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LA CLEPTOCRACIA (Ignacio Sánchez Cámara) |
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LA CLEPTOCRACIA |
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ENTRE los tipos de formas de gobierno, y a la vista de experiencias recientes y lejanas, tal vez habría que incluir una nueva, la cleptocracia, el gobierno de los ladrones.
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Cleptocracia
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA
En ABC digital, 16.11.2002
ENTRE los tipos de formas de gobierno, y a la vista de experiencias recientes y lejanas, tal vez habría que incluir una nueva, la cleptocracia, el gobierno de los ladrones. En realidad, las tipologías clásicas ya incluían a la oligarquía, forma de gobierno caracterizada por el poder ilegítimo de una minoría, que terminaba por enriquecerse y sustentaba su dominio sobre la riqueza. Pero su etimología -gobierno de los pocos- es acaso demasiado benigna, incluso aunque se oponga a la forma legítima, y también minoritaria, de la aristocracia. Aunque tampoco resulta acertado identificar o relacionar esencialmente el afán de poder o mando con el apetito de riquezas.
No han faltado gobiernos que, en lugar de buscar la justicia y el bienestar de los ciudadanos, se dedican a saquearlos. Es el Estado depredador. Pero por muchas formalidades que revista su delincuencia con apariencia legal, una cleptocracia, un gobierno que sume a más de la mitad de sus ciudadanos por debajo del umbral de la miseria, no puede ser una democracia, ni gobernar una sociedad liberal, ni asumir un sistema capitalista. En ocasiones, la justa denuncia de la tropelía política se degrada mediante la perversión del diagnóstico y de las terapias propuestas. La debida indignación ante la miseria y la explotación es pura cuestión de honradez y de criterio moral. La atribución de ellas a una ideología, teoría o sistema social es sólo una opción intelectual que puede ser más o menos certera o equivocada. El robo es un delito, no una ideología. Otra cosa es que también existan ideologías políticamente criminógenas, pero entre ellas no se encuentra, desde luego, la democracia liberal. Las tendencias cleptocráticas son más propias de los Estados intervencionistas que de los liberales.
En las sociedades cleptocráticas, lo primero que habría que ensayar es la recuperación de la democracia liberal que, sin duda, habrá sido alterada o vulnerada. Ser libre no puede consistir en elegir al amo, aunque éste sea el pueblo o la mayoría de él, sino en no tenerlo. Pero tampoco puede consistir en elegir periódicamente al saqueador. No hay un bandidaje democrático. Una democracia puede soportar hasta altas dosis de corrupción, mientras no se convierta en un sistema cleptocrático. Los abusos son, hasta cierto punto, asumibles y cabe luchar contra ellos; los usos imperan. Cuando la corrupción deja de consistir en abusos para convertirse en uso, la democracia, si es que existía, degenera en cleptocracia.
Pero además convendrá no cargar el latrocinio en las cuentas inocentes del liberalismo y del capitalismo, pues no existe, entre la noble nómina de las libertades, algo así como una libertad de saqueo, ni hay capitalismo sin transparencia, libertades, imperio de la ley y garantía de los derechos de las personas. El latrocinio como «forma de gobierno» no es imputable al capitalismo sino que es incompatible con él. Se puede acaso robar en el nombre o bajo la coartada de una ideología, pero ésta será si acaso eso, la coartada, nunca la culpable, al menos la directa.
Por mi parte, cuando contemplo la miseria de las sociedades, nunca tiendo a proyectar la denuncia moral sobre las estructuras sociales y los sistemas ideológicos, aunque quepa hacer acepciones radicales entre ellas por razones de justicia, sino sobre las personas concretas que, teniendo las responsabilidades de gobierno, sumen a la mayoría de sus ciudadanos en la miseria y en la ignorancia. Aunque después sea forzoso reconocer que nunca se trata en estos casos de democracias liberales. Estigmatizar a la democracia liberal y al capitalismo por razones de justicia es tanto como convertir al libertador en reo. El mejor remedio contra la cleptocracia es la democracia liberal, que incluye necesariamente en su seno al capitalismo. Los enemigos de la cleptocracia que lo son también de la democracia liberal yerran en el objetivo de su justa denuncia, en el diagnóstico y en la terapia.
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