Poro
Antonio Orozco Delclós
Arvo Net
Cada mes de noviembre la Iglesia
nos pone nos pone cara a la
eternidad. Ha recibido de
Jesucristo la doctrina de la
inmortalidad del alma y la de la
resurrección final de los
cuerpos. Son puntos
fundamentales de la fe
cristiana. Primero, celebra la
bienaventuranza de los santos
que están en el Cielo,
incontables; la inmensa mayoría,
para nosotros, anónimos. La
Iglesia nos enciende la
esperanza a la vez que nos
recuerda que estamos todos
llamados a la misma santidad, a
disfrutar de la convivencia con
las Tres Personas divinas, la
Virgen y todos los Santos, en
una grandísima fiesta sin
cansancio y sin final. Después,
en todo el mundo se celebra el
Sacrificio Eucarístico
–actualización del Sacrificio
mismo de la Cruz- en sufragio
por las almas de los que
«duermen» en el Señor, como dice
la licencia poética de la
Liturgia. Muy despiertos están
contemplando el rostro de Dios,
o en espera de completar la
purificación necesaria para
alcanzar la bienaventuranza
eterna. Algunos, no sabemos
cuántos, por voluntad propia
–por no querer sinceramente a
Dios-, quedarán excluidos de su
Reino...
Es posible
morir en gracia de Dios, en su
amistad, pero sin la pura y plena
santidad requerida para gozar de la
infinita santidad del Amor divino.
La existencia del Purgatorio es una
verdad de fe. También, cabría decir,
un «dogma de esperanza», porque, si
queremos a Dios, si luchamos por ser
buenos hijos, aunque nos falte
santidad, no nos dejará de su mano,
nos purificará después de la muerte
en el misterioso estado que llamamos
Purgatorio. A las almas que estén
allí podemos ayudarlas con nuestros
sufragios, especialmente ofreciendo
el Sacrificio del Altar, que es el
de Cristo en el Calvario en modo
sacramental. También con otras
oraciones, sacrificios y trabajos.
La enseñanza cristiana sobre la
muerte es severa, porque impone una
vida sencilla, austera, de entrega a
Dios y a los demás. Pero es luz que
llena de sentido nuestro caminar por
el tiempo hacia la eternidad. Para
los que aman a Dios, todo es para
bien. La muerte es bifronte, tiene
dos caras: una da hacia nosotros,
los que nos movemos en el tiempo; es
más bien fea, triste, deforme,
repugna al poco de producirse. Pero
tiene otro rostro, el que da a la
eternidad, el que ve Dios. Éste es
como el rostro de un niño recién
nacido, porque el día de la muerte
es, como decían los primeros
cristianos «el día del verdadero
nacimiento», porque inicia la vida
que ya no muere. El cristiano hace
poco más que cambiar de casa, es un
cambio ventajoso, un cambio «en
Cristo». Cristo es Dios hecho hombre
que ha pasado por la muerte
(«pascua») para llenarla de su vivir
resucitado. Nuestro morir es pasar
por la muerte de Cristo que es Vida.
Vida vivificante, vida inmortal.
Vida que se adquiere ya antes, en la
Eucaristía: «el que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna».
Es una maravilla, impresionante. Por
eso, para un cristiano, el temor a
la muerte no tiene fundamento
objetivo. Se puede mirar a los ojos,
cara a cara, de hito en hito a la
muerte, porque, bien mirado, el
rostro de la muerte no es otro que
el rostro vivo y amabilísimo de
Cristo resucitado.
Por eso, el Santo Padre podía decir,
el pasado día 2 de noviembre de
2002, en la plaza de San Pedro, a la
hora del Ángelus, que para el
hombre, «todo es don de Dios,
incluida la muerte». «El mundo de
hoy –añadía- tiene más necesidad que
nunca de redescubrir el sentido de
la vida y de la muerte en la
perspectiva de la vida eterna. Fuera
de ésta se transforma
paradójicamente en cultura de
muerte». «Sin el horizonte de Dios,
se encuentra como prisionera del
mundo, sobrecogida por el miedo, y
genera por desgracia muchas
patologías personales y colectivas».
Es ésta una poderosa razón para que
los cristianos comprendamos que
tenemos en nuestras manos un don que
no tenemos derecho a reservarnos: el
mensaje más urgente que requiere el
mundo contemporáneo: el mensaje
sobre el sentido de la muerte, que
es el mensaje del sentido de la vida
temporal y de la eterna. Un mensaje
de luz, de esperanza, de certeza, de
Vida. |