Por Julián Marías , de la Real Academia Española
Una vez más Julián Marías demuestra que el filósofo no está reñido con el sentido común ni con la claridad en la exposición de un pensamiento. El artículo es de 20 febrero 1988.
CUANDO se está convencido de que el hombre es libre –forzosamente libre, decía Ortega--; aunque no absolutamente libre, porque en el hombre no hay nada absoluto-, se tiene que adoptar una actitud liberal, es decir, la creencia en la libertad humana y la aceptación de sus consecuencias: que el hombre tiene que elegir y decidir por sí mismo su vida, puede hacer una cosa u otra, y es responsable de lo que hace. Esta actitud tiene en cuenta la condición humana -podría decirse que el liberalismo consiste, en aceptarla-, y por eso excluye la seguridad y la petulancia. Hace muchos años definí el temple vital del liberalismo como «melancolía entusiasta» o, si se prefiere, «entusiasmo escéptico».
Pero, además de una actitud vital, el liberalismo es el nombre de una política cuya mejor definición sería la organización social de la libertad. Ahora bien, esto lleva a reconocer que no puede haber un contenido concreto, un programa único del liberalismo: cada sociedad, en cada época, entiende por libertad algo preciso, necesita para realizarla ciertas condiciones, tiene diversas presiones, dispone de unos u otros recursos; en suma, se trata de ser libre dentro de la sociedad en que se vive. Una definición «inmovilista» del liberalismo es, sin más, falsa; y ninguna forma pasada de liberalismo merece llamarse así; tiene que ser actuar, mejor dicho, futurizo , como el hombre, orientado hacía el futuro, proyectado hacia él; pero no es utópico, sino circunstancial: se trata de ser libre aquí y ahora.
Esto basta para mostrar las dificultades del liberalismo. Respecto a la actitud ante la vida, se ha ido deslizando en los ánimos, desde hace mucho tiempo, la noción de que el hombre no es libre, de que está determinado por factores biológicos, psíquicos, sociales, económicos; es evidente que no es así, que el hombre tiene que hacer su vida, elegir en cada momento, justificar su elección, y por eso todo el mundo juzga a los démas -lo que no tendría sentido si no fueran libres, pero cuanto menos se cree en la libertad, rnás se juzga-; esas «ideas», a fuerza de ser repetidas y, admirablemente orquestadas, han hecho su camino en muchas mentes, aunque contradigan su evidencia íntima.
Por otra parte, y sobre todo en asuntos políticos, los estáticos o arcaicos nunca han podido soportar el liberalismo. Necesitan fórmulas rígidas, recetas, un libro en que se explica lo que va a pasar, porque ya «está escrito». Se sienten exasperados y asustados frente a una mente liberal; tienen, simplemente, miedo: a la innovación, a la imaginación, a la inseguridad, a la responsabilidad.
Hace mucho tiempo tengo la convicción de que no es necesario en el mundo actual que existan partidos que se llamen expresamente liberales, por la razón de que todos los que son "civilizados" incluyen el liberalismo, aunque no lo formulen explícitamente. Pero hay que preguntarse en cada caso si los partidos son civilizados y, por otra parte, si son verdaderamente actuales, si no son, acaso arcaicos, meras repeticiones de posiciones que acaso tuvieron sentido hace un siglo o siglo y medio. Es decir, que hay que comprobar si, llámense como quieran, incluyen efectivamente el liberalismo en su doctrina; y, sobre todo, en su práctica.
Existe la tendencia a considerar que lo que confiere la actualidad y la legitimidad política, la condición de partido o gobierno «civilizado» es el carácter democrático. No hablemos de los que se llaman «democráticos» sin- serlo,- sino más, bien la rigurosa inversión de la democracia, por ejemplo, los nombres de algunos países (si añaden el adjetivo «popular», esto quiere decir que no queda ni un resto de democracia). Retengamos solamente los que efectivamente son democráticos, quiero decir los que aceptan las elecciones, el sufragio universal, y quieren alcanzar el poder por ese procedimiento.
¿Son liberales? ¿Creen en la libertad humana? ¿Intentan favorecerla, intensificarla, organizarla socialmente? Esta es otra cuestión. Se puede ser democrático y liberal: ésta me parece la única forma decorosa y actual de gobernar a los hombres. Pero se puede ser democrático y nada liberal, incluso manifiestamente antiliberal. Se puede alcanzar el poder democráticamente y usarlo de modo que las libertades se vayan cercenando, encogiendo, limitando, marchitando, de tal manera que ese poder lo invada todo, reduzca a la impotencia a los grupos sociales, y deje tan sólo el reducto de la libertad de los individuos desorganizados , con un mínimo de eficacia política, que podrán ciertamente votar el día que haya elecciones, pero en condiciones de tal inferioridad que sus posibilidades sean mínimas. Sin contar con el factor del desánimo , que mina la libertad personal y hace que apenas se ejerza, que sean muy pocos los que se atrevan a hacerlo -porque puede traer malas consecuencias- o ni lo intenten porque se han persuadido de que es inútil que que non sirve para nada.
Si no se mantiene vivo el espíritu liberal, la libertad se pierde; la democracia por sí sola no es garantía suficiente, puede ser el artificio para dar justificación a una dictadura Iegal, que se tranquiliza por su origen democrático. Hay que observar las tendencias, lo que podríamos llamar las «aficiones» de los diferentes grupos y partidos. Los hay que sienten irrefrenable simpatía, que puede llegar al entusiasmo, por regímenes dictatoriales, totalitarios; y aversión por aquellos en que la libertad existe, en que la sociedad lleva por sí misma a cabo las funciones vitales, en que los individuos tienen la iniciativa, la capacidad de invención, en que se puede criticar a los gobernantes sin que pase nada. Una buena norma sería: por sus aficiones los conoceréis.
La democracia sola, sin espíritu liberal, no me interesa; porque no garantiza la libertad; pero me interesa mucho como garantía de ella: un liberalismo no democrático podría desaparecer en cualquier momento. Y la democracia, aun desprovista de liberalismo, no es desdeñable, y hay que conservarla celosamente; porque, mientras existe, y a pesar de todas las limitaciones, permite a los ciudadanos elegir a sus gobernantes, y por tanto rectificar, restablecer el espíritu liberal, si quieren.
Y esto es lo decisivo: si quieren . No es seguro: Hay muchos hombres que se sienten a gusto con muy poca libertad; a lo sumo les interesan aquellas que tienen que ver directamente con ellos, y no las demás; no me canso de repetir que las libertades forman un sistema ; que hay que defenderlas todas, porque si no van sucumbiendo una tras otra y al final no queda ninguna. Hay, otros que más o menos quieren libertad, pero a condición de que tengan ciertas adherencias o la administre un grupo particular; si no, no les interesa. Predominan las antipatías las ambiciones personales y, muy principalmente, las vanidades: la historia política de España en los últimos años es la mejor ilustración de esto [el autor escribe el 20 de febrero de 1998].
Los que verdaderamente desean la libertad, en el doble sentido de la actitud y la política inspiradas por el liberalismo, deberían preguntarse cómo es posible; quién puede lograr la situación apetecida; qué apoyos son necesarios; cómo, por el contrario, no se alcanza ese fin. Estoy seguro de que son muchos los españoles -y en otros países, aunque no en todos, los que no lo son-, que inmediatamente se repliegan ante esta idea: son aquellos a quienes no les interesa de verdad la libertad.
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En ABC, 20 febrero 1988.
En www.arvo.net, 3 de septiembre 2002
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