Por Jorge Peña Vial
Steven Johns en su libro “Everything
Bad is Good for you” hace un panegírico de
la cultura popular, la televisión y los
videojuegos. Sostiene que la cultura popular
de hoy puede no estar enseñándonos el camino
de la virtud, pero nos está haciendo más
inteligentes. Desconfío de su ingenuo
optimismo. Sospecho que la sistemática
amnesia de las principales obras culturales
de Occidente conduce a una creciente
cretinización. Una infinita marejada de
basura sin edulcorantes infesta el ambiente
de los medios, la publicidad y la
literatura. El colapso de los tabúes ha
conducido a la búsqueda frenética de nuevos
escándalos. Funciona con fórmulas sumamente
convencionales. Ante tanta baratija que a
veces tiene el descaro de pasar por arte,
añoro una censura cualitativa. Me gustaría
que se divulgara la lista de los libros que
propusieran verdaderos maestros de lectura
familiarizados con las grandes obras y con
acrisolado gusto estético, en vez de la
mecánica cuantitativa que con dogmática
exactitud establece cuáles son los más
vendidos. Predomina la censura del mercado
sobre todo aquello intelectual y
estéticamente más exigente, pero que por eso
mismo es más gozoso e innovador aunque sea
más difícil. Necesitamos maestros de lectura
que nos orienten para discriminar lo antes
posible -ante la avalancha informativa a que
estamos expuestos- aquellas obras
merecedoras de ser leídas. Es un acto
genuinamente moral. La mala prosa, aunque
sus propósitos sean humanísticos y
beneméritos, merece la censura porque
incurren en simplificaciones que escamotean
la complejidad de lo humano y disminuyen la
sensibilidad del lector. Se podrá discutir
si basta esta moralidad interna e inmanente
a la obra de arte y prescindir olímpicamente
de sus efectos y repercusiones políticas y
morales, pero la discusión debe comenzar por
ahí.
Es un hecho irrefutable que el alimento
cotidiano de millones de personas es el
reality, el fútbol y la telenovela; a su
vez se caricaturiza: el científico es un
extravagante, al artista un trastornado y el
filósofo se cae en el pozo. Se prefiere el
rock y el heavy metal que
exalta, emociona y consuela a la sonata de
Bethoven que es sinónimo de aburrimiento. Es
un problema no resuelto por nuestras
democracias liberales. Y además, ¿con qué
derecho el mandarín cultural impondrá el
caviar de Dante al gran público? No tiene
ninguno. La coerción de lo “clásico” en las
artes se ejerció en los regímenes
despóticos. En la URSS y en Europa del Este,
antes de 1989, daba la impresión que Goethe
y Schiller, Mozart y Pushkin inmunizaban de
toda basura. Había noches en Berlín en que
se daban cita media docena de recitales
clásicos y obras de teatro serias, desde
Sófocles a Brecht. Caído el muro, la
libertad reclamó su derecho inalienable a la
comida basura. El cineasta ruso Nikita
Mijalkov comentaba: “Se dice que la
democracia permitiría abrir un grifo de agua
fresca, y en realidad nos conectamos con las
alcantarillas”. Steiner se considera un
maestro de lectura: “Es una satisfacción
incomparable ser el servidor, el correo de
lo esencial, sabiendo que muy pocos pueden
ser creadores o descubridores de primera
categoría. Hasta en su nivel humilde -el de
maestro de escuela-, enseñar, enseñar bien,
es ser cómplices de una posibilidad
trascendente. Si lo despertamos, ese niño
exasperante de la última fila tal vez
escriba versos, tal vez conjeture el teorema
que mantendrá ocupados a los siglos”.
Necesitamos maestros de lectura que nos
digan que unas obras son mejores que otras,
más dignas de ser conocidas y amadas.
Jorge Peña Vial
Artes y Letras, El Mercurio, 21-VIII-2005
Universidad de los Andes, Santiago-Chile