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EL DESAFÍO CULTURAL DE LA GLOB (Rafael Alvira)

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EL DESAFÍO CULTURAL DE LA GLOBALIZACIÓN

La cultura está en la raíz de todos los cambios sociales, incluida la globalización. Frente al materialismo imperante y la realidad global, habrá que construir una nueva cultura que nos permita reencontrar los valores humanos fundamentales y cultivar nuestra identidad personal y colectiva. La solución no está en el retorno al pasado.

Por Rafael Alvira (*)


Estrictamente, la cultura no ocupa un tercer lugar junto a la política y la economía —ya que, por supuesto, ambas forman parte de ella—, sin embargo, esta evidencia se encuentra hoy oscurecida por la influencia del lenguaje de los medios de comunicación y por la acción política misma. En este sentido, periódicos, radio y televisión dedican espacios a la «cultura», y en muchos países existe un ministerio de cultura que se ocupa del mundo del arte, la literatura, la lengua, la historiografía o la arqueología.

El fenómeno de la globalización, considerado en primer lugar como un proceso económico, debe suscitar necesariamente una cierta globalización legislativa y política. Por otro lado, la globalización provocará cambios quizá dramáticos en la «cultura» —en términos político-mediaticos— de las diversas sociedades, ya que se trata de un fenómeno cultural en sí, en el sentido profundo del término. La aparición de un nuevo espíritu y de una nueva cultura serán, por tanto, los verdaderos «culpables» de todos los cambios.

EL ALMA DE LA CULTURA

La novedad radical de la globalización es de orden material más que formal, si por material se entiende «corporal» y por formal, «lo relativo al alma». Todo lo referente al hombre implica alma y cuerpo. El alma de la cultura y, por tanto, de cada cultura, se encuentra en el amor y en la captación de lo universal.

Como consecuencia, la degradación de la cultura procede de la transformación del amor en interés egoísta o en odio, y de la universalidad en pura particularidad. El cuerpo de la cultura se sitúa siempre en un cuadro espacio-temporal y en el conjunto de las circunstancias múltiples que lo acompañan.

Para Luis de Bonald, cada palabra del lenguaje humano posee un alma —el concepto— y un cuerpo —el fonema o signo escrito—. Se puede comprender la cultura según ese mismo esquema, puesto que la lengua es el corazón de la cultura. Hay tantas lenguas y «culturas» como «cuerpos» diferentes.

Con todo, como señalaba este autor, todas las lenguas son esencialmente traducibles, lo que manifiesta la presencia de un intelecto único y universal que no suprime los matices propios de cada una de ellas, en cierta medida insuperables, pues son una prueba de la estética de lo corporal.

La actual mundialización se presenta como un fenómeno ambiguo. En efecto, la civilización informática, telemática, nos provee de medios de comunicación extremadamente rápidos. Ofrece una investigación científica cada vez más unificada y en red, una lengua universal sin fronteras —el inglés— e instituciones de carácter universal.

Pero toda esta civilización tiene, contrario a lo que había sucedido hasta ahora, una cultura con un «cuerpo» universal y con un alma «particular», un «cuerpo» amado y un «alma» despreciada. Estamos ante una civilización instrumental, hipotética, utilitarista, en la que los fines particulares son más importantes que el bien y, consecuentemente, los medios más importantes que el fin.

ESPIRITUALMENTE DEFICITARIOS

Ese déficit de amor se observa en la superficialidad y dispersión tan extendidas en la sociedad actual, en el individualismo radical, en la pérdida del sentido de la familia, del bien común, de la educación, de la religión, pero también en el olvido del verdadero hábito de estudio (studiositas), sustituidos por un afán de investigación que busca sobre todo el éxito económico.

El déficit de universalidad se percibe en la victoria del entendimiento sobre la razón y en la marginación progresiva del interés por la verdad. El entendimiento es propio de las ciencias positivas, mientras que la razón —capacidad intelectual de unificación universal— es la facultad metafísica por excelencia.

Por un lado, la globalización lleva consigo la destrucción de la rica multiplicidad y variedad de las «culturas», entendidas desde el punto de vista del «cuerpo» —la cultura francesa, inglesa, española, etcétera—, puesto que tiende a unificarlo todo. Por otra parte, supone una cierta destrucción de la cultura universal, entendida ahora desde el punto de vista del «alma»: la grandeza de espíritu.

Probablemente, la globalización contribuirá a un cierto fin del nacionalismo, muy importante y necesario para organizar la sociedad en el nuevo siglo. Pero, de otro lado, pondrá en peligro el sentido profundo de la patria, tan importante para la identidad cultural.

CULTURA E IDENTIDAD

Lo más trascendente que la cultura aporta es una especie de identidad. Nuestro retrato es siempre una parcela de cultura, consecuencia personal del cultivo de nuestras facultades a través del diálogo con Dios, los seres humanos y la naturaleza. He aquí una paradoja muy conocida: para llegar a ser nosotros mismos y adquirir nuestro toque distintivo —nuestra identidad propia—, necesitamos a los otros. Encontrarse a sí mismo y hallar el lugar social propio son la misma cosa.

Cuanta más riqueza interior tienen las personas y realidades con las que dialogamos, más verdadero, intenso, profundo y amplio es el diálogo con ellas, y más se enriquece nuestra propia identidad. Eso explica el temor de ciertos defensores del espíritu comunitario, que desconfían de la sociedad occidental de hoy, en donde personas individualistas viven en un medio social demasiado abierto, indistinto, abstracto, que no permite un diálogo enriquecedor.

Por contra, en un verdadero diálogo personal, al conocer a los otros aprendemos a conocernos a nosotros mismos. Los otros nos ayudan de diferentes maneras a ser mejores, a corregir nuestros defectos. Es también la amistad con otras personas la que nos empuja a estudiar, a descubrir nuevos mundos, a construir una sociedad mejor.

La computadora es incapaz de hacer todo esto. Se puede temer, por el contrario, que ayude a desarrollar personalidades fuertemente individualistas, rígidas y seguras de sí mismas, puesto que al no poder compararse con otros seres humanos, serán incapaces de autoexamen: personalidades llenas de información pero vacías de formación. Como decían los romanos, sabrán multa, non multum, y serán personalidades unidimensionales.

SUPERAR LA LOCURA COMPETITIVA

Debemos huir de las actitudes pesimistas y apocalípticas, pero también debemos prever los escollos, evitarlos o suavizarlos en la medida de lo posible. Una civilización mundial puede resolver muchos problemas, y a la vez, darnos más tiempo libre y más posibilidades para el espíritu. Sin embargo, para sacar partido de todo ello, es preciso desarrollar una actitud diferente a la más generalizada en nuestro mundo.

Sin duda, es bueno ser optimistas. A largo plazo, las formidables posibilidades que abre la globalización acabarán por triunfar sobre sus inconvenientes a corto plazo, y esto permitirá construir una cultura y una sociedad renovadas y mejores.

El universalismo, la comunicación, el comercio y la técnica —avances indudables— no pueden dejar de lado el valor primordial de cada persona, la superioridad del espíritu sobre la ambición desordenada de riquezas materiales y la importancia fundamental del bien común, así como de la solidaridad.

Estos últimos valores están amenazados por la rapidez de los cambios que produce el actual frenesí económico, el aumento exponencial de las diferencias de riqueza, las relaciones abstractas entre los hombres y el individualismo radical.

La solución no puede encontrarse en el retorno al pasado, a los nacionalismos, al aislacionismo, sino más bien en un espíritu de colaboración mayor, capaz de superar la locura competitiva de la economía actual, gracias a una apuesta cada vez mayor por el desarrollo de una auténtica sociedad civil.

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(*) Artículo publicado en Nuevas Tendencias nº. 42, noviembre 2000. pp. 17-21.

 

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06/07/2005 ir arriba
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