquel Martí i
Pol. Las palabras no se las lleva el viento.
Pueden circular de un espacio cultural a
otro, pero no pueden perder su significado
porque corren el riesgo de causar grandes
desgracias.
Cuánta violencia se ha perpetrado en nombre
de la paz, del bien, de la patria, del
orden, de las leyes, del terrorismo. El
filósofo Tsvetan Todorov, por ejemplo,
desarrolla un interesante discurso sobre
cuánto mal se ha cometido en la historia en
nombre del bien.
Un niño muerto por una bomba arrojada por un
ejército de un país democrático para liberar
a una sociedad oprimida por un tirano, sigue
siendo una víctima inocente. Que Arnaldo
Otegi nos hable de libertad y de democracia
es insoportable. Tan insoportable como
escuchar a Bush, Blair y compañía cuando
pretendían democratizar Oriente Medio a
golpe de misiles y bajo el grito "conmoción
y pavor" de Donald Rumsfeld.
Copio el fragmento de un diálogo entre
Antoine Spire y George Steiner, titulado "La
barbarie de la ignorancia", en la que cuenta
que en la época de Breznev "había una joven
rusa en una universidad, especialista en
literatura románica inglesa. La metieron en
un calabozo, sin luz, sin papel ni lápiz, a
causa de una delación idiota y completamente
falsa, ni falta hace aclararlo. Conocía de
memoria el Don Juan de Byron con sus más de
treinta mil versos. En la oscuridad lo
tradujo mentalmente en rimas rusas. Salió de
la prisión habiendo perdido la vista, dictó
la traducción a una amiga y esa es ahora la
gran traducción rusa de Byron. Ante ello, me
digo varias cosas. En primer lugar, que la
mente humana es totalmente indestructible.
En segundo lugar, que la poesía puede salvar
al hombre hasta en lo imposible".
Si perdiéramos el sentido y el valor de la
palabra volveríamos a la barbarie.
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