En su intervención del pasado viernes
ante los periodistas, la vicepresidenta del
Gobierno dijo, entre otras cosas, dos sobre las
que merece la pena reflexionar con calma. Una de
ellas fue que a los funcionarios públicos les
estaba prohibida la objeción de conciencia para
negarse a aplicar la ley en casos como el del
matrimonio de parejas gay. Y si no cabe la
objeción de conciencia, como después se ha
sabido, a esas personas –jueces o concejales–
les espera la pérdida del puesto de trabajo,
multas o incluso un juicio por prevaricación. La
vicepresidenta nos hizo el favor a todos de
poner las cartas sobre la mesa, dejando bien
clara su postura, y eso es siempre de agradecer.
La otra cosa que dijo, también muy valiosa,
es que el Gobierno, con esta ley, lo único que
ha hecho es aplicar su programa electoral. Por
lo tanto, la responsabilidad no es tanto de
ellos como de los votantes. Así las cosas, hay
que ir directamente a los responsables de los
hechos: los que votan a unos partidos que no
sólo aprueban leyes inicuas –desde el punto de
vista cristiano y desde la ley natural–, sino
que muestran su intolerancia y sus rasgos
dictatoriales impidiendo ejercer el derecho a la
objeción de conciencia a los que se sienten
incapaces de aplicar esas leyes.
Comprendo que habrá votantes de esos partidos
que no tendrán ninguna dificultad en seguir
dándoles su apoyo. Al contrario, se sentirán
reforzados en sus convicciones y contentos con
el comportamiento de un Gobierno que ellos
contribuyeron, con su voto, a nombrar. Pero ¿y
los católicos? O, al menos, ¿qué piensan los
católicos practicantes? ¿Qué piensan, no sólo
del hecho de que se aprueben esas leyes inicuas
sino del gesto dictatorial de castigar a los que
reclaman la objeción de conciencia? No entiendo
cómo se puede ir a misa y comulgar –estar en
comunión– con Cristo y con el Papa y, a la vez,
convertirse en uno de los apoyos de la dictadura
del relativismo recientemente denunciada por
Benedicto XVI. Apelo a su conciencia, porque en
sus manos está conseguir que el Gobierno
modifique en parte sus posturas. Si los votantes
católicos socialistas fueran primero católicos y
luego socialistas, estoy seguro de que el
Gobierno no actuaría así. No pido que dejen de
ser socialistas, sino que sean primero
católicos. La solución del problema pasa por
ellos.