“Creo que lo que
hace perdurar a una obra
literaria es su capacidad doble
de retratar su lugar y su tiempo
y a la vez retratar casi
cualquier lugar y cualquier
tiempo, mostrar con hondura unas
vidas individuales, reales o
inventadas, y hacer que esas
vidas sean las de cualquiera”.
Antonio Muñoz Molina
Por
Rogelio
Obaya
La lectura es y será siempre una
aventura. Una aventura hecha a la
medida de la vida y a la medida de
nuestros sueños. El que lee realiza
y desarrolla su naturaleza de ser
sin límites, de ser incompleto, y es
en el libro donde mejor encuentra el
terreno y el aire para echarse a
andar sin las ataduras que rebajan y
enajenan. Una persona, cualquiera
que sea su condición u origen, si es
capaz de leer es capaz de entender
el mundo y de orientarse en él aun
en la peor oscuridad. Los libros,
los buenos libros, son como lámparas
encendidas que iluminan en todo
momento, y, como luz, nos sirven
para espantar los monstruos que para
el hombre representan la ignorancia
y la falta de libertad.
Hace cuatrocientos años vio la luz
un libro excepcional: El Ingenioso
Hidalgo Don Quijote De La Mancha, de
Miguel de Cervantes Saavedra. Desde
hace cuatrocientos años, en su
primera aparición, tiene la lengua
española en esta novela su más
importante aporte y su más preciado
tesoro lingüístico y literario. A
cuatro siglos de distancia, son poco
menos que innumerables los trabajos
críticos sobre esta obra, como
innumerables siguen siendo los
aspectos y aristas que hacen merecer
seguir estudiándola.
Martín de Riquer, uno de los más
importantes cervantistas vivos, ha
dicho que este libro tal vez
perseguía solamente hacer reír,
haciendo escarnio de los libros de
cierto género literario muy en boga
en su época. Lo curioso –declara
Riquer- es que aun tratándose de una
novela literaria, es decir,
inspirada en la literatura misma,
haya tenido tanto éxito popular
desde el primer momento.
Para entender mejor lo que se quiere
expresar con esto y siguiendo su
observación, imaginemos que alguien
escribe en son de burla y con una
gran dosis de ironía un libro
destinado a ridiculizar los libros
de ciencia ficción o los de
detectives, para mencionar dos de
los géneros más vendidos y conocidos
hoy en día. Pero que lo hace con
tanto acierto que logra que el libro
se convierta en un acontecimiento de
fama mundial sin barreras de tiempo,
idioma o cultura.
Claro está que para reírnos hoy de
los libros de caballerías primero
deberíamos conocer qué son éstos y
cómo eran tenidos en los usos y
maneras de la cultura local de
Cervantes. Si llegamos a reírnos de
un personaje que enloquece y termina
creyéndose, por ejemplo, Sherlock
Holmes en pleno siglo XXI y en un
contexto totalmente ajeno a la
Inglaterra victoriana del siglo XIX,
es porque antes hemos leído o
conocemos muy bien las creaciones de
Arthur Conan Doyle y entendemos,
gracias a la ironía empleada, que se
trata de una burla y en qué medida
cabría o no reírse.
Siguiendo este razonamiento, es
comprensible el éxito que tuviera el
libro en la España y los tiempos de
los libros de caballerías. Pero
¿cómo explicamos entonces que
también lo haya tenido y continúe
teniéndolo aún en lugares tan
disímiles geográfica y culturalmente
como Japón o Nueva Zelanda (más de
1.500 ediciones en cerca de 50
idiomas)? Este solo hecho pone de
manifiesto que los valores
principales del libro de Cervantes
hay que verlos más allá de la simple
crítica que hace e incluso del grado
de perfección con que la ejecuta.
Sin lugar a dudas Don Quijote cumple
a la perfección su misión de
entretener. Al menos de ese modo fue
recibida la obra en el mil
seiscientos y tantos. Sin embargo,
debemos admitir, incluso más allá de
la intención expresa del propio
Cervantes, que el resultado es
infinitamente más rico y más
profundo: hace también pensar, y,
sobre todo, pensar como mejor puede
hacerlo el ser humano, riendo, del
personaje de la novela, pero también
de uno mismo, y de todos, los de
aquí y los de allá, los de hoy y los
de mañana.
El blanco de la ironía cervantina
es, por así decirlo, nuestro sentido
de la realidad y con él la
subjetividad en perenne trasiego
entre las borrosas líneas divisorias
que separan lo real de lo
fantástico. La importancia que esta
cuestión reviste para la aparición
de la novela moderna ha sido vista y
examinada por escritores de caletre
tan diverso como Américo Castro y
Christiane Zschirnt, quienes
destacan cómo hasta el momento en
que Cervantes concibió al célebre
Caballero no se había formulado la
pregunta: ¿Ficción o realidad? No
existía en la conciencia de los
lectores. Camino sin señales que
terminó llevando al compulsivo
hidalgo a perder los estribos de su
debilitado juicio.
Debemos decir que cuando hablamos de
libros pensamos en libros, por eso
quizás sería mejor trasladar la
reflexión al contexto presente,
dominado por el adelanto en materia
tecnológica, y hacer referencia al
rol subyugante de la televisión o a
la ilusión sin límites de la
telaraña global de la Internet. Es
probable que así todos los libros de
caballerías juntos nos lleguen a
parecer lejanos e inofensivos
peccata minuta comparados con
los efectos predatorios de los
demonios mediáticos actuales.
Entre todos los méritos del Quijote,
que son muchos y vistos desde muy
variadas perspectivas, está, como ha
señalado Harold Bloom en flagrante
eco orteguiano, el que tal vez sea
sostén y vórtice de todos los demás:
“el descubrimiento y celebración de
la individualidad heroica”, o, dicho
en otras palabras, la resolución de
defender y de llevar hasta las
últimas consecuencias el ser en su
expresión más propia y singular, o
la determinación de ser uno mismo (ipseidad)
contra viento y marea. Pero una
determinación precisa y coherente.
La locura del ilustre derrotado de
Barcino no hace concesiones y la
historia de su desvarío se
corresponde con lo que Roger Callois
definía como “delirio riguroso” que
caracteriza a las “locuras
razonantes”.
Por esta razón y no obstante
considerar que el Quijote no es,
como sostiene Muñoz Molina, un
“tratado moral”, lo cierto es que
sería imperdonable ignorar el
extraordinario contenido ético que
encierran estas páginas gloriosas de
nuestra lengua. Principalmente para
los jóvenes, porque hay que decir
que el Quijote es una obra escrita
para los jóvenes. Su misma calidad
de narración itinerante responde por
sí sola a una concepción de la
existencia de suyo opuesta a toda
estandarización de la vida y a todo
sedentarismo retrógrado y culpable.
¿Por qué los jóvenes deben leer el
Quijote? Pues porque muy pocas veces
existió en la literatura ejemplo más
completo de inconformidad personal
ante el imperialismo de la
inmediatez reductora y banalizadora
del mundo.
El Caballero, en su excentricidad
hilarante, personifica una voluntad
de ser por encima del individualismo
complacido de la mediocridad. Quiere
ser siempre más, y sabe quién
quiere ser, tal y como lo vio
Unamuno, otro insigne estudioso de
la gran novela de Cervantes, y
posteriormente Erich Fromm,
recordando a un Kierkegaard que es a
su vez casi Nietszche. Fromm escribe
en su libro Tener o ser: “La
primera condición para alcanzar algo
más que la medianía en cualquier
terreno es querer una sola cosa”.
Es esa sola cosa lo que da
vida al Manchego. La búsqueda
obstinada de horizontes de heroísmo
arrastra al Quijote a la
sobrepujanza perenne de sí mismo, a
la reivindicación de su dimensión
trascendente y su derecho de soñar.
Le arrebata un afán libertario que
es, dicho sea de paso, prueba y
reflejo de las no pocas trazas
autobiográficas que contiene la obra
de cabo a rabo. Conocemos la
experiencia de Cervantes a través de
sus frecuentes encerramientos y
sabemos que cuando Don Quijote se
pronuncia, verbigracia, sobre la
libertad, sus palabras brotan de lo
más auténtico humano, que es
independiente por naturaleza de si
es dicho en el siglo XVI o en el XXI.
El personaje de Cervantes es libre,
primero porque se posee
y por eso mismo puede darse
por entero a la consecución de un
fin que le religa de manera
galopante. Segundo, y en ello se
adelanta -en el sentido lato de esta
palabra- tres siglos a los profetas
de la decadencia, porque sabe que su
lugar subversivo se
perfila únicamente mediante la
encarnadura radical de aquello que
la frivolidad de todos los tiempos
iba a encerrar en términos de un
simple diagnóstico clínico.
Con la cautela de no proyectar sobre
esta magistral obra nuestras ideas y
cuestiones ideológicas de
cuatrocientos años después, creemos
ver, no obstante, en cada episodio
de la novela situaciones de la vida
real que siempre y en todo
lugar van a ser enfrentadas con una
muy similar estructura de
conciencia, aunque necesariamente
sean muy otros los contenidos y
prismas mentales para cada tiempo.
¿A quién no le sorprende, por
ejemplo, la frescura del aliento que
respiran los diálogos de los
personajes centrales? Nada más hay
que ver cómo de todo tema puede
resultar un ameno aprendizaje en
situaciones y hechos que parecieran
estar ocurriendo en el presente de
cualquier parte. En todos ellos
aparece en voz activa la figura
desvelada del Quijote, moviéndose ya
por la justicia, por la belleza, el
amor, la caballerosidad, la amistad,
la solidaridad y el sacrificio de sí
mismo en aras de un ideal que
permanece dando vida y sirviendo de
telón de fondo a la acción a la vez
que la justifica. Volvemos a
preguntarnos: ¿Necesitamos que el
Quijote sea un “tratado moral” para
que podamos mostrar y aprovechar
estos valores que sí aparecen en él
abundantemente?
Vivimos, no lo olvidemos, tiempos
marcados por un relativismo
implacable que nos disminuye a meras
categorías de consumo, a simples
máquinas de comprar y a pálidas
cifras de una vasta y desolada
realidad que camina inevitablemente
hacia la autodestrucción.
Un mundo en el que son una misma
cosa el terrorismo a escala global y
los virus creados en laboratorios
que debieran servir a la salud y a
la vida de millones de niños que
mueren como moscas por falta de una
simple vacuna, no puede ignorar el
gran reto que tiene ante sí con la
educación de la juventud para los
días futuros.
Hoy “la guerra ya no la deciden las
espadas y las lanzas”, diría el
Quijote, pero nosotros añadimos que
ni siquiera los cañones y la
pólvora, sino los medios cada vez
más sofisticados de destrucción a
distancia que son a la vez los
mismos medios que nos meten a
participar en ella cómoda e
indolentemente desde las salas de
nuestros hogares, haciéndonos
cómplices del horror sin que nos
demos cuenta.
Este mundo en el que enormes masas
humanas claman por comida o por agua
en pleno auge de las tecnologías es
sencillamente un mundo que ha muerto
moralmente y el que no podemos mirar
con indiferencia.
Los jóvenes de hoy como los de
mañana deben crecer con la lectura
que es un hábito bueno y provechoso
como pocos. Han de ser, a la manera
del ilustre batallador de La Mancha,
hacedores de realidad y
creadores de sentido con la
locura que es responder al
llamado ético que nos distingue y
nos levanta de la bestialidad
ambiente.
Han de ir en pos de esos “gigantes”
que se han apoderado de esta
“mancha” de todos para destruirla y
someterla y para lo cual primero nos
idiotizaron, masificándonos y
convirtiéndonos en pobres sujetos
carentes de capacidad crítica o
elección real, vacíos entes
adoradores de los nuevos dioses de
la velocidad y del dinero, los
dioses de la ley del más fuerte, del
sexo en detrimento del amor y el
compromiso, de la soledad egoísta y
de la competencia sin compasión por
el débil.
A estos dioses y a estos gigantes de
la mistificación se les destruye con
tan sólo la actitud siempre joven de
quien se reconoce, en primer lugar,
como un ser digno e inagotable en su
interior, capaz de responder
generosamente al llamado de vivir
con alegría la aventura de su
proyecto de persona única e
irrepetible, que es también, y en
definitiva, la gran aventura que
comienza y termina siempre en todo
buen libro. |