Mucho cuerpo
y poco seso
Luis
Olivera
Periodista
Arvo Net,
10/07/05
No importa
la mente o
la
racionalidad.
Sólo lo
físico,
jamás la
sensibilidad
intelectual.
El cuerpo “Danone”,
concebido
como
escaparate,
ventana que
incita a los
espectadores
a asomarse a
él. El
cuerpo como
único canon
de belleza.
El canon
griego de la
belleza,
esculpido
por el
propio
Fidias.
El cuerpo
exhibido y
codiciado,
publicitado.
Playas.
Gimnasios.
Concursos de
míster X, Y
y Z en las
zonas
turísticas:
“Concursos
de ganado”,
los llama la
periodista
Carmen
Rigalt.
Desfiles.
Míster
“camiseta
mojada”. El
culto a la
cáscara
vacía de
contenido.
Toda ocasión
es propicia
para
vestirle con
insinuantes
ropajes,
para
desnudarle,
no importa
el
escenario.
Al fin,
vivimos en
función del
sexo, y éste
necesita
despertarse,
ser
estimulado
al precio
que sea.
Nada en
función del
pensar,
conocer,
imaginar. La
intimidad no
existe. Sólo
la piel.
Exhibir como
único poder
de la
atracción
física que
despierta la
carne
cuidada,
preparada en
la escuela
de la vida.
¿Quién
osaría crear
otra que
gastara sus
recursos y
energías en
la
preparación
moral,
intelectual?
Ellos,
ellas, y sus
cuerpos;
sólo carne,
persiguiendo,
acosando con
sus imágenes
a los
consumidores,
da igual lo
que
publiciten,
de lo que
hablen, nada
cuenta fuera
de la
pintura que
los recubre,
los
ejercicios
que los
estimulan,
los vestidos
y trajes en
que habitan,
las formas
que insinúan
o
abiertamente
exhiben
desnudas.
Los cuerpos.
Como muñecos
casi
inanimados.
Peleles
rotos, sin
vida
racional. El
espíritu ha
volado lejos
de ellos.
Y para
ellos y sin
él organizan
sus vidas.
Al fin, unas
y otros no
son sino la
continuidad
sincrónica y
repetitiva
del mundo,
todos
incursos en
la forma que
parece
detener el
tiempo, sin
cuestionarse
el hecho de
que un día
han de
envejecer. “Cuando
se
encuentran
en el bar
tomando una
copa, cuando
entre sí
frotan sus
bocas, no
pueden
escuchar el
latido
futuro de
sus feos
pellejos.
Ante la
inexistencia
de la
inmortalidad
no se
plantean el
absurdo de
envejecer.
Aceptan
simplemente
la realidad”,
ha escrito
Andrés
Sorel.
Y todo el
estruendo
del poder,
la malsana
canción de
los
negocios, la
decadencia
del mundo en
que habitan
y consumen
sus vidas,
desaparece
ante su
única
obsesión:
posesionarse
de un
cuerpo, real
o imaginado,
el cuerpo
exhibido,
deseado, tal
vez soñado.
Beben y casi
nunca
pierden la
compostura;
es decir,
que
borrachos o
cuerdos
hablan y
hablan de
sus
reiteradas
historias,
incapaces de
escapar a la
vulgaridad
que las
informa.
Lo
importante
es que no se
piense, que
no se
reflexione:
espectáculos
de masas,
gentes
vociferantes,
conciencias
sumisas a
las que sólo
se permite
aplaudir o
corear
idénticas
palabras, en
la política,
en la
televisión,
en el
deporte.
Convertir
todo,
cualquier
actividad
profesional
o lúdica, de
la vida, en
espectáculo,
ficción,
nunca
participación
y, en medio,
la belleza
del cuerpo
al que se
rinde,
aunque esté
hueco por
dentro,
pleitesía.
La sonrisa
erótica de
Claudia
Schiffer
importa más
que la
calidad del
coche que
anuncia; o,
sepa o no
jugar al
tenis, la
Kournikova
ganará más
que
cualquier
otra
deportista.
Y así
podríamos
hablar, en
la
decadencia
del cine, de
actores como
Antonio
Banderas
o
Penélope
Cruz...
Al fin, en
la sociedad
de la
gesticulación,
boca, senos,
piernas,
melenas o
muslos, de
hombres o
mujeres, es
lo único que
cuenta.
Ya hace
muchos
siglos
escribió el
romano
Marco
Aurelio:
«Has
nacido
esclavo, no
participes
de la razón».
¿Y qué lejos
nos quedan
páginas como
las del
“Diario” del
filósofo
Soren
Kierkegaard:
«Si un
árabe, en el
desierto,
descubriese
de pronto un
manantial
dentro de su
tienda, que
le surtiera
de agua en
abundancia,
se
consideraría
muy
afortunado;
y lo mismo
le ocurre a
un hombre
cuyo ser
físico está
siempre
vuelto hacia
lo exterior,
pensando que
la felicidad
mora fuera
de él,
cuando
finalmente
entra en sí
mismo y
descubre que
la fuente
nace dentro
de él!».
¿Cómo no iba
a llegar el
momento en
que la
presentadora
de
telediarios,
entre
noticia y
noticia, se
fuera
despojando
de la ropa?
Ah, mujer,
¿dónde queda
tu lucha
emancipadora?
Y tú,
hombre, ¿en
qué pozos de
profunda
nada
arrojaste tu
desarrollado
pensar?
Cultivar el
cuerpo
porque ya no
se cree en
la
existencia,
es decir, en
el valor del
espíritu. Es
el nihilismo
absoluto, el
hombre
cosificado.
Reducido a
cenizas de
materia. A
envoltorio
desmadejado,
globo
deshinchado
y caído. La
belleza sin
sentimientos,
el asesino
sin motivos,
el mito de
Sísifo
o la
tragedia de
Raskolnikov.
Seguro que
vosotros,
exhibidores,
devoradores
de cuerpos,
nunca
leísteis a
Agustín
de Hipona:
«No
salgas
fuera,
regresa a ti
mismo; en el
hombre
interior
habita la
verdad»