Por Carlos Soler
(*)
Luis
Miguel Dominguín, el gran torero
descreído y vividor, era buen
amigo de Gregorio López Bravo,
el ministro de Franco de
profundas convicciones
religiosas. Tras la trágica
muerte de López Bravo en un
accidente de aviación, Dominguín
publicó un breve artículo con
este significativo título: “El
amigo que yo más he querido”.
Cuenta algo que él solía decir
con frecuencia a Gregorio:
“Mira, con todo lo que tú rezas,
pero con todas esas cosas que te
ves obligado a hacer
políticamente que no debieras
hacer, pero que tienes que hacer
por h o por b, te digo Gregorio,
que si hay cielo, yo voy a ir
antes que tú”.
Pienso que estas palabras de
Luis Miguel reflejan una idea
bastante extendida: la de que el
gobernante no tiene más remedio
que acabar actuando contra su
conciencia; y, a la postre, se
convierte en un hombre sin
conciencia. Todos hemos oído
alguna vez que “el poder
corrompe”. Incluso se intenta
justificar teóricamente esta
“necesidad” aberrante de actuar
contra conciencia, diciendo que
“bussines are bussines” y
“politics are politics”: la
teoría de la doble moral; o sea,
que aquellas cosas que me
obligan en mi vida privada no me
obligan cuando estoy en los
negocios o ejerciendo un cargo
público.
Pero, ¿es verdad esto?. ¿Es
necesario ser un hombre sin
escrúpulos para actuar en
política? Ahora hace un año la
Congregación para la Doctrina de
la Fe ha publicado un documento
que lo niega (NOTA DOCTRINAL
Sobre algunas cuestiones
relativas al compromiso y la
conducta de los católicos en la
vida política, 24 de noviembre
de 2002). Es la conocida nota
sobre los católicos en la
política. En ella recuerda que
en política, como en cualquier
otra tarea, se puede ser un
hombre de conciencia. Y lo
recuerda más que con teorías,
con los hechos: comienza
trayéndonos a la memoria los
muchísimos hombres que han
ejercitado la labor de gobierno
como un servicio honrado. Aunque
sólo fuera por esto, la nota ya
merecería nuestro
agradecimiento: es una ventana
que se abre para que entre aire
fresco, para que venga un rayo
de luz en un cuarto oscuro: sí,
la política es una actividad
noble, que pide ser ejercida con
honradez, no con perfidia. Estoy
seguro de que Dominguín se
equivocaba, y de que su amigo
López Bravo era un hombre de
conciencia en su tarea política,
como tantos otros.
Hacia 1960, Kennedy estaba
preocupado con las repercusiones
que podía tener su condición de
católico sobre su campaña
electoral. Concedió una
entrevista a Fletcher Knebel,
corresponsal de la revista
“Look” abordando el tema. En
ella decía que “para el que
ostenta un cargo público su
juramento de defender la
Constitución y todas sus partes
tiene precedencia sobre todo lo
demás, cualquiera que sea su
religión en su vida privada”.
Estas palabras hicieron correr
ríos de tinta, a favor y en
contra. Dan la impresión de que
los deberes del cargo público
son el valor absoluto, al que ha
de someterse todo lo demás. Si
el futuro presidente quiso decir
esto, se equivocaba: el absoluto
es la conciencia, la conciencia
que busca la verdad sobre el
hombre y procura atenerse a
ella. Viene a la memoria una
escena de “A man for all seasons”,
esa gran película de Zinnemann
que recoge la obra de teatro de
Robert Bolt y que ganó seis
Oscars en el 66. Wolsey reprocha
a Tomás Moro que anteponga su
conciencia a lo que él (Wolsey)
estimaba graves intereses de
Estado en relación con el Rey
Enrique VIII y Ana Bolena. Moro
responde: “Es fácil. Creo que
cuando los hombres de Estado se
olvidan de su propia conciencia
y anteponen sus deberes públicos
conducen a su patria por el
camino más corto hacia el caos”.
Es decir, en realidad no hay
oposición real entre el bien
moral y los intereses del
Estado, sino que éstos están
bien cubiertos cuando los
políticos se guían por el bien
tal como lo conocen en
conciencia. No se trata de hacer
el bien a costa de los intereses
de la patria (“fiat bonum et
pereat mundus”), sino que la
patria nunca está mejor servida
que cuando se busca el bien.
Bien moral y bien común
coinciden.
La nota de la Congregación
vaticana recuerda todo esto, y
da algunas orientaciones sobre
cómo gobernar con conciencia. En
mi opinión es muy importante, y
merece ser leída por todos con
la máxima atención. Merecerá
estudios detenidos; intento
ahora una primera presentación
para el público general. Tal
presentación no pretende suplir
sino alentar una imprescindible
lectura directa del texto, que
se puede encontrar fácilmente en
la página web del Vaticano (www.vatican.va).
Ciertamente, la nota no pretende
abarcar todos los temas de la
cuestión, e incluso se diría que
tiene un cierto aire de
provisionalidad, que está
pidiendo un documento más largo
y detallado.
El documento apoya la democracia
y la autonomía de la política.
Al mismo tiempo, subraya que
esta autonomía no significa
amoralidad de lo político, sino
libertad respecto a otras
esferas, entre ellas la
eclesiástica. También se afirma
repetidamente la libertad de los
fieles cristianos en lo
temporal, y la legítima
pluralidad de sus opciones
políticas.
El problema teorético más
difícil que aborda la nota es la
pretensión de que el relativismo
ético (la tesis de que no existe
una norma moral universal e
inderogable) sea la condición de
posibilidad de la democracia.
Frente a esta pretensión se
afirma que la democracia, para
no degenerar en totalitarismo,
necesita fundamentos verdaderos
y sólidos, principios éticos no
negociables. Recuerda
principalmente al respecto el
principio de la intangibilidad
de la vida humana (no se puede
matar), y concreta que un
católico no puede apoyar con su
voto proyectos que lo
contradigan.
Una lectura superficial del
texto podría hacer pensar que su
centro está en una serie de
cosas que no puede hacer un
político católico (votar a favor
del aborto, etc.). En mi opinión
el centro está en que se puede y
se debe servir realmente al bien
común con la política. Y, si de
veras se quiere servir a ese
bien común, es necesario buscar
la verdad sobre el hombre, y
respetar las exigencias éticas
inderogables de esa verdad sobre
el hombre. Junto a eso, me
parece muy importante el mensaje
de aliento que antes mencionaba:
no es imposible trabajar hoy en
política y ser al mismo tiempo
un cristiano coherente, una
persona coherente que se propone
seriamente actuar siempre
buscando el bien. Habrá que
buscar las vías con imaginación,
con inteligencia despierta, con
iniciativa y creatividad. A
veces puede resultar difícil,
pueden plantearse problemas
espinosos, de no fácil
respuesta. Pero, al final,
siempre se podrá ser un político
eficaz y un cristiano coherente:
no es cierto que el político sea
necesariamente un ser
corrompido.
En la actual situación bélica,
cientos de miles de hombres,
seres humanos concretos,
singulares e insustituibles,
pueden perder la vida o resultar
gravemente dañadas; las claras y
hermosas palabras de la nota
sobre la persona como eje de la
actividad política a todos los
niveles invitan a hacer
prioritario el servicio a la paz
y pueden así ayudar a forjar un
criterio de actuación.
El hombre es uno. El político y
el creyente son una misma
persona. Y esta persona debe
actuar con coherencia, con
autenticidad. No puede llevar
una doble vida, dividirse en
dos: uno cuando cree y otro
cuando gobierna. La unidad es
condición de vida; la escisión
mata.
(*) Carlos Soler es Profesor de
la Facultad de Derecho Canónico
de la Universidad de Navarra