| Por Serafín-M. Tabernero del Río
Doctor en Filosofía
Arvo Net. Salamanca 22.2.2004
En campaña electoral, o precampaña -para los efectos da lo mismo-, se suele poner en evidencia el diverso talante de los partidos políticos y de sus representantes. ¿Qué es lo que, queriendo o sin querer, nos manifiestan? Si nos atenemos a lo que en los medios de comunicación la mayoría de los políticos nos dicen, parece claro que su acuciante deseo es ganar las elecciones, cosa muy razonable. Lo que no lo es tanto es que no reparen -a menudo lo más mínimo- en el cariz de los medios utilizables para ello. No parece sino que tienen, como fin, lo que simplemente debiera ser un medio. Ganar las elecciones, es, lógicamente hablando, el medio para que los elegidos por los votantes puedan resolver determinados problemas. Sin embargo, no es de esos problemáticos asuntos de los que, prioritariamente, suelen los políticos hablar. Indica, tal hecho, que, para muchos de ellos, la resolución de los problemas del país, es un mero y útil pretexto para la conquista del poder. Por eso, apenas hablan de cuáles son esos asuntos ni de cómo se resuelven, dada la complejidad que suelen presentar las posibles y diversas soluciones. La mayoría parecen reproducir la imagen que D. Francisco Giner tenía de los padres de los universitarios de su tiempo; lo resumía con estas palabras, tomadas de uno de aquellos padres-: «Denle el título a mi hijo y sepa o no sepa, ya veré yo luego cómo lo coloco». De forma análoga, parecen muchos políticos pensar: «ganemos las elecciones, repartámonos los cargos y después, veremos cuáles son los problemas y cómo resolverlos».
Pues bien, los votantes, antes de emitir el voto, debemos pensar en los problemas, en su complejidad. Hemos de comportarnos como el sujeto sensato, ante la perspectiva de someterse a una importante operación quirúrgica: se informa y si puede, elige al profesional de mayor competencia y garantía. No anda preguntando si el cirujano es de derechas o de izquierdas: se fija sólo en las posibilidades de eficacia. Ocurre, igualmente, con cualquier otro problema de gran envergadura; y no se olvide que los encomendados a la política, son problemas de ese tipo: la familia, la idea de Patria, la educación y la sanidad, la vivienda, la investigación científica y técnica, ... Basta, pues, un poco de sindéresis, para que uno se percate de que el voto debe dirigirse a favor de los eficaces. Y esto, sólo los bien preparados pueden serlo. Pensemos que, para resolver los problemas; no basta con las buenas intenciones ni con la palabrería, más o menos agradable: se necesita, también, saber hacer.
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