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LA GLOBALIZACIÓN EN LA HISTORI (Agustín González Enciso)

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LA GLOBALIZACIÓN EN LA HISTORIA

"LA GLOBALIZACIÓN, o mundialización, empieza a ser un tópico demasiado manido; no obstante, es necesario hablar de ello porque en ello estamos hoy más que antes".

Agustín González Enciso es Catedrático de Historia Moderna
Artículo publicado en la Revista "Empresa y humanismo", Vol. V, Nº 1/02, pp 95-117, Universidad de Navarra.

La globalización no es un fenómeno nuevo. Por más que hoy se den condiciones diferentes -sobre todo por las nuevas posibilidades tecnológicas-, la globalización ha acompañado todo el proceso de desarrollo de la economía desde antiguo. Se podría decir que la historia económica es la historia de la globalización. Esta identidad esencial es la que hace posible que enfoquemos la historia desde esta perspectiva y que podamos aprender alguna de sus lecciones que pueden ser pertinentes para conducir el proceso de globalización en nuestros días. El enfoque que aquí se toma tiene en cuenta, sobre todo, las cuestiones éticas de fóndo de cara a conseguir un desarrollo armónico.


LA GLOBALIZACIÓN, o mundialización, empieza a ser un tópico demasiado manido; no obstante, es necesario hablar de ello porque en ello estamos hoy más que antes. En puridad, la globalización afecta a todos los aspectos de la vida, pues la comunicación mundial -la famosa aldea global hace que todas las cuestiones sean compartidas, tanto las políticas y culturales, como las económicas. Por ello, conviene recordar que reducir la globalización a los factores económicos es un error1. Aquí hablaremos del fenómeno que nos ocupa desde una perspectiva preferentemente económica, pero intentaremos no descuidar su relación con otras cuestiones a la hora de hacer una valoración en cada caso.

Otra cuestión previa a considerar es el hecho de que la globalización no es, a pesar de todo, completa. Es decir, hay muchos mundos fuera de la globalización, bien porque están más aislados de los intereses comunes, bien porque, aun estando relacionados, responden a mercados muy protegidos que les apartan de una dinámica global que intenta moverse en mercados más abiertos; o sencillamente, porque no están capacitados para adaptarse a ese entorno general. Por comenzar ya con un apunte histórico podemos recordar lo que se dice en los libros cuando se habla de revolución industrial: la revolución industrial comienza en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII. Pues bien ¿cuántas regiones de ese país estaban integradas entonces, e incluso mucho más adelante, en esa pequeña economía global que unas condiciones de revolución industrial presuponen? ¿Cómo se fueron integrando a las nuevas circunstancias los países que fueron detrás? Por otra parte, las bolsas de pobreza o de subdesarrollo que todavía hoy subsisten en los países del «primer mundo» nos recuerdan lo difícil que es llegar a todos.

Esta última consideración tiene un doble objetivo. Uno quiere ser profundo, recordar que riqueza y pobreza están a menudo muy cerca, al otro lado de la calle -literalmente-, y no por ello los ricos resuelven los problemas de los pobres si no se lo proponen. El otro objetivo es interesado para la perspectiva histórica: si hoy la globalización no es total, parece lícito hablar de globalización en el pasado y hacer las comparaciones pertinentes. Aunque entonces tales procesos fueran más reducidos, no dejaban de ser procesos de globalización en los que se creaban condiciones económicas más complejas que iban integrando más países y sectores sociales.

La globalización económica suscita, cuando menos, una triple reflexión: aceptar el hecho, manifestar una actitud y vivir de esperanza. Primero, la aceptación del hecho exige el reconocimiento de que todo crecimiento económico ha sido y es globalización. La perspectiva histórica de la que nos vamos a ocupar en este trabajo así intentará mostrarlo. La globalización no es, en sí misma, nada nuevo, por lo tanto, en segundo lugar, la actitud que hay que manifestar es la de siempre ante el hecho económico: una actitud empresarial activa que afronta un escenario que cambia y que normalmente se amplía. Un segundo aspecto de esta actitud es uno de los que se debe mostrar ante el hecho histórico: intentar aprender de los aciertos y de los errores; aprender también de los cambios, pues lo que en un momento pudo ser acertado, más tarde puede no serlo tanto, y al revés.

Finalmente, en tercer lugar, la esperanza que cabe tener es la de que los nuevos modos del capitalismo sean de verdad responsables, no sólo para que hagamos buen uso de las instituciones que nosotros mismos nos demos (2) [y la globalización precisa de nuevas instituciones, por cierto(3)] sino para que en todo momento, a través de la economía, se respete a la persona y se promueva una cultura de la solidaridad, de modo que el crecimiento económico que la globalización augura esté integrado con otro tipo de valores(4). Y no sólo por respetar a aquéllos con quienes hacemos negocio. Parece evidente que en las relaciones entre empresas, como entre individuos o naciones, «los mejores socios no son personas o instituciones con intereses idénticos, sino los que logran comprender los intereses de la otra parte»(5). Está claro que la confianza entre socios favorece la cooperación, pero el interés debe llegar más allá, debe conseguir que «las relaciones basadas en el beneficio mutuo», como se dice en el mismo artículo citado, lleguen efectivamente a todos, no sólo a unos socios iguales.

No parece que las cosas estén muy claras al respecto en estos momentos, ni desde la perspectiva internacional, ni siquiera desde la consideración que los efectos de la globalización crea en su mismo epicentro(6). La historia demuestra que la expansión económica nunca se ha producido sola, sino que ha ido siempre unida a un paradigma político, social y ético, es decir, a un contexto integral de circunstancias sociales y de ideas. Por lo tanto, las consecuencias de tal expansión no han sido solamente los previsibles beneficios económicos, sino otros efectos perversos, casi siempre generadores de desigualdad social, porque en todo proceso de cambio hay ganadores y perdedores.

LAS MULTINACIONALES EN LA ANTIGÜEDAD

En un atrevido libro, Moore y Lewis explican lo que ellos llaman el nacimiento de las multinacionales(7). Se pueden explorar ya en la Antigüedad una serie de factores que plantean unos problemas y unos retos que se convierten en soluciones empresariales; por ejemplo, asuntos de integración regional en la Edad del Bronce, búsqueda permanente de recursos naturales en lugares lejanos como motivo de inversión y de actividad mercantil en Mesopotamia; organización de una economía liberal y monetaria en la Grecia clásica, que llevó a la sustitución de los fenicios en todo el mundo colonial mediterráneo; o la división internacional del trabajo establecida en el Imperio Romano. Para conseguir logros mercantiles, fenicios y griegos consiguieron organizar puertos francos, desarrollaron marcas de productos y fomentaron el conocimiento a través de la formación profesional; tanto en la industria como en el comercio.

Las grandes compañías que se formaron al socaire de esas posibilidades tenían ya sofisticadas formas de organización de su gobierno corporativo y de acuerdos de cooperación. Había una presencia internacional de productos en todos los lugares.

En buena medida, las diferencias con nuestro mundo son más de grado que de esencia: básicamente se hacían las mismas cosas. Antes el mundo era más pequeño, pero también los medios técnicos de que se disponía eran menores. En términos proporcionales también entonces se cumplía la definición que hoy se da de globalización, a saber, la «acelerada integración mundial de las economías a través de la producción, el comercio, los flujos financieros, la difusión tecnológica, las redes de información y las corrientes culturales»(8).

El término «acelerada» puede parecernos excesivo, pero quizás no lo sea tanto si tenemos en cuenta la realidad tecnológica de aquellas civilizaciones. Tomemos a los fenicios. En el año 980 antes de Cristo, su rey Hiram I se propuso controlar las rutas comerciales de Asia (9). Para ello comenzó los acuerdos con Israel para explotar las rutas marítimas. Hacia el año 900, menos de un siglo después, los fenicios tenían inversiones en Israel, Siria y Anatolia, en el Mediterráneo oriental. En menos de otro siglo estaban presentes y controlaban todos los tráficos marítimos del Mediterráneo occidental (10). En poco más de siglo y medio, por lo tanto, con aquellos medios, los fenicios se convirtieron en los líderes indiscutibles de un territorio que iba desde Persia hasta Portugal. El mismo tiempo les costó a los Estados Unidos de nuestros días elevarse a la categoría de líder económico mundial, si bien el territorio afectado era ahora más amplio.

Por lo demás, el comercio de asirios, fenicios, griegos o romanos de la Antigüedad se basaba igualmente en una progresiva integración de los mercados que obligaba a tener constantemente en cuenta nuevos territorios y nuevas posibilidades, también nuevos competidores: se producía para esos mercados, circulaba el dinero metálico y se practicaba el préstamo financiero. El desarrollo tecnológico fue menor -por eso se pudo llegar a ámbitos menos extensos que hoy, pero existió, como lo atestiguan algunos avances en infraestructuras de comunicaciones: los puertos «uno de los avances más notables de la época clásica griega»(11), o las conocidas calzadas romanas, que permitieron también la mayor integración del interior.

Un aspecto interesante de esta globalización es la presencia de varias civilizaciones, a medio camino entre la competencia y la cooperación. Fenicios, cartagineses, etruscos, griegos, egipcios, se repartían distintos ámbitos del Mediterráneo: entre todos lo dominaban mejor porque los medios no permitían esa acción a uno solo, aunque, según las épocas, unos dominaran más que otros. Bien es cierto que la transición de situaciones del mayor dominio de unos al de otros se resolvía con conflictos bélicos, pero en la paz la integración mercantil era intensa. De modo práctico, se reproducía casi a la letra la consideración de Aristóteles sobre el comercio internacional, a saber, que es algo ligado a la naturaleza, ya que ésta ha dotado a unas tierras de unos productos y a las demás de otros diferentes. Aparte de la reflexión filosófica, Aristóteles no dejaba de describir lo que veía, como tantos filósofos y teóricos de la economía hicieron en los siglos posteriores hasta nuestros días.

E1 desarrollo del Imperio Romano, con un Estado más fuerte y poderoso, introdujo en la práctica el concepto de centralización y división internacional del trabajo al servicio de un centro dominante, Roma y sus necesidades en los diferentes territorios. El Imperio Romano practicaba ya la teoría de Ricardo sobre la ventaja relativa de cada territorio, que dicho autor observó también en su época. Seguía existiendo la cooperación, pero ahora había también un árbitro director, la autoridad romana, que además se convertía en poderoso demandante cuando había que abastecer a las legiones dispersas por el Imperio, o a la capital.

Las autoridades romanas contribuyeron a cohesionar la economía imperial mejorando las comunicaciones terrestres y legislando en orden a los aspectos económicos. Todo ello supuso y favoreció la especialización de los diferentes territorios. Este amplio modelo de globalización económica consiguió un alto grado de integración, también de mejoras locales al relacionarse los ámbitos provinciales en el conjunto; la contrapartida fue el control estatal, que establecía rigideces tanto por las exigencias del control como por las necesidades, que superaban las posibilidades técnicas de su mantenimiento. Las necesidades se cifraban, sobre todo, en las exigencias militares. A partir del siglo II después de Cristo se llegó al punto de unas graves deseconomías de escala que empezaron a destruir la unidad, por vía tanto de elevación de precios y de impuestos, como por la debilidad política y militar que acabó apareciendo(12).

Parece evidente que la globalización centralizada tiene unos límites, que están en función de la capacidad de control. Esa capacidad es a su vez función tanto de cuestiones políticas, como de posibilidades técnicas. Superados aquellos límites se impone la descentralización, la subcontratación, o la autodeterminación de los distintos ámbitos o territorios, según de qué se trate. Los romanos no consiguieron completar ese proceso por el excesivo predominio de los objetivos políticos, y la cohesión se rompió. Algo parecido les ocurrió a los españoles en el siglo XVII. La historia de Filipinas, demasiado alejada de sus centros superiores de decisión, también parece responder a este esquema(13).

EUROPA MEDIEVAL, UNA «REPÚBLICA DE MERCADERES»

PERO ANTES de llegar al Imperio Español se da otro modelo de globalización descentralizada y cooperativa de notable interés, el de la Europa medieval, sobre todo en occidente, una vez que se superaron los largos siglos de la incertidumbre posterior a la desaparición del Imperio Romano.

A partir del siglo XI creció la población europea en cantidad, en poder adquisitivo y también en una progresiva -aunque lenta- diversidad social; se renovó la técnica y la cultura; se construyeron catedrales, una apasionante aventura no menos empresarial que espiritual; se colonizaron territorios vacíos, crecieron las ciudades y se formaron los reinos, origen de los posteriores Estados-nación. En todas partes se reprodujeron esquemas económicos similares, que ejemplifican el alto grado de unidad que, a pesar de todo, tenían las economías occidentales en aquellos momentos(14).

En esa Europa, no exenta de conflictos militares, florecieron los comerciantes internacionales que realizaban todo tipo de operaciones (comercio, industria, banca, giro, cambio, préstamos) al hilo de unas regulaciones que permitieron el desarrollo de la actividad mercantil. Se organizaron en compañías con un núcleo familiar y socios cambiantes cada cierto tiempo. Solían tener una casa central en una ciudad importante y factores por todas partes, desde el Báltico al Mar Negro. Desde los extremos europeos, se conectaba con las terminales de las caravanas que atravesaban otros continentes del viejo mundo, singularmente de Asia. Venecia fue una ciudad fundamental en los tráficos que enlazaban desde Trebisonda y Tana, en el Mar Negro, hasta el occidente europeo. Génova era su gran competidora en este ámbito. Por el otro lado, Brujas hacía las conexiones de las rutas del sur con las del Báltico.

Pero la conexión desde los Países Bajos hasta el norte de Italia era, al principio, por tierra. La presencia de los reinos musulmanes en el sur de la península Ibérica dificultaba el itinerario marítimo. En este sentido, la historia de la globalización medieval tiene dos partes cuya división se encuentra entre finales del siglo XIII y comienzos del siguiente. En la primera parte, el centro neurálgico de los negocios estaba en las ferias de Champaña, al nordeste de Francia, un lugar estratégico donde confluían los tráficos de Italia, los Países Bajos, Alemania y la misma Francia. Hacia 1300 las ferias de Champaña se habían modernizado y llegaron a ser un auténtico mercado financiero, más que un simple mercado, como lo fueron en sus inicios(15). Eso les permitió ejercer un fuerte predomino sobre sus rivales. Pero el escenario fue modificándose con cambios políticos y económicos: el comienzo de la Guerra de los Cien Años afectó profundamente al territorio de Champaña, el crecimiento de la producción textil en las ciudades italianas modificó su oferta y posibilidades, también las ferias de Flandes aumentaron su capacidad de atracción al modificar su modo de operar; pero, sobre todo, y unido a lo anterior, desde 1277 se abrió la ruta de navegación por Gibraltar, antes cerrada a los cristianos. Esa ruta estaba ya afirmada hacia 1320 (16).

A partir de ese momento se modificaron los itinerarios mercantiles. Si antes se podía trazar una línea Brujas-Troyes-norte de Italia, para enlazar con las rutas orientales, desde aquellas fechas el itinerario dio la vuelta por mar a la Península Ibérica, con lo que se integraron mucho mejor todos los territorios del Mediterráneo occidental y de la fachada atlántica, desde Sevilla hasta Londres. Toda la geoestrategia económica cambió y dio un primer e importante vuelco hacia el Atlántico.

Dado que no había ningún Estado fuerte y dominante, toda Europa fue en realidad como una «república de mercaderes», con un impresionante desarrollo que culminó, una vez superados los peores efectos de la peste negra de 1347-1350, con el establecimiento definitivo «de lo esencial de la estructura, de las técnicas de un audaz capitalismo» ya en los siglos XIV y XV(17). El comercio marítimo era bastante libre y las regulaciones en este campo aún escasas, aunque tendían a aumentar. Es decir, se vivía el capitalismo y la globalización en amplios territorios, mucho antes de que ocurrieran fenómenos como el descubrimiento de América, el nacimiento del protestantismo, o la configuración definitiva de los grandes Estados nacionales.

Todo eso vino después. No obstante, también entonces el objetivo era todo el mundo: recuérdese a Marco Polo, así como las monedas europeas encontradas en China, testigos de la integración comercial universal. Ese deseo de llegar a más mercados acabó provocando, primero, una mayor relación con el norte de África, para atraer hacia Europa el oro del Sudán, y más tarde el descubrimiento de América. No es la realidad de un mercado integrado lo que crea la globalización, sino que es la propia dinámica expansiva inherente a la vida económica la que acaba integrando nuevos mercados. La globalización no se nos impone, la creamos. Ocurre que, en un momento dado, se es consciente de que se está dando un paso hacia adelante, o aparecen unos medios que poco tiempo atrás no se tenían, o desaparecen determinados obstáculos. Entonces parece que el mundo es nuevo, y en cierto modo lo es.

También en la Europa medieval, como antes, la técnica imponía unos límites e impedía un control total de los procesos; todo ello exigía la cooperación, no exenta de competencia de rivales. El modelo era entonces algo distinto al de la Antigüedad. Tanto en tiempos del Mediterráneo fenicio 0 griego, como en el de los romanos, su mundo era el más desarrollado; fuera estaba la barbarie, aunque había algunos productos interesantes que conseguir en esos extremos. En la Edad Media, sin embargo, a la civilización cristiana se oponía la musulmana -barrera prácticamente infranqueable- y más allá, los mongoles, los hindúes y, sobre todo, los chinos. Cada uno de esos mundos suponía otras culturas, algunas de las cuales se podrían considerar todavía, antes de 1500, más avanzadas que la Europa cristiana en muchos aspectos materiales y sociales. Es decir, Europa tenía que negociar con civilizaciones iguales o superiores, que a su vez eran otros tantos modelos de globalización, otras economías-mundo, como diría Braudel(18).

No se trataba de mundos cerrados, sino que tanto por su dinamismo, como porque no podían autoabastecerse en el interior de su totalidad, se relacionaban con el exterior. No obstante, eran mundos poco penetrables entre sí, podríamos decir que se trataba de economías sólo tangentes. Al otro lado de la frontera cristiana, el océano índico, funcionaba como otro elemento aglutinador de una economía -mundo que contaba con regiones tan amplias como Africa oriental -Mozambique-, Arabia, la India, y la Indochina, las islas de las especias. Al norte estaba toda la cultura china.

Entre el mundo cristiano y el mundo musulmán había diferencias de talante. Mientras en el mundo cristiano se avanzó en las técnicas mercantiles y se fue transformando la sociedad, el mundo musulmán mantuvo en todos sus territorios un esquema autocrático que todavía hoy sigue impidiendo el reparto de las riquezas. En cualquier caso, las sedas, perlas y especias orientales llegaron cada vez más a la Europa cristiana que tuvo que buscar afanosamente el metal precioso que necesitaba, tanto para cubrir los pagos de un comercio deficitario con su civilización vecina, como para engrasar su cada vez más dinámica economía.

Si en el modelo de la Antigüedad había una relación entre las diferentes culturas que se entendían en el Mediterráneo, en el modelo medieval se opusieron dos globalizaciones tangentes, que colaboraban entre sí, a través de ellas, con otras más alejadas, pero que se consideraban excluyentes en sus territorios. Por lo tanto, esos mundos llenos de vida eran, por una parte, un complemento a la economía europea, pero a su vez suponían una barrera a su dinamismo, en la medida en que los bloqueos políticos aparecían con frecuencia. Las diferencias culturales llevaron a una dinámica de enfrentamiento militar en distintos frentes. Las cruzadas fueron uno de ellos y supusieron, además de un intento de conquistar los santos lugares para los cristianos, un esfuerzo por romper la barrera económica y situarse dentro de la globalización islámica.

La China era un mundo alejado con el que, sin embargo, se estaba en relación a través de intermediarios. Para muchos europeos era necesario establecer un contacto directo con China, pero para llegar a China era preciso superar a los musulmanes. La situación se tornó mucho más difícil cuando, en 1453, los turcos conquistaron Constantinopla, el último reducto del antiguo Imperio Bizantino, que a duras penas había mantenido los tráficos por el Mar Negro. Europa tuvo que ingeniárselas de un modo diferente, que vino a través del dominio del mar y de la navegación interoceánica.

EL PREDOMINIO DEL ATLÁNTICO

Europa estaba preparada para la ocasión. Desde la apertura del estrecho de Gibraltar se habían intensificado los tráficos por las costas europeas del Atlántico. Un siglo después, los portugueses estaban abriendo un camino esperanzador, la ruta africana. En 1419 ya estaban en las islas Madeira, más tarde en las Azores. Pero su ruta fue hacia el sur, para llegar a la China por la espalda de los mundos islámicos. En 1487 Bartolomé Díaz sobrepasó el Cabo de Buena Esperanza, el punto sur de África. Pocos años después, en 1498, Vasco de Gama llegó por esa ruta a la India(19).

Por unos años, Portugal consiguió canalizar buena parte del comercio oriental, además de obtener importantes cantidades de oro de diferentes regiones africanas. De Lisboa, los tráficos desembocaron en Amberes, el nuevo emporio que acababa de sustituir a Brujas en el control de los negocios de los Países Bajos. Pero mientras todo esto ocurría, la frontera de la globalización europea terminó por cambiar de modo más drástico aún cuando Colón, seguramente un comerciante genovés, consiguió llegar a tierras americanas en 1492, con ayuda de la corona española. Aunque las nuevas tierras tardaron aún algo en ofrecer sus riquezas, la ruta atlántica hacia el oeste estaba abierta y, con ella, nuevas e inmensas posibilidades para Europa.

De momento, es decir, durante el siglo XVI, la principal beneficiaria de la nueva situación fue España; en cualquier caso, la geopolítica cambió en poco tiempo. Los centros de importancia económica se trasladaron a la costa atlántica. Decreció la importancia de las ciudades italianas a favor de lugares como Sevilla, Medina del Campo y Amberes. En el siglo XVII, el protagonismo estuvo en manos de Amsterdam y Londres. En el siglo XVIII cobraron mucha importancia la mayoría de los puertos de la fachada atlántica. Sea lo que fuere, el mundo económico dio un cambio brusco, y fueron unos lugares casi completamente nuevos, en cuanto a su importancia económica, los que entonces se erigieron como centros de la actividad financiera y mercantil, con un peso político cada vez mayor.

La política volvió a ser central en las economías atlánticas que se desarrollaron bajo el signo del mercantilismo estatalista. En esos mismos años, las principales potencias europeas consiguieron organizar sus sociedades desde la perspectiva del Estado-nación, una entidad sociopolítica que superó la disgregación de los reinos y particularismos territoriales de la Edad Media, y que se opuso también a los intentos de resucitar el antiguo Imperio Romano. Los Estados-nación parecían ser la entidad ideal para los tiempos modernos, a igual distancia de lo particular que de lo universal. Desde esa entidad intermedia, la política «nacionalizó» las principales fuerzas económicas para intentar una economía dirigida, una política económica que sirviera a los intereses del nuevo Estado. Ello llevó consigo, como es lógico, una pugna con los otros Estados para definir sus territorios, marcar sus límites de influencia, asegurar su identidad.

En una política exclusivista, tendente a un fuerte proteccionismo, donde los recursos existentes ya son conocidos y están explotados, los nuevos recursos necesarios para la expansión tienen que venir de fuera: las posibilidades estaban, como parece lógico, en el Nuevo Mundo aún por explotar. América, sobre todo, se mostró como un continente apto para ofrecer los recursos que Europa necesitaba y el mercantilismo alargó su exclusivismo a los territorios coloniales. El monopolio de las metrópolis sobre sus colonias fue el nuevo dogma. Pero la interrelación siguió, porque cada Estado usó sus productos coloniales para exportarlos a su vecino. En las economías atlánticas cobraron importancia los tráficos entre Europa y América, pero lo que realmente interesaba después era el comercio de reexportación dentro de Europa, la posibilidad de que un Estado europeo ganase dinero a costa de otro, con una balanza de pagos favorable, sobre la base de venderle no sólo sus tradicionales productos manufacturados, sino sus productos coloniales. En estos tráficos es donde residen, fundamentalmente, las fortunas de los comerciantes, entre otras cosas porque su retorno es más rápido. Su crecimiento permitió ofrecer también renovados productos industriales, un proceso que está en la base de lo que luego se llamó la revolución industrial.

En cualquier caso, durante los primeros siglos modernos se dio una prioridad de lo político por la consolidación de los nuevos Estados, lo que provocó un vuelco en la relación de fuerzas. La Edad Media había terminado con una cierta igualdad entre los reinos. Ciertamente, la España de los Reyes Católicos parecía un poder muy fuerte, y lo era, como lo demostró en las guerras de Italia. Pero lo que le dio fuerza a España, además de la fortuna del descubrimiento americano, fue la conjunción de herencias en la persona de su nuevo soberano, Carlos, Duque de Borgoña (o sea, señor de los Países Bajos y de su centralidad mercantil), rey de España en 1516 y emperador de Alemania en 1519. La situación de España era peculiar y comprometida. En lo político, tuvo que defender una postura en parte necesaria, la defensa del patrimonio heredado, atacado por casi todos, y en parte ideal, la defensa de la unidad cristiana, tanto frente a la disgregación de la revuelta protestante, como frente a la amenaza de los turcos. Sólo frente al enemigo común había unidad de la Europa cristiana, y muy tímida, como ocurrió ante el sitio de Viena, en 1529, o en la batalla de Lepanto, en 1571 (20). Ante lo demás, España estaba casi sola. Tenía aliados, pero también demasiados frentes, y la multiplicación de sus problemas le llevó al agotamiento.

Por otro lado, la prioridad de lo político obligó a hacer una política económica sui generis según la cual no se podía ejercer un verdadero proteccionismo. Aumentaron exponencialmente los impuestos y se produjo un drenaje de metales preciosos para realizar pagos en los lugares de los conflictos, siempre fuera de España y con el recurso de financieros no españoles. La división del trabajo que Carlos V impuso en sus dominios dejó a España la parte menos eficaz económicamente. Felipe II no tuvo más remedio que seguir con la situación heredada. Como se decía ya a comienzos del siglo XVII, la única solución a los problemas económicos era la paz (21), pero la paz parecía imposible de conseguir si había de mantenerse tanto el patrimonio como la reputación.

Por así decirlo, España practicó un mercantilismo al revés: los otros Estados, para conseguir su afirmación, necesitaban el apoyo económico y realizaban unas políticas económicas del todo punto necesarias para su subsistencia, para conseguir, en primer lugar, el metal precioso necesario. España, en cambio, ya tenía el metal y podía utilizarlo para su afirmación política. Todos perseguían lo mismo, aunque desde posiciones diferentes. Pero esa política diferente acabó marcando distancias a largo plazo, cuando unos países pusieron a punto una estructura productiva y otros no, porque al principio no la necesitaban y luego les fue difícil cambiar. Desde una nueva estructura productiva, los países luego emergentes pudieron lanzarse a conquistar un mundo que hasta mediados del siglo XVII no controlaban bien.

La paz de Westfalia de 1648 suele interpretarse como un gozne en el que gira la concepción de la historia europea. Hasta entonces se había defendido, sobre todo por España, una política inspirada en la obligatoriedad moral de conseguir unos fines superiores. De ahí, entre otras cosas, la primacía de la defensa de la fe. Desde Westfalia se practicó una política secularizada, dominada por la razón de estado, que trataba de someter a sus dictados a la razón moral. Esta situación se reflejó también en la economía. De una manera definitiva, el mercantilismo pasó a ser dominado por la idea del beneficio mercantil, por la teoría del valor trabajo, que da más importancia a la imperiosidad de las fuerzas productivas rentables. La teoría subjetiva del valor, con lo que implica de defensa del bien común, quedó relegada.

También la conquista de nuevos mundos se realizó desde entonces -con la flexibilidad que se debe aplicar a los cortes cronológicos-, desde una perspectiva menos moral. Si globalización es convergencia, antes de Westfalia se intentó practicar una convergencia moral; más tarde, con el triunfo definitivo de los Estados-nación y sus políticas económicas particularizadas, se crearon diferencias económicas que, a largo plazo, acabaron siendo grandes y obligaron más tarde a una convergencia económica que casi todos los países europeos tuvieron que afrontar para tratar de alcanzar a los que resultaron más adelantados (22).

Así pues, en la Época Moderna la nueva globalización atlántica tuvo dos vertientes claras. Por un lado estaba la |abor de España, que priorizaba objetivos políticos que consideraba como el bien común general, y por otra la realizada desde otros países, que miraban más exclusivamente al beneficio económico (23). Sin desdeñar éste, pero supeditándolo, España se marcó otros objetivos más ambiciosos.

HABLEMOS DE AMÉRICA

Merece la pena ahora detenerse algo en los procesos colonizadores del Nuevo Mundo. En el caso de la colonización española en América se observa cómo en poco tiempo se consiguió crear en América ámbitos de convivencia completamente nuevos, con un nivel cultural y un desarrollo económico igual y a veces superior, al de Europa, como lo demuestra la importancia de ciudades como México, Lima, La Habana, Cartagena... o las varias universidades ya establecidas en el siglo XVI. El mestizaje demuestra hasta qué punto los españoles estaban dispuestos a aceptar a los demás.

A pesar de los defectos y errores, la experiencia de España en América, en su conjunto, ha significado modernidad y progreso en la historia, transformación del mundo, creación de un mundo nuevo. Y esto es así por dos razones: una, porque los gobernantes legislaron con preocupación humanitaria, y otra, porque los colonos llevaron allí lo mejor de sí mismos: iniciativa individual, ganas de trabajar; pero también su fe, su cultura, su sabiduría sobre la organización social. Claro que se cometieron abusos y errores, pero los resultados están a la vista. Por comparación podríamos preguntar ¿dónde están los nativos de la América del Norte? Entre ambos mundos, pues, no hay sólo una diferencia económica. El triunfo económico es relativamente sencillo cuando el objetivo es sencillo. El problema del colono del Norte era sobrevivir y sacar adelante su comunidad con exclusión de unos nativos de difícil trato pero de fácil derrota militar. En el Sur, en cambio, se trató de integrar al nativo en una nueva comunidad, y eso planteó muchos problemas, no sólo la dificultad de impedir los abusos, sino la ralentización de los posibles logros económicos al tener que integrar realidades más complejas y mundos más atrasados económicamente.

Como modelo de globalización, la colonización americana presenta una aparente doble cara: elegir entre el éxito económico y la política humanitaria. Me parece que el dilema es falso, porque el fracaso económico de la América española no es tal. Aparte de las dificultades objetivas del empeño, lo que hay que hacer es comparar los niveles de riqueza alcanzados en los tres siglos de la colonización con los niveles europeos. No parece que aquí el desequilibrio sea excesivo. Si se tienen en cuenta los distintos puntos de partida, sería difícil señalar dónde hay más crecimiento, si en América en lo que va desde la situación neolítica precolombina a las condiciones que observó Humboldt -sorprendido, por ejemplo, por «lo adelantado de la civilización de la Nueva España»(24)-, o en Europa desde 1500 a 1800.

Aunque estemos tentados a suponer que Europa creció siempre más deprisa que otros lugares del mundo, la evidencia al respecto muestra lo contrario. Los ensayos estadísticos nos hablan de que en los siglos XVII y XVIII la renta per capita creció en Europa occidental a un 0.15 por ciento anual, mientras que en América Latina lo hizo a un 0.19 por ciento. En cualquier caso, y si comparamos con otros continentes, «a largo plazo el crecimiento per capita en América Latina fue mucho más lento que en Norteamérica [donde creció más que en Europa], pero mucho más rápido que en Asia o en África»(25). Desde este punto de vista, el desfase se produjo precisamente en el siglo XIX, probablemente no porque estos países fueran explotados, pues también tuvieron crecimiento, sino porque Europa multiplicó el suyo al utilizar nuevas fuentes de energía que le permitieron entrar en unos mercados en crecimiento, tanto territorial como demográfico(26).

En los años coloniales, pues, España volcó su experiencia cultural sobre América y transformó aquellos territorios hasta ponerlos en situación incluso de aspirar a la independencia, como así hicieron. Por otra parte, hay que valorar el retraso producido durante el siglo XIX no sólo como relativo respecto a la mayor eficacia europea, sino por otras razones. En primer lugar, el freno al crecimiento que supusieron los procesos independentistas (27)`, achacables a elevados costes de transacción provocados por procesos de cambio institucional que abarcaron períodos de casi medio siglo; luego, en segundo lugar, por la ineficacia de las políticas autocráticas. En general, podemos decir que se frenó el proceso reformista que los gobernantes españoles habían emprendido en América, un proceso emprendido de manera similar a como se estaba haciendo en la Península, y que en general dio buenos resultados a este lado del Atlántico, donde la reforma institucional y el impulso social consiguieron que España no se retrasara demasiado en un mundo que, al filo de 1800, cambiaba tan deprisa.

DE LA HISTORIA AL PRESENTE: VALORAR EXPERIENCIAS DE GLOBALIZACIÓN Y MIRAR AL FUTURO

Como hemos visto, la globalización económica desde la Antigüedad hasta 1600-1800, aproximadamente, ha supuesto ampliación de mercados y oportunidades para los protagonistas, pero también un esfuerzo civilizador necesario cuando se produce el encuentro entre culturas de muy diferente nivel: quien claramente tiene más debe intentar enseñar a quien tiene menos, sin menospreciar lo bueno que éste pueda tener, sin olvidar lo malo que uno tiene para corregirlo. Es ésta una tendencia natural que plasmó de manera magistral Daniel Defoe en su Robinson Crusoe, en un momento en el que los intereses políticos y económicos se alejaban claramente del ideal.

Es decir, se ha recibido, pero se ha dado; han entrado en contacto culturas con frecuencia enfrentadas políticamente, pero la acción económica no ha supuesto un obstáculo definitivo para ninguna. Abundó más bien la idea del comercio como una cooperación, con sentido de naturalismo realista (la naturaleza ha repartido sus dones de manera desigual y es necesario intercambiar) e incluso de cooperación entre países. Eso llevó durante mucho tiempo a una espontánea especialización, la que todavía observaba Ricardo y a la que llamó la «ventaja relativa» de los países(28). Esta «división internacional del trabajo» fue aplicada también desde el punto de vista del imperio centralista, como ocurrió con el Imperio Romano, o como todavía trató de aplicarla, con menos éxito, Carlos V desde 1519.

El mercantilismo, como práctica económica al servicio del Estado, rompió con esa división natural y puso al Estado en el centro. La diferencia desde entonces radicó en las mayores o menores posibilidades de la iniciativa privada, del individualismo. Allí donde el mercantilismo fue más permisivo con los individuos, el éxito fue mayor. Inglaterra y Holanda, dentro de sus imperios marítimos, no tenían monopolios. El inglés era un sistema cerrado a la penetración desde el exterior, pero abierto en su interior a todos sus súbditos. Los holandeses trataron de mantener un sistema más abierto, pero fracasaron militarmente ante Inglaterra. Los Estados continentales, por su parte, incluyeron monopolios en el interior de sus sistemas, que sólo fueron abriendo, lentamente, cuando las circunstancias les pusieron en evidencia. En esto consiste el reformismo del siglo XVIII en materia económica(29), en la adopción de un mercantilismo con mayor grado de libertad dentro del sistema.

Sea cual fuere el papel del individuo en cada país, el sistema mercantilista puso el Estado en el centro y, por tanto, hizo depender en exceso el éxito económico de la victoria política, pues lo organizaba todo desde la perspectiva de Estados en competencia. El liberalismo no ha superado ese vicio. Si acaso, cambió las fobias tradicionales por otras nuevas: las pugnas dinásticas, o de diferencias religiosas por el poder se convirtieron en pugnas económicas, o ideológicas. El último escenario, ya en el siglo XX, ha sido la defensa de la democracia frente a los regímenes totalitarios de todo signo. Eso ha facilitado la cooperación y la integración económica entre los que se consideraban dentro del mismo bloque.

Mientras tanto, el nacionalismo estatal se fue acentuando en el terreno colonial. El nuevo colonialismo del siglo XIX fue llamado imperialismo en la medida en que los grandes Estados-nación pretendieron desarrollar un Imperio colonial a su servicio, aplicando cuando era deseable una libertad política entre iguales, pero ejerciendo el predominio frente a los inferiores de manera descarada, sin que se aportara un esfuerzo civilizador adecuado. La libertad de los modelos liberales siguió siendo una libertad hacia dentro del sistema, en este caso un sistema que aceptaba a más Estados que trataban de converger con los niveles económicos de los adelantados, como ya se ha dicho(30); pero hacia fuera, esa libertad se aplicó cada vez más políticamente, es decir, selectivamente según los intereses del momento.

No creo que las políticas europeas crearan la pobreza de los países pobres, al menos no hay claras evidencias al respecto(31), pero sí es claro que durante las épocas doradas del imperialismo decimonónico los países europeos sacaron riquezas naturales de muchos países, con el esfuerzo de sus pobladores, a cambio de casi nada. Si en ese momento no potenciaron su pobreza, tampoco favorecieron su desarrollo y pueden haber comprometido parte de su futuro. No parece que el siglo XX haya corregido esas tendencias, más bien lo contrario, si bien los procesos de descolonización han encubierto muchas realidades antes más claras. Desde estas perspectivas imperialistas, el liberalismo es un mito.

Actualmente, la globalización se desarrolla en un mundo muy distinto en el que parece que las barreras institucionales son débiles. Es cierto que las facilidades que ofrece el ciberespacio permiten entrar en los sistemas económicos de los países casi sin obstáculos. Pero ése es precisamente el problema, que se entra de modo no institucionalizado. La libertad es buena, pero hay que entenderla. Libertad significa quitar obstáculos al desarrollo, pero no prescindir de la norma. La institucionalización es necesaria porque el desarrollo debe tener unos objetivos concretos, por más que todo ello deba ser permanentemente actualizado. La ausencia de institucionalización es la arbitrariedad, la ley del más fuerte. El imperialismo decimonónico, y buena parte del siglo XX, se hizo así.

La perspectiva histórica nos muestra cómo, en presencia de un sistema institucionalizado, el desarrollo conjunto siempre ha sido más armónico. Hasta ahora, los cambios importantes en las instituciones internacionales siempre han ido acompañados de conflictos bélicos; lo deseable sería evolucionar hacia modelos de cambio pacífico, pero eso sólo se podrá conseguir si el desarrollo es realmente global, es decir, para todos, porque entre iguales es más fácil conseguir la paz(32), una vez que la idea de competencia exclusiva que antes dominaba parece haber desaparecido.

Pero ese desarrollo sólo se alcanzará si se ayuda a los más pobres. La aplicación de la libertad económica tiene que dejar de ser unilateral, tiene que evitar monopolios, tiene que levantar las barreras institucionales que impiden la creación de auténticos mercados unificados donde todos los protagonistas tengan igualdad de oportunidades. Parece extraño, al respecto, que hoy en día los países industrializados sigan manteniendo políticas proteccionistas que impiden el desarrollo de sectores en los países menos desarrollados, en los que éstos podrían ser competitivos(33). Tal verdadera libertad exigiría, en cualquier caso, unas reglas del juego claras.

Todos los mecanismos económicos están sujetos a «externalidades de red »(34) y cada vez más, en la medida en que más países entran en situación de convergencia. Esto complica las decisiones porque se hace necesaria una negociación colectiva que siempre es lenta; tal ineficacia deja las cosas por hacer y nada cambia. Pero si las decisiones unilaterales del pasado facilitaban la rapidez de las medidas, la necesidad de contar ahora con muchos tiene la ventaja de conocer los problemas reales de casi todos. Es de esperar que la nueva situación internacional favorezca un avance en el planteamiento de las cuestiones económicas.

Hoy en día parece fácil entender la libertad entre iguales, pero sigue siendo difícil darse cuenta de que es necesario ayudar a los países pobres a estar en condiciones de poder ejercer su libertad, es decir, de que tengan los medios necesarios para acceder a los instrumentos económicos que puedan beneficiarles. Obviamente no es sólo tarea de los países ricos, pero éstos también tendrán que cambiar. Es significativo al respecto que haya tenido que suceder la tragedia del 11 de septiembre de 2001 para que se avance en la conciencia internacional frente al terrorismo o frente a la pobreza de algunos países. Todos los procesos de globalización han ido acompañados de cambios en los Estados dominantes, tanto ideológicos como institucionales. Los de los últimos siglos se centraron en el reforzamiento exclusivista del Estado-nación frente a mayores esfuerzos civilizadores fuera. Seguramente, hoy habrá que apostar por una mayor ayuda hacia el exterior, una especie de «mercantilismo al revés» que favorezca al pobre, y por conseguir que el crecimiento inducido venga en mayores porcentajes desde fuera. Occidente será más rico en el futuro si consigue que el Tercer Mundo tenga mucho más que ofrecer y pueda hacerlo.


Notas:

1 Un buen planteamiento general de la cuestión puede verse en Rodríguez-Arana, J. (2001), «Para qué la globalización?», Nuestro Tiempo, n° 565-66, pp. 106 y ss.

2 Savona, P (1993), Il Terzo capitalismo e la societá aperta, Longanesi, Milán, p.186.

3 Ver, por ejemplo, Dahrendorf, R. (2000), «Derechos humanos: ¿Retórica política o realidad jurídica?», Nueva Revista, pp. 84-87.

4 Cfr. Juan Pablo II (1991), CentesimusAnnus, n° 42.

5 Es una cita de J. Browne, Consejero Delegado de British Petroleum, en un artículo de prensa: ABC, Madrid, 17 de noviembre de 2001, p. 3.

6 Son muy ilustrativas al respecto las reflexiones de Llano, A. (2001), «La otra cara de la globalización», Nuestro Tiempo, n° 562, pp. 13 y ss.

7 Moore, K. y Lewis, D. (1999), Birth of the Multinational. 2000 Years ofAncient Business History, Copenhagen Business School Press, Copenague.

8 International Monetary Fund, (1997), World Economic Outlook, Washington, D.C.

9 Aubet, M.A. (1996), The Phoenicians and the West. Politics, Colonies and Trade, Cambridge University Press, Cambridge, p. 35.

10 Moore K. y Lewis D., Op. cit., p. 91.

11 Gille, B. (1978), Histoire des techniques, Gallimard, París, p. 313.

12 Ver los trabajos dedicados a Roma por Bernardi, A. y Finley, M.I. (1973), en C.M. Cipolla y otros, La decadencia económica de los imperios, Alianza Universidad, Madrid, pp. 2792 y 93-100, respectivamente.

13 Una interesante y síntetica historia puede verse en Díaz Trechuelo, L. (2001), Filipinas. La gran desconocida (1565-1898), Eunsa, Pamplona.

14 Una visión de «la reconstrucción en todos los sentidos» en López, R. S.(1965), El nacimiento de Europa. Siglos V -XIV, Labor, Barcelona, pp. 115 y SS.

15 Suárez Fernández, L. (1969), Historia social y económica de la Edad Media europea, Espasa-Calpe, Madrid, p. 262.

16 Contamine, Ph. y otros, (1997), L Économie médiévale, Armand Colin, París, p. 251.

17 Meyer, J. (1981), Les capitalismes, PU.E, París, p. 57.

18 «Por economía-mundo... entiendo la economía de sólo una porción de nuestro planeta, en la medida en que ésta forma un todo económico». Braudel, F. (1985), La dinámica del capitalismo, Alianza, Madrid, p. 93.

19 Pérez-Embid, R (1948), Los descubrimientos en elAtlántico y la rivalidad castellano portuguesa hasta el Tratado de Tordesillas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla.

20 Una síntesis reciente sobre Carlos V en Salvador Estaban, E. (2001), Carlos h Emperador de Imperios, Eunsa, Pamplona.

21 Echevarría Bacigalupe, M. A. (1995), Alberto Struzzi. Un precursor barroco del capitalismo liberal, Leuven University Press, Lovaina, pp. 67, 7071.

22 La convergencia y su estudio en el siglo XIX es el tema del interesante trabajo de O"Rourke, K.H. y Williamson. J. G. (1999), Globalization and History. The Evolution o fa Nineteenth-Centuryfltlantic Economy,The M.I.T. Press, Cambridge, Mass.

23 Davies, K. G. (1989), «Europa en ultramar» en Cobban, A. (dir.), El siglo XVIII, vol. 9, Alianza/Labor, Madrid, pp.192-93.

24 Puig-Sampe r, M. A. (2000), «Alejandro de Humboldt en el mundo hispánico: las polémicas abiertas», Debate y Perspectivas, n° 1, p. 22.

25 Maddison, A. (2001), The World Economy. fl Millennial Perspectiva, OCDE, París, pp. 45-46.

26 Una conclusión similar con respecto achina en Pomeranz, K. (2000), The Great Divergente: China, Europa and the Making of the Modern World Economy, Princeton University Press, Princeton.

27 Es el argumento principal de los trabajos recogidos en Prados de la Escosura, L. y Amaral, S. (eds.) (1993), La independencia americana: consecuencias económicas, Alianza Universidad, Madrid.

28 Cfr. Martínez Echevarría, M. A. (1996), °Competitividad en una economía global", Situación, n° 3, p. 29.

29 Ver González Enciso, A. (2000), «La política industrial en el siglo XVIII», en Ribot García, L. A. y De Rosa, L. (dirs.), Pensamiento y política económica en la Época Moderna, Actas, Madrid, pp.137-172.

30 Ver el trabajo de O"Rourke y Williamson citado en nota 22.

31 Toribio, J. J. (2001), Globalización, desarrollo y pobreza, Lección inaugural del curso académico 2001-2002, Universidad de Navarra, Pamplona, p.19.

32 Pablo VI (1967), «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz», Populorum Progressio, n° 76. Es muy ilustrativo releer esta encíclica a la luz de los acontecimientos de hoy.

33 Cfr. Toribio, J. J. (2001), p. 36.

34 Eichengreen, B. (2000), La globalización del capital. Historia del Sistema Monetario Internacional, Antoni Bosch, Barcelona, pp. 7-8.

 

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06/07/2005 ir arriba
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