JUAN MANUEL DE PRADA
ABC, 04.10.2008
EL fariseísmo contemporáneo ha encontrado en
la condena de la pederastia uno de sus
ejercicios retóricos predilectos. Hace un
par de días, la Policía Nacional
desmantelaba una red de pornografía infantil
-y van...- y detenía a más de ciento veinte
personas que intercambiaban a través de
Internet imágenes en las que niños de muy
corta edad, casi bebés, eran sometidos a las
sevicias más aberrantes; todos nos hemos
indignado muchísimo, nos hemos rasgado las
vestiduras y hemos solicitado que a tales
tipejos infrahumanos se les castigue con el
máximo rigor. Nadie se ha molestado, en
cambio, en describir el caldo de cultivo en
el que tales tipejos infrahumanos florecen,
tal vez porque, si lo hiciéramos, nos
veríamos obligados a reconocer que se
parecen demasiado a nosotros mismos.
Probemos aquí a describir ese caldo de
cultivo: por una parte, hallaremos que los
niños, antes de nacer, han sido relegados a
la condición de «amasijos de células» sobre
los que nos hemos arrogado un derecho de
disposición absoluta que incluye su
destrucción física; por otro, descubriremos
que los niños, una vez nacidos, son
sometidos a agresiones diversas que anhelan
su destrucción espiritual.
Los niños que se salvan de ser despedazados
en los abortorios son arrojados a una
máquina trituradora que avasalla su
inocencia y pisotea su dignidad. En esta
guerra inmisericorde contra la infancia vale
todo, con tal de que se disfrace con los
ropajes de los sacrosantos derechos y
libertades: y así, en el hogar, se les
condena a una vida escindida, mediante el
sacrosanto «derecho al divorcio» que asiste
a sus padres; en la escuela, se les obliga a
recibir adoctrinamiento ideológico y se les
inocula el veneno de la llamada teoría de
género, todo ello, por supuesto, en aras de
que puedan vivir plenamente su «libertad
sexual». Y por si aún las agresiones que
reciben en el hogar y la escuela no hubiesen
sido suficientes para desnaturalizar su
infancia, por si aún su alma no estuviese
suficientemente arruinada, la propaganda
mediática se encarga de arrebatarles el
pudor y convertirlos en adultos precoces,
escamoteándoles las realidades más
esenciales de la condición humana y
sustituyéndolas por un batiburrillo de
risueñas escabrosidades que incluyen, por
supuesto, todo tipo de reclamos sexuales.
Y, mientras se desarrolla esta guerra
inmisericorde contra los niños, ¿qué ha
ocurrido con los adultos? Chesterton nos
ofrece la respuesta: «Lo que ha ocurrido es
que el mundo se ha teñido de pasiones
peligrosas y rápidamente putrescentes; de
pasiones naturales convertidas en pasiones
contra natura. Así, el efecto de tratar la
sexualidad como cosa inocente y natural es
que todas las demás cosas inocentes y
naturales se empapan y manchan de
sexualidad. Porque no se puede conceder a la
sexualidad una mera igualdad con emociones o
experiencias elementales como el comer o el
dormir. En el momento en que deja de ser
sierva se convierte en tirana». Cuando la
sexualidad se desembrida se convierte en una
pasión putrescente, ansiosa de conquistar
nuevos finisterres de perversidad que
combatan el hastío de la carne; y no debe
extrañarnos que, después de probar todos los
sabores, quiera hincarle el diente a la
fruta prohibida de la infancia. Únase a esta
«hipersexualización» de la vida la
imposición de un nihilismo optimista en
moral (según el cual el hombre debe guiarse
por su deseo, liberado de tabúes e
inhibiciones), y habremos completado el
panorama.
Podemos seguir escandalizándonos
farisaicamente cada vez que se desmantele
una red de pederastas; podemos seguir
reclamando hipócritamente penas más
rigurosas para los criminales sexuales... y
no habremos atacado la raíz del problema.
Las acciones malignas que cada día se
perpetran contra los niños no son fruto,
como se pretende, de una perturbación que
aflige a cuatro tipejos infrahumanos; son
fruto de una ideología criminal que ha
impuesto el naturalismo instintivo y la
agresión constante a la infancia como formas
de pensamiento comúnmente aceptadas. Un
pensamiento criminal, por mucho que se
disfrace de buenismo, acaba prohijando
conductas antihumanas; y tales conductas no
harán sino extenderse, mientras no se ataque
la raíz del problema. Entretanto, podemos
seguir reclamando cadena perpetua para los
pederastas, para tranquilizar nuestra
conciencia.