Por Mons. Héctor Aguer
Hace algunos días, en La Plata, se ha efectuado una operación de cambio de sexo y hoy quisiera hablar del tema con todo respeto a las personas involucradas pero también llamando a las cosas por su nombre.
Parece que desde el punto de vista de la técnica médica y jurídica la operación ha sido un verdadero prodigio pero, creo, que hay muchas cosas que explicar aquí.
El médico que dirigió la operación manifestó que el paciente no era un hermafrodita que son personas que tienen simultáneamente los órganos sexuales masculinos y femeninos. Debemos decir también que la ciencia discute si existe un hermafroditismo estricto o si hay casos de semihermafroditismo que son rarísimos que, según dijo el médico, en este caso se trataba de una persona homosexual y explicó la cosa así: era una persona con psicología de mujer a la cual le había tocado en suerte un cuerpo con genitales masculinos.
En realidad se debería haber dicho que se trataba de una persona con inclinación homosexual y que lo que se ha efectuado es la mutilación de un homosexual porque a esta persona se le ha realizado la ablación de sus órganos sexuales y se le ha hecho una cirugía estética que lo aparenta exteriormente al físico de una mujer. Sin embargo nunca podrá experimentar sensaciones sexuales que son propias de la mujer que incluso hasta puede engendrar un hijo.
Se trata entonces de algo realmente enorme que se ha realizado con autorización judicial. Un éxito sí desde el punto de vista de la técnica jurídica pero la problemática ética que subyace a esta cuestión es gravísima.
Ante todo hay una cuestión filosófica pues se induce a pensar que en la personalidad de alguien la psicología no tiene nada que ver, que es algo completamente ajeno a su dimensión genética, física, corporal, biológica, como si todo esto no integrara esa personalidad.
Desde allí se abre la idea de que es posible un cambio de sexo o que es posible elegir el sexo hablando de opción sexual o de conducta sexual y luego se quiere llegar a esto con una adecuación morfológica que a uno se le ocurre que debe ser.
He querido hablar sobre esto porque me parece que es necesario tener bien claro que se está induciendo un cambio en la manera de percibir las cosas de la naturaleza, un cambio en la cultura y un cambio en la mentalidad de la población.
Nosotros tenemos que volver a reconocer las cosas como son y a partir de allí también tratar de adecuar nuestra conducta a aquello que es lo que corresponde a nuestra realidad. Insisto, digo esto con todo respeto a las personas involucradas pero tenemos que ser sinceros y llamar a las cosas por su nombre.
Mons. Héctor Aguer es arzobispo de La Plata
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