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VERDAD Y LIBERTAD (Card. Joseph Ratzinger) |
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© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
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VERDAD Y
LIBERTAD
Por el Cardenal Joseph Ratzinger |
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El hombre es
imagen de Dios precisamente
en la medida en que el ser “desde”, “con” y
“para”
constituye el patrón antropológico
fundamental. |
I. LA PREGUNTA
En la mente del hombre contemporáneo la libertad se
manifiesta en gran medida como el bien absolutamente más
elevado, al cual se subordinan todos los demás bienes.
Consecuentes con lo anterior, las decisiones de los
tribunales atribuyen a la libertad artística y a la
libertad de opinión preponderancia por encima de todos
los demás valores morales. Los valores que compiten con
la libertad o que pueden requerir una restricción de la
misma parecen ser trabas o “tabúes”, es decir, restos de
prohibiciones y temores arcaicos. Para ser aceptada, la
política de los gobiernos debe dar muestras de
contribuir al progreso de la libertad. Incluso la
religión logra hacer oír su voz únicamente presentándose
como fuerza liberadora del hombre y la humanidad. En la
escala de valores de la cual el hombre depende para su
existencia humana, la libertad aparece como el valor
básico y el derecho humano fundamental. En contraste,
tendemos a reaccionar suspicazmente ante el concepto de
verdad: recordamos que ya se ha recurrido al término
“verdad” en muchas opiniones y sistemas, y que la
afirmación de la verdad ha sido a menudo un medio para
suprimir la libertad. Por otra parte, las ciencias
naturales han alimentado el escepticismo en relación con
todo aquello que no puede explicarse o demostrarse
mediante sus métodos exactos. Todo esto parece en
definitiva ser puramente una asignación subjetiva de un
valor que no puede aspirar a un carácter universalmente
obligatorio. La actitud moderna hacia la verdad se
resume en la forma más sucinta en la pregunta de
Pilatos: “Qué es la verdad?”. Quienquiera afirme estar
al servicio de la verdad con su vida, su palabra y su
acción debe estar dispuesto a ser considerado un soñador
o un fanático, porque “el mundo del más allá está
cerrado a nuestra mirada”. Esta frase del Fausto de
Goethe caracteriza nuestra actual sensibilidad común.
Indudablemente, la perspectiva de una pasión enteramente
segura de sí misma por la verdad sugiere motivos
suficientes para preguntar cautelosamente “¿Qué es la
verdad?”. Sin embargo, existen motivos igualmente
válidos para plantear la interrogante “¿Qué es la
libertad?”. ¿Qué queremos realmente decir al exaltar la
libertad ubicándola en el pináculo de nuestra escala de
valores? A mi modo de ver, el contenido en general
asociado por las personas con la exigencia de libertad
está explicado muy acertadamente en los términos de un
pasaje de Karl Marx en el cual éste expresa su propio
sueño de libertad. En el estado de la sociedad comunista
del futuro -dice- será posible “hacer una cosa hoy día y
otra mañana, cazar en la mañana, pescar en la tarde,
criar ganado en la noche y criticar después de la cena,
simplemente a gusto de cada uno...”[1].
Es precisamente el sentido en que la opinión del común
de la gente entiende de manera espontánea la libertad,
como el derecho y la oportunidad de hacer simplemente
todo lo que queramos y no tener que hacer cosa alguna
que no deseemos llevar a cabo. Dicho en otros términos,
la libertad significaría que nuestra propia voluntad es
la única norma de nuestra acción y no sólo podemos
desearlo todo, sino además tenemos la posibilidad de
realizar los deseos de esa voluntad. Sin embargo, en
este punto, comienzan a surgir interrogantes: ¿En qué
medida es libre la voluntad después de todo? ¿Y hasta
dónde es razonable? ¿Es una voluntad no razonable
realmente una voluntad libre? ¿Es una libertad no
razonable realmente libertad? ¿Es realmente un bien?
Para evitar la tiranía de la sinrazón, ¿no debemos
completar la definición de libertad señalando que es la
capacidad de desear y hacer lo que deseamos, ubicándolo
en el contexto de la razón, de la totalidad del hombre?
¿Y no implicará también la interacción entre la razón y
la voluntad la búsqueda de la razón común compartida por
todos los hombres y por consiguiente de la
compatibilidad de las libertades? Evidentemente, la
pregunta sobre la verdad está implícita en la pregunta
sobre el carácter razonable de la voluntad y el vínculo
entre ésta y la razón.
No son consideraciones filosóficas puramente abstractas
las que nos exigen hacernos esas preguntas, sino la
situación muy concreta de nuestra sociedad. Aún cuando
en esta situación no disminuye la exigencia de libertad,
salen cada vez con mayor dramatismo a relucir las dudas
sobre todas las formas de movimientos de lucha por la
liberación y sistemas de libertad existentes hasta
ahora. No olvidemos que el marxismo comenzó su
trayectoria como la gran fuerza política de nuestro
siglo sosteniendo que introduciría un nuevo mundo de
libertad y liberación humana. Fue precisamente la
seguridad otorgada por el marxismo de conocer el camino
científicamente garantizado hacia la libertad y de estar
en condiciones de crear un nuevo mundo lo que atrajo a
muchas de las mentes más audaces de nuestra época hacia
ese movimiento. A la larga, el marxismo llegó a
visualizarse como el poder mediante el cual la doctrina
cristiana de la redención podría convertirse finalmente
en una práctica realista de la liberación, es decir, en
la realización concreta del reino de Dios como el
verdadero reino del hombre. Con la caída del “socialismo
real” de las naciones de Europa Oriental, no han
desaparecido enteramente esas esperanzas, que subsisten
silenciosamente en distintos lugares buscando un nuevo
rostro. Junto con el fracaso político y económico no ha
habido una verdadera derrota intelectual, y en ese
sentido la interrogante planteada por el marxismo está
todavía lejos de resolverse. No obstante, está
claramente a la vista de todos el hecho de que el
sistema marxista no funcionó en la forma prometida.
Nadie puede seguir negando seriamente que este
ostensible movimiento de liberación ha sido, junto con
el Nacional Socialismo, el mayor sistema de esclavitud
de la historia moderna. El alcance de esta cínica
destrucción del hombre y el medio ambiente se ha
aquietado con cierta vergüenza, pero ya nadie puede
ponerlo en duda.
Estos procesos han mostrado la superioridad moral del
sistema liberal en la política y la economía. Sin
embargo, dicha superioridad no es motivo de entusiasmo.
Ciertamente, es demasiado grande el número de aquellos
que no tienen participación en los frutos de esta
libertad, perdiéndola en todas sus formas. Así, el
desempleo está siendo nuevamente un fenómeno masivo y la
sensación de no ser necesarios, de tener un carácter
superfluo, tortura a los hombres no menos que la pobreza
material. Hay una propagación de la explotación
inescrupulosa, el crimen organizado aprovecha las
oportunidades que le ofrece el mundo libre y
democrático, y en medio de esta situación nos acosa el
espectro de la insignificancia. En las Semanas
Universitarias de Salzburgo, en 1995, el filósofo polaco
Andrej Szizpiorski describía ampliamente el dilema de la
libertad que ha surgido con posterioridad a la caída del
muro de Berlín. Es aconsejable prestarle mayor atención:
No cabe duda alguna de que el capitalismo ha avanzado un
gran paso. Y tampoco cabe duda alguna de que no ha
estado a la altura de lo esperado. El clamor de las
enormes masas cuyos deseos no se han cumplido es
permanente en el capitalismo. La caída de la concepción
soviética del hombre y el mundo en la práctica política
y social liberó a millones de vidas humanas de la
esclavitud. Sin embargo, en el patrimonio intelectual
europeo, a la luz de la tradición de los últimos
doscientos años, la revolución anticomunista también
marca el fin de las ilusiones de la ilustración, es
decir, la destrucción de la concepción intelectual
fundamental en el desarrollo inicial de la Europa
moderna (...). Ha comenzado una época notable y sin
precedentes de desarrollo uniforme. Y de pronto se ha
visto, probablemente por primera vez en la historia, que
existe únicamente una fórmula, un camino, un modelo y un
método para organizar el futuro. Y el ser humano ha
perdido fe en el significado de las revoluciones que
están ocurriendo. También ha perdido la esperanza de que
el mundo pueda cambiar y su transformación valga la pena
(...). Con todo, ante la carencia total de alternativas,
las personas se plantean interrogantes totalmente
nuevas. La primera pregunta es la siguiente: ¿se
equivocó después de todo el Occidente? Y la segunda: si
el Occidente no tenía la razón, ¿quién la tenía
entonces? Nadie puede dudar en Europa que el comunismo
no estaba en lo cierto, con lo cual surge la tercera
interrogante, ¿no será que nadie puede tener la razón?
Si es así, todo el legado intelectual de la Ilustración
carece de valor (...). Tal vez, al cabo de dos siglos de
funcionamiento útil y sin dificultades, el motor a vapor
desgastado de la Ilustración se ha detenido a la vista
de nosotros y con nuestra cooperación. Y el vapor
simplemente se está evaporando. Si de hecho así están
las cosas, las perspectivas son desalentadoras[2].
Aún cuando aquí también podrían plantearse muchas
interrogantes en respuesta, no podemos dejar de lado el
realismo y la lógica de las preguntas fundamentales de
Szizypiorski. Al mismo tiempo, su diagnóstico es tan
desconsolador que no podemos detenernos ahí. ¿Nadie
tenía la razón? ¿Tal vez no existe “razón alguna”? ¿Son
los fundamentos de la Ilustración Europea, en los cuales
descansa el desarrollo histórico de la libertad, falsos
o al menos deficientes? En definitiva, la pregunta “¿qué
es la libertad?” no es menos complicada que la pregunta
“¿qué es la verdad?”. El dilema de la Ilustración, en el
cual hemos caído incuestionablemente, nos limita a
replantear estas dos preguntas y a renovar nuestra
búsqueda de relación entre ambas. Con el fin de avanzar,
debemos por lo tanto considerar nuevamente el punto de
partida del curso de la libertad en la modernidad. La
corrección claramente requerida del curso, para que los
senderos puedan asomar nuevamente ante nosotros desde el
panorama obscurecido, debe remontarse a los puntos de
partida y comenzar a operar desde allí. Ciertamente, en
el marco estrecho de un artículo sólo se puede procurar
destacar algunos puntos. Mi objetivo consiste aquí en
mostrar en cierta medida la magnitud y los peligros del
camino de la modernidad y así contribuir a una nueva
reflexión.
II. EL PROBLEMA: LA HISTORIA Y EL CONCEPTO DE
LIBERTAD EN LA MODERNIDAD
Sin duda, la libertad ha sido desde el comienzo el tema
que define la época que podemos llamar moderna. La
ruptura repentina con el viejo orden para ir en busca de
nuevas libertades es el único motivo que justifica esta
distinción de un nuevo período. En el polémico texto de
Lutero Von der Freiheit eines Christenmenschen
(Sobre la libertad de un cristiano), se abordó por
primera vez el tema en forma vigoroza y con tonos
resonantes[3].
Fue el grito de libertad que hizo ponerse de pie y
observar a los hombres, que provocó una verdadera
avalancha y convirtió los escritos de un monje en
ocasión de un movimiento de masas transformando
radicalmente la faz del mundo medieval. Estaba en
discusión la libertad de conciencia frente a la
autoridad de la Iglesia, es decir, la más íntima de
todas las libertades humanas. No es el orden de la
comunidad lo que salva al hombre, sino su fe enteramente
personal en Cristo. El hecho de que la totalidad del
sistema ordenado de la Iglesia medieval en definitiva
había perdido importancia se consideró un impulso masivo
hacia la libertad. El orden que en realidad estaba
destinado a apoyar y salvar parecía una carga; había
dejado de ser valedero, es decir, carecía de significado
redentor. La redención ahora significaba liberación,
liberación del yugo del orden supraindividual. Aún
cuando no sería correcto hablar del individualismo de la
Reforma, la nueva importancia del individuo y el cambio
de la relación entre la conciencia individual y la
autoridad constituyen no obstante parte de sus rasgos
predominantes. Sin embargo, este movimiento de
liberación se circunscribió dentro de la esfera
propiamente religiosa. Cada vez que se extendía a un
programa político, como la guerra de los campesinos o el
movimiento anabaptista, Lutero se oponía vigorosamente.
Lo ocurrido en el ámbito político fue precisamente lo
contrario de la liberación: con la creación de iglesias
territoriales y nacionales, aumentó y se consolidó el
poder de la autoridad secular. En el mundo anglosajón
las iglesias libres surgieron posteriormente de esta
nueva fusión del gobierno religioso y político, llegando
a ser precursoras de una nueva construcción de la
historia, que más tarde adquirió características claras
en la Ilustración, segunda etapa de la era moderna.
Es común a toda la Ilustración el deseo de emancipación,
inicialmente en el sentido kantiano del sapere aude,
atreverse a usar la razón por sí mismo. Kant impulsa
encarecidamente a la razón individual a liberarse de los
lazos de la autoridad, la cual debe someterse plenamente
a un examen crítico. Sólo se otorga validez a lo
accesible mediante los ojos de la razón. Este programa
filosófixo es por su propia naturaleza también de
carácter político: la razón reinará y en definitiva no
se acepta otra autoridad fuera de la razón. Sólo tiene
validez lo accesible para la razón; lo no razonable, es
decir, no accesible para la razón, tampoco puede ser
valedero. Esta tendencia fundamental de la Ilustración
se manifiesta con todo en filosofías sociales y
programas políticos diferentes e incluso contrarios. A
mi modo de ver, podemos distinguir dos corrientes
principales. La primera es la corriente anglosajona, con
su orientación predominantemente basada en los derechos
naturales y su tendencia hacia la democracia
constitucional, concebida como el único sistema realista
de la libertad. En el extremo opuesto del espectro, se
encuentra el enfoque radical de Rousseau, que en
definitiva apunta hacia una total autarquía. El
pensamiento basado en los derechos naturales implica en
forma crítica el criterio de los derechos innatos del
hombre tanto al derecho positivo como a las formas
concretas de gobierno. Estos derechos se consideran
anteriores a todo orden legal y constituyen su base y
medida. “El hombre ha sido creado libre y sigue siéndolo
aún cuando haya nacido encadenado”, dice Friedrich
Schiller en este sentido. Schiller no está haciendo una
afirmación para consolar a los esclavos con nociones
metafísicas, sino que ofrece un principio a los
luchadores, una máxima para la acción. Un orden jurídico
que crea esclavitud es un orden injusto. Desde la
creación el hombre tiene derechos que deben hacerse
cumplir para que exista la justicia. La libertad no se
otorga al hombre desde el exterior. Él es el titular de
derechos porque ha sido creado como ser libre. Este
pensamiento dio origen a la idea de los derechos
humanos, Carta Magna de la lucha moderna por la
libertad. Cuando se alude a la naturaleza en este
contexto, no se hace referencia únicamente a un sistema
de procesos biológicos. Lo importante es más bien el
hecho de que los derechos se encuentran presentes
naturalmente en el hombre mismo con anterioridad a toda
construcción legal. En este sentido, la idea de los
derechos humanos es en primer lugar de carácter
revolucionario: se opone al absolutismo del estado y a
los caprichos de la legislación positiva; pero también
es una idea metafísica, contiene en sí misma una
afirmación ética y legal. No es una materialidad ciega
que luego pueda configurarse de acuerdo con un carácter
puramente funcional. La naturaleza contiene el espíritu,
el carácter distintivo y la dignidad, y en este sentido
constituye tanto la afirmación jurídica como la medida
de nuestra liberación. En principio, aquí encontramos
algo muy parecido al concepto de naturaleza de la
epístola a los Romanos. De acuerdo a este concepto,
inspirado por el estilóbato y transformado por la
teología de la creación, los gentiles conocen la ley
guiados “por la razón natural” y son para sí mismos ley
(Rom 2:14).
En esta línea de pensamiento, el elemento específico,
propio de la Ilustración y la modernidad, reside en la
noción de acuerdo con la cual el carácter jurídico de la
naturaleza implica frente a las formas de gobierno
existentes ante todo la exigencia de que el estado y las
demás instituciones respeten los derechos del individuo.
La naturaleza humana posee en primer lugar derechos en
oposición a la comunidad, que deben protegerse de la
misma: la institución se visualiza como el polo opuesto
de la libertad, mientras el individuo aparece como su
portador, siendo su meta la total emancipación.
Hay aquí un punto de contacto entre la primera corriente
y la segunda, con una orientación considerablemente más
radical. Para Rousseau, todo cuanto debe su origen a la
razón y a la voluntad es contrario a la naturaleza y la
corrompe y contradice. El concepto de naturaleza no está
en sí mismo configurado por la idea de un derecho
supuestamente anterior a todas nuestras instituciones
como ley de la naturaleza. El concepto de naturaleza de
Rousseau es antimetafísico y correlativo con su sueño de
una total libertad, absolutamente no reglamentada[4].
Ideas similares reaparecen en Nietzsche, que opone el
frenesí dionisíaco al orden apolíneo, evocando así las
antítesis primordiales de la historia de las religiones:
el orden de la razón, representado simbólicamente por
Apolo, que corrompe el frenesí libre y sin restricciones
de la naturaleza[5],
Klages retoma el mismo motivo con su idea de que el
espíritu es el adversario del alma: el espíritu no es el
gran nuevo don en el cual únicamente existe la libertad,
sino un elemento corrosivo del origen prístino con su
pasión y libertad[6].
En cierto sentido, esta declaración de guerra al
espíritu es enemiga de la Ilustración, y en esa medida
el Nacional Socialismo, con su hostilidad a la
Ilustración y su culto a “la sangre y el suelo”, podía
recurrir a este tipo de corrientes. En todo caso, aún
aquí el grito de libertad, motivo fundamental de la
Ilustración, no es puramente operativo y se da en su
forma más radicalmente intensificada. En la política
radical del siglo pasado y el actual, han surgido
repetidamente diversas formas de esas tendencias contra
la forma de libertad domesticada democráticamente. La
revolución francesa, que comenzó con la idea de una
democracia constitucional, se despojó muy pronto de esa
cadena, adoptando el camino de Rousseau y la concepción
anárquica de la libertad, por lo cual precisamente se
convirtió de forma inevitable en una dictadura
sangrienta.
El marxismo es también una continuación de esta línea
radical: criticó permanentemente la libertad
democrática, calificándola de impostura y ofreciendo una
libertad superior, más radical. Ciertamente, su poder de
fascinación provenía justamente de la promesa de una
libertad mayor y más vigorosa que aquella obtenida en
las democracias. Dos aspectos del sistema marxista me
parecen de especial importancia en relación con el
problema de la libertad en el período moderno y la
pregunta sobre la verdad y la libertad.
-
El marxismo parte del principio según
el cual la libertad es indivisible, es decir, existe
como tal únicamente cuando es de todos. La libertad está
unida a la igualdad. La existencia de la libertad exige
ante todo el establecimiento de la igualdad. Por
consiguiente, es necesario renunciar a la libertad con
el fin de alcanzar la meta de la total libertad. La
solidaridad de quienes luchan por la libertad de todos
es anterior a la reivindicación de las libertades
individuales. La cita de Marx que sirvió de punto de
partida para nuestras reflexiones nos muestra que la
idea de libertad sin límites del individuo reaparece al
final del proceso. Con todo, en el presente, la norma es
el carácter prioritario de la comunidad, la
subordinación de la libertad a la igualdad y por lo
tanto la preponderancia del derecho comunitario en
oposición al individuo.
-
Está ligada con esta noción la
suposición según la cual la libertad del individuo
depende de la estructura de la totalidad y la lucha por
la libertad no debe trabarse principalmente para
asegurar los derechos del individuo, sino para modificar
la estructura del mundo. Sin embargo, ante la
interrogante sobre la supuesta forma de esta estructura
y los medios para concretarla, el marxismo no pudo dar
una respuesta, ya que en el fondo hasta un ciego podría
ver que ninguna de sus estructuras permite realmente que
la libertad en nombre de la cual se hacía un llamado a
los hombres, deje de lado la misma libertad; pero los
intelectuales son ciegos en relación con sus propias
construcciones intelectuales y por este motivo podían
abjurar de todo realismo y seguir luchando por un
sistema incapaz de honrar sus promesas. Se refugiaron en
la mitología, afirmando que la nueva estructura daría
origen a un hombre nuevo, porque en realidad las
promesas del marxismo sólo podían operar con hombres
nuevos, totalmente distintos a lo que son en este
momento. Si el carácter moral del marxismo descansa en
el imperativo de la solidaridad y en la idea de la
indivisibilidad de la libertad, existe una mentira
evidente en su proclamación del hombre nuevo, que
paraliza incluso su ética incipiente. Las verdades
parciales son correlativas con una mentira y este hecho
anula la totalidad: toda mentira sobre la libertad
neutraliza incluso los elementos de verdad asociados con
la misma. La libertad sin verdad no es en absoluto
libertad.
Detengámonos en este punto. Hemos
llegado una vez más a lo esencial de los problemas
formulados tan drásticamente por Szizypiorski en
Salzburgo. Sabemos ahora cuál es la mentira, al menos en
relación con las formas en que se ha dado hasta ahora el
marxismo; pero todavía estamos lejos de saber qué es la
verdad. En realidad, se intensifica nuestra aprensión:
¿tal vez no existe verdad alguna? ¿Es posible que
simplemente no exista derecho alguno? ¿Debemos
contentarnos con un orden social mínimo de carácter
momentáneo? ¿Pero es posible que incluso semejante orden
no dé resultado, como lo muestran los últimos
acontecimientos en los Balcanes y tantas otras partes
del mundo? El escepticismo aumenta y los fundamentos del
mismo adquieren un carácter más convincente. Al mismo
tiempo, no es posible descartar el deseo de lo absoluto.
La sensación de que la democracia no es la forma
correcta de libertad es bastante común y se propaga cada
vez más. No es fácil descartar simplemente la crítica
marxista de la democracia: ¿en qué medida son libres las
elecciones? ¿En qué medida son manipulados los
resultados por la propaganda, es decir, por el capital,
por un pequeño número de individuos que domina la
opinión pública? ¿No existe una nueva oligarquía, que
determina lo que es moderno y progresista, lo que un
hombre ilustrado debe pensar? Es suficientemente notoria
la crueldad de esta oligarquía y su poder de ejecución
pública. Cualquiera que interfiera su tarea es un
enemigo de la libertad, porque después de todo está
obstaculizando la expresión libre de la opinión. ¿Y cómo
se llega a tomar decisiones en los órganos
representativos? ¿Quién podría seguir creyendo que el
bienestar general de la comunidad orienta realmente el
proceso de toma de decisiones? ¿Quién podría dudar del
poder de ciertos intereses especiales, cuyas manos
sucias están a la vista cada vez con mayor frecuencia? Y
en general, ¿es realmente el sistema de mayoría y
minoría realmente un sistema de libertad? ¿Y no son los
grupos de intereses de todo tipo manifiestamente más
fuertes que el parlamento, órgano esencial de la
representación política? En este enmarañado juego de
poderes surge el problema de la ingobernabilidad en
forma aún más amenazadora: el predominio de la voluntad
de ciertos individuos sobre otros obstaculiza la
libertad de la totalidad.
Existe indudablemente un coqueteo con las soluciones
autoritarias y un alejamiento de una libertad que se
escapa. Sin embargo, esta actitud no define aún la
mentalidad de nuestro siglo. La corriente radical de la
Ilustración no ha perdido su atractivo y ciertamente
está adquiriendo cada vez más poder. Precisamente en el
enfrentamiento con los límites de la democracia, el
clamor por la libertad total adquiere mayor vigor. Hoy
como ayer, ciertamente -y en mayor medida- la “Ley y el
Orden” se consideran la antítesis de la libertad. Hoy
como ayer la institución, la tradición y la autoridad
parecen ser polaridades opuestas de la libertad. La
tendencia anarquista del anhelo de libertad está
adquiriendo mayor fuerza porque las formas ordenadas de
la libertad pública son insatisfactorias. Las grandes
promesas hechas en los inicios de la modernidad no se
han cumplido, de manera que su fascinación no ha
disminuido. La forma democráticamente ordenada de la
libertad no puede seguir defendiéndose puramente
mediante una reforma legal determinada. La interrogante
se remonta a los fundamentos mismos, está vinculada con
lo que el hombre es y cómo puede vivir adecuadamente
tanto individual como colectivamente.
Vemos cómo el problema político, filosófico y religioso
de la libertad ha llegado a ser una totalidad
indisoluble. Todo aquel que busque caminos hacia delante
debe tener en cuenta esta totalidad y no puede
contentarse con pragmatismos superficiales. Antes de
intentar describir en la última parte algunas
orientaciones que en mi opinión se están abriendo,
quisiera revisar brevemente la filosofía tal vez más
radical de la libertad de nuestro siglo, la de J.P.
Sartre, en la medida que hace resaltar claramente toda
la magnitud y gravedad del problema. Sartre considera al
hombre condenado a la libertad. En contraste con el
animal, el hombre no tiene “naturaleza”. El animal vive
su existencia de acuerdo a leyes con las cuales
simplemente ha nacido; no necesita considerar qué debe
hacer con su vida. Sin embargo, la esencia del hombre es
indeterminada. Es una pregunta abierta. Yo mismo debo
decidir qué entiendo por “humanidad”, qué quiero hacer
con la misma y cómo deseo moldearla. El hombre no tiene
naturaleza, pero es pura libertad. Su vida debe tomar
alguna dirección, pero en definitiva a nada llega. Esta
libertad absurda es el infierno del hombre. Lo
inquietante de este enfoque es el hecho de conducir a
una separación de la libertad y la verdad hasta llegar a
la conclusión más radical: no existe en absoluto la
verdad. La libertad no tiene dirección ni medida[7].
En todo caso, esta ausencia total de la verdad, esta
ausencia total de todo vínculo moral y metafísico, esta
libertad absolutamente anárquica, entendida como
cualidad esencial del hombre, se manifiesta a un
individuo que procura vivirla no como supremo realce de
la existencia, sino como frustración en la vida, vacío
absoluto y definición de la condenación. El aislamiento
de un concepto radical de la libertad, que para Sartre
fue una experiencia vivida, muestra con toda la claridad
deseable que al liberarnos de la verdad no obtenemos la
libertad pura, sino su abolición. La libertad anárquica,
considerada radicalmente, no redime, sino convierte al
hombre en una criatura extraviada, un ser sin sentido.
III. VERDAD Y LIBERTAD
-
Sobre la esencia de la libertad
humana
Después de esta tentativa de comprender el origen de
nuestros problemas y obtener una visión clara de su
tendencia interna, corresponde ahora buscar respuestas.
Ha llegado a ser evidente que el punto crítico de la
historia de la libertad en el cual nos encontramos ahora
descansa en una idea no aclarada y unilateral de la
libertad. Por una parte, el concepto de libertad se ha
aislado y por consiguiente falsificado: la libertad es
un bien, pero únicamente dentro de una red de otros
bienes, junto con los cuales constituye una totalidad
indisoluble. Por otra parte, la noción misma se ha
restringido estrechamente, abarcando únicamente los
derechos de la libertad individual, con lo cual ha
quedado desprovista de su verdad humana. Quisiera
ilustrar el problema que presenta esta forma de
comprender la libertad recurriendo a un ejemplo
concreto. Al mismo tiempo, este ejemplo puede abrir el
camino hacia una visión más adecuada de la libertad. Me
refiero al problema del aborto. En la radicalización de
la tendencia individualista de la Ilustración, el aborto
aparece como un derecho propio de la libertad: la mujer
debe estar en condiciones de hacerse cargo de sí misma;
debe tener la libertad de dicidir si trae un hijo al
mundo o se deshace del mismo; debe tener la facultad de
tomar decisiones sobre su propia vida, y nadie puede
imponerle (así nos dicen) desde afuera norma alguna de
carácter definitivamente obligatorio. Lo que está en
juego es el derecho a la autodeterminación. ¿Pero
realmente está tomando una decisión sobre su propia vida
la mujer que aborta? ¿No está decidiendo precisamente
sobre otro ser, decidiendo que no debe otorgársele
libertad alguna, y en ese espacio de libertad, que es
vida, debe ser despojado de la misma porque está
compitiendo con su propia libertad? Por consiguiente, la
pregunta que debemos hacernos es la siguiente:
¿exactamente qué tipo de libertad tiene incluso derecho
a anular la libertad de otro ser tan pronto como ésta
surge?
Ahora bien, no puede decirse que el tema del aborto es
un caso especial, inadecuado para aclarar el problema
general de la libertad. No, precisamente este ejemplo
destaca la figura básica de la libertad humana y muestra
claramente lo típicamente humano de la misma. Porque
¿qué está en juego aquí? El ser de otra persona está tan
íntimamente vinculado con el de la madre que en el
presente sólo puede sobrevivir encontrándose físicamente
con ella, en una unidad física con la misma. Sin
embargo, dicha unidad no anula el hecho de que este ser
sea otro ni nos autoriza a poner en duda su
individualidad propia. Con todo, el ser uno mismo en
esta forma proviene radicalmente de otro ser y se da a
través de éste. A la inversa, es ser-con exige al
ser del otro, es decir, de la madre, a convertirse en un
ser-para, en contradicción con su propio deseo de
autonomía, y por consiguiente ella lo experimenta como
la antítesis de su propia libertad. Debemos agregar que
incluso después de nacer el hijo y cambiar la forma
exterior de su ser a partir de y con, sigue siendo
igualmente dependiente y encontrándose a merced de un
ser-para. Ciertamente, se podría entregar el niño a
una institución y someterlo al cuidado de otro “para”,
pero la figura antropológica es la misma, ya que sigue
existiendo un “a partir de” que exige un “para”. Debo
Aceptar los límites de mi libertad, o más bien dicho
vivir mi libertad no como competencia, sino con espíritu
de mutuo apoyo. Si abrimos los ojos, vemos que a su vez
esto no sólo ocurre en relación con el hijo, sino que la
presencia del mismo en el útero materno es simplemente
una representación muy gráfica de la esencia humana en
general. También el adulto sólo puede existir con otro y
a partir del mismo, y por consiguiente es
permanentemente remitido a ese ser-para del cual
justamente quisiera prescindir. Dicho con más precisión,
el hombre espontáneamente da por sentado el ser-para
de los demás en la configuración de la actual red de
sistemas de servicios, pero si tuviera la posibilidad,
preferiría no estar obligado a participar en ese “a
partir de” y “para” y le gustaría llegar a ser
totalmente independiente y poder hacer y no hacer
únicamente lo que le plazca. La exigencia radical de
libertad, que cada vez con más claridad comprobamos ser
producto del curso histórico de la Ilustración, sobre
todo de la línea iniciada por Rousseau, y que en la
actualidad configura en gran medida la mentalidad
general, prefiere no tener un de dónde ni un
adónde, no ser a partir de ni para,
sino encontrarse plenamente en libertad. En otras
palabras, considera lo que es realmente la figura
fundamental de la existencia humana en sí misma como un
ataque a la libertad, que la acomete antes que el
individuo tenga la posibilidad de vivir y actuar. El
clamor radical por la libertad exige la liberación del
hombre de su esencia misma de hombre, de tal manera que
pueda convertirse en el “hombre nuevo”. En la nueva
sociedad, las dependencias que restringen el yo y la
necesidad de altruismo no tendrían derecho a seguir
existiendo. “Seréis como dioses”. Es posible visualizar
con bastante claridad esta promesa detrás de la
exigencia radical de libertad de la modernidad. Aún
cuando Ernst Topisch creía poder decir con seguridad que
en la actualidad ningún hombre razonable todavía aspira
a ser como Dios, si observamos más detenidamente,
podemos afirmar precisamente lo contrario: la meta
implícita de todas las luchas por la libertad de la
modernidad es llegar a ser en definitiva como un dios
que no depende de nada y de nadie y cuya propia libertad
no esté restringida por la de otro ser. Una vez
vislumbrado este núcleo teológico oculto del deseo
radical de libertad, podemos también percibir el error
fundamental que sigue ejerciendo su influjo aún cuando
esas conclusiones radicales no se deseen directamente o
incluso se rechacen. El deseo de ser totalmente libres,
sin la libertad competitiva de otros, sin un “a partir
de” ni un “para”, no presupone una imagen de Dios, sino
un ídolo. El error fundamental de semejante deseo
radicalizado de libertad reside en la idea de una
divinidad concebida como puro egoísmo. El dios concebido
de esta manera no es un Dios, sino un ídolo.
Ciertamente, es la imagen de lo que la tradición
cristiana llamará el demonio, el anti-Dios, porque
contiene exactamente la antítesis radical del verdadero
Dios. El verdadero Dios es por su propia naturaleza
enteramente un ser-para (Padre), un ser a
partir de (Hijo) y un ser-con (Espíritu
Santo). El hombre, por su parte, es precisamente a
imagen de Dios en la medida en que el “a partir de”, el
“con” y el “para” constituyen el patrón antropológico
fundamental. Cada vez que existe una tentativa de
liberarnos de este patrón, no estamos en el camino hacia
la divinidad, sino hacia la deshumanización, hacia la
destrucción del propio ser mediante la destrucción de la
verdad. La variante jacobina de la idea de liberación
(llamemos así a los radicalismos de la modernidad) es
una rebelión contra el ser mismo del hombre, una
rebelión contra la verdad, que por consiguiente conduce
al hombre, como Sartre vio con gran penetración, hacia
una existencia contradictoria en sí misma, que llamamos
infierno.
De lo anterior se desprende que la libertad está
asociada a una medida, la medida de la realidad, que es
la verdad. La libertad de destruirse a sí mismo o
destruir a otro no es libertad, sino parodia demoníaca.
La libertad del hombre es compartida, en la existencia
conjunta de libertades que se limitan y por tanto se
apoyan entre sí. La libertad debe medirse por lo que
soy, por lo que somos; de lo contrario, se anula a sí
misma. Habiendo dicho esto, estamos en condiciones de
hacer una corrección esencial de la imagen superficial
de libertad tan predominante en el presente: si la
libertad del hombre sólo puede consistir en la
coexistencia ordenada de libertades, esto significa que
el orden -derecho[8]-
no es la antítesis conceptual de la libertad, sino más
bien condición, ciertamente, elemento constitutivo de la
libertad misma. El derecho no es un obstáculo para la
libertad, sino un elemento constitutivo de la misma. La
ausencia de derecho es ausencia de libertad.
-
Libertad y responsabilidad
Claramente, este enfoque da lugar de inmediato a nuevas
interrogantes: ¿qué derecho es acorde con la libertad?
¿Cómo debe estructurarse el derecho para constituir un
orden justo de la libertad? Porque indudablemente existe
un falso derecho, que esclaviza y por tanto no es en
absoluto derecho, sino una forma regulada de injusticia.
Nuestra crítica no debe dirigirse al derecho en sí
mismo, en la medida que éste es parte de la esencia de
la libertad; debe desenmascarar el falso derecho como
tal y servirnos para arrojar luz sobre el verdadero
derecho, aquel que es acorde con la verdad y por
consiguiente con la libertad.
¿Pero cómo encontramos este orden justo? Esta es la gran
interrogante de la verdadera historia de la libertad,
planteada en definitiva en su forma correcta. Como lo
hemos hecho hasta ahora, abstengámonos de trabajar con
consideraciones filosóficas abstractas. Procuremos más
bien enfocar una respuesta en forma inductiva a partir
de las realidades de la historia tal como están dadas
efectivamente. Si comenzamos con una pequeña comunidad
de proporciones manejables, sus posibilidades y límites
nos entregan cierta base para detectar el orden más
adecuado para la vida compartida por todos los miembros,
de tal manera que surge una forma común de libertad de
su existencia conjunta. En todo caso, semejante pequeña
comunidad no es autónoma; está ubicada dentro de órdenes
mayores, que junto con otros factores determinan se
esencia. En la era de las naciones, se acostumbraba dar
por sentado que la propia nación era la unidad
representativa, que el bien común de la misma era
también la justa medida de su libertad como comunidad.
Los acontecimientos de nuestro siglo han demostrado que
este punto de vista es inadecuado. Agustín señaló al
respecto que si un Estado se mide a sí mismo únicamente
por sus intereses comunes y no por la justicia misma,
por la verdadera justicia, no se diferencia
estructuralmente de una banda de ladrones debidamente
organizada. Después de todo, la banda de ladrones
típicamente emplea como medida de sí misma su propio
bien independientemente del bien de los demás. Si nos
remontamos al período colonial y los estragos que legó
al mundo, vemos hoy día cómo incluso Estados debidamente
ordenados y civilizados tenían en algunos aspectos
semejanzas con la naturaleza de las bandas de ladrones,
ya que pensaban únicamente en términos de su propio bien
y no del bien en sí mismo. Por consiguiente, la libertad
garantizada en esta forma tiene algo de la libertad del
bandido. No es una libertad verdadera y auténticamente
humana. En la búsqueda de la justa medida, toda la
humanidad debe ser considerada y nuevamente -como lo
vemos cada vez con más claridad- no sólo la humanidad
actual, sino también futura.
Por lo tanto, el criterio del verdadero derecho, que
puede llamarse tal por ser acorde con la libertad, sólo
puede ser el bien de la totalidad, el bien en sí mismo.
Basándose en este enfoque, Hans Jonas definió la
responsabilidad como el concepto central de la ética[9].
Así, para comprender debidamente la libertad debemos
concebirla siempre en un paralelo con la
responsabilidad. Por consiguiente la historia de la
liberación sólo puede darse como historia del incremento
de la responsabilidad. La mayor libertad ya no puede
descansar puramente en dar cada vez más amplitud a los
derechos individuales en sí mismos. La mayor libertad
debe ser mayor responsabilidad, y eso incluye la
aceptación de los vínculos cada vez mayores requeridos
por las exigencias de la existencia en común de la
humanidad y por la conformidad con la esencia del
hombre. Si la responsabilidad responde a la verdad del
ser del hombre, podemos decir entonces que un componente
esencial de la historia de la liberación es la
purificación en curso en aras de la verdad. La verdadera
historia de la libertad consiste en la purificación de
los individuos y las instituciones a través de esta
verdad.
El principio de responsabilidad establece un marco que
requiere llenarse con cierto contenido. Este es el
contexto en el cual debemos considerar la propuesta del
desarrollo de un carácter distintivo planetario, de la
cual Hans Küng ha sido un portavoz principal y
apasionadamente comprometido. Indudablemente, en nuestra
actual situación, es sensato y necesario buscar los
elementos básicos comunes de las tradiciones éticas de
las diversas religiones y culturas. En este sentido,
semejante esfuerzo es de todas maneras importante y
apropiado. Por otra parte, los límites de este tipo de
tarea son evidentes. Joachim Fest, entre otros, ha
llamado la atención sobre estos límites en un análisis
comprensivo, pero también muy pesimista, con una
tendencia general muy vinculada al escepticismo de
Szizypiorski[10].
Porque este mínimo ético que se desprende de las
religiones del mundo carece en primer lugar de toda la
obligatoriedad y autoridad intrínseca que es requisito
previo de la ética. A pesar de todos los esfuerzos por
llegar a una posición claramente comprensible, también
carece de la evidencia de la razón, que en opinión de
los autores podría y debería sustituir a la autoridad, y
también carece del carácter concreto sin el cual la
ética no puede entrar en su propio terreno. Una idea
implícita en este experimento me parece correcta: la
razón debe escuchar a las grandes tradiciones religiosas
si no quiere llegar a ser sorda, muda y ciega
precisamente ante lo esencial de la existencia humana.
Toda gran filosofía adquiere vida al escuchar y aceptar
la tradición religiosa. Cuando desaparece esta relación,
el pensamiento filosófico se marchita y se convierte en
puro juego conceptual[11].
El tema mismo de la responsabilidad, es decir, el
problema de anclar la libertad en la verdad del bien del
hombre y el mundo, revela con gran claridad la necesidad
de escuchar atentamente esa tradición, ya que aún cuando
el enfoque general del principio de responsabilidad es
en gran medida acertado, todavía nos preguntamos cómo
llegar a una visión amplia de lo que es el bien para
todos, no sólo para el presente, sino también para el
futuro. Aquí nos acecha un doble peligro. Por una parte
existe el riesgo de caer en el consecuencialismo,
criticado debidamente por el Papa en su encíclica moral
(Veritatis splendor, nn.71-83). El hombre
simplemente se engaña a sí mismo si cree ser capaz de
determinar toda la gama de consecuencias provenientes de
su acción y convertirlas en normas de su libertad. Al
hacerlo, sacrifica el presente por el futuro, mientras
al mismo tiempo deja de construir el futuro. Por otra
parte, ¿quién decide lo que prescribe nuestra
responsabilidad? Cuando la verdad deja de visualizarse
en el contexto de una apropiación inteligente de las
grandes tradiciones de la fe, se sustituye por el
consenso. Con todo, debemos preguntarnos una vez más:
¿el consenso de quiénes? La respuesta común es “el
consenso de quienes son capaces de elaborar argumentos
racionales”. Como es imposible desconocer la arrogancia
elitista de semejante dictadura intelectual, se dice
entonces que las personas capaces de elaborar argumentos
racionales también deberían comprometerse en la
“defensa” de quienes no tienen esa capacidad. Toda esta
línea de pensamiento difícilmente puede inspirar
confianza. Es evidente para todos la fragilidad de los
consensos y la facilidad con que en cierto clima
intelectual los grupos partidistas pueden afirmar que
son los únicos representantes equitativos del progreso y
la responsabilidad. También es muy fácil aquí expulsar
al demonio con Belcebú o sustituir el demonio de los
sistemas intelectuales del pasado con otros siete nuevos
y peores.
-
La verdad de nuestra humanidad
La forma de establecer la relación correcta entre
responsabilidad y libertad no puede determinarse
simplemente mediante un cálculo de los efectos. Debemos
volver a la idea de que la libertad del hombre se da en
la coexistencia de las libertades. Sólo así es
verdadera, es decir, en conformidad con la auténtica
realidad del hombre. Por consiguiente, no es de ninguna
manera necesario buscar elementos externos para corregir
la libertad del individuo. De lo contrario, libertad y
responsabilidad, libertad y verdad serían eternos
opuestos, y no lo son. Entendida debidamente, la
realidad del individuo en sí mismo incluye una
referencia a la totalidad, al otro. Así, nuestra
respuesta a la pregunta anterior es que existe una
verdad común de una humanidad única presente en todos
los hombres. La tradición ha llamado a esta verdad la
“naturaleza” humana. Basándonos en la fe en la creación,
podemos formular este punto con mayor claridad: existe
una idea divina, el “hombre”, a la cual debemos
responder. En esta idea, la libertad y la comunidad, el
orden y la preocupación por el futuro constituyen una
totalidad única.
La responsabilidad consistiría entonces en vivir nuestro
ser como respuesta a lo que somos en verdad. Esta verdad
del hombre, en la cual la libertad y el bien de la
totalidad son correlativos en forma inextricable, se
expresa centralmente en la tradición bíblica en el
Decálogo, que a propósito coincide en muchos aspectos
con las grandes tradiciones éticas de otras religiones.
El Decálogo es al mismo tiempo la autorrepresentación y
autoexhibición de Dios y la exposición de lo que es el
hombre, la manifestación luminosa de su verdad. Esta
verdad llega a ser visible en el espejo de la esencia
divina, porque el hombre sólo puede comprenderse
debidamente en relación con Dios. Vivir el Decálogo
significa vivir nuestra semejanza con Dios, corresponder
a la verdad de nuestro ser y por consiguiente hacer el
bien. Dicho de otra manera, vivir el Decálogo significa
vivir la divinidad del hombre, que es la definición
misma de la libertad: la fusión de nuestro ser con el
ser divino y la consiguiente armonía de todo con todo
(Catecismo de la Iglesia Católica, nn 2052-82).
Para comprender correctamente esta afirmación, debemos
agregar una observación. Toda palabra humana
significativa alcanza una mayor profundidad, más allá de
lo que el hablante tiene conciencia inmediata de estar
diciendo; en lo dicho siempre hay un excedente de lo no
dicho, que permite a las palabras crecer en el curso de
las épocas. Si esto es verdad en relación con el habla
humana, debe ser a fortiori verdad en cuanto al
mundo proveniente de las profundidades de Dios. El
Decálogo nunca se comprende simplemente de una vez por
todas. En las situaciones sucesivas y cambiantes en que
se ejerce históricamente la responsabilidad, el Decálogo
aparece en perspectivas siempre nuevas, y se abren
permanentemente nuevas dimensiones en su significado. El
hombre es conducido hacia la totalidad de la verdad, que
en ningún caso puede nacer únicamente en un momento
histórico (cf. Jn 16: 12f). Para el cristiano, la
exégesis del Decálogo que se realiza en las palabras y
en la vida, pasión y resurrección de Cristo es la
autoridad interpretativa decisiva, que abre una
profundidad hasta ahora no sospechada. Por consiguiente,
el hecho de escuchar el hombre el mensaje de la fe no
consiste en registrar pasivamente información
desconocida de otra forma, sino el renacimiento de
nuestra memoria sofocada y la apertura de los poderes de
comprensión que esperan la luz de la verdad en nosotros.
Así esta comprensión es un proceso sumamente activo, en
el cual se despliega por primera vez toda la búsqueda de
la razón de los criterios de nuestra responsabilidad. La
búsqueda de la razón no se sofoca, sino que se libera
del círculo de impotencia de la oscuridad impenetrable y
emprende su camino. Si el Decálogo, aclarado en una
comprensión racional, es la respuesta a las exigencias
intrínsecas de nuestra esencia, no es el polo opuesto de
nuestra libertad, sino su verdadera forma. En otras
palabras, es la base de todo orden justo de la libertad
y el verdadero poder liberado de la historia humana.
IV. SÍNTESIS DE LOS RESULTADOS
“Tal vez, al cabo de dos siglos de funcionamiento útil y
sin dificultades, el motor a vapor desgastado de la
Ilustración se ha detenido a la vista de nosotros y con
nuestra cooperación. Y el vapor simplemente se está
evaporando”. Este es el diagnóstico pesimista de
Szizypiorski, que habíamos citado al comienzo como
invitación a la reflexión. Ahora diría que la operación
de esta máquina nunca careció de dificultades. Pensemos
tan sólo en las dos guerras mundiales de nuestro siglo y
en las dictaduras que hemos presenciado. También
quisiera agregar que de ninguna manera es necesario
dejar fuera de servicio la totalidad del legado de la
Ilustración como tal y declararlo motor a vapor
desgastado. Sin embargo, lo que realmente necesitamos es
corregir el curso en tres puntos esenciales, con los
cuales me gustaría resumir el resultado de mis
reflexiones.
-
Es falsa una comprensión de la
libertad que tiende a considerar la liberación
exclusivamente como la anulación cada vez más total de
las normas y una permanente ampliación de las libertades
individuales hasta el punto de llegar a la emancipación
completa de todo orden. Para no conducir al engaño y la
autodestrucción, la libertad debe estar orientada por la
verdad, es decir, por lo que realmente somos, y debe
corresponder con nuestro ser. Puesto que la esencia del
hombre consiste en ser a partir de; ser con
y ser para, la libertad humana sólo puede existir
en la comunión ordenada de las libertades. Por
consiguiente, el derecho no es la antítesis de la
libertad, sino una condición, ciertamente un elemento
constitutivo de la misma. La liberación no reside en la
abolición gradual del derecho y las normas, sino en la
purificación de nosotros mismos y las normas de tal
manera que sea posible la coexistencia humana de las
libertades.
-
De la verdad de nuestro ser esencial
se desprende otro punto: nunca existirá un estado
absolutamente ideal de cosas en nuestra historia humana
y jamás se establecerá el orden definitivo de la
libertad. El hombre está siempre en camino y es siempre
finito. Szizypiorski, considerando la notoria injusticia
del orden socialista y todos los problemas del orden
liberal, ha planteado la siguiente interrogante llena de
dudas: ¿y si no existe en absoluto un orden justo?
Nuestra respuesta debe ser ahora que en realidad nunca
existirá un orden de cosas absolutamente ideal, justo en
todos los aspectos[12].
Quienquiera afirme que existirá no está diciendo la
verdad. La fe en el progreso no es falsa en todo
sentido. Lo falso, sin embargo, es el mito del mundo
liberado del futuro, en el cual todo será diferente y
bueno. Podemos establecer únicamente órdenes relativos,
que sólo pueden ser justos en forma relativa; pero
debemos esforzarnos precisamente por lograr esta
aproximación lo mejor posible a lo que es realmente
justo. Nada más, ninguna escatología histórica interna,
libera, sino engaña y por lo tanto esclaviza. Por este
motivo, el esplendor mítico atribuido a conceptos tales
como el cambio y la revolución debe desmitificarse. El
cambio no es un bien en sí mismo. Su carácter positivo o
negativo depende de su contenido concreto y de los
puntos de referencia. La opinión de acuerdo con la cual
la tarea esencial en la lucha por la libertad consiste
en transformar el mundo es -repito- un mito. La historia
siempre tendrá sus vicisitudes. En cuanto a la
naturaleza ética del hombre en sentido estricto, las
cosas no se dan en línea recta, sino en ciclos. Nuestra
tarea consiste en todo momento en luchar en el presente
por la constitución relativamente mejor de la existencia
en común del hombre y al hacerlo preservar el bien ya
obtenido, superar los males existentes y resistir la
irrupción de las fuerzas destructivas.
-
Debemos también descartar de una vez
y para siempre el sueño de la autonomía absoluta y la
autosuficiencia de la razón. La razón humana necesita el
apoyo de las grandes tradiciones religiosas de la
humanidad y por cierto examinará críticamente cada una
de ellas. La patología de la religión es la enfermedad
más peligrosa de la mente humana. Existe en las
religiones, pero también se da precisamente cuando la
religión como tal es rechazada y se asigna una condición
de valor absoluto a bienes relativos. Los sistemas
ateístas de la modernidad constituyen los ejemplos más
aterradores de una pasión religiosa desprovista de su
propia naturaleza, enfermedad de la mente humana que
amenaza la vida. Cuando se niega a Dios, en vez de
construir la libertad, se la despoja de sus bases y por
consiguiente se distorsiona[13].
Cuando se descartan enteramente las tradiciones
religiosas más puras y profundas, el hombre se aparta de
su verdad, vive contra sí mismo y pierde la libertad. Ni
siquiera la ética filosófica puede ser
incondicionalmente autónoma. No puede renunciar a la
idea de Dios ni a la idea de una verdad del ser con
carácter ético[14].
Si no existe una verdad acerca del hombre, éste carece
de libertad. Sólo la verdad nos hace libres.
[1]
R. Marx y F. Engels, Weerke, 39vols. (Berlín, 1961-71),
3;33.
[2] Cito a
Szizypiorski del manuscrito suministrado durante las
Semanas Universitarias.
[3] Cf. Sobre
todo lo que sigue, por ejemplo, en E. Lohese, Martin
Luther (München, 1981), 60f, 86ff.
[4] Cf. D.
Wyss, “Zur Psychologie un Psychopathiologie der
Verblendung; J.J. Rousseau und M. Bobespierre, die
Begründer des Sozialismus”, en Jahers-und Tagungsbericht
der Górres-Gesellschaft (1992), 33-45; R. Spa
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Enviado por Humanitas, nº 14 - 05/07/2005 |
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