Por José Francisco Sánchez
ME HABLABA esta mañana de un hombre a quien yo conocía y a quien, casi seguro, usted también conoció. Un hombre que ya ha muerto. Me decía de él que fue profundamente infeliz. Muy brillante, eso sí: escribía y narraba maravillosamente. Era una de esas personas que encandilan con su conversación, con su ingenio siempre a punto, apoyado en una cultura vastísima. Parecía saberlo todo sobre cualquier cosa. Pero era infeliz y no sabía hacer felices a quienes le rodeaban. -No sabía disfrutar del instante.
DIJO ESO y calló un momento. Tampoco yo hablé: hay que respetar esos silencios que rebuscan palabras para explicarse. Y las encontró: -Luego, te contaba lo que había vivido y lo contaba muy bien, mejor incluso de lo que había sido. Pero no lo había disfrutado.
SEGUÍ CALLADO . Probablemente pensó que me aburría con todo aquello. Y no. Me estaba haciendo recordar muchas cosas, a varias personas que, como el aludido, también vivían literariamente. Hay gente así, tan obsesionada con el contar algo a los demás, con encontrar buenas historias, que se olvidan de vivir de verdad, se olvidan de vivir la vida real, la buena. Lo ven todo por el ojo de una pluma, por los poros de un micrófono, por la lente de una cámara. Y desde esa perspectiva, lo primero que se ve es la pluma, el micrófono y la cámara, por cierto, desde un plano demasiado corto que incluso los deforma. Se dedican, entonces, a vivir literariamente. Piensan que para escribir bien, para ser originales, hay que vivir de un modo también original. Y eso es cierto. Pero vivir de un modo original no significa dedicarse a la bohemia ni a beber para que a uno se le ocurran ideas que los demás no tienen. Eso no es vida. Vivir para contar no es lo mismo que contar para vivir, para entenderse, para explicarse. O para que los otros se entiendan. Vivir para contar termina por producir desequilibrios fácilmente evitables, pero, sobre todo, termina en infelicidad y en una literatura o un periodismo prodigiosamente falsos, inauténticos.
HACE TRES SEMANAS , al salir de una cena, nos cruzamos por las sombras de Madrid con una señora que empujaba un cochecito de niño con niño dentro. Tenía mucho dolor en el semblante, pero lo disimuló bien con una sonrisa cuando nos preguntó si sabíamos dónde quedaba una pensión que, le habían dicho, debía de estar por allí. Hablaba un español correctísimo con un acento extranjero que no supe identificar. No teníamos ni idea. Subrayamos la respuesta con una excusa conocida: -Es que no somos de aquí.
LA MUJER SONRIÓ de nuevo y siguió empujando el cochecito. Nosotros continuamos también en dirección opuesta, pero al cabo de unos pasos dije que me había dolido el espectáculo. -¿Tú también te has dado cuenta de que no llevaba bártulos, verdad
SÍ, YO TAMBIÉN me había dado cuenta. Aquella mujer, con cerca de cuarenta años, andaba buscando refugio, andaba huyendo de un dolor repentino que la obligó a abandonar su casa precipitadamente. Pero no le dije a nadie que parte del dolor que me había producido aquella brevísima escena se debía a mí mismo. Primero, es verdad, sufrí con la evidencia del dolor moral ajeno, que siempre es más duro que el físico. Pero tardé apenas unos segundos en pensar que lo que acababa de vivir podría servirme para el siguiente Vagón-bar. Para este.
Facilitado por la revista NUESTRO TIEMPO a ARVO NET
Nº. 569, noviembre 2001
|