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EL POLÍTICO Y LA MORAL (Antonio Orozco Delclós) |
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Documento sin título
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EL POLÍTICO Y LA MORAL |
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Antigua conversación con el profesor Álvaro D"Ors , figura reconocida en el mundo jurídico internacional, recientemente fallecido, como homenaje –inevitablemente modesto- al egregio universitario y gran persona que fue.
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CONVERSACIÓN CON EL PROFESOR ALVARO D"ORS
Por Antonio Orozco-Delclós
Antigua conversación con el profesor Álvaro D"Ors, figura reconocida en el mundo jurídico internacional, recientemente fallecido, como homenaje – inevitablemente modesto- al egregio universitario y gran persona que fue.
El pasado día 1 de febrero falleció, en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, Álvaro D"Ors, catedrático de Derecho Romano y profesor honorario de aquella Universidad, a los 88 años. Era una figura reconocida en el mundo jurídico internacional. Sus servicios como universitario fueron oficialmente reconocidos con el Premio Nacional de Investigación (1972); la Cruz de Alfonso X el Sabio al mérito docente (1974), la Medalla de Oro de la Universidad de Navarra (1990), el Premio de Humanidades y Ciencias Sociales de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza (1996); la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort (1998) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1999). Se puede encontrar una breve semblanza en Noticias . Era un pensador independiente cuyas interpretaciones de la Historia y del Derecho resultan a veces y a primera vista sorprendentes, pero siempre interesan, sugieren, abren horizontes, por ser hondamente ponderadas desde una importante conciencia jurídica y una perspectiva personal congruente.
En 1987 tuve el placer de conversar con el profesor Alvaro D"Ors, para ESCRITOS ARVO. Para mi sorpresa, y prueba de su magnanimidad, se interesó por aquella pequeña publicación impresa hasta el punto de parecerle «excelente». Más que sus concretas opiniones políticas, me interesaba su saber ético acerca de la conducta política y me brindó ocasión oportuna la reciente publicación de su libro "La violencia y el orden" , que es, me dijo, «un ajuste de ideas expresadas en otras muchas ocasiones; un ajuste sobre todo en la parte central, que es, me parece, la más importante». Charlamos sobre la necesidad de mostrar la armonía que debe haber y hay entre la verdad revelada por Dios y la verdad descubierta por la humana razón. Así ha de ser, puesto que Dios es principio de toda verdad y no puede contradecirse en modo alguno. Dejo paso ahora a la trascripción de la parte de aquella conversación que publiqué en septiembre de 1987, cuando aún el muro de Berlín permanecía en pie. No corregiré nada. El lector inteligente sabrá comprender los límites de espacio y las circunstancias en que nos movíamos. Quizá este recuerdo pueda servir como pequeño homenaje a la egregia figura del magnánimo maestro que ha sabido enseñar a pensar -profunda, honesta y libremente- a centenares de amigos, colegas y discípulos que sienten ahora hondamente su «despedida». Tal vez podamos también ahora obtener alguna luz de las siguientes líneas.
DIVORCIO ENTRE FE Y CONDUCTA
-A menudo nos topamos todavía con un montaje de siglos, realizado por ciertos científicos y filósofos deslumbrados por las luces de la razón, que con escasez de fe o de ciencia, o de ambas cosas a la vez, han ido creando un falso antagonismo entre razón y fe, entre fe y conducta, entre lo temporal y lo eterno, entre lo contingente y lo necesario. La confusión se traduce en la vida práctica de muchos creyentes de tal modo que viven en sus actividades familiares y públicas profesionales, políticas, artísticas, etcétera, en lamentable divorcio con lo que saben mediante la fe, sin sentirse quizá demasiado incómodos. ¿Cómo se ha llegado a esta situación, concretamente en Occidente, cuyas raíces cristianas habrían de haber dado frutos bien diversos?
A. D"ORS. Tendríamos que remontarnos, por lo menos, a los albores de la Edad Moderna. Como usted sabe, en la Edad Media los principales centros de cultura -Chartres, las universidades de París, y otras- fueron primordialmente clericales (es un hecho que las ciencias, las letras, las artes, fueron entonces conservadas y cultivadas casi exclusivamente por los clérigos). La armonía entre fe y ciencia no ofrecía ninguna duda. El Renacimiento, en cambio, que nimba la explosión del mundo moderno, fue indiscutiblemente un progreso laical de la cultura, aunque muchas de sus figuras más relevantes siguieran siendo, a su modo, clérigos. Aquella progresiva desclericalización intelectual del mundo fue un hecho muy natural y aceptable. Pero en los siglos XVII y XVIII, se promocionó un tipo intelectual declaradamente anticlerical que ha venido sobreviviendo, con presunción creciente, hasta nuestros días. Se fue creando un clima en el que si el cristiano pretende alguna reputación intelectual, se cree obligado a dar de lado su fe. Como el progreso de las ciencias naturales primero, y luego el de las tecnologías, parecían regirse por leyes propias, ajenas a los presupuestos de la fe, se fue afianzando la idea de «autonomía de lo temporal», que ha sido una de las más equívocas, de más graves consecuencias para el mundo moderno, y que más ha deteriorado la Moral contemporánea.
AUTONOMÍA, NO INDEPENDENCIA
- Este es un punto grave que vale la pena esclarecer, porque el Magisterio de la Iglesia afirma también una cierta «autonomía del orden temporal» , por ejemplo, en el número 36 de la Constitución Gaudium et spes , del Concilio Vaticano II.
D"ORS . En efecto, pero en el mismo lugar advierte que «autonomía» no se debe confundir con «independencia». Autonomía no significa «desvinculación», que es como suele interpretarse la autonomía. Así la interpretó, por cierto, Maquiavelo todavía en el último medioevo , que fue un precursor, o más bien un restaurador neopagano, de esa desvinculación. Es obvio que actos inmorales por parte de los gobernantes, siempre los hubo en la Historia. La novedad modernizante consistió en convertir el abuso en un principio general de la teoría política.
-O sea que, para Maquiavelo, como para tantos políticos y gobernantes actuales, es lícito por principio todo aquello, sea moralmente bueno o malo, que resulte útil o necesario para alcanzar o conservar el poder, ¿no es así?
D"ORS . Así es; y de este modo se dio un paso decisivo para la afirmación, más amplia, de la «autonomía de lo temporal», no ya en el sentido de que la investigación científica o el quehacer técnico o artístico se rijan por leyes ajenas a las teológicas, sino en el sentido de que la conducta personal no tenía por qué regirse por los principios universales de la Moral cristiana. Ese mismo concepto de «autonomía de lo político» es el que ha llevado modernamente, dentro del ambiente democrático, a que los ciudadanos prescindan de las miras morales a la hora de emitir su voto. Algunos, incluso, se profesan cristianos y optan sin embargo por un partido anticristiano, y aunque no sea conscientemente justifican su inconsecuencia moral por el consabido principio de «la autonomía de lo temporal». Otras veces se intenta justificar la inconsecuencia con el subterfugio casuístico de la política del «mal menor». Y finalmente, en ocasiones, el error llega hasta admitir sin paliativos que la conciencia del cristiano se encuentra plenamente libre para votar directamente a favor del mal mayor, como si no fuera el peor mal ir contra la Voluntad de Dios y en perjuicio de la vida de la Iglesia.
- Aquí se nos presenta el problema de la relación entre fines y medios. ¿Es lícito hacer un mal para conseguir un bien? San Pablo dice que no, pero ¿por qué? ¿Cómo entiende usted la relación entre el fin y los medios? ¿No es verdad que el fin justifique los medios?
D"ORS .- Si no me equivoco, lo de que «el fin justifica los medios» es cosa muy cierta, pero no debe entenderse, como se hace vulgarmente, en el sentido de que, si el fin parece bueno para algunos, aunque no lo sea , vale servirse de cualquier medio para conseguirlo. Esto equivale a prescindir de la Moral. Por el contrario, aquel principio ha de entenderse en un sentido mucho más racional y objetivo, que es el siguiente: los medios siempre lícitos deben ser adecuados al fin, que ha de ser también siempre lícito. Es decir, es verdad que lo que da razón de bondad a los medios es el fin (su causa final). Por ejemplo, si tengo que escribir un folio, este fin justifica que use de papel y pluma, pero estos medios no quedarían «justificados» si mi fin fuera barrer una sala, que es también un buen fin, desde luego. Que ese principio racional, más que estrictamente moral , se desajuste en el uso corriente, se debe al gusto popular por envilecer las cosas. Es algo parecido a lo que ocurre con el habla vulgar cuando elige la palabra «casa», que quería decir «choza»; o la palabra «caballus», que significaba el caballo de poco valor, etcétera.
- Habrá que restaurar, pues, el principio de la «justa autonomía» del orden temporal, con vistas a una conducta política moralmente correcta. ¿Cómo podrá hacerse?
El profesor D"Ors recuerda ahora la antigua distinción que establecieron griegos y latinos entre «hacer técnico» (poiein , en griego; facere , en latín), y «hacer práctico» ( agere , en latín, y prattein , en griego, de donde viene «práctica»).
D"ORS . Es claro que el hacer técnico ( facere ), en sí mismo, tiene su propia autonomía. Por ejemplo, hacer una mesa (o un cuadro, o una operación quirúrgica) requiere la observancia de unas reglas técnicas verdaderamente autónomas respecto a la Moral: la Moral nada tiene que decir sobre cómo ha de construirse una mesa, para que resulte una buena mesa; o cómo ha de curarse un dolor de cabeza o hacer un trasplante de riñón. En cambio, el «hacer práctico» ( agere ), el hacer en cuanto que es un acontecimiento íntimo, de la persona independientemente considerado del resultado material externo (que sería por ejemplo, una mesa más o menos perfecta) , no puede esquivar en ningún caso el juicio moral . Por ejemplo, basta que la mesa se construya en domingo, para que no la mesa sino la conducta del carpintero quede bajo el reproche de la moral.
Por cierto, que el texto conciliar al que antes nos referíamos, alude también al Arte, y puede ser igualmente mal entendido. Porque es verdad que el arte tiene sus reglas técnicas, conforme a las cuales debe ser juzgada la obra de arte. Pero no podemos olvidar que toda obra de arte es también expresión y ocasión de conductas, que deben ser juzgadas conforme a la ley moral. Se puede juzgar moralmente al artista por la intención de su obra técnica; y no sólo a él el autor sino también a todo el que de algún modo hace uso de ella: al que la exhibe, la difunde, la alaba, la contempla, etcétera. De ahí que no pueda decirse que el Arte sea ajeno a la Moral: al ser cosa humana e implicar una conducta, no puede escapar al juicio moral. La autonomía, pues, es sólo relativa, y así sucede con todo lo temporal.
¿EL POLÍTICO ESTÁ CONDENADO A MENTIR?
- Volvamos, pues, al agere del político. En otro contexto, Goethe decía que «ser hombre significa aprender a ser injusto». Parece que solo así se puede sobrevivir en la jungla de asfalto. Por su parte, Tierno Galván aseguraba que las mentiras en campaña electoral no son mentiras o cosa censurable, sino legítima (que ya se sabe que se prometen cosas para no cumplirlas). ¿Está condenado el buen político a ser un mentiroso?
D"ORS . Como antes le decía, siempre se ha tendido a pensar que, en la lucha por alcanzar y retener el poder, todo resulta lícito. Esta actitud tiene un cierto apoyo en aquella antigua idea del "dolus bonus" , es decir, de que es lícito engañar al enemigo. No puede negarse que en la guerra, del mismo modo que es lícito matar al enemigo, también es lícito engañarle, y esto pertenece a la táctica militar como uno de sus naturales recursos. Pero si esta justa excepción del derecho de guerra se ha extendido a la vida política, e incluso a la económica, esto se debe a que la vida política ha quedado polemizada, y este giro es muy propio del Estado como nueva forma de organización del poder introducida por la Reforma protestante. De ahí aquello de Clausewitz de que la guerra y la política son lo mismo aunque cambien los medios de combate. Y lo de Carl Schmitt, de que la esencia de lo político está en la discriminación del enemigo. Por cierto que la idea de competitividad, tan de moda hoy, también se ha introducido en la vida económica y, lamentablemente, la ha polemizado. Por lo demás, Tierno Galván, al que yo conocí hace muchos años, nada tenía de político, sino que era un simple sofista que afirmaba la necesidad de la mentira del mismo modo que decía que el terrorismo es el precio de la democracia.
(- Llegamos al punto álgido de nuestra conversación. Es necesario restablecer la Moral en el mundo de la política y de las finanzas. Pero ¿cómo realizar tan importante operación? Me parece que la cuestión es equivalente a la que se plantea Joseph Pieper en su obra sobre "La justicia", como la más urgente de todas: «la de saber cómo será posible volver a implantar en el mundo un poder auténtico», es decir, verdaderamente justo, por ejercerse de una manera éticamente correcta. Debe haber una respuesta, porque Dios quiere y por tanto, se puede santificar el mundo, con todas las estructuras temporales, y desde dentro, desde su misma entraña. La respuesta del profesor D"Ors es la siguiente:)
D"ORS . ¿Cómo podemos restablecer la Moral en la vida pública y en la vida económica? Sólo despolitizando, es decir, despolemizando la vida pública y la económica podemos restablecer en ellas la Moral. El mal es de raíz. Es claro que un gobernante no debe mentir, pero si es político , difícilmente podrá dejar de hacerlo: hay que empezar, pues, por despolitizarlo , para reconducirlo luego a la Moral común y única. Los principios morales que afectan a la conducta privada de las personas, no dejan de ser aplicables a la conducta política. No mentir, no matar, no robar, no hurtar, no escandalizar, etcétera, todos estos preceptos de la Moral personal no dejan de ser aplicables a la acción política. Y lo mismo ocurre con el hombre de negocios que trata de hundir a sus rivales: hay que empezar por quitarle la idea de competitividad de su cabeza. En otros términos, para restablecer la Moral, hay que prescindir antes del Estado y de la economía capitalista. Esto equivale a decir que hay que clausurar la Edad Moderna establecida por el Protestantismo (pues la «modernidad» o «modernismo» es esencialmente protestante).
COMUNISMO Y CONSUMISMO
Por otra parte, en el fondo, el Comunismo nace, en el seno de una sociedad cristiana, como una nueva herejía, como una subherejía del Protestantismo. El Comunismo no ha hecho más que trasladar el principio capitalista de la competitividad al nivel interestatal, una vez expropiadas las personas como resultado de la lucha de clases. Y el error fundamental del Consumismo capitalista es precisamente el propio de la Economía moderna: su carácter crematístico, porque se concibe como ciencia del incesante enriquecimiento, y no, como debiera ser, de la recta administración de los bienes, y, consecuentemente, de la limitación natural de estos bienes. La expresión más censurable de la economía capitalista es precisamente la de concebir la empresa como instrumento técnico de enriquecimiento y no como forma humana de cooperación laboral. En fin, hay que volver del revés la Economía capitalista, pero parece que los economistas cristianos carecen de imaginación para soltar amarras.
- Usted tiene una idea particular sobre la mayor o menor aptitud de transformación en un orden cristiano que puedan poseer las sociedades del Este y del Oeste.
D"ORS . Tengo mis reservas frente a aquellos que, ante el conflicto Este Oeste, toman partido por el Oeste y prefieren el Consumismo al Comunismo. Esta opción, corriente en España como en todo el Occidente, es explicable, pero no sé si es del todo acertada; en todo caso, estamos de nuevo en el error de la política del «mal menor». Es evidente que en el hemisferio del Consumismo la vida es más llevadera, y no deja de haber aquí un cierto aire de libertad, aunque las elecciones suelen estar muy condicionadas por la seducción de masas, que ha alcanzado una perfección técnica irresistible. Esta apariencia de libertad falta en el hemisferio comunista. Pero no es menos cierto que el deterioro humano del Consumismo, al ser más placentero e insensible, resulta por ello mismo mucho más letal que la brutal disciplina del Comunismo. Este, por lo menos, puede hacer mártires, en tanto que el Consumismo crea vacío, ansiedad y perversión.
Hay todavía una ventaja del Este que no suele tenerse en cuenta, pero que me parece muy importante: el Este no sufrió la corrupción de la modernidad, de suerte que, bajo la lava marxista que hoy lo domina y le da carácter, se esconde todavía un cristianismo, aunque pueda ser cismático, menos contaminado que el del Oeste, menos corrompido por los falsos principios que hemos comentado. Si algún día esa lava marxista pudiera ser eliminada, quizá sería del Este de donde otra vez habría que esperar la luz: ex Oriente lux!
La limitación del espacio nos obliga a poner aquí punto final. Siempre resulta dolorosa la mutilación de un discurso inteligente sobre asuntos de gran envergadura. Asalta el temor de haber sacrificado fundamentos y matices necesarios. Por fortuna contamos con la obra escrita del profesor D"Ors para ahondar en las raíces de su pensamiento. En todo caso, las ideas aquí apuntadas pueden ayudar a plantearnos o replantearnos- cuestiones insoslayables para cualquier persona responsable; especialmente importantes para los cristianos, quienes, por vocación divina, han de santificar todas las estructuras temporales, también las políticas, sacrificando si fuera menester una presunta eficacia inmediata de la acción, a más altos valores, como la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, así como el respeto y lealtad que la persona misma merece. De la mentira y la trapacería, como del soborno y el homicidio, jamás podrá proceder un orden social justo, por la sencilla y muy poderosa razón de que nadie puede dar lo que no tiene. " Es claro dice el profesor D"Ors que los hombres seguiremos siendo pecadores; lo importante es que no nos conformemos con el pecado como algo normal ". Importante es poner todo el ingenio a nuestra disposición al servicio de la verdad, fundamento necesario y parte no pequeña del bien común.
A.O.D.
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