Por Joan Maragall
Toda la gracia está en un cierto olvido de
sí mismo: por esto es cosa esencialmente
humana. La Naturaleza inconsciente, no puede
ser graciosa porque no sabiéndose, no puede
olvidarse, y si llamamos gracioso a un
animal, a una flor, a un paisaje, es por una
especie de antropomorfismo que le
atribuimos, por darle metafóricamente un
alma como la nuestra. Pues para ser gracioso
es menester saberse y olvidarse, porque no
es la gracia una absoluta inconsciencia: es
un saberse y no saberse que no sé cómo
decirlo.
Ved a un niño que se entretiene: él bien
sabe "lo que se hace", pero, por la misma
atención que pone en el hacer, queda de tal
modo absorto en su objeto, que casi se hace
uno con él y olvida todo lo demás: es decir,
que ama el objeto. De modo que la gracia, en
el fondo, no es sino amor, afán de
confusión, de morir en una cosa; pero no
morir, tampoco, sino comunicar la vida.
Porque tampoco es gracia aquel ímpetu de la
pasión que lo" da todo por su objeto, y en
sintiéndolo más allá de las propias fuerzas,
se da con ellas y todo, y muere en el
objeto, sólo por aumentarlo; sino que la
gracia está en un amor y un esfuerzo tan
proporcionado al sujeto, que éste no
necesita darse todo ni extremarse, sino
dejarse hacer en un grado tan proporcionado
a la propia naturaleza que ésta gana en el
ejercicio, pues se libra de la impureza de
su egoísmo, y queda libre y pura en el orden
universal.
Ved ahora a una mujer abandonada a su
hermosura: no se ignora, no, no se pierde;
sino que la hermosura actúa por sí sola en
ella de tal manera, que se siente y no se
siente hermosa: tiene el goce de su belleza
sin presunción que la enturbie, sin egoísmo;
da su hermosura sin pedir recompensa por
ella, sin vanidad de sí misma; está en la
gracia.
Y ahora con aquel niño, con esta mujer,
haced la prueba: que ellos noten su gracia,
que se sientan observados, admirados: "¡Qué
gracioso es!; ¡qué hermosa está!" Gracia,
adiós. Veis en seguida en ellos un no sé qué
de malo, un cambio, un estremecimiento
inmaterial, un súbito apagarse su aureola.
Continuarán quizá en la misma actitud,
haciendo lo mismo que hacían... pero ya
esmerándose, sintiéndose admirados; ya no
dan sin recompensa, y a no hay abandono de
sí, no hay amor, no hay gracia en ellos.
Así valemos más en lo que menos estimamos de
nosotros mismos. He aquí un hombre que
presume de ser un científico, un sabio... y
es simplemente un bibliófilo; pero ¡ todo un
artista en esto! Me habla de sus estudios,
de sus investigaciones, de sus
descubrimientos; me lleva a su biblioteca y
empieza a enseñarme sus libros, sus
instrumentos de trabajo; y en el modo de
cogerlos, de abrirlos, de acariciarles, pone
un amor tal que se olvida de su presunción;
y entonces yo empiezo a admirarle. Y cuando
él sigue hablándome de su posición mental en
las escuelas, y yo veo que cuida de
representárseme como un austero científico y
que se siente en parangón con el célebre X o
el discutido Z, por debajo de esta
representación y de esta conciencia veo
brillar en sus ojos, en sus manos, en toda
su actitud, un amor al libro, una devoción
al instrumento de su trabajo, que me lo
hacen admirable en aquello en que se olvida,
y no en aquello de que presume. Y es que
aquel hombre ama más los libros que su
contenido: es decir, que los ama de otra
manera más despreocupada de si; es un
bibliófilo, un artista, pero no lo sabe, y
en esto está su gracia; bien la siente la
delicia de su biblioteca, pero no pide nada
por su amor a ella, no presume de él; y ésta
es la gracia que yo le admiro.
>>CONTINÚA
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾