| Por Ricardo Yepes Stork
Me imagino que el lector esta dispuesto
a admitir que la dignidad humana es para nosotros una cuestión
importante, pues hoy ocupa páginas y conversaciones
innumerables. Casi siempre se habla de ella como un tema político,
el del reconocimiento de todos, el de los derechos humanos
como fundamento del ordenamiento jurídico, o como una
exigencia moral básica e inalienable que debe ser enérgicamente
defendida para que la sociedad no se deshumanice
Sin embargo, pocas veces se habla de
la dignidad desde un planteamiento intimista y estético.
Pero es muy instructivo hacerlo. El paciente y sufrido lector
que esté dispuesto a acompañarme podrá
ver, espero, cómo la dignidad humana envuelve también
a aquellos asuntos que ennoblecen o degradan a la persona
ante sí misma, y en consecuencia ante los demás,
por ejemplo la autoestima que uno tenga de sí y la
consideración que los demás le otorguen. Comportarse
dignamente es algo que se aprende y que tiene que ver con
un hecho escueto y principal: lo feo es indigno y vergonzoso,
y debe ser ocultado o sustituido por lo bello y elegante.
La presencia de lo bello y de lo feo en nosotros mismos es
una parte decisiva de nuestra dignidad.
Esta cuestión nos preocupa más
de lo que en principio estaríamos dispuestos a reconocer.
¿Qué piensan de mí? ¿Qué
tal aspecto tengo? ¿No estoy realmente horrible? ¿Pensarán
que soy tonto, o viejo, o palurdo? ¿Alguien se habrá
dado cuenta de que la culpa fue mía? ¿Qué
dirá mi jefe? ¿Quedaré como un imbécil?
La familia de actitudes humanas que se
ponen en juego para preservar nuestra dignidad es sumamente
rica. Quizá las más importantes son la vergüenza,
el pudor y la elegancia. Otras muchas tienen con ellas una
íntima y natural conexión, y por eso nuestro
comportamiento las envuelve en expresiones y reacciones que
muestran toda la inagotable riqueza de lo humano. Sin embargo,
las tres mencionadas son las encargadas de efectuar el recorrido
desde lo más bajo -la fealdad- hasta lo más
alto -la belleza-, a través de todos sus intermedios.
Son actitudes inseparables y entremezcladas, que aquí
no tenemos más remedio que diferenciar para lograr
así una cierta comprensión de ellas.
La vergüenza
"Tener vergüenza es sentirse
intrínsecamente malo, fundamentalmente feo como persona"
(G. Kaufman). La vergüenza es un sentimiento espontáneo
que la persona tiene ante sí misma o ante los demás
cuando algo en ella, y por tanto ella misma, aparecen como
feos, y por tanto indignos y vituperables.
El sentimiento de vergüenza afecta
así a lo más íntimo del hombre. Por eso
es tan importante, porque el afectado es él mismo,
como tal hombre. Por ejemplo, la vergüenza juega un papel
decisivo en la formación de una recta conciencia moral,
que nos hace sentirnos buenos o malos, inocentes o culpables.
También es decisiva a lo largo del proceso psicológico
y social en el que tomamos pacífica posesión
de nuestra identidad y somos reconocidos y aceptados por los
demás. Pero además, la vergüenza es un
factor central en los desarreglos del funcionamiento del yo.
Por eso, como todo sentimiento, necesita ser bien educada,
pues, como añade Kaufman, es "la fuente de la
insuficiente autoestima, del pobre concepto de uno mismo o
de la mala imagen corporal, de la duda de sí y de la
inseguridad y de la disminución de la autoconfianza".
Por eso "es la fuente de los sentimientos de inferioridad.
La experiencia interior de la vergüenza es como una enfermedad
dentro del yo, una dolencia del alma", un tormento interior
o una herida que nos separa de nosotros mismos y de los demás,
aislándonos en nuestro sonrojo.
La presencia de lo feo y vergonzoso en
nosotros arruina la estimación ajena: "caérsele
a uno la cara de vergüenza es perder el honor",
añade el mismo autor. Si lo vergonzoso es lo feo presente
en la persona, se entiende que los clásicos griegos
dijeran que lo contrario de lo bello (kalón) era precisamente
lo vergonzoso o torpe (aischrón). Cuando vemos en los
demás, o incluso en nosotros mismos, acciones, gestos
o palabras ofensivos para su dignidad o la nuestra decimos
que eso es vergonzoso. Lo indigno es siempre vergonzoso, e
incluso ofensivo, en lo que tiene de irrespetuoso hacia alguien
o hacia uno mismo. Por eso quien comete acciones feas e indecentes
no merece nuestra estimación. La vergüenza se
relaciona así con los sentimientos de inferioridad
y con la pérdida de la estimación.
El pudor
Las pocas reflexiones que anteceden bastan
para confirmar que la vergüenza se suscita por la presencia
en nosotros de algo que consideramos indecoroso, y en definitiva
malo. Sin embargo, aparece ya en este sentimiento un elemento
más positivo: "sentir vergüenza es sentirse
visto de un modo dolorosamente disminuido. La vergüenza
revela el yo interior, y lo expone a la vista". Este
"sentirse visto" produce una reacción espontánea
por "la elevada visibilidad del yo": la "urgencia
de esconderse, de desaparecer". "La experiencia
de parecer transparente se crea precisamente por la sensación
de estar expuesto que es inherente a la vergüenza",
continúa Kaufman.
Cuando uno se siente desposeído
sin su permiso de algo íntimo que pasa a ser públicamente
enseñado, siente vergüenza, e incluso rabia. Sin
embargo, en el sentirnos sin quererlo indebidamente "transparentes"
ante los demás está operando ya ese segundo
sentimiento que insinuábamos: el pudor, la inclinación
a poner la intimidad a cubierto de miradas extrañas.
El pudor es el gesto y la reacción espontánea
de protección de lo íntimo que precede a la
vergüenza y le da a ésta un sentido positivo de
preservación. Tiene por eso una fuerte relación
con la dignidad, pues acentúa la reserva de la intimidad,
nos hace poseerla más intensamente, ser más
dueños de nosotros mismos. El pudor es una manifestación
de la libertad humana aplicada al propio cuerpo. Autodominio
significa dignidad porque implica libertad, y ésta
significa ante todo ser dueño de uno mismo. El pudor
es algo así como la expresión corporal espontánea
del conocido derecho jurídico a la intimidad y a la
propia dignidad.
Por todo ello, la manera quizá
más grave de desposeer a las personas de su dignidad
intrínseca es violar su intimidad, es decir, horadarla
y forzarles a manifestarla contra su voluntad, aún
por medio de la coacción física o psicológica:
exponerlas a la vergüenza pública y privarlas
de seguir siendo dueñas y señoras de aquello
que es sólo suyo: lo íntimo. Una persona violada
queda reducida a la esclavitud y a una gravísima vergüenza
ante sí misma: tiene dentro de sí la presencia
invasora y violenta de lo extraño.
El pudor, al proteger y mantener latente
nuestra intimidad (éste es su objeto), aumenta el carácter
libre de la manifestación hacia fuera de lo que somos
y tenemos. Lo íntimo es libremente donado porque es
previamente poseído. El pudoroso es más dueño
de sí, valora más el don posible de su interioridad.
Incluso más la cela cuanto más rica es. El pudor
es entonces el amor a la propia intimidad, la inclinación
a mantener latente lo que no debe ser mostrado, a callar lo
que no debe ser dicho, a reservar a su verdadero dueño
el don y el secreto que no deben ser comunicados más
que a aquel a quien uno ama. Amar, no se olvide, es donar
la propia intimidad. Por eso ante el amado somos, deberíamos
ser, transparentes y auténticos siempre.
Es bien sabido que la intimidad define
radicalmente a la persona y que ésta es una peculiarísima
y fascinante dualidad de habla y silencio, de opacidad y transparencia,
de interioridad y exterioridad. La transparencia pública
y total significaría, en este caso, perder toda interioridad.
Esto no sólo es ofensivo para la persona, sino también
imposible. La interioridad es tal porque en ella algo queda
latente y silenciado para la exterioridad. El ser íntimo
e irrepetible de la persona puede iluminar con su presencia
unos ojos o un rostro que se vuelven transparentes y dejan
ver ese fondo interior y único que a ellos se asoma.
Pero ese ser siempre queda más allá, nunca es
del todo exteriorizable, siempre se reserva a sí mismo
para seguir iluminando ese rostro, para seguir amando a través
de la mirada. El pudor es el cerrojo que abre y cierra desde
dentro el umbral por el que accedemos a la persona: no somos
dueños del abrir y del cerrar del otro. Es algo que
se nos da, si está justificado que se nos dé,
y no podemos forzarlo; si lo hacemos estamos horadando un
territorio que no nos pertenece. Si él nos invita desde
el umbral, hemos de suponer que es una llamada verdadera,
y que su salir pudoroso a buscarnos franquea verdaderamente
la entrada a esa intimidad en la que somos invitados a habitar
por vez primera.
Sin embargo, cabe preguntar: ¿hasta
dónde llegan las puertas de lo íntimo? El pudor
se extiende tanto como se extienden éstas. Apenas es
preciso decir que el pudor incluye no sólo la interioridad
espiritual o psíquica, sino también el cuerpo,
pues él y cuanto a él se refiere forma parte
de nuestra intimidad: el vestido, las acciones, los gestos
y movimientos corporales (comer, limpiarse, etcétera).
El pudor se extiende también a la casa y en general
al lenguaje manifestativo, pues ambos son ámbitos de
expresión de lo íntimo, siendo éste el
lugar donde la persona habita consigo misma.
Por ser el cuerpo parte de la intimidad,
el pudor se muestra entonces como resistencia a la desnudez,
como una invitación a buscar a la persona más
allá de su cuerpo (Campanini). Mediante el acto y el
gesto pudoroso, tan cercano aquí a la vergüenza,
la persona expresa una negativa a que su cuerpo sea tomado,
por así decir, sin la persona que lo posee, como una
simple cosa, como un instrumento u objeto de deseo para el
que mira impúdica o curiosamente. El acto de pudor
es, en el fondo, una petición de reconocimiento, como
si quien es así mirado o deseado dijera: "No me
tomes por lo que de mí ves descubierto; tómame
a mí, como persona".
La desnudez anónima
El pudor se nos aparece entonces como
el acto por el cual la persona se hace presente en su cuerpo
desnudo. Una desnudez es impúdica cuando, por decirlo
así, no es de nadie y al mismo tiempo es de todos:
es anónima, disponible para quien la quiera. Si a la
persona le es indiferente desvestirse y mostrar su desnudez,
ella no está en su cuerpo, y éste se convierte
en una mera imagen de sí mismo, que no remite a nadie.
El cuerpo está entonces sin dueño, abandonado
o incluso ofrecido, es objeto decorativo o producto en venta.
Cuando la persona desaparece de su cuerpo, éste se
prostituye, se vende a bajo precio, se convierte en mercancía.
El pudor permite ver a la persona con perspectiva, más
allá de la pura epidermis en que parecen convertirse
quienes se instalan en un escueto atavío, sin recatarse
por la transparencia de sus telas o la firme adherencia de
las prendas.
Desnudarse obedece casi siempre a razones
térmicas, de comodidad. Sin embargo, el carácter
sexuado del cuerpo da a la desnudez, de modo natural, cierto
carácter erótico, variable según las
circunstancias. Querer ignorar esta realidad natural supone
reducir la sexualidad a mecanismo, a función fisiológica
susceptible de "técnicas". En las relaciones
humanas el carácter sexuado del cuerpo juega un papel
que no es necesario explicar aquí, y que despierta la atracción
entre el varón y la mujer, dando origen a tipos de
conducta, entre ellas la seducción, que miran hacia
el otro en tanto es varón o mujer. E1 modo de mostrar
el carácter sexuado del cuerpo, y también estas
pautas de comportamiento, están reguladas por una clase
especial de pudor: el sexual.
El lector se preguntará entonces
conmigo: ¿por qué los órganos sexuales
son objeto de especial pudor? La pregunta es completamente
pertinente, pero completamente imposible de responder aquí
de modo cabal. Lo único que me atrevo a decir es que
eso es así por una razón muy honda, y muy mal
comprendida hoy en día: la sexualidad es algo especialmente
íntimo. El lector me excusará de explicar qué
quiero decir con ese "especialmente", pero si me
otorga la confianza de aceptarlo, entonces la cuestión
se simplifica: si la sexualidad es algo tan íntimo,
debe tener muy estrechamente que ver con el don de la intimidad
llamado amor. En tanto el amor y la sexualidad están
unidos, lo sexual es profundamente íntimo y objeto
de ese pudor especial recién mencionado. Parece una
afirmación inocente, pero no lo es tanto, pues contiene
muchos implícitos resumibles en esta idea intuitiva:
el varón y la mujer se relacionan sexualmente entre
sí de modo amoroso y donal, y no apareándose.
Así pues, el pudor es la regla
que preside la manifestación propia o impropia de la
interioridad. En cierto sentido cabe afirmar sin dificultad
que es una virtud. El impúdico suele ser un sinvergüenza,
pues no conoce el límite entre lo decente y lo indecente,
entre lo que es oportuno y conveniente mostrar y lo que no.
Para entendernos: lo indecente es intolerable, e incluso ofensivo.
La idea de que la decencia es un valor antiguo, hoy ya por
fortuna desaparecido, no se corresponde con la vigencia real
de lo intolerable que por todas partes se detecta en nuevas
costumbres y reglamentaciones. Lo que ocurre es que éstas
versan sobre asuntos y valores distintos, quizá, desde
luego, más triviales y exteriores que los antiguos.
La pérdida del sentido de la decencia,
la incapacidad de percibir el límite de lo vergonzoso
como algo que protege los valores comunes de nuestra sociedad,
y que por eso debe ser a su vez protegido, no puede responder
más que a una debilitación de la interioridad,
a una pérdida del valor de lo íntimo, y por
tanto, a un aumento de lo superficial, de lo exterior. Estrictamente
esto significa pobreza, y por tanto aburrimiento. Quien no
siente necesidad de ser pudoroso carece de intimidad, y así
vive en la superficie y para la superficie, esperando a los
demás en la epidermis, sin posibilidad de descender
hacia sí mismo. Los frívolos no necesitan del
pudor porque no tienen nada que reservarse. Por eso son tan
chismosos; hablan mucho, pero no dicen nada. Viven hacia fuera.
Están desnudos.
La regla que enseña a ocultar
y desocultar lo íntimo embellece a la persona, porque
la hace dueña de sí, la muestra a los demás
reservada para ella misma, orientada hacia su "dentro",
y por tanto digna. El pudor manifestado en la actitudes, vestimentas
y palabras permite vislumbrar lo que aún queda oculto
y silenciado: la persona misma. Por eso el pudor está
en el umbral: porque desde él se llama al otro, se
le muestra lo que pueda atraerle y admirarle, lo que aún
podría avergonzar, lo que nunca se ha dicho todavía.
El pudoroso no se ofrece todo entero, sino que invita a un
después donde acontece un desvelamiento, donde puede
darse un diálogo de miradas y palabras que abra una
intimidad compartida. En tanto somos personas con interioridad
el pudor regula necesariamente nuestras relaciones.
La compostura
Una vez que el pudor y la vergüenza
han enseñado el límite entre lo decente y lo
indecente, podemos preguntarnos de qué modo acontece
la presencia de lo bello en la persona. La respuesta es la
que da título a estas páginas: compostura y
elegancia. Ya se dijo que el objeto de la elegancia es la
presencia de lo bello en la figura, en los actos y movimientos,
o mejor dicho, el mantenimiento activo de esa presencia, aquella
obra de arreglo y compostura que hace a la persona, no sólo
digna y decente, sino bella y hermosa ante sí y ante
los demás.
Para explicar esta idea voy a proponer
al lector una cierta novedad, para la que solicito su aprobación.
Consiste en introducir una distinción entre dos "elegancias":
una tiene un sentido más bien negativo, como para sólo
preservar de lo vergonzoso. Es la que llamaré compostura.
La otra es la elegancia "de verdad", plena de sentido
positivo, que incluso podría definirse como la belleza
personal.
La compostura es el sentido negativo
de la elegancia en cuanto designa ausencia de fealdad en la
figura y conducta personales. En realidad esta actitud humana
fue considerada por los clásicos como una virtud, para
ellos algo menor, que denominaron "modestia". El
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua
dice que modestia es "cualidad de humilde, falta de engreimiento;
pobreza, escasez de medios", y este es ciertamente el
sentido actual de esa palabra en el lenguaje ordinario.
Pero ese mismo Diccionario antepone otra
acepción distinta, tomada directamente de la filosofía
clásica, que dice así: Virtud que modera, templa
y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los
límites de su estado, según lo conveniente a
él". Nadie entiende hoy así la modestia.
A esto hay que llamarlo más bien "compostura",
y así me parece que habría de hacerse, rectificando
el Diccionario si es preciso.
Para Andrónico de Rodas, primer
editor de las obras de Aristóteles, la compostura era
"la ciencia de lo que dice bien (lo decente) en el movimiento
y las costumbres", "el buen orden que se ocupa de
lo conveniente en los diversos negocios y circunstancias",
"espíritu de discernimiento, es decir, de distinción,
en las acciones". Su maestro Aristóteles, en cambio,
decía que la compostura (por supuesto, él la
llamó de otra manera: afabilidad) versa sobre lo que
resulta agradable o desagradable en los dichos y hechos respecto
de los hombres con quienes se convive. Esto no es otra cosa
que las buenas maneras de las que hoy tanto se habla. Tomás
de Aquino, por su parte, afirma que la compostura o decoro
es una virtud que regula los movimientos externos del cuerpo.
Un autor de moda que escribe sobre las
virtudes, el francés A. Comte-Sponville, insiste en
que la cortesía no es una virtud, sino una especie
de cualidad necesaria para la convivencia humana. En este
caso parece obligado disentir, pues la compostura engloba
algo más profundo que la simple cortesía externa,
aunque ambas apuntan hacia la buena educación, los
buenos modales y palabras en la vida social. Ser cortés
no es sólo tratar correcta y educadamente a las personas,
lo cual implica ya reconocerlas dignas de buen trato, sino
todavía más: omitir decididamente todo detalle
que resulte molesto o vergonzoso, e incluso buscar la compostura,
la finura y el donaire en el decir y actuar, de modo que se
merezca por ello la estimación, el aprecio, y aún
la admiración.
La compostura incluye en primer lugar
limpieza, ausencia de lo sucio y manchado que podrían
afear a la persona. En segundo lugar contiene pulcritud, que
es un aseo cuidadoso, el cuidado de la propia presencia, un
estar la persona "compuesta" y preparada, en disposición
de aparecer públicamente ante quien en cada caso corresponda.
En tercer lugar compostura es orden, un saber estar que no
se refiere sólo a la disposición material de
objetos y vestidos, sino al moverse del modo conveniente,
en el momento adecuado y, sobre todo, con los gestos adecuados.
Esto es el decoro, algo así como el orden de los gestos
y de las palabras, su oportunidad y mesura, su adecuación
con lo que quieren expresar y con el destinatario de esa expresión:
decoro son, por lo tanto, las buenas maneras.
La educación en la elegancia comienza
por la enseñanza de estos aspectos básicos incluidos
en la compostura. Los niños difícilmente valoran
su importancia, pero sin ella no se hacen aptos para ingresar
en la vida social. Es un error corriente, que se pone de moda
en épocas y personas románticas, juzgar que
todo esto es convención y artificio hipócrita,
cuando en realidad constituye algo así como la civilización
del instinto y de la espontaneidad por medio del rito y la
costumbre, algo que constituye la base de toda educación
y aprendizaje humanos. E1 "naturalismo", en forma
nudista, robinsoniana o "hippie", suele terminar
en lo cutre, ese "Teísmo" sin elegancia que
no es consciente de su vulgaridad. Las buenas maneras son,
en palabras de Kant, lo que "transforma la animalidad
en humanidad".
Mantener la compostura exige cuidado,
tiempo, arreglo en definitiva. Esto obliga a dedicarse atención,
a ocuparse de uno mismo y de la propia apariencia. Si uno
no quiere mostrarse desaliñado debe cuidar su exterioridad,
cortarse las uñas, cambiarse de ropa, prestar atención,
evitar las manchas y los malos olores. Perder la compostura
es una forma de perder la dignidad: ¿quién no
se ha visto en la disyuntiva de tener que elegir entre correr
para subir al autobús o no quedarse sin ellas? La persona
descompuesta y descuidada se desperdiga, tiene un déficit
del recto amor a sí misma que precisa para remediar
los defectos y deterioros de su condición corpórea
y temporal, que irremediablemente se van introduciendo en
ella en forma de desgaste y estropicio. Por el contrario,
la persona compuesta tiene un centro que reúne lo disperso,
una regla que mide y ordena, un sosiego nacido del estar dueña
de sí.
La elegancia
La compostura, sin embargo, se limita
más bien a "no desentonar". Aunque sin compostura
no es posible la elegancia (esto conviene no olvidarlo), para
alcanzar esta última se requiere algo más: ser
atractivos, o al menos estarlo, desarrollar el gusto y el
estilo, alcanzar la distinción.
Con el fin de comprender un poco qué
significa ser elegantes, lo más práctico es
analizar los requisitos o contenidos de esta rara cualidad
que a todos nos gustaría tener. Lo más inmediato
y obvio es que ser elegante significa tener buen gusto. Pero
¿qué es el buen gusto? Ante todo, como nos enseñan
Baltasar Gracián y H. Gadamer, es una capacidad de
discernimiento espiritual que nos lleva no sólo a "reconocer
como bella tal o cual cosa que es efectivamente bella, sino
también a tener puesta la mirada en un todo con el
que debe concordar cuanto sea bello". Se trata por tanto
de una capacidad que permite afirmar las realidades "gustadas"
como "bonitas" o "feas". Pero decir "esto
es bonito" o "esto es feo" sólo puede
hacerse si "esto", particular y concreto (un vestido,
un peinado o un jardín) se refiere a un todo frente
al cual el objeto juzgado queda "iluminado" y descubierto
como "adecuado" o "inadecuado". El buen
gusto es pues "un modo de conocer", un cierto sentido
de la belleza o fealdad de las cosas. No se aplica sólo
a la naturaleza o al arte, sino a todo el ámbito de
las costumbres, conveniencias, conductas y obras humanas,
e incluso a las personas mismas. Y desde luego no es algo
innato, sino que depende del cultivo espiritual de la educación
y la sensibilidad que cada uno haya adquirido. Las cosas de
"mal gusto" no pueden ser de ninguna manera elegantes,
sino más bien torpes y vergonzosas.
Lógica y afortunadamente, no existe
una regla fija que determine qué es de buen y mal gusto.
Lo que sabemos es que el buen gusto mantiene la mesura, el
orden, incluso dentro de la moda, a la que lleva a su mejor
excelencia, sin seguir a ciegas sus exigencias cambiantes,
sino más bien encontrando en ella la manera de mantener
el estilo personal.
La idea del buen gusto nos lleva a la
segunda nota de la elegancia: la distinción. Lo distinguido
se opone a lo vulgar, a lo zafio, que tiene ya connotaciones
de cierto desaliño y suciedad. Distinguido es lo que
sobresale, lo elevado, lo señorial. La persona humana
tiende de por sí a moverse hacia lo alto: le gusta
volar, soñar, subir, despegarse del peso de la materia
y sentirse ingrávida y espiritual, despegada, libre
en definitiva. La distinción es aquello que sitúa
a la persona humana por encima de la vulgaridad y dentro del
señorío. En el caso de la elegancia, la distinción
proviene del buen gusto, puesto que éste permite hacer
presente la belleza en aquello que el mantenimiento de la
compostura nos obliga a realizar.
Cuando la persona dispone su apariencia
exterior con arreglo al buen gusto, entonces está bella:
guapa, se dice en castellano. Y es esencial entender, como
decisiva nota de la elegancia, la presencia de la belleza
en la persona. Es ésta la que le da ese aire distinguido
y espiritual que, por decirlo así, la desmaterializa
y eleva. Claro está que algunas personas tienen una
belleza natural, física, que apenas necesita aliños
para ser elegante: su porte, su andar, tienen ya una forma
naturalmente distinguida y bien proporcionada, hermosa. Estas
personas, si tienen buen gusto y son elegantes, pueden llegar
a enriquecer su ya natural belleza hasta un esplendor que
a las demás les suele estar vedado por su inferior
disposición natural.
Es esencial recordar que la belleza significa
en primer lugar armonía y proporción de las
partes dentro del todo, sean las partes del cuerpo, de los
vestidos, del lenguaje o de la conducta. Pero además,
como dice Aristóteles, "a las obras bien hechas
no se les puede quitar ni añadir, porque tanto el exceso
como el defecto destruyen la perfección". "La
fealdad -dice Tomás de Aquino comentando este pasaje-
es el defecto de la forma corporal, y acaece cuando un miembro
se muestra con una forma inadecuada (indecente). Pues la belleza
(la elegancia) no se consigue si todos los miembros no están
bien proporcionados y adornados". Esto quiere decir que
un sólo defecto estropea el conjunto, pues para que
la belleza se haga presente en el aspecto exterior de la persona
todo en él debe ser íntegro, acabado y bien
proporcionado.
Lo íntegro
Lo íntegro es precisamente lo
bien hecho, aquello a lo que no le sobra ni le falta nada,
lo que está completo y perfecto dentro de sus límites.
A los griegos siempre les fascinó esta idea de perfección:
lo íntegro es perfecto porque, circunscrito y limitado,
dentro de sí tiene su télos, su finalidad, aquello
que le da la plenitud. La elegancia envuelve todo el ser de
la persona en cuanto ésta es íntegra, poseedora
de su plenitud. Por eso, si ser elegante significa ser íntegramente
bello, esto no puede limitarse sólo al aspecto del
vestido o al arreglo externo. Por fuerza ha de incluir lo
que la persona misma es y lo que de ella se manifiesta.
Esta es la idea griega, hoy tan perdida,
de que las acciones hermosas, elegantes, son aquellas que
uno realiza abandonando su propio interés para emprender
la búsqueda de lo en sí mismo valioso, aquello
que merece la pena por sí mismo, lo que tiene carácter
de fin, lo que una vez alcanzado da la felicidad y la perfección.
Este tipo de bienes no son ya los propios del bien decir,
o del bien parecer, el arte o la belleza corporal, sino los
bienes auténticos, los que realmente nos importan porque
no sólo nos hacen felices, sino también buenos.
Para los clásicos lo bello, pulchrum, es lo bueno,
aquello que conviene al hombre y le perfecciona. Por eso,
quien vive en armonía consigo mismo, quien se autodomina,
quien emprende esa búsqueda del bien más alto
y arduo, ese bien que constituye un ideal de vida, de esa
persona se dice no sólo que es buena, sino que tiene
kalokagathía, una bondad bella, o una belleza buena,
una conducta íntegramente poseída desde sí:
ésta es la verdadera elegancia, la que radica en el
alma y la embellece porque pone en ella el amor, la virtud
y el saber verdaderos.
La elegancia muestra así su dimensión
moral, algo que constituye el fondo y sustrato de la otra
dimensión, corporal y externa: quien no vive en armonía
con sus sentimientos y sus tendencias, quien no sabe lo que
quiere y no obra como debe, quien vive en discordia consigo
mismo y con los demás, quien no conoce la serenidad
y la mesura en sus deseos y acciones, quien es desconsiderado
con la realidad que le rodea, quien no reproduce dentro de
sí, en su voluntad, afectos e inteligencia, el orden
general del universo y del ser mismo, ése no puede
ser elegante porque no es bueno, ni dueño de sí
mismo. Hasta aquí se extiende la idea de que la elegancia
es la presencia de lo bello en la persona.
Reproducir en uno mismo la belleza general
del universo es la suprema elegancia. Y esto despierta en
los demás el entusiasmo, la admiración. La actitud
humana que encamina hacia lograrlo se llama respeto, benevolencia,
prestar asentimiento a lo real y ayudar a que cada cosa sea
del todo lo que es y lo que puede llegar a ser. Lo indecente,
por el contrario, es la prepotencia, atropellar la realidad
para someterla a nuestros intereses, pisotear la dignidad
de los otros.
La belleza humana no es sólo física,
sino también moral. Pero la belleza física,
incluida desde luego en la elegancia, no es sin embargo algo
simplemente natural. Estaría incompleta si el vestido,
el adorno y la proporción no la completaran. El escenario
principal de la elegancia, su materia por así decir,
es el embellecimiento de la compostura. Y ese embellecimiento
puede lograrse al cumplir la inevitable tarea de cuidar de
uno mismo: la disposición del atuendo, la ornamentación
corporal, los modales distinguidos, la "forma bella de
expresar los pensamientos", como define la elegancia
el Diccionario antes citado, el modo de moverse, la figura
y expresión de cada gesto, etc. La elegancia está
en la bella factura de todos ellos. Y ahí es donde
se aprende y desarrolla.
Esta bella factura es el escenario donde
puede mostrarse otro componente de la elegancia: el arte y
el estilo personales, que son la expresión exterior
de la propia personalidad y gusto. Un hombre elegante tiene
"estilo" propio sabe disponer las cosas con distinción,
crea a su alrededor un ámbito cuidadoso y agradable,
embellecido por el adorno, pero al mismo tiempo deja traducir
un buen gusto característico a través de lo
que hace. Por eso el estilo personal es la singularización
de la apariencia, el distintivo de la propia figura que la
hace inconfundible y en cierto modo irrepetible. La "distinción"
radica hoy más en este sello personal que ponemos en
nuestra imagen que en el carácter aristocrático
de superioridad que en otros tiempos imponía una clase
social (D. Innerarity). La elegancia se convierte entonces
en cauce de expresión de la personalidad y creatividad
de cada uno, en un desafío a la monotonía y
a la uniformidad.
Hay que añadir aquí una
observación que podría llevarnos muy lejos:
`por qué el ornato, el adorno, y no sólo el
arreglo y la compostura? Adornar es una necesidad y una costumbre
humana que no responde a la manía, o a la simple conveniencia
de cubrir lo desnudo o lo vacío. Tiene que ver más
bien con la idea de festejar. Todo adorno tiene, en efecto,
una doble función: es a la vez representativo y acompañante.
Acompaña la representación festiva, y ayuda
a ésta. Un traje de boda puede servir de ejemplo. Se
trata de un traje extraordinario, superabundante, lujoso incluso,
de color simbólico. Realiza una transformación
de la novia, y la acompaña, la reviste de atmósfera
solemne y festiva al tiempo que significa y realiza su condición
nupcial. Se advierte aquí cómo el adorno, el
aderezo externo, cumple todo él esta doble función
de acompañar y significar lo que la situación
exige. Cada ocasión de este tipo tiene unas exigencias
y unas conveniencias que el ornato y la figura de la persona
deben reflejar, preceder y acompañar. Pues bien: la
elegancia preside ese "estar a la altura" que acontece
en las ocasiones festivas como adorno y compostura de la persona.
Toda la inmensa capacidad humana de adornar
(brazaletes, anillos, collares, pinturas, telas, trajes y
utensilios de fiesta) está al servicio de la representación
que hace visible y presente lo no inmediatamente presente:
el júbilo, la dignidad, la veneración, la gratitud,
el recuerdo y la conmemoración... La elegancia encuentra
su ámbito más pleno en la fiesta y en las acciones
representativas y simbólicas que en ella se dan de
modo natural. Las personas en las fiestas parecen distintas,
se transforman, se vuelven bellas y elegantes, se ponen a
la altura del acontecimiento, y su capacidad creadora tiene
entonces ocasión de brillar y de redundar en su torno.
Así se transforma un ambiente en festivo.
Aquí surge el peligro de confundir
elegancia con simple apariencia. Hay que advertir, como última
característica, que no hay elegancia verdadera si no
es con ausencia de afectación y fingimiento, con espontaneidad
y autenticidad en la expresión. Esto se llama naturalidad,
mostrarse tino como es, de modo que lo que aparece responda
al fondo y a la interioridad verdaderas. Naturalidad no es
pura espontaneidad, sino también mesura, moderación,
ausencia de demasía, pues el exceso destruye la elegancia,
descoyunta las cosas y los gestos. La verdadera belleza es
siempre portadora de naturalidad. Actuar espontánea
y moderadamente, con un gusto y estilo personales que muestran
en la persona una belleza poseída desde el fondo de
ella misma: esto es en resumen ser elegante.
En todo ello los demás son importantes.
Mirarnos al espejo, ese dueño de nuestra estima, o
sentirnos mirados, es una llamada a embellecernos, a ser elegantes
y atractivos como modo de merecer la estimación y el
reconocimiento propio y ajeno. Quien ama su dignidad cuida
su elegancia. Y así, el cuidado de la propia apariencia
añade a la persona la pizca de belleza que le hace
amable y atractiva. Es una preparación para el encuentro
con los otros, una búsqueda de la nobleza humana del
convivir, la creación de un ámbito que está
más allá de la pura utilidad: la presentación
alegre y festiva de la persona. Ser elegantes consiste en
saber encontrar siempre motivos para expresar la alegría
por medio del adorno.
Nada se ha dicho todavía de la
creación de elegancia. Suele hacerse por medio de modelos
(aquí en sentido estricto) que encarnan visiblemente
el canon de belleza corporal en cada momento vigente, y el
estilo que se hace moda y referencia. Todo ello es socialmente
necesario y hoy, como todo, se realiza de modo profesional
y empresarial. La imagen del modelo o la modelo es muchas
veces multiplicada en los medios de telecomunicación.
Pero después, como a los actores y actrices, se le
pide que hable, que muestre algo más que una cara o
un vestido, que no se convierta en fetiche, que posea de verdad
su propia imagen, que no sea sólo lo que parece.
Quien adora el fetiche querrá
repetir en sí una elegancia mecánica e imitada,
carente de respeto por lo que uno o una es de modo propio
y original. Lo importante de la elegancia es que no sea sólo
imitación exterior, sino expresión de un mundo
auténticamente personal. Esto es lo que he querido
decir, amigo lector. Si el hombre habla, no sólo con
sus palabras, sino también con su expresión,
con su gesto, con su figura, con su vestido y apariencia,
decir las cosas bellamente se torna no sólo bueno,
sino deseable, pues al ejercerse nos dignifica como personas
y eleva al nivel de lo verdaderamente humano la comunidad
de vida que tenemos con los demás.
Cortesía de Revista Nuestro Tiempo,
Nº 508, Octubre 1996. Pgs. 110-123. |