| Le sucedió al joven Quique cuando era un chaval (ahora es todo un universitario a punto de acabar Teleco y con novia formal). Sus amigos habían logrado arrastrarle a una discoteca muy de moda entonces con ocasión de celebrar su cumpleaños.
La verdad es que estaba fascinado por la psicodelia de tan legendario lugar y no advirtió las maniobras de la pandilla para encasquetarle a una supermaquillada vampiresa de su misma edad (Vamos maquilladas / que si no, no somos nada, reza la canción). El caso es que de pronto se encontró con la chavala empotrada en su costado haciéndole preguntas ¿Cómo te llamas? y observaciones Eres muy guapo, ¿sabes? que le estaban haciendo sudar tinta. Sintió un gran alivio cuando la chica le sacó a la pista de baile. Al menos, podría respirar. Pero su liberación duró poco, pues al son de la música la muchacha se le echaba encima y se agarraba a él como un pulpo.
Con toda la inocencia de sus quince recién cumplidos y desconocedor en absoluto de la mecánica de ese mundo nuevo, Quique se paró en medio de la pista ante la mirada atónita de ella y le soltó: Oye, ¿tú crees en Dios? La joven seductora, que en el fondo no era mala chica, acertó a balbucear, mientras se preguntaba a qué narices venía aquello: Bueno..., sí. Claro... Quique, ya dueño de la situación, la separó de sí y haciendo oscilar suavemente su mano entre los dos, le dijo: Pues déjale sitio, ¿vale?
En Javier Láinez, Mucho morro , ESCRITOS ARVO, nº 229, Salamanca, noviembre 2002.
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