Por Luis Olivera
Periodista
¿Avanzar hacia atrás? Parece contradictorio. Pero, en realidad, es la manera que tienen de moverse los cangrejos. Y avanzan así. Las palabras del título figuraban en el letrero de un tranvía polaco. Y es lo que hace y anima a practicar el filósofo francés Alain Finkielkraut. Considera que “sin herencia no se puede acceder a una verdadera existencia individual”, siguiendo a Chesterton: “La tradición es la democracia de los muertos”.
Frente al mito del progreso ininterrumpido, este profesor de filosofía y enamorado de los deportes, reivindica para sí el conservadurismo. En ese sentido está totalmente de acuerdo con Hannah Arendt cuando dice que “la escuela debiera ser la institución conservadora por excelencia. Porque su misión es integrar a los niños en un mundo que es mucho más viejo que ellos. Enseñar es tejer lazos entre los vivos y los desaparecidos”. Este pensador francés añade que “cultivarse” es “aprender el arte de hacer sociedad con los muertos”. Otra cosa sería bastante presuntuosa: considerar que todo lo anterior a nosotros no sirve para nada. Equivaldría a querer construir el edificio de nuestra civilización sin los cimientos de toda la cultura anterior. Somos herederos de todo, absolutamente todo, lo que nos ha precedido, como decía Tomas Burke.
No es que se niegue a abrirse a la técnica, pero sí rechaza convertirla en un ídolo sagrado e intocable, igual que el mejicano Octavio Paz: “Hoy, el único oscurantismo vivo es el del progreso”. El mítico progreso y la moda de ser progresista. Finkielkraut considera que la democratización “puede que nos obligue a enseñar de otro modo, pero no otra cosa”: ánimo y adelante con la enseñanza del griego y del latín, con aprender poemas de memoria. Bien por la técnica: “Inteligencia significa saber hacer funcionar las neuronas y los ordenadores”. Pero nada de rendirse incondicionalmente a la máquina, dado que son las neuronas humanas las que la han diseñado: “La informática es el fetiche del momento”, dice Finkielkraut. O también: “Idolatramos Internet; Bill Gates es el sacerdote de la ‘religión’ de conectar a todos los analfabetos con todos los libros del mundo”.
A sus 50 años, este pensador francés intenta avanzar yendo hacia atrás. Y no sólo en esos temas. También fustiga “la religión de los derechos del hombre”, que defienden determinadas élites cosmopolitas partidarias de la mundialización y del liberalismo. Pero que, luego, a la hora de la verdad, en su pequeño mundo cerrado se comportan tribalmente: defienden una moral abierta; o que, en su compromiso como ciudadanos, “no van nunca más allá de las fronteras de su barrio protegido”. Su catalogación es contundente: “Es el hombre sin cordón umbilical, al mismo tiempo fanático de los derechos humanos y ciudadano detestable”.
Si hace poco otra profesora española hablaba del “secuestro de la lectura” en la Logse, en un libro reciente, Finkielkraut dice que es necesario gastar libros para aprender a expresarse correctamente. Porque la lengua siempre ha mantenido un vínculo muy fuerte con la literatura: “A medida que el libro desaparece de nuestro horizonte cotidiano, el idioma se empobrece”. El francés también echa la culpa de ese desarraigo actual a la escuela que, dice, “en vez de resistirse a esa tendencia, la legitima”. En el sistema actual, en vez de animar a los niños a ser hospitalarios con los libros, desde el primer momento “se prefiere la comunicación a la transmisión. Hemos pasado de una república de los profesores a otra de monitores. Y esos niños, que hablan sin haber aprendido nada, emplean un idioma lleno de anglicismos, contaminado”.
Un idioma que “asesina” (sic.) muchísimas palabras francesas y españolas, que dan riqueza a nuestros respectivos idiomas. Y que empobrecen nuestra cultura propia. Una cosa es simplicar el lenguaje y otra muy distinta es amputarle por lo sano trozos de su identidad esencial y, así dejarlo desfigurado e irreconocible. “¡Por favor, avancen hacia atrás!”.
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