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ACOMPAÑAMIENTO EN LA PROXIMIDAD DE LA MUERTE (Los Obispos de Bélgica)

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ACOMPAÑAMIENTO EN LA PROXIMIDAD DE LA MUERTE

Documento de los obispos de Bélgica, sobre el valor de la vida, aun cuando en su decadencia pueda parecer tan inhumana que algunos consideran un deber poner fin al desastre, cortando el mismo hilo de la vida.

Febrero de 1994,
LOS OBISPOS DE BELGlCA
(Documentation Catholique, 2.089; original francés; traducción de ECCLESlA.)

En su existencia, todos los seres humanos se enfrentan al misterio del sufrimiento y de la muerte. Sabemos que moriremos, y sin embargo, tenemos un ardiente deseo de felicidad duradera y de una vida sin fin. Por esta razón, aceptamos con gran dificultad que nuestra existencia llegue a su término, sobre todo cuando nos damos cuenta de que ese término irá acompañado de angustia, dolor y decadencia. Precisamente ese dolor y esta decadencia pueden parecer tan inhumanos que algunos consideran un deber poner fin al desastre, cortando el mismo hilo de la vida.

Nuestra carta afecta al conjunto de esta problemática. Antes, unas palabras al tema de los cuidados de las personas mayores. A una edad avanzada, una persona puede perder su independencia física, y a veces hasta el uso de sus facultades intelectuales. Las personas mayores sufren cruelmente en esa situación. Además, a veces viven en una gran soledad, lejos de la vida en sociedad, sobre todo cuando son trasladadas a residencias de ancianos. Es nuestro deber aliviar sus tormentos. Cuanto más lo hagamos, menos intenso será el temor de los "viejos tiempos".

Es claro, por otra parte, que debemos conceder la mayor atención al deseo de cada uno de poder morir de forma digna de un ser humano. En todas las épocas, la Iglesia se ha esforzado por contribuir a cuidar y a curar a los enfermos, pero también a hacer que su muerte sea lo más humana posible. Ha construido hospitales. Ha alentado a congregaciones religiosas y a institutos caritativos a que cuiden a los enfermos. En nuestro país Caritas Católica tiene numerosas iniciativas, cuyo objetivo es atender con competencia y con espíritu de caridad a los enfermos. Caritas colabora, entre otras actividades, a la extensión de los cuidados llamados paliativos, tanto en los domicilios como en los hospitales. La gran preocupación de la Iglesia sigue siendo hoy el proporcionar al enfermo todos los cuidados que necesita.

El misterio de la muerte

1. Una noción justa del acompañamiento a los moribundos supone el redescubrir el significado profundo de la muerte. Nuestra manera técnica de pensar nos lleva a dominar cosas y a resolver problemas. Frente a la muerte, debemos renunciar a esa mentalidad. Pues la muerte es un misterio al que sólo nos podemos acercar en el silencio y con humildad. La muerte no es un problema al que se le da una solución técnica: ella nos introduce más bien en la esfera de lo sagrado y de la presencia misteriosa de Dios. Es la experiencia vital última, la que nos obliga a dejar todo, a abandonar nuestra necesidad irresistible de dominar todas las cosas. ¿Por qué se piensa hoy en la eutanasia? Tal vez porque, incluso en el plan puramente filosófico hemos perdido el sentido auténticamente humano de la muerte. Cedemos a la tentación de considerarla sólo como un problema técnico que tendríamos que resolver.

Los cuidados médicos apropiados

2. Todos tenemos el derecho y el deber de hacernos cuidar convenientemente cuando estamos enfermos. De acuerdo con su paciente o con las personas que deben decidir en su nombre el médico determina los cuidados que son necesarios. Mientras existe la esperanza de mejoría y los riesgos no son demasiado grandes, es normal que se recurra a las técnicas terapéuticas modernas. Aquí se plantea, naturalmente, la cuestión de saber si hay que recurrir siempre a estos medios y a cualquier precio. Nos parece que la norma en la materia debe ser el principio de un justo equilibrio entre el buen resultado esperado y las diversas molestias originadas por el tratamiento. En otras palabras, si no existe una esperanza razonable de mejoría, no se puede prolongar una terapia que imponga cargas demasiado pesadas tanto al enfermo y los familiares como a los que aseguran los cuidados. Se tendrán también en cuenta los gastos ocasionados a la seguridad social. Es importante hacer aquí una distinción especial entre la terapia de mantenimiento artificial y la legítima tenacidad de los médicos en su lucha contra la enfermedad y la muerte.

Alivio del dolor

3. Sabemos que la aproximación del momento de la muerte va a menudo acompañada de dolores violentos y tenaces. Cuando esos dolores persisten provocan también intensos sufrimientos psíquicos. Unos y otros se pueden paliar con la administración de calmantes apropiados.

De nuevo debemos hacer una distinción importante. Una cosa es administrar medicamentos que combatan el dolor en fase terminal de una enfermedad, con riesgo de acelerar la muerte del paciente, y otra es administrarlos en dosis mortales. En los dos casos, se trata de disipar el dolor del enfermo. Pero en el primer caso, se aproxima involuntariamente el momento de la muerte por el hecho de administrar medicamentos eficaces contra el dolor, mientras que, en el segundo, se hace morir con propósito deliberado para que el enfermo no sufra más. Por muy sutil que pueda ser la distinción en casos extremos, se trata, si embargo, de dos actitudes éticas diferentes.

Es, por otra parte, muy estimulante el comprobar que la práctica de los cuidados paliativos se extiende, tanto en lo hospitales como en los domicilios. Tienen como objetivo el aliviar el dolor y disipar en la medida de lo posible las causas de numerosas molestias. De esta forma, el enfermo que permanece consciente puede llegar a aceptar su estado. Nosotros somos, además, de la opinión de que el provocar en el enfermo el estado de coma sólo es legítimo en casos de extremo sufrimiento. La conciencia es demasiado valiosa para ser eliminada cuando se aproxima la muerte.

El acompañamiento afectivo

4. No solamente sufre el cuerpo cuando se aproxima la muerte. Sufren igualmente el corazón, el espíritu, el alma. Y no son solamente los médicos y sus ayudantes los que tienen la misión de aliviar el dolor. Muchas otras personas pueden aportar su contribución. Los enfermos tienen necesidad de personas que estén discretamente a su lado, que les apoyen afectivamente, que les hagan comprender que cuentan con ellos. Los enfermos se confían más gustosamente a estas personas, hablan con ellas de sus sentimientos y deseos, de las angustias por las que pasan, y les plantean las preguntas que les atormentan.

El anuncio de la muerte próxima

5. Es una tarea difícil para los médicos y para la familia el poner al enfermo al corriente de la gravedad de su estado. Por una parte, saben que el enfermo no puede permanecer en la incertidumbre, pues todos tenemos derecho a una información exacta que nos permita apreciar nuestro estado; el enfermo puede así prepararse para su muerte próxima. Por otra parte, son bien conscientes de que el respeto y la reserva se imponen cuando se trata de comunicar esta información. El diagnóstico médico está, además, sujeto a evolución posible: una esperanza de cura sigue siendo a veces justificada. Existen, por otra parte buenas razones para temer un derrumbamiento físico y psíquico en un ser ya muy frágil. Se tratará, pues, de buscar el medio para privilegiar con mucho respeto y estima una u otra de estas preocupaciones. De todas formas, no es una cosa sencilla.

¿Poner fin a los días de una persona gravemente enferma?

6. Los cuidados a las personas gravemente enfermas y a los pacientes en fase terminal ponen a quienes los cuidan y a sus familias ante serios problemas: dolores insoportables que se deben aliviar, tratamientos que no dan los resultados esperados, deseo de morir expresado por los pacientes. En nuestra época se levantan muchas voces en favor de la intervención activa en ciertos casos con el fin de poner fin a la vida del enfermo. Semejante intervención tiene el nombre de eutanasia.

Algunos de sus partidarios la reclaman sobre todo en nombre de la compasión, de la piedad frente a enfermos sin esperanza de curación, víctimas, según ellos, de inútiles sufrimientos; el argumento es de gran peso ante la opinión pública. Consideran que se debe satisfacer el deseo expresado por el enfermo que sufre atrozmente y que pide expresamente que se ponga fin a sus sufrimientos y a su vida. Piensan también que otros pueden decidir en ese sentido cuando el interesado ya no está en estado de hacerlo personalmente.

Otros basan su defensa de la eutanasia en la libertad de la persona humana. El ser humano es autónomo y debe, por consecuencia, poder disponer de sí mismo, es su derecho. La sociedad debe respetar el derecho personal de morir y confirmarlo con disposiciones legales. Se propone que cada uno pueda redactar un documento a este respecto, una especie de testamento de vida, en el que haría conocer su voluntad de que se ponga fin a sus días en caso de decadencia irreversible.

Se hace referencia, pues, a diversos argumentos: desde la muerte administrada por compasión hasta la reivindicación de un derecho individual a la muerte. En la argumentación que sigue, nos ocupamos ante todo de la eutanasia pedida por terceras personas, después de la pedida por el mismo enfermo.

Continuar respetando la vida

7. Proceder a la eutanasia significa siempre dar muerte, de forma consciente, a un ser humano. Por esta razón, este hecho debe ponerse frente a la norma secular "No matarás". Nos parece útil y necesario aclarar esta norma. Es la expresión de una convicción maduramente reflexionada de la conciencia humana. ¿No tiene el hombre el deber de respetar la vida de cualquier otro hombre? La eutanasia va en contra de ese deber. Los hombres están llamados a vivir unos con los otros y a prestarse ayuda mutua. Por consiguiente, no es bueno que se conceda a algunos de ellos el derecho de decidir de la vida y de la muerte de su prójimo inocente. ¿No es sorprendente que se reivindique el derecho a la muerte precisamente en una época en la que parecemos estar tan preocupados del derecho de toda persona a la vida? Nosotros insistimos cada vez más en el deber de asistencia a las personas en peligro. En nuestra opinión, la eutanasia no constituye un progreso de la civilización, sino un retroceso.

La Humanidad accede a un nivel ético superior a medida que respeta absolutamente el derecho de todos a la vida desde la aparición de ésta hasta la muerte natural. Vivimos felizmente en una época que da gran importancia al respeto de la vida humana, así como a la calidad de las relaciones entre nosotros. ¿No es la eutanasia una capitulación de estos dos enfoques? En un momento crucial de la vida de un ser humano, se corta definitivamente el hilo de la misma. ¿No es más bien nuestro deber el permanecer próximos a la persona angustiada? La receta médica que conduce a la eutanasia y el acto que la ejecuta parecen a algunos hechos muy corrientes y banales. Por esta razón, no se dan cuenta, por decirlo así, de que la norma "No matarás" es transgredida. El que, en esta materia, quiere salvaguardar la conciencia ética, debe darse bien cuenta de la situación.

Además, queremos subrayar el hecho de que permitir la eutanasia significaría una modificación profunda--negativa por otra parte--de la vocación del médico y de la medicina.

La misión de los médicos es la de cuidar y curar a los enfermos y favorecer la vida, no la de ponerle fin. Permitir la eutanasia pondría también en peligro la relación de confianza entre el paciente, o su familia y los que le cuidan.

Nosotros impugnamos, por consiguiente, el derecho de poner fin a los días de enfermos en estado terminal. Por otra parte, tenemos todas las razones para temer la extensión de la práctica con otras categorías de personas. La historia nos enseña que debemos estar vigilantes.

¿Se deben abandonar entonces en su sufrimiento a las personas gravemente probadas en su cuerpo y en su alma? Es evidente que no. Con la mayor frecuencia, una terapia calmante acompañada de una asistencia afectiva dará resultados positivos. A veces, es cierto, el dolor puede ser tan intenso, la vida tan intolerable, que la familia llega a pensar que sólo la muerte puede aportar una solución. Esta reacción no tiene nada de sorprendente, pues la piedad es un sentimiento real y potente que nos hace vulnerables al sufrimiento de los demás. Pero reflexionemos profundamente sobre este punto. ¿No es también ese sentimiento, si no principalmente, una expresión de piedad hacia uno mismo? Estamos persuadidos de que la compasión más auténtica acepta al enfermo tal como se encuentra, incluso en plena decadencia. Pues, aun en ese momento, el enfermo sigue teniendo todo su valor de ser humano. Es precisamente por esta razón por la que seguimos amándole y ofreciéndole nuestro apoyo, y esto hasta las últimas horas de angustia.

¿Qué desea verdaderamente el enfermo?

8. Eh aquí, pues, nuestros argumentos contra la eutanasia pedida por la familia. ¿Pero qué decir cuando la petición la hace el enfermo personalmente? ¿No tiene él el derecho de disponer de sí mismo? Una persona enferma puede tener el sentimiento de que su sufrimiento es demasiado intenso o que éste le llegará. ¿No puede en ese caso pedir que se le ponga fin?

Nos gustaría también formular algunas reflexiones a propósito de ese caso, el de la petición personal de la eutanasia. Pero antes quisiéramos interrogarnos sobre el alcance de semejante petición.

Médicos, personal paramédico y psicólogos, todos nos ponen en guardia contra la tentación de cogerle la palabra a los enfermos. La mayor parte de ellos conocen, en efecto, en el curso de su enfermedad, una fase depresiva. En ese momento, llegan hasta llamar a la muerte con deseo. Con frecuencia esta llamada debe interpretarse como una protesta contra el dolor, la angustia, la soledad; tal vez como una protesta contra la calidad de vida en el hospital o contra el sentimiento de rechazo por parte de los familiares y amigos. A veces también, la petición de poder morir sólo traduce el temor de que los médicos quieran mantenerlo en vida a toda costa.

No olvidemos, por otra parte, que la petición de eutanasia puede ser alentada por el entorno. La psicología nos enseña que una persona puede proyectar sobre otra su propio deseo, en este caso el de poner fin a una situación dura de asumir para el paciente y para los que le rodean. Muchas veces, el paciente no vuelve a repetir su petición cuando se le ha proporcionado la indispensable asistencia médica, social y espiritual.

¿Qué decir entonces del "testamento de vida" en el que su autor expresa el deseo de morir en caso de situación extrema? ¿Ofrece semejante documento garantías de que el deseo seguirá siendo válido en el momento crítico? ¿Quién puede predecir si la voluntad de continuar con vida no será más fuerte, precisamente en fase terminal?

Y todavía no hemos hecho alusión a la situación precaria de los médicos. Suponiendo que interviniera una ley en materia de eutanasia, ¿serán terceros obligados a participar en ese acto? ¿Podría ser obligado un médico a practicar la eutanasia? Eso nos parece que debe ser excluido en todo caso. Sería una grave desviación con relación a nuestras tradiciones éticas y jurídicas. Al que está en peligro de muerte, debemos ayudarle, no precipitarle su muerte.

El derecho de disponer de sí mismo tiene límites

9. ¿Qué hacer si alguien desea verdaderamente morir? ¿Debemos respetar su voluntad en ese caso? Nosotros creemos que no, en base al razonamiento siguiente:

¿Dispone realmente el ser humano de sí mismo de forma plena? El presunto derecho de disponer de sí está basado en una idea abstracta del hombre, la idea de un ser aislado, que, en esa calidad, puede tomar toda clase de decisiones. Ahora bien, el hombre está siempre en relación con otros hombres. El enfermo es siempre un padre o una madre, un hijo o una hija, un sobrino, una prima, una amiga, un vecino. El enfermo es siempre alguien para los demás. Y precisamente estas relaciones inviolables le confieren un valor inalienable. La autonomía de la persona humana no es ilimitada; sus fronteras están constituidas por estos vínculos recíprocos.

El ser humano recibe su vida como un don. Está invitado a respetarla y a desarrollarla plenamente como un bien precioso, desde su primer despertar en el seno materno hasta su término normal. Tal es el fundamento de la dignidad humana. Nuestra conciencia y la conciencia común de la Humanidad están afectadas por la solicitud con que hay que rodear a las personas gravemente enfermas. Debemos acompañarlas con respeto hasta el término de su vida. La eutanasia no puede ni permitirse ni ser consagrada por una ley.

Es, además sorprendente el comprobar los esfuerzos que la sociedad hace para prevenir el suicidio e incluso para mantener en vida a las personas que han fracasado en su intento de poner fin a sus días, mientras que al mismo tiempo se quiere defender el principio de la eutanasia. Sin embargo, en caso de suicidio, se está mucho más seguro de las intenciones del interesado.

La muerte, un punto culminante de la vida

10. En una existencia, el tiempo de la muerte puede ser un punto culminante, un cumplimiento supremo. Muchas personas dicen, es cierto, que preferirían morir de forma repentina e imprevista. No prefieren vivir esta hora importante en plena conciencia. Probablemente temen las grandes molestias que pueden ir unidas a esta hora. Nosotros queremos, no obstante, llamar la atención sobre el carácter de plenitud que reviste a veces el adiós consciente y apacible a las cosas y a las personas. Cada vez que somos testigos de ello, decimos que fue una bella muerte. Es el momento en el que el ser humano da el último toque, muy personal, a su existencia, y corona, por decirlo así, la obra de su vida.

Bastantes- personas dicen también lo impresionadas y emocionadas que se han sentido al ver cómo se ha desarrollado la partida serena de familiares y amigos. Vuelven a pensar en ello como en instantes privilegiados en sus relaciones con el difunto. Por esta razón, son frecuentemente momentos intensos de intercambio, de amistad, de don mutuo. ¿Tenemos el derecho de hacer todo eso imposible?

Llamamiento a los que tienen autoridad en la materia

11. Lo que hemos dicho se dirige evidentemente a todos. Pero llamamos especialmente la atención de los que dirigen nuestro país o que están a cargo de las instituciones sanitarias. Debe ser posible crear condiciones más favorables gracias a las cuales los enfermos y sus familias opten más fácilmente por la vida hasta su término natural. Todo esfuerzo en este sentido sólo puede tener nuestra estima y nuestro aliento.

Despojar a la muerte de su carácter de fin absoluto

12. A la intención de los cristianos, nosotros añadimos algunas reflexiones. Dios nos ha creado no para la muerte, sino para la vida. La muerte no acaba inexorablemente en la nada. La muerte no es un aniquilamiento. Es un paso hacia la vida que encuentra su cumplimiento en la eternidad de Dios. Nosotros creemos en la resurrección de los muertos. Estamos convencidos de que todo lo que hemos vivido bien y bello en este mundo será asumido en la vida eterna. El bien trascenderá nuestra historia terrestre. No desaparecerá, no será aniquilado. Esta convicción hace que los cristianos tengan un deber importante en cuanto al acompañamiento de los moribundos. A pesar de los duros combates de la última hora, quieren ayudar a los moribundos a abandonarse en la gracia de Dios, fuente de un más allá de esperanza.

El acompañamiento religioso

13. Nosotros queremos aliviar, disipar el dolor y la pena de los que sufren. Sin embargo, sabemos que jamás podremos eliminar completamente el sufrimiento y, frente al de los muy enfermos nos sentimos con gran impotencia. El sufrimiento va acompañado frecuentemente de sentimientos de desesperación y de rebelión; el enfermo tiene la tendencia a aislarse en su propio universo. Nosotros debemos aceptar que él exprese libremente su desconcierto, incluso si se rebela contra su entorno y contra Dios. Evitemos sacar la conclusión de que se niega a amar a su prójimo o que quiere romper con el Señor.

Podemos ayudar a la persona desesperada a superar sus movimientos de rebelión. A veces, nos es posible hacer una alusión a todos los bellos momentos que ha conocido, a la bondad que ha testimoniado a los demás. A veces, encontrará consuelo en la ternura tangible de los que la rodean. O incluso, sacará fuerza y valor en su solidaridad con todos los que sufren como ella.

Es bueno, por fin, que hagamos referencia a Nuestro Señor Jesús. El aceptó su pasión y su muerte. No odió a sus asesinos. Perdonó su crimen. Sus terribles tormentos en la cruz le arrancaron este grito: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Incluso entonces, sus pensamientos se fueron hacia su Padre y hacia los hombres. Se inquietó por su madre, por sus discípulos, por sus compañeros de suplicio, por sus acusadores y por sus verdugos. Volvió su alma hacia Dios que lo había abandonado aparentemente. "Padre, en tus manos entrego mi espíritu". Esta actitud de abnegación y de apertura confiere una dignidad humana a una muerte inhumana. Jesús continuó siendo un hombre abierto a Dios y a sus semejantes.

Muchos sacerdotes y otros fieles realizan un acompañamiento pastoral en los hospitales y en otras casas de reposo o de cuidados, así como a los enfermos en domicilio.

Nosotros debemos expresar aquí nuestra admiración particular por su acción. Queremos subrayar la importancia de su misión cerca de los enfermos y de los moribundos. Les están especialmente próximos y los preparan para el último acto de su existencia en este mundo. Les descubren la paz eterna. Rezan con ellos y por ellos. Sostienen su fe.

Durante las últimas semanas de su vida terrestre, muchos enfermos conocen una importante evolución espiritual. Es una gracia real para ellos cuando, en el sacramento del perdón, se reconcilian con Dios, con ellos mismos, con su entorno y, finalmente, con toda la Humanidad. El perdón es manantial de serenidad. Otro momento fuerte es el de su comunión con el Pan de la vida eterna. La Eucaristía es un acontecimiento de esperanza en el camino del más allá. El sacramento de los enfermos, restaurado hoy en su pleno significado, habla de la presencia misericordiosa de Dios. Por fin, las oraciones con los moribundos y por ellos pueden ser también fuente de consuelo.

Conclusión

14. En la presente carta, hemos tratado de llamar la atención sobre el sentido de la fase terminal de nuestra existencia en la tierra. Hacemos a todos un llamamiento, no solamente a que asistan fraternalmente a cada uno de los enfermos gravemente aquejados, sino también a que preparen todo de forma que sea vivido dignamente el término de la vida humana en este mundo. Os exhortamos, por fin, a meditar sobre la forma en que uno mismo recibirá la realidad de la muerte en su propia existencia.


Febrero de 1994,

LOS OBISPOS DE BELGlCA

(Documentation Catholique, 2.089; original francés; traducción de ECCLESlA)

 

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08/07/2005 ir arriba
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