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LA POLÍTICA Y LA SOCIEDAD (Vaclav Havel)

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LA POLÍTICA Y LA SOCIEDAD

Vaclav Havel ex-presidente checoslovaco preparó este texto para su nombramiento como Doctor « honoris causa » por la Universidad de Toulouse Le Mirail. Fue leído allí en su ausencia el 14 de mayo de 1984.

Una diferente perspectiva sobre Occidente


Por Vaclav Havel


He pasado parte de mi infancia en el campo y todavía recuerdo con claridad una de mis experiencias de entonces: iba a la escuela -estaba en un pueblo vecino- atajando a través de los campos y cada día veía en el horizonte la alta chimenea de una fábrica, construida apresuradamente -con toda probabilidad trabajaba para la guerra-. Un espeso humo negruzco salía de la chimenea y se dispersaba por el cielo azul. Cada vez que veía la humareda, experimentaba con intensidad el sentimiento de que había en ello algo inconveniente, ya que los hombres ensuciaban el cielo. Ignoro si la ecología existía ya entonces como disciplina científica; si existía, yo nunca había oído hablar de ella. Sin embargo, me sentía espontáneamente afectado y herido por esta suciedad de cielo, me parecía que el hombre estaba cometiendo una falta, que destruía algo importan te, que violaba arbitrariamente el orden natural de las cosas y que necesariamente debería pagar caro semejante conducta. Desde luego, mi repugnancia era sobre todo estética: en una época en la que ni siquiera sospechaba la existencia de las emanaciones que un día iban a matar los bosques, exterminar a las bestias salvajes y poner en peligro la salud de los hombres.

Si un hombre de la Edad Media hubiese advertido súbitamente en el horizonte una cosa semejante -por ejemplo, en el transcurso de una batida de caza-, sin duda hubiera visto en ello la obra del diablo y, cayendo de rodillas, habría rogado por su salvación y la de sus allegados.

¿Qué hay de común entre el mundo del hombre medieval y el de un niño? En mi opinión, algo esencial: uno y otro están más fuertemente enraizados que la mayor parte de los hombres modernos en lo que los filósofos llaman «mundo natural» o «mundo de la vida». No están todavía desprendidos del mundo, de una experiencia personal y real, de un mundo que tiene una mañana y una tarde, un «abajo» (la tierra) y un «arriba» (el cielo), donde el sol sale todos los días por el Oriente, atraviesa el cielo y se pone por el Occidente, y donde los conceptos de casa y de extranjero, de bien y mal, de bello y feo, de proximidad y lejanía, de deber y derecho, significan aún algo muy preciso y vivo; no están todavía separados de un mundo donde existe una línea de demarcación entre, de un lado, lo que nos es familiar y ha sido confiado a nuestra custodia y, de otro, lo que sitúa más allá de nuestro horizonte, ante lo cual no podemos más que inclinarnos humildemente porque es de naturaleza misteriosa.

Este mundo actual es el mundo inmediatamente percibido y personalmente garantizado por nuestro «yo»; es el mundo todavía indiferenciado de nuestras vivencias, mundo al que estamos ligados muy íntimamente por nuestro amor, nuestro odio, nuestro respeto, nuestro desprecio, nuestra tradición, nuestros intereses, como también por las sensaciones espontáneas de las que nacerá la cultura. Es el terreno de nuestros gozos y de nuestros dolores inalienables, intransmisibles y que no pueden repetirse; un mundo en el cual, por el cual y para el cual somos de algún modo contables: el mundo de nuestra responsabilidad personal. Nociones como justicia, honor, traición, amistad, infidelidad, valentía o compasión poseen en este mundo un contenido muy concreto, por referencia a personas concretas, con un contenido muy importante para la vida concreta; en suma, todavía tienen peso.

La estructura de este mundo está constituida por valores que están ahí continuamente y, de algún modo, desde siempre, antes de que hablemos de ellos, los escrutemos y los convirtamos en el objeto de nuestros interrogantes. Recibe su coherencia interna de un postulado dado de manera «pre-especulativa», esto es, que su buena marcha y su misma posibilidad dependen de la existencia de algo que excede su horizonte, del hecho de que este mundo es excedido y dominado por una dimensión que, rebelde a nuestra aprehensión y a nuestra manipulación, le proporciona por esa misma razón una base sólida, de donde recibe orden y medida, fuente de todas las reglas y costumbres, de todos los mandatos y prohibiciones, de todas las normas que en él son obligatorias. Por su misma esencia, el mundo natural contiene el postulado del absoluto que lo funda y delimita, que lo espiritualiza y dirige, postulado sin el cual sería impensable, absurdo y superfluo, y que no podemos más que respetar en silencio; toda tentación de despreciarlo, toda tentativa para someterlo, incluso para reemplazarlo por otra cosa, está comprendida en los límites de ese mundo como una manifestación de orgullo que el hombre debe siempre expiar duramente, como en el caso de Don Juan o de Fausto.

Para mí, la chimenea que ensucia el cielo no es sólo una lamentable negligencia de la técnica, que había olvidado integrar el «factor ecológico» en sus cálculos y que podía fácilmente reparar este error con un filtro adecuado que eliminara las sustancias nocivas de la humareda. Para mí, la chimenea es mucho más. Es el símbolo de una época que se propone franquear las fronteras del mundo natural y sus normas, que se propone rebajar ese mundo al rango de un asunto puramente privado, el asunto de las opiniones subjetivas de cada cual, de los sentimientos, ilusiones, prejuicios y caprichos privados del «simple» individuo. El símbolo de una época que niega la significación apremiante de la experiencia personal -incluida la del misterio y la de lo absoluto- y que sustituye el absoluto personalmente experimentado como medida del mundo por un absoluto nuevo, creado por los hombres y que no tiene ya nada de misterioso, un absoluto liberado de los «caprichos» de la subjetividad y, por tanto, el absoluto impersonal e inhumano de la supuesta «objetividad», del conocimiento racional objetivo, del proyecto científico sobre el mundo.

La ciencia moderna, al edificar su imagen general válida para todos, abre una brecha en las fronteras del mundo natural. Este mundo natural es comprendido por la ciencia moderna como una simple prisión hecha de prejuicios de los que hay que liberarse para llegar a la luz de una verdad controlada de modo objetivo; como una deplorable herencia de nuestros antepasados, un fantasma de su infantil inmadurez. De ello hace la ciencia moderna -como una simple ficción- el fundamento más propio del mundo natural: mata a Dios y se instala ella misma sobre su trono vacante, a fin de que en adelante sea ella la que decida el orden del ser, la que constituye su único gestor legítimo; a fin de que ella, la ciencia, sea en lo sucesivo la única legítima poseedora de todas las verdades, en la medida en que se eleve por encima de toda la verdad subjetiva individual y la reemplace por una verdad superior, supra-subjetiva y supra-personal, realmente objetiva y universal.

El racionalismo y la ciencia moderna, aunque sean obra del hombre y se hayan desarrollado -como todo lo humano- en el ámbito del mundo natural, se alejan sistemáticamente de este mundo, lo niegan, lo degradan y lo difaman. Y al mismo tiempo, no obstante, lo colonizan. El hombre moderno, cuyo mundo natural está ya fuertemente dominado por la ciencia y la técnica, no encuentra molesto el humo de la chimenea más que si el mal olor penetra en su casa. Para él no es un escándalo metafísico: sabe que la fábrica de la que la chimenea forma parte produce cosas necesarias para el hombre. En tanto que hombre de la era técnica, sólo admite una mejora posible dentro de los límites de la técnica, a saber, un filtro con el que debería estar equipada la chimenea.

Quisiera que se me entendiera bien. No propongo a la humanidad ni la abolición de las chimeneas, ni la prohibición de la ciencia, ni una vuelta general a la Edad Media. (Por lo de más, no es sin duda por azar el que alguno de los descubrimientos más profundos de la ciencia contemporánea pongan en cuestión el mito de la objetividad para volver, sorprendentemente, al sujeto humano y a su mundo.) Trato tan sólo de reflexionar -a grandes rasgos y de modo ciertamente muy esquemático- sobre lo que funda la estructura espiritual de la civilización moderna, y me pregunto dónde buscar las causas inherentes a la crisis que atraviesa. Es algo paradójico. El hombre de la era científica y técnica creía poder mejorar la vida, comprender y explotar la complejidad de la naturaleza y las leyes que la gobiernan y, después de todo, trágicamente, se ha visto sorprendido y burlado por esa misma complejidad y esas mismas leyes. Creía poder explicar la naturaleza y someterla y finalmente se ha destruido y se ha separado de ella. Ahora bien, ¿qué es lo que le espera al hombre fuera de la naturaleza? Según la ciencia más moderna, e! cuerpo humano no es, por así decirlo, más que una encrucijada especialmente frecuentada, el lugar de encuentro de millones de microorganismos y de unas interacciones y conjunciones de una complejidad inimaginable, cuyo conjunto constituye el increíble megaorganismo que se llama biosfera y que envuelve nuestro planeta.

No se le debe imputar la falta a la ciencia como tal, sino al orgullo del hombre de la era científica. El hombre no es Dios. Si aspira a su trono será cruelmente castigado. Ha abolido el horizonte infinito con el que se relacionaba y ha rechazado su experiencia personal y pre-objetiva del mundo, ha relegado tanto su conciencia psicológica personal como su con ciencia moral al reducto de su intimidad, como valores puramente privados que no conciernen a nadie; se ha sustraído a su responsabilidad calificándola de ilusión de la subjetividad -y todo eso lo ha sustituido por lo que hoy aparece como la ilusión más peligrosa que ha existido jamás: la ficción de una objetividad separada de la humanidad concreta, la hipótesis de una comprehensión racional del universo, el esquema abstracto de una pretendida necesidad histórica -. Y, para completar el cuadro, la visión de un bien común que puede ser de terminado mediante cálculos puramente científicos y alcanzado por medios puramente técnicos, un bien común que bastará con inventar en los institutos de investigación, antes de transformarlo en realidad en las fábricas de la industria y de la burocracia. Que esta ilusión produzca millones de víctimas en los campos de concentración dirigidos de modo científico, no es algo que inquiete al hombre moderno (a menos que el azar le conduzca a él mismo a uno de esos campos y le devuelva radicalmente al mundo natural). El fenómeno de la compasión individual por el prójimo, ¿no pertenece al mundo abolido de los prejuicios individuales, al mundo que ha debido ceder su lugar a la Ciencia, a la Objetividad, a la Necesidad histórica, a la Técnica, al Sistema y al Aparato, cosas que no pueden conocer la inquietud por la simple razón de que no son personales? Son abstractas y anónimas, siempre utilitarias y, por esta razón, siempre a priori inocentes.

¿Y el futuro? ¡Quién va a tener un interés personal, quién va a inquietarse por él cuando la mirada dirigida hacia las cosas sub specie aeternitatis ha sido también relegada al reducto de la intimidad, cuando no al reino de las fábulas! El científico contemporáneo sólo es capaz de pensar en lo que habrá dentro de doscientos años, en tanto que observador desinteresado, que puede estudiar con la misma indiferencia el metabolismo de un chinche, las señales radio-eléctricas de los pulsars o las reservas planetarias de gas natural. ¿Y el político moderno? No tiene la más mínima razón personal para preocuparse de una cosa de ese tipo, sobre todo si ello compromete sus posibilidades electorales. ¡Con tal de que todavía haya elecciones en su país!.

El filósofo checo Václav Belohradsky desarrolla de manera negativa la idea según la cual el espíritu racionalista de la ciencia moderna, fundada sobre la razón abstracta y sobre el postulado de una objetividad impersonal, espíritu inaugurado por Galileo en el campo de las ciencias de la naturaleza, tendría igualmente un padre en el campo político. Se trata de Maquiavelo, el primero en haber formulado (aunque con un matiz de feroz ironía) la idea de la política como tecnología racional del poder. Pese a toda la complicación de las peripecias históricas, se puede decir que es precisamente aquí donde hay que buscar el origen primero del Estado y del poder político modernos; aquí, es decir, de nuevo en el instante en que la razón humana comienza a «liberarse» del hombre, de su experiencia personal y, por consiguiente, a emanciparse también de la única cosa a que se refiere toda responsabilidad en el mundo natural: su horizonte absoluto. El hombre concreto, puesto entre paréntesis por las modernas ciencias de la naturaleza en cuanto sujeto de la experiencia vivida del mundo, es igualmente puesto entre paréntesis de modo cada vez más manifiesto por el Estado y la política modernos.

Este proceso de despersonalización que conduce al anonimato del poder como a su reducción a la pura y simple técnica del dominio y de la manipulación, adopta naturalmente millares de formas, variantes y manifestaciones diferentes. Unas veces es escondido e inaparente, otras claramente manifiesto. Unas veces es furtivo, tortuoso y sutil, otras, por el contrario, brutalmente directo. Sin embargo, en el fondo se trata de un movimiento único y universal. Es la dimensión esencial de toda la civilización moderna, deriva directamente de su estructura espiritual, a la que sostiene mediante toda una red de raíces entrelazadas, del gregarismo y de la orientación hacia el camino que caracterizan a esta civilización.

En el pasado, los soberanos y gobernantes -hubieran recibido el poder de una tradición dinástica, de la voluntad popular, de una victoria en la guerra o de una intriga- eran personalidades idénticas a sí mismas, hombres con un rostro humano concreto, personalmente responsables tanto de sus buenas acciones como de sus crímenes. En la época moderna son reemplazados por el «manager», el burócrata, el «apparatchik», el profesional de la administración, de la manipulación y de la propaganda -punto de interacción despersonalizado de las relaciones funcionales y de las relaciones de fuerzas, engranaje del mecanismo del estado, confinado a un papel dado de antemano, instrumento «inocente» de un poder anónimo «inocente», legitimado por la ciencia, la informática, la ideología, la ley, la abstracción y la objetividad, es decir, en las antípodas de la responsabilidad personal para con el hombre en tanto que persona y en tanto que prójimo-. El político moderno es transparente. Tras su semblante circunspecto y su lenguaje artificial, no encontramos a un hombre enraizado en el mundo natural por su amor, su pasión, sus gustos, sus opiniones personales, su odio, su valentía o su crueldad; todo eso se considera asunto enteramente privado y es relegado al reducto de su intimidad. Cualquier cosa que descubramos tras la máscara, no será sino un tecnólogo más o menos diestro en el poder. El sistema, la ideología y el aparato han expropiado a gobernantes y gobernados, han despojado al hombre de su conciencia, de su razón y de su lenguaje naturales y, en consecuencia, de su humanidad concreta. Los Estados se asimilan a las máquinas. Los hombres se transforman en conjuntos estadísticos de electores, de productores, de consumidores, de enfermos, de turistas o de militares. El bien y el mal -como categorías que provienen del mundo natural y, por tanto, supervivencias del pasado- pierden todo sentido real en política; el único método es la utilidad; el único criterio, el éxito objetivamente verificable y cuantificable. El poder es a priori inocente porque no proviene del mundo en el que las palabras culpabilidad e inocencia poseen aún un contenido.

Actualmente, ese poder impersonal ha alcanzado su expresión más perfecta en los sistemas totalitarios. Son sistemas que, sin embargo, no nos autorizan a considerar el poder impersonal moderno, del que son la encarnación más extrema, como un fenómeno extraño a Europa. Bien al contrario, Europa y el Occidente europeo son los que han dado al mundo, incluso con frecuencia, aquello sobre lo que este poder se apoya en la actualidad: desde la ciencia moderna, el racionalismo, el cientificismo, la revolución industrial y la revolución en general en tanto que fanatismo de la abstracción, hasta la bomba atómica y el marxismo, pasando por el confinamiento del mundo natural al reducto de la intimidad. Y es Europa -la democrática Europa Occidental- la que hoy permanece perpleja ante las consecuencias de estas ambiguas exportaciones. Sirva como prueba el dilema al que se encuentra enfrentada en el momento presente; la cuestión de saber si debe resistir a la expansión retroactiva de los efectos de su propia expansión, o bien ceder y dejar el camino expedito. ¿Debe Europa combatir los misiles dirigidos contra ella -misiles que han sido posibles por la exportación de su propio potencial intelectual y tecnológico-, desplegando a su vez misiles semejantes e incluso mejores y, al hacer esto, testimoniar su determinación de defender los valores que aún le quedan, pero aceptando al mismo tiempo un juego impuesto y completamente inmoral? ¿O bien debe capitular, esperando que este modo de aceptar su responsabilidad en el des tino del planeta contagiará con su fuerza mágica al resto del mundo?

Creo que en lo que concierne a las relaciones con los sistemas totalitarios, el mayor error que podía cometer Europa Occidental es el que más parece amenazarle: no comprenderlos tal como son en el fondo, es decir, como una deformación ampliada de la civilización moderna en su conjunto y una invitación apremiante -quizás la última- a una revisión general del modo según el cual esta civilización ha sido concebida. Dicho esto, la forma concreta que adopte este error será puramente accesoria: sea que, en el espíritu de una tradición racionalista, Europa Occidental acepte los sistemas totalitarios como especie de tentativas locales originales para realizar el bien común, a las que sólo los espíritus malintencionados atribuyen ambiciones expansionistas, sea, por el contrario, que, siempre en el seno de esta misma tradición racionalista (pero esta vez bajo la forma de la concepción maquiavélica de la política como tecnología del juego por el poder), Europa los comprenda únicamente en función del peligro exterior al que le exponen vecinos agresivos que pueden, sin embargo, ser llamados al orden mediante una demostración de fuerza sin que haya necesidad de preocuparse de ello de modo más profundo. El primer término de esta alternativa es el del hombre que toma partido por el humo de la chimenea porque sabe que, pese a su fealdad y hediondez, sirve en suma a una buena causa: la producción de mercancías que la sociedad necesita. El otro término es el del hombre que cree que se trata de una simple imperfección técnica que podrá ser eliminada por medios asimismo técnicos: un filtro o un aparato depurador.

Desgraciadamente, la situación real es, en mi opinión, más grave. Así como la chimenea que ensucia el cielo no es un simple defecto técnico que se podría corregir por medios técnicos, e incluso el precio que hay que pagar para asegurar un mejor consumo en el futuro, sino el símbolo de una civilización que renuncia al absoluto, se aleja del mundo natural y desdeña sus imperativos, del mismo modo los sistemas totalitarios representan también una advertencia más apremiante de lo que el racionalismo occidental quiere admitir. En efecto, son ante todo un espejo convexo de las consecuencias necesarias de ese racionalismo.

Una imagen grotescamente aumentada de sus propias tendencias profundas. El término íntimo de una evolución y el fruto pavoroso de su expansión. Ellos le ofrecen datos preciosos acerca de su propia crisis. En resumen, los sistemas totalitarios no son solamente vecinos peligrosos, menos todavía una vanguardia cualquiera del progreso mundial. Desgraciada mente, por el contrario, son la van guardia de la crisis global de esta civilización (europea en su origen, luego euroamericana y finalmente planetaria). Son un retrato retrospectivo posible del mundo occidental. No en el sentido de que estarán un día destinados a atacarlo y someterlo, sino en un sentido más profundo: en la medida en que muestran del modo más claro posible hasta dónde puede conducir lo que Belohradsky llama la escatología de la impersonalidad .

Es la dominación total de un poder hipertrofiado, impersonal, anónimamente burocrático, un poder que todavía no ha perdido toda conciencia, pero que espera ya al margen de toda conciencia; un poder mantenido por la omnipresencia de una ficción ideológica capaz de legitimar no importa qué, sin preocuparse jamás de la ver dad; un poder que universaliza el control, la represión y el miedo; un poder que estataliza y, por tanto, deshumaniza el pensamiento, la moral y la intimidad; un poder que no es ya, desde hace tiempo, asunto de un pequeño grupo de dirigentes despóticos, sino que acapara y avala a todos y cada uno, para que todos y cada uno participen en él de una manera o de otra, aunque no sea más que con un silencio; un poder que, propiamente hablando, nadie ostenta, pues, al contrario, es él el que se ha apoderado de todos; es un monstruo que los hombres son impotentes de dirigir, que les arrastra hacia un horror desconocido movido por un propio automatismo objetivo (es decir, emancipado de todos los criterios humanos, incluida la razón humana. Y, por tanto, completamente irracional).

A veces he tenido la ocasión de entrevistarme con diversos intelectuales de Occidente que vienen a nuestro país y deciden visitar a un disidente. Estas conversaciones son generalmente muy instructivas.

Muy a menudo me son planteadas cuestiones como éstas: ¿Creen ustedes que pueden cambiar algo, siendo tan poco numerosos y sin influencia alguna? ¿Están ustedes contra el socialismo o solamente quieren reformarlo? ¿Qué podemos hacer por ustedes? ¿Qué es lo que les impulsa a hacer lo que hacen, puesto que eso sólo les ocasiona la persecución y la cárcel y no parece tener resultado visible alguno? ¿Les gustaría a ustedes que el capitalismo sea restablecido en su país?
Estas cuestiones testimonian buenas intenciones, traducen un deseo de comprender y muestran que los que las plantean no son indiferentes a lo que ocurre en el mundo y a la suerte que nos espera.

Sin embargo, cuestiones de este tipo son las que me hacen descubrir siempre de nuevo todas las dificultades que tienen muchos intelectuales de Occidente para comprender lo que sucede aquí, el significado que tiene para nosotros -los llamados disidentes - y, ante todo, el sentido general de todo eso. Hasta cierto punto, se podría hablar incluso de una imposibilidad de comprenderlo. Tomemos, por ejemplo, la cuestión «¿Qué podemos hacer por ustedes?» Ciertamente pueden hacer mucho: cuanto más nos apoye el mundo libre, más interés y solidaridad nos testimonie, tantas más posibilidades tendremos de evitar la cárcel y de esperar que nuestras llamadas de atención no queden sin eco. Y, sin embargo, hay un error en la base de esta cuestión: Mirándolo bien, ¡no se trata en absoluto de ayudamos a nosotros, un puñado de disidentes, para que no se nos encarcele! Se trata de la salvación de todos, no sólo de la mía, sino también, en un marco más general, de la de quien me interroga. ¿No tenemos una causa común? Mis aprensiones y mis esperanzas, ¿no son también las suyas? El encarcelamiento al que se me somete, ¿no es un ataque contra él? El engaño del que él es víctima, ¿no es un engaño contra mí? Destruir al hombre de Praga, ¿no es destruir a todos los hombres? La indiferencia de los occidentales por los asuntos de nuestro país y las ilusiones que se hacen sobre eso, ¿no abren camino al mal en otra parte? No se trata aquí en absoluto de un disidente checo cualquiera en tanto que persona desamparada y necesitada de ayuda. Se trata del significado de los esfuerzos imperfectos de este hombre, del testimonio que un destino tributa a la situación, la suerte, las expectativas y la angustia de un mundo en el que tales esfuerzos podrían ser objeto de reflexión también para otros, en la óptica de su propio destino y, por consiguiente, de nuestra suerte común. Se trata de comprender en qué medida nuestros esfuerzos son también para los que vienen a vernos una advertencia, un llamamiento, un peligro o una enseñanza.

O bien la cuestión acerca del socialismo y el capitalismo. Confieso que tengo la impresión, cada vez que me la plantean, de oír una voz que me llega de lo más recóndito del siglo pasado. Al margen de la inmensa confusión semántica que las distorsiona, son esas categorías puramente ideológicas, categorías que no están ya en cauce desde hace tiempo. A mi juicio, la cuestión que se plantea es muy diferente, una cuestión más profunda que conviene por igual a todo el mundo. Es la cuestión de saber si lograremos, de una manera u otra, reconstruir el mundo natural como verdadero ámbito de la política, rehabilitar la experiencia personal del hombre como criterio original de las cosas, situar la moral por encima de la política, dar de nuevo un sentido a la comunidad humana y un contenido al lenguaje humano, hacer de manera que el eje de acontecimientos sociales sea el yo humano, el yo integral, en plena posesión de sus derechos y de su dignidad, responsable de sí mismo porque se remite a algo que está por encima de él, y capaz de sacrificar ciertas cosas, capaz en caso extremo de sacrificar su vida privada y su prosperidad cotidiana -eso que Jan Patocka llama el reino del día - para que la vida tenga un sentido. Esta lucha contra el automatismo del poder impersonal es muy modesta, pero al mismo tiempo, y siempre de nuevo, es de un alcance capital para el mundo entero. En cuanto a saber si el azar de nuestro lugar de nacimiento nos obliga a enfrentarnos a un manager occidental o a un burócrata oriental, eso no tiene verdaderamente importancia. Si logramos defender al hombre, quizá podremos esperar, aunque no es algo automático, encontrar modos más sensatos de conciliar nuestro derecho natural con una participación en las decisiones económicas referidas a nuestro trabajo y con un estatuto digno en el plano social, modos de conciliar estos derechos con lo que, según se ha comprobado, es la fuerza motriz del trabajo, a saber, el espíritu de empresa humano y la introducción de sus productos en relaciones de mercado que no sean ficticias. Pero mientras el hombre no haya sido defendido, ninguna astucia técnica u organizativa, ninguna reforma de los mecanismos económicos podrá salvarle, del mismo modo que ningún filtro adaptado a la chimenea de una fábrica podrá impedir la deshumanización general. La razón por la cual el sistema funciona es más importante que su modo de funcionar. Después de todo, puede funcionar perfectamente bien para una labor de destrucción total.

Pero, ¿por qué hablar de todo esto? Al observar el mundo desde la posición que me ha sido asignada por la suerte no puedo quitarme la impresión de que hay numerosas personas en el Oeste que todavía comprenden mal lo que está realmente en cuestión en el momento presente.

Si, por ejemplo, considero de nuevo la alternativa política fundamental que formulan los intelectuales de Occidente en la base actual, me parece que las dos posibilidades no son más que dos maneras diferentes de hacer el juego a lo que el poder impersonal nos propone, dos maneras diferentes de introducirse en la vía de una totalización general. Una manera de hacer el juego , es la razón impersonal que sigue jugueteando con el misterio de la materia - usurpando el papel de Dios -, con nuevos descubrimientos y el despliegue de armas capaces de destruirlo todo, destinadas a defender la democracia , pero que en realidad contribuyen sólo a degradarla al nivel de una ficción inhabitable , semejante a la que representa desde hace tiempo el socialismo en esta parte nuestra de Europa. La otra variante es el embudo reductor que atrae a tantas gentes de buena fe y buena voluntad y que se llama la lucha por la paz . Aunque hay excepciones, a menudo tengo la impresión de que este embudo no es sino una forma, por así decir más poética, de la colonización de la conciencia del hombre por parte del poder impersonal, una vez más, una trampa tendida por este poder astuto que se infiltra por doquier. En el mundo de la tradición racionalista y de los conceptos ideológicos, la mejor manera de neutralizar el peligro fundamental que todo hombre honesto y pensante representa para el poder impersonal, ¿no es acaso la de proponerle una tesis lo más simple posible que presente todos los signos de una causa santa? Ahora bien, ¿hay algo que podría inflamar más eficazmente a un espíritu justo, ocuparlo, adueñarse de él y así, a fin de cuentas, neutralizarlo intelectualmente, que la posibilidad de luchar contra la guerra?

¿Y hay acaso una manera más astuta de alcanzar esta pacificación de los espíritus que embarcando al hombre, haciéndole creer que podrá impedir la guerra oponiéndose a la instalación de armas que, de todos modos, acabarán por instalarse? Dificilmente se encontraría un medio más sencillo de remodelar el pensamiento humano según el patrón totalitario. Cuanto más evidente sea que las armas se instalarán a pesar de todo, tanto más se acelerará la radicalización, la fanatización y la alienación total del pensamiento de quienes se hayan identificado sin reservas con el proyecto de impedir esta instalación. Habiéndose comprometido con las mejores intenciones del mundo, el hombre se encuentra ahora, al final del camino, en el mismo lugar al que le ha querido llevar el poder impersonal: sobre los raíles del poder totalitario, donde ya no se pertenece, donde renuncia a su propia razón y a su propia conciencia en provecho de otra ficción inhabitable . Desde el momento en que este fin es alcanzado, poco importa el nombre que se dé a esa ficción. Ya se trate del bien de la humanidad , del socialismo o de la paz. Ciertamente, desde el punto de vista de la defensa y de los intereses del mundo occidental, es poco deseable que se diga antes rojo que muerto . Pero desde el punto de vista del poder impersonal global (es decir, planetario, que traspasa las fronteras de los bloques ), desde el punto de vista de ese poder omnipotente que representa una tentación realmente diabólica, no se puede pedir más. Un eslogan semejante es un signo sobre cuyo sentido no hay equívoco posible. Significa que el que lo adopta ha renunciado a su humanidad como capacidad de responder personalmente de algo que le supera y, por tanto, en caso extremo, de sacrificar incluso la propia vida al sentido de la vida. Patocka decía que una vida que no está dispuesta a sacrificarse ella misma a un sentido, no merece ser vivida.

Pero es precisamente en el mundo de semejante vida y de semejante paz (es decir, la paz en el sentido de reino del día ) donde las guerras estallan más fácilmente. En un mundo así, falta el único dique moral efectivo contra la guerra, dique efectivo garantizado por la disponibilidad al sacrificio supremo. Grande es la puerta abierta al proceso irracional que consiste en garantizar los intereses . La ausencia de héroes que sepan por qué mueren es el primer paso hacia los montones de cadáveres de quienes serán abatidos como ganado. En otros términos, el eslogan antes rojo que muerto no me irrita como expresión de una capitulación frente a la Unión Soviética. Me espanta como expresión de la renuncia del hombre occidental al sentido de la vida, ex presión de su adhesión al poder impersonal en cuanto tal. En realidad, ese eslogan proclama: no hay nada que merezca que se le sacrifique la vida. Pero sin el horizonte del sacrificio supremo, todo sacrificio pierde su sentido. Dicho de otro modo: nada vale nada. Nada tiene sentido. Es una filosofia de la negación total de la humanidad. Aunque una filosofía semejante allane el camino al to talitarismo soviético en el plano político, es, sin embargo, la que constituye la esencia misma del totalitarismo occidental.

Después de todas estas graves acusaciones, se esperará que indique lo que, en mi opinión, sería una solución dotada de sentido para el hombre de Europa Occidental, enfrentado a los dilemas políticos del mundo actual y que duda acerca del partido que debe tomar.

La respuesta se desprende de lo que ya he dicho. Me parece que todos -vivamos en el Oeste o en el Este- tenemos una tarea fundamental que cumplir, una tarea de la que derivará todo el resto. Esta tarea consiste en hacer frente al autoritarismo irracional del poder anónimo, impersonal e inhumano de las ideologías, de los sistemas, de los aparatos, de las burocracias, de las lenguas artificiales y de las consignas políticas; en resistir a cada paso y por todas partes, con vigilancia, prudencia y atención, pero también con un compromiso total; en defendernos de las presiones complejas y alienantes que ejerce el poder, ya tomen la forma del consenso, de la publicidad, de la represión, de la técnica o de un lenguaje vaciado de sentido (lenguaje que corre peligro de fanatismo y alimenta el pensamiento totalitario); en tomar nuestros criterios del mundo natura1 sin preocuparnos de las burlas a las que nos expongamos, y en reivindicar de nuevo para ese mundo el significado decisivo que se le deniega; en respetar con la humildad de los sabios sus fronteras y el misterio que se sitúa más allá de su horizonte; en reconocer que hay en el orden de ser algo que supera de modo manifiesto todas nuestras competencias; en remitirnos de nuestro ser, horizonte que -aunque no queramos- nos hace descubrir y experimentar nuestro ser siempre de nuevo; en fundar nuestra acción sobre nuestras experiencias, nuestros criterios y nuestros imperativos personalmente garantizados, sometidos a una reflexión libre de toda idea preconcebida o censura ideológica; en confiar en la voz de nuestra conciencia más que en todas las especulaciones abstractas y en no inventar otra responsabilidad fuera de aquella a la que esta voz nos llama; en no avergonzarnos de ser capaces de amor, de amistad, de solidaridad, de compasión y de tolerancia, sino, al contrario, reclamar de su exilio en la esfera privada estas dimensiones fundamentales de nuestra humanidad y acogerlas como los únicos puntos de partida dé una comunidad humana llena de sentido; en dejarnos guiar por nuestra propia razón y servir en todo momento a la verdad como experiencia esencial.

Sin duda, encontrarán ustedes todo esto demasiado general, vago y quimérico, pero yo les aseguro que, pese a mi apariencia ingenua, estas palabras están ancladas en una experiencia muy concreta del mundo, una experiencia que no ha sido siempre fácil. Si se me permite la expresión, sé lo que me digo.

Los sistemas totalitarios contemporáneos representan la vanguardia del poder impersonal que arrastra al mundo cada vez más adelante en su camino irracional, camino bordeado de campos devastados y de rampas de lanzamiento. No se puede renunciar a verlos ni hacer su apología, ni capitular ante ellos, ni hacerles el juego asimilándose así a ellos. Tengo la convicción de que el mejor modo de resistirlos es someterlos a un estudio imparcial y sacar de allí la lección, resistirlos por la alteridad radical que nace de nuestra lucha constante con el mal que esos sistemas encarnan bajo una forma extraña, pero que existe por doquier, que está presente también en cada uno de nosotros. Si este mal corre peligro, no es por los misiles dirigidos contra uno u otro Estado. Lo más peligroso para él es su negación fundamental de la estructura misma de la sociedad contemporánea; de la vuelta del hombre a sí mismo y a su responsabilidad para con el mundo; de una nueva comprensión de los derechos del hombre y su reivindicación perseverante; de la resistencia a toda manifiestación de poder impersonal que le sitúa al margen del bien y del mal, la resistencia siempre y en todas partes, cualquiera que sean la astucia y las manipulaciones a las que ese poder recurre para disimularse, incluso si llega a invocar, por ejemplo, la necesidad de defenderse contra los regímenes totalitarios.

El mejor modo de resistir al totalitarismo es, pura y simplemente, extirparlo de nuestra alma, de nuestro propio ambiente, de nuestro propio país, expulsarlo del hombre contemporáneo. El mejor modo de ayudar a quienes sufren bajo los regímenes totalitarios es hacer frente, en el mundo entero, al mal en que este sistema consiste, allí de donde sale su fuerza para emerger como vanguardia. Si se elimina este mal del que él es la van guardia, su punta de lanza se encontrará sin apoyo. La renovación de la responsabilidad humana es el dique más natural que puede levantarse contra cada irresponsabilidad. Si el potencial intelectual y tecnológico del mundo desarrollado se difunde verdaderamente de modo responsable -y no sólo en función de intereses egoístas y de ventajas materiales- se hará imposible su transformación irresponsable en armas devastadoras. Sea lo que fuere, actuar sobre las causas tiene mucho más sentido que reaccionar simplemente ante las consecuencias; pues de ordinario no se puede reaccionar más que por me dio del mismo orden, es decir, también inmorales. Seguir este camino significa propagar todavía más en el mundo el mal de la irresponsabilidad y producir así el veneno mismo que alimenta al totalitarismo.

Soy partidario de una política apolítica . De una política que no es ni una tecnología del poder y una manipulación de éste, ni una organización de la humanidad por medios cibernéticos, ni un arte de la utilidad, del artificio y de la intriga. La política, tal como la entiendo, es una de las maneras de buscar y lograr un sentido en la vida; una de las maneras de proteger y de servir a este sentido; es la política como moral actuante, como servicio a la verdad, como preocupación por el prójimo, preocupación esencialmente humana, regulada por criterios humanos. Es ésa, sin duda alguna, una concepción muy poco práctica en el mundo actual y difícilmente aplicable a la vida cotidiana. Sin embargo, no conozco una solución mejor.

Cuando he sido juzgado, luego cuando he purgado mi condena, he experimentado por mí mismo la importancia y la fuerza bienhechora de la solidaridad internacional. Nunca dejaré de estar agradecido a todas sus manifestaciones. Pero no creo, sin embargo, que nosotros, que tratamos, en las condiciones que existen aquí, de decir la verdad en voz alta, nos encontremos en una situación asimétrica y que estemos condenados a ser los únicos en reclamar y esperar ayuda, sin ser nosotros mismos capaces de ayudar al tiempo a quienes nos proporcionan su ayuda.

Creo que lo que se llama la disidencia en el bloque soviético sufre una experiencia específica en la época moderna, la experiencia de la vida sobre el arrecife más adelantado del poder deshumanizado.

Por ello la disidencia tiene no sólo la posibilidad sino el deber de dar testimonio de ello y de transmitirlo a los que tienen la suerte de no tener que soportarlo. Nosotros también tenemos la posibilidad de ayudar en cierto modo a quienes nos ayudan, de prestarles nuestro concurso en nuestro interés profundamente común, en interés del hombre.

Uno de los aspectos fundamentales de esta experiencia es el que nos en seña lo que he llamado la política antipolítica. Es posible y puede producir un efecto, aunque su misma esencia excluye la posibilidad de calcular lo de antemano. Es evidente que este efecto tiene un carácter muy distinto de lo que en Occidente se entiende por éxito político. Está oculto, es indirecto, lento en manifestarse y difícilmente mensurable; a menudo sólo actúa en la esfera invisible de la conciencia y del inconsciente colectivo, en la esfera de la conciencia moral, sin que pueda apreciarse el valor de esta acción o, llegado el caso, sin darse cuenta de la medida en que contribuye a iniciar un movimiento en el seno de la sociedad.

Sin embargo -y creo que es ésta una experiencia fundamental y de una importancia general-, es manifiesto que un solo hombre en apariencia desarmado, pero que se atreve a gritar bien alto una palabra que reivindica, que sostiene esta palabra con toda su persona y su vida, y que está dispuesto a pagarlo muy caro, posee, por sorprendente que pueda parecer y aun que formalmente esté desprovisto de derechos, un poder más grande que aquel del que disponen en otras condiciones millares de electores anónimos. Se comprueba que incluso en el mundo contemporáneo -aun en el arrecife donde sopla el viento más violento- se puede oponer la experiencia personal y el mundo natural al poder inocente y desvelar la culpabilidad de éste, como lo ha hecho el autor del Archipiélago Gulag .

Es manifiesto que la verdad y la moral pueden servir de punto de partida para una política nueva, que todavía pueden tener en la actualidad una fuerza política incontestable: la puesta en guardia de un solo científico valeroso, aislado en lo más recóndito de una provincia, acosado por un entorno hostil, es escuchada a través de las fronteras y los continentes, e interpela la conciencia de los más poderosos de este mundo más que regimientos enteros de propagandistas mercenarios que no llegan siquiera a convencerse a sí mismos. Es manifiesto que categorías tan puramente personales como las del bien y del mal tienen siempre un contenido positivo y son capaces en ciertas circunstancias de hacer vacilar al poder aparentemente inquebrantable con todo un ejército de militares, policías y burócratas.

Se comprueba que la política no está condenada a seguir siendo monopolio de los profesionales de la tecnología del poder y que un simple electricista, de ánimo valeroso, que respeta algo que le trascienda y que no tiene miedo, puede influir en la historia de su nación.

Sí, la política apolítica es posible. La política desde abajo . La política del hombre, y no del aparato. La política que viene del corazón y no de una tesis. No es un azar que esta experiencia rica de esperanza deba ser hecha precisamente aquí, en este sombrío arrecife. Bajo el reino del día, hay que descender al fondo del pozo para ver las estrellas.

Al hablar de la Carta 77 , Jan Patocka empleaba la noción de solidaridad de los quebrantados. Pensaba en aquellos que se atrevían a resistir al poder impersonal y oponerle la única cosa de que disponían: su propia humanidad.

La perspectiva de un futuro mejor para el mundo, ¿no reside en la comunidad internacional de los quebrantados, una comunidad que, sin tener en cuenta fronteras nacionales, sistemas políticos y bloques, permaneciendo fuera del gran juego de la política internacional, sin aspirar a las funciones ni a los secretariados, trate de hacer una fuerza política real de la conciencia humana, fenómeno tan desacreditado en la actualidad por los tecnólogos del poder?


© El Mercurio.
Publicado en la revista Atlántida

 

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06/07/2005 ir arriba
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