Por Ramón Pi
En revista ÉPOCA
14 de mayo 2003
La perversión del sentido profundo de la sexualidad humana que hemos experimentado en Occidente no es inocua: trae consecuencias perniciosas en sí mismas, y añado que doblemente nocivas, porque estamos desarmados para darnos cuenta de su alcance, una vez que la nueva mentalidad nos ha anestesiado la sensibilidad para encontrar la verdad de las cosas, y la ha trocado en mera sensiblería. Hoy los occidentales propendemos a dejarnos llevar por los estímulos sentimentales, a los que otorgamos valor de principios de comportamiento.
La sexualidad humana tiene un componente común a todo ser viviente sexuado, que es el instinto de perpetuación de la especie. Pero en el hombre, que es un ser cultural, la sexualidad forma parte principal de un proyecto de vida. La unión amorosa de un hombre y una mujer está en nosotros llamada a ser completamente abarcadora, tanto genitalmente como en su dimensión espiritual más profunda, y de ella se deriva, como consecuencia, la fundación de una familia, porque esta unión posee en sí misma una verdad radical que excluye la provisionalidad o el mero pasatiempo.
Pues bien, todo eso quedó arrumbado a raíz de la llamada revolución sexual de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Según ella, el sexo pasa de ser un elemento de la unión estable de la pareja a constituir un expediente de “realización” individual. La pareja ya no se funda en la entrega recíproca, sino en la satisfacción de cada uno de sus componentes. Las consecuencias de este error son inevitables: si la formación de la pareja se funda en la sola atracción física o sentimental con marginación de la voluntad determinada de crear una unidad permanente de convivencia y realización común, no hay más salida que el divorcio cuando esa atracción disminuya o sea sustituida por otra más fuerte.
Los cónyuges (con-yugo, unción al mismo yugo, vida en pareja indisoluble) ya no tienen al otro como referente, sino como instrumento para la propia felicidad. Y de ahí, inexorablemente, se sigue que los hijos dejan de ser un don que recibe la pareja para reducirse al objeto de la satisfacción y “realización” de sus padres. En otras palabras, ya no son sujetos de derechos, sino objetos de un imaginario derecho de sus padres a tenerlos. Así es como se vuelve la realidad profunda del hombre literalmente del revés, y sin darnos cuenta, porque la raíz de esta perversión ha quedado por principio fuera de toda discusión posible.
Así las cosas, no debe sorprendernos la noticia de que una mujer “exija” ser inseminada con esperma de su marido en coma para satisfacer su “derecho” a tener hijos. Un derecho que sólo está en una mentalidad previamente deformada.
Ramón Pi.
Arvo Net, 14 de mayo 2003
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