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LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN (Domènec Melé)

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LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

La conducta de los directivos es fundamental, tanto para demostrar la falacia de que "todo hombre tiene un precio" como para crear entornos éticos.

Profesionalidad y competencia frente al «soborno»


Por Domènec Melé


En los últimos años han aflorado casos de corrupción en muchos países europeos: Francia, Italia, España. También se han conocido casos notables en el mundo de las finanzas japonés.
La corrupción es un problema, a veces crónico, en numerosos países de Asia, Africa y Latinoamérica.
Además de la desconfianza generada por la falta de escrúpulos en los negocios y en la política, la profesionalidad y lo que podría ser una sana competencia se ven afectadas por estas prácticas.
Lo que antes se hacía por virtud y deseo de superación, se alcanza hoy en día por un «premio» o un «pago camuflado».



A veces se habla abiertamente de corrupción; otras veces se recurre, con cierto eufemismo, a diversos calificativos: en Italia se habla de «bustarella» o «tangente»; en Francia, de «pot de vin»; en España, de «sobres», «engrases», de «tarugos» (industria farmacéutica), «astillas» (en los juzgados), etc. En Latinoamérica se utilizan varios nombres, según los países: «mordida», «coima», «serrucho», «tajada», etcétera.

Pero el nombre es lo de menos. El verdadero problema está en el hecho y en su extensión. Hay pocos países —si acaso hay alguno— que se vean libres de prácticas corruptas en los negocios. Unas veces se trata de auténticos escándalos que salen a la luz pública con amplio eco en los medios de comunicación. En otras ocasiones, en cambio, la corrupción queda durante mucho tiempo —y aun para siempre— en el muy reducido círculo de unos pocos.

Entre los objetivos más usuales que se persiguen con las prácticas corruptas pueden citarse: adjudicación de contratos, logro de subvenciones públicas, concesiones, cargos, calificaciones de terrenos, exenciones, permisos, recomendaciones, obtención de sentencias o arbitrajes injustos, encubrimiento de delitos, etc. Generalmente, se consiguen con dinero y otras dádivas. Pero, a veces, estos objetivos se obtienen por «amistad» o, para ser más exactos, por «amiguismo». Se hace un favor, discriminando a otros, con la esperanza de ser correspondido algún otro día, o como recompensa de algún «favor» anterior o, simplemente, por simpatía.

En ocasiones, la corrupción se generaliza tanto que parece imposible hacer negocios sin dar «comisiones» a agentes de compras, funcionarios o políticos, al menos en determinados sectores o países. Algunas veces llegan a «fijarse» los porcentajes que hay que dar. Así, por ejemplo, con motivo de la operación «manos limpias» se ha dicho —quizá exagerando— que en Italia, durante los últimos quince o veinte años, cualquier empresa que deseara trabajar con el Estado debía contar en su presupuesto de gastos con una comisión ilegal.

El importe parece que estaba incluso «regulado»: un 10 por ciento para compra de bienes y servicios, entre un 6 y un 8 por ciento en las transacciones inmobiliarias, un 8 por ciento por construir una carretera sin pasar por concurso público y un 3 por ciento para otros tipos de obras públicas.

Afortunadamente, y como reacción ante tantos escándalos de corrupción, se está despertando una nueva sensibilidad social a favor de la limpieza en los negocios. La operación «manos limpias» de los jueces italianos, que ha implicado a más de tres mil empresarios y políticos, ha causado una auténtica crisis en todo el país. En Alemania han dimitido varios políticos acusados de manejos turbios. En Francia y en España se han anunciado diversas medidas políticas para luchar contra la corrupción. En Latinoamérica se ha procesado y condenado por corrupción a varios presidentes, como Fernando Collor de Mello en Brasil, Carlos Andrés Pérez en Venezuela y Salvador Jorge Blanco en la República Dominicana. La opinión pública de los países en vías de desarrollo repudia de modo creciente tanta corrupción; se aplaude a los mandatarios que luchan seriamente para limpiar las instituciones y hay desencanto cuando los políticos prometen hacerlo y después siguen permitiendo que se esquilmen los presupuestos nacionales sin enjuiciar a quienes han de responder de ello.

¿Justificación o racionalización?

¿Por qué existen comisiones ilegales? ¿Cómo se justifican? Los argumentos que se esgrimen son muy variados. Uno de ellos es la necesidad de financiar los partidos políticos o, en algunos países como Japón, para dar soporte al aparato administrativo requerido por los miembros del Parlamento para atender a sus electores.

Los agentes de compras y algunos funcionarios explican las comisiones ilegales como un sobresueldo o como una propina inherente al cargo, que sería ridículo desaprovechar. En los países en vías de desarrollo, los funcionarios y políticos que aceptan pagos turbios suelen encontrar razones para su conducta en la permisividad del gobierno de sus respectivos países, en los bajos salarios, que según ellos justificarían cierta compensación, en la actuación sobre compañías multinacionales que consideran «explotadoras» de las riquezas nacionales, etc. Incluso hay quienes sostienen que fueron las propias compañías extranjeras quienes introdujeron la corrupción.

Algunos ejecutivos empresariales se quejan de que, a veces, no tienen más remedio que ceder a determinadas extorsiones si quieren mantenerse en el negocio. Otros, con menos escrúpulos, «justifican» los sobornos alegando que son una herramienta más de márketing; consideran que los sobornos no son más que un mero costo comercial o, si se quiere, el pago a un «servicio».

¿Son estos argumentos una legítima justificación ética de tales prácticas o son, más bien, una racionalización de una conducta inmoral? Muchos moralistas sostienen que, en determinadas situaciones, más o menos extremas, puede ser lícito ceder a una extorsión explícita o tácita para obtener un legítimo derecho. Ocurre cuando ceder a la extorsión supone una cooperación material a una acción ajena moralmente inevitable, ante la ausencia de alternativas viables y al grave perjuicio que se puede ocasionar si no se cede. Sin embargo, nunca es lícito ofrecer o aceptar un soborno o extorsionar.

Aceptar o exigir dinero u otra dádiva aprovechándose del cargo ocupado para favorecer a alguien es un acto de deslealtad con la empresa a la que está vinculado (caso de un jefe de compras, por ejemplo) o con la sociedad a la que sirve (funcionarios, políticos). Quien recibe este dinero (u otra cosa) no cumple con lo que se espera de él, que es tratar de obtener lo mejor para su empresa o institución, sin aprovecharse del cargo para lucro personal. Tal acción supone un abuso de poder y una injusticia , ya que falta un título que otorgue derecho a esa retribución. Además, puede haber injusticia con los proveedores que «juegan limpio» y, tal vez, ofrecen a un determinado organismo estatal o a la empresa un producto en mejores condiciones que los que pagan sobornos. Puede haber también injusticia con la empresa o institución para la que se trabaja si ésta tiene que abonar un precio superior por el producto adquirido, quizá para compensar el importe del soborno, o le impide lucrarse de algún descuento que, de otro modo, el jefe de compras podía haber obtenido para su empresa. Esto significa costos extras y, en definitiva, un robo a la empresa. Quien ofrece el soborno es culpable por incitar a actuar de este modo.

El soborno y la extorsión —dos modalidades de corrupción— erosionan el bien común al incrementar la competencia desleal y al distorsionar el recto funcionamiento del mercado y fomentar la práctica de manejos turbios en detrimento de la profesionalidad y del auténtico servicio (mejoras en precio, calidad del producto y servicio). Las prácticas corruptas son, sin duda, contrarias a la solidaridad.

¿A quién perjudica la corrupción?

La principal consecuencia de los sobornos y de otras actividades corruptas en los negocios es para el desarrollo humano de las personas involucradas en ella, al tiempo que directivos y empleados se exponen a una mala reputación y, tal vez, al rigor de la ley.

Las personas que se corrompen, al actuar mal por sí mismas o al corromper a los demás, sacrifican su humanidad a cambio de bienes externos. Ahí está el daño principal de la corrupción. Pero, además de este argumento capital, hay otras razones para evitar la corrupción y aun para contribuir a su erradicación.

Las empresas también resultan perjudicadas en la corrupción, aunque a corto plazo pueda significar alguna ventaja económica. En efecto, las prácticas corruptas en los negocios contribuyen —a veces notablemente— a la pérdida de calidad humana y profesional de las personas involucradas en la organización y, en consecuencia, se deteriora lo más importante para el buen funcionamiento de la empresa: las personas que la integran.

Con la práctica de los sobornos es difícil controlar dónde va a parar el dinero: no se extienden facturas por los sobornos. Con facilidad el «vendedor» puede sentirse movido a aprovecharse de su cargo, al igual que el «comprador» y justificar dinero que ha ido a parar a su bolsillo. También en otros órdenes se introduce un peligroso modus operando . Las energías humanas no se dedican a desarrollar una buena política comercial, sino a negociaciones oscuras. Directivos y empleados pierden no sólo moral, sino también profesionalidad. La facilidad de obtener ventas mediante sobornos suele crear pasividad, al tiempo que decrecen las virtudes y demás cualidades necesarias para superarse continuamente en noble competencia comercial. Por lo demás, esas prácticas pueden levantar una barrera que impida corregir fallos operativos. Las prácticas corruptas introducen un elemento distorsionador en la organización y una erosión de la autoridad. En el extremo, pueden dar lugar a chantajes por parte de algún directivo o empleado —mediante amenazas de delación, por ejemplo— si en un futuro dejan de tener buenas disposiciones hacia la dirección, o deciden aprovecharse de «lo que saben».

Por su parte, el «comprador» adquiere un peligroso «aprendizaje». Cuando por primera vez se realizan pagos «bajo mano» se establece un mal precedente. El «comprador» advierte que la compañía está dispuesta a realizar este tipo de pagos. Si no es la primera vez que ocurre, el «comprador» refuerza la convicción de que el «vendedor» está dispuesto a seguir jugando sucio. Entonces puede plantear un incremento de las «comisiones», especialmente si se da cuenta de que el «vendedor» depende de esos pagos y ha perdido otras ventajas competitivas. De las atenciones comerciales desmesuradas puede pasar a pedir abiertamente una «comisión», y tras obtener una «comisión» pequeña puede exigir otra más grande.

Los sobornos y las extorsiones son una transgresión a la libre competencia , lo cual no sólo es una injuria para los competidores, sino también para la propia sociedad que se ve privada de productos a precios más bajos o de mejor calidad, lo cual, obviamente, es contrario al bien común económico.

Al perjudicar a los individuos, a las empresas y a la eficiencia del mercado, la corrupción perjudica también a la sociedad . Cuando la corrupción se extiende, los ciudadanos y/o los accionistas sufren pérdidas mientras sus agentes toman decisiones para su lucro.

La práctica del soborno y de la extorsión, si no se ataja a tiempo, genera una espiral de corrupción . Este tipo de prácticas puede acabar por extenderse a otras empresas y sectores económicos, y aun a todo un país. Surge entonces una grave corrupción social muy difícil de erradicar. Cuando el soborno es una norma en toda la economía nacional, se universalizan las ineficiencias y las injusticias en la actividad económica y empresarial. Creada esta situación, pueden esperarse también ventas de influencias y de cargos con poder de decisión. Esto produce frustración, cinismo y enojo generalizado, tensiones e inestabilidad en el sistema económico y político y, en definitiva, una dinámica destructiva para las personas y la sociedad.

En los países en desarrollo, los sobornos y las extorsiones permiten el enriquecimiento de algunos oportunistas, al tiempo que acaban corrompiendo la moral de individuos y de grupos cada vez más numerosos, que se sienten empujados al mismo comportamiento.

Prevención de la corrupción en la empresa

Lo primero que puede hacer la empresa para luchar contra la corrupción es no ponerse en peligro de caer en ella. Esto exige evitar determinadas prácticas que pueden abocar a la corrupción en los negocios, mantener un alto nivel de profesionalidad y una buena estrategia basada en la calidad y el buen hacer. Las personas menos competentes suelen tener menor capacidad para generar alternativas que sean, a la vez, éticas y eficientes. También los directivos empresariales acostumbrados a estrategias economicistas —desconsideradas hacia las personas— pueden ser fácilmente tentadas a utilizar medios turbios.

Un punto a vigilar para evitar deslizamientos peligrosos son las atenciones comerciales que se prodigan al cliente. Estas atenciones van desde invitaciones a restaurantes para hablar de un producto y su posible aplicación, hasta la invitación y pago de espectáculos, viajes, asistencia a congresos o convenciones, dietas más o menos generosas para realizar cursos de formación, regalos y otros agasajos. Las atenciones comerciales, realizadas con moderación, en cierta medida son necesarias para vender algunos productos. Pero, con relativa facilidad, pueden rebasar la frontera de algo razonable para convertirse en un soborno más o menos encubierto.

En algunas partes del mundo, como Extremo Oriente, países islámicos, África y Latinoamérica, la práctica de los «regalos» responde a costumbres locales generalmente arraigadas. Según algunos, esta práctica parece imprescindible para hacer negocios en estos países. Sin embargo, también en estos países, ciertos regalos y atenciones comerciales no son más que formas refinadas de revestir los sobornos o para intentar que pasen inadvertidos.

La prudencia ayuda a discernir, a tenor de las circunstancias, hasta dónde se puede llegar. En cada ambiente y situación las personas honradas y sensatas distinguen qué atenciones comerciales están dentro de lo permisible y cuáles no. Desde el punto de vista de quien la recibe, es recomendable no aceptar ninguna atención comercial o regalo que parezca desmesurada en orden a obtener mejor información del producto o para negociar adecuadamente. En todo caso, la licitud de las atenciones comerciales y de los regalos exige que éstas no obstaculicen la libertad e independencia para elegir lo que se estime lo mejor para la empresa o institución para la que se trabaja.

Para la prevención de la corrupción, los códigos de conducta pueden prestar un buen servicio. Desde hace años, son muchas las compañías americanas que disponen de código de conducta. En Europa se van introduciendo de modo más paulatino, aunque algunos acontecimientos pueden acelerarlo. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la empresa Fiat, que tras la operación «manos limpias» ha implantado un código ético que establece de modo contundente algunas normas de actuación para sus empleados.

Los códigos éticos tienen sus dificultades, ya sea por sus contenidos o por su aplicación. A veces también por no responder a objetivos auténticamente éticos. Para la efectividad de esos códigos, entre otras cosas, habría que tener en cuenta su contenido, la comunicación del mismo y su aplicación real. El contenido ha de considerar las circunstancias de cada empresa y ser conforme con los valores y normas éticas objetivas y universales aportados por la ciencia ética. La comunicación del código ha de ser clara y efectiva para toda la organización. Se ha de lograr una efectiva aplicación y un progresivo reforzamiento del código para evitar que sea letra muerta.

Otro punto capital es la ejemplaridad de los directivos en su toma de decisiones y en su actuación en el día a día. La conducta de los directivos es fundamental, tanto para demostrar la falacia de que «todo hombre tiene un precio» como para crear entornos éticos.

Los directivos que han de negociar con funcionarios corruptos y los que están implicados en procesos de compras o de ventas pueden ser especialmente influyentes. En la medida en que sepan armonizar la ética con la eficiencia y mantener la primacía de las personas sobre las cosas, estarán dando un ejemplo extraordinario de cómo actuar.

La ejemplaridad de los directivos es una parte importante de la cultura empresarial , pero no la agota. Es importante también que los empleados tengan virtudes morales. Esto ha de tenerse en cuenta en la selección y en la formación del personal. También en el modo de evaluar e incentivar a los empleados ha de reflejarse la voluntad de mantener la honestidad y la calidad ética de todos en la organización.

También las políticas empresariales, especialmente las comerciales, han de estar orientadas a una conducta recta, destacando el empleo de medios lícitos para alcanzar los objetivos de ventas.

Firmeza en la lucha contra la corrupción

Cuando se advierten insinuaciones de corrupción, es necesario actuar con firmeza. Si un agente de compras solicitado a aceptar una comisión, reacciona inmediatamente exigiendo que la comisión que le han ofrecido se cambie por un descuento a la empresa, puede cambiar el modo de venderle en el futuro.

Si algún subordinado recurre a prácticas corruptas, es preciso que sus superiores actúen con firmeza, aplicando una sanción proporcionada . En concreto, una adecuada reacción del directivo de ventas ante conductas no-éticas de los vendedores imponiendo sanciones ejemplarizantes supone un claro y eficaz mensaje a la organización (l).

Frente a un entorno social externo con elementos de corrupción, muchas veces la empresa —y en su nombre los directivos o los empleados— podrán reaccionar revelando tales conductas, cuando existan razonables posibilidades de que se actúe contra ellas. En ocasiones, incluso, cabrá una denuncia formal de actuaciones inmorales conocidas y probadas ante los tribunales, ante las autoridades administrativas y, en ocasiones, incluso, informando a los medios de comunicación.

Otro modo de lucha contra la corrupción es a nivel sectorial, ya sea por vía de ejemplaridad o de persuasión, fomentando la aceptación de códigos deontológicos y, tal vez, la constitución de comités o tribunales de honor para examinar y sancionar posibles casos de corrupción de sus afiliados.

Legislación anticorrupción y su efectivo cumplimiento

Un medio, sin duda muy importante, en la lucha contra la corrupción, es una legislación adecuada y la vigilancia de su cumplimiento. En muchos países se han elaborado, especialmente en los últimos años, determinadas leyes para hacer frente a la corrupción. Uno de los casos mejor conocidos es la que se elaboró en Estados Unidos a raíz del caso «Watergate», donde se hicieron públicos diversos sobornos —algunos de ellos de gran resonancia, como los sobornos de las compañías Lockheed y Gulf Oil— que sensibilizaron notablemente a la opinión pública.

En 1977, y como consecuencia de ello, fue aprobada la «Foreign Corrupt Practices Act» (FCPA), que prohibía tajantemente a las empresas americanas realizar sobornos en el extranjero. Muchas empresas protestaron por la radicalidad de tal medida, la cual —afirmaban— hacía perder competitividad a las empresas americanas en sus operaciones exteriores. Sin embargo, un estudio de los años 1977-78 sobre las sesenta y cinco mayores empresas americanas reveló que las pérdidas de negocios atribuibles a la FCPA fueron pequeñas. Sólo dieciséis empresas mostraron pérdidas en los negocios superiores a un millón de dólares. De esos casos, sólo el 15 por ciento excedía el 0,5 por ciento de las ventas totales y sólo el 20 por ciento excedía el 1 por ciento de las ventas exteriores. Este estudio concluye que la cantidad de negocios atribuibles a pagos improcedentes había sido sobrestimada y que estos pagos no eran tan imprescindibles como se afirmaba (2). Después de Estados Unidos, otros países han adoptado legislaciones parecidas.

En general, puede afirmarse que las empresas con productos o tecnología única o claramente superior y necesaria no tendrán dificultades para colocar sus productos a pesar de los posibles entornos corruptos que puedan encontrar. La situación de muchas compañías excelentes permite dejar de operar en países cuya presión para obtener «mordida» es muy fuerte o en empresas particulares con agentes de compras que exigen comisiones ilegales. Pero no faltan empresas, como las que se dedican a la construcción de grandes proyectos o plantas llave-en-mano o grandes instalaciones o equipos, a las que una legislación excesivamente rígida, que no matice adecuadamente el soborno de la acción de ceder a una extorsión por motivos graves, puede resultar excesivamente severa. Sin embargo, no cabe duda de que leyes como la FCPA son un paso adelante en la lucha contra la corrupción.

Con todo, hay que considerar que lo importante no es tanto perseguir los delitos como procurar su prevención. No hay que olvidar que determinados preceptos legales, como los contratos con la administración pública, subvenciones, concesiones, etcétera, pueden favorecer la falta de transparencia y la arbitrariedad y, en definitiva, las posibilidades de corrupción.

Finalmente, la vigilancia. De poco sirven las leyes si no se cumplen. Es necesario inspeccionar y sancionar adecuadamente las prácticas corruptas y establecer medios de control para «vigilar al vigilante».

Formación para la honradez

Con todo, es difícil que con sólo las leyes se pueda evitar la corrupción. Suele decirse que «hecha la ley, hecha la trampa». Ni se puede legislar todo, ni se puede vigilar todo. Además, el control es caro. Surge así la necesidad social de que la población reaccione contra la corrupción, tomando cada vez más conciencia de que utilizar los cargos para lucro personal, cuando su razón de ser es servir a la empresa o sociedad a la cual se pertenece, es un abuso de poder que trae consigo consecuencias perniciosas.

La universidad y, concretamente, las escuelas de dirección de empresas y facultades de ciencias económicas y empresariales tienen un gran papel en la lucha contra la corrupción. La consideración de la dimensión ética de la actividad económica y cursos específicos de ética de la empresa y de los negocios pueden ayudar a que los alumnos se sensibilicen ante los problemas éticos, adquieran criterios de rectitud moral y una actitud favorable a luchar contra la corrupción.

Hay muchas otras instancias de gran influencia educativa y que pueden actuar eficazmente en la formación de valores sociales y normas de conducta para actuar con honradez en los negocios. Pensemos en los medios de comunicación social y, en otro orden, más incisivo todavía para el fomento de virtudes, en tres instituciones fundamentales: la familia, la escuela y la Iglesia.

En último término, obviamente, está la voluntad de cada individuo. Una actitud ética exige, en primer lugar, la decisión personal de querer ser honrado, rehuyendo prácticas corruptas. Esto exige convicciones éticas y virtudes morales que moderen la pasión por el dinero. Junto a ello parece también importante actualizar motivos para actuar correctamente. Quien actúa mal se corrompe como persona y contribuye a corromper a otros, deteriora la consistencia social y perjudica la eficiencia económica y —como motivo último— se aleja de Dios, fundamento definitivo de la vida humana.

Pero todavía hay más. Para combatir la corrupción y para actuar de acuerdo con la ética de las virtudes, se requiere una actitud de lucha efectiva para cambiar los entornos corruptos y las «estructuras de corrupción», es decir, aquellas formas estables de corrupción que incitan a otros a actuar de modo corrupto. La tarea no es fácil, pero es necesaria: «... demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia —ha escrito Juan Pablo II— es un cometido que exige valentía y fortaleza» (3).

Notas

1. J. B. DECONINCK, «How Sales Managers Control Unethical Sales Force Behavior», en J. Business Ethics , Vol. 11(1992), pp. 789-798.
2. Cfr. R. BARRY, «Can We Prevent Questionable Foreign Payments?», Business Horizons , June 1979, pp. 14-19.
3. Encíclica Centesimus Annus (1.V.1991), n. 38.



Publicado en en el número 16 de la revista Atlántida
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06/07/2005 ir arriba
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