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VERDAD Y LIBERTAD ASEQUIBLES (S. S. Juan Pablo II)

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Verdad y libertad asequibles

S. S. Juan Pablo II
Al sexto grupo de obispos estadounidenses en visita ad limina, 15-X-93
(Trad. L"Osservatore Romano)


(...) 4. El núcleo del mensaje de la Veritatis splendor es la reafirmación de la relación esencial entre la verdad y la libertad (cf. n. 32). La verdad universal sobre el bien de la persona humana y las normas perennemente válidas que aseguran la protección de ese bien son, desde luego, asequibles a la razón humana; podemos realmente compartir el conocimiento de Dios sobre lo que deberíamos ser y lo que debemos hacer si queremos alcanzar el fin para el que hemos sido creados. Dado que esta ley está escrita en nuestros corazones (cf. Rm 2, 15), aceptarla y actuar en conformidad con ella no significa someterse a ninguna imposición exterior, sino abrazar la verdad más profunda de nuestro propio ser (cf. Veritatis splendor, 41, 5O). A la pregunta acerca de qué verdad debería regular el destino humano, la Iglesia responde: la verdad de Dios, que es la verdad del hombre. Asimismo, a la pregunta sobre qué justicia debería guiar a la sociedad, la Iglesia responde: la justicia de Dios, la única verdaderamente humana y humanizadora. Ayudar a los hombres y mujeres contemporáneos a redescubrir la relación inseparable entre verdad y libertad (ib., 99), es una exigencia apremiante de nuestro ministerio pastoral, individual y colectivo. Al asegurar que las verdades básicas de la doctrina moral de la Iglesia se enseñen claramente, ofrecemos una reafirmación de la dignidad de la persona humana, una correcta comprensión de la conciencia, única base sólida para el ejercicio correcto de la libertad humana, y un fundamento para vivir juntos en solidaridad y en armonía civil. Todo esto es un servicio esencial al bien común. ¿Cómo puede la sociedad moderna detener su camino hacia comportamientos cada vez más destructivos, que violan los derechos fundamentales de la persona humana, sin redescubrir el carácter inviolable de las normas morales que deberian regular la conducta humana siempre y en todo lugar? (cf. ib., 84).

5. Durante la Jornada mundial de la juventud en Denver, tuve la oportunidad de reflexionar con los jóvenes presentes sobre la falsa moralidad que se aplica corrientemente al tema de la vida. Según este modo de pensar, el aborto y la eutanasia asesinato real de un ser humano verdadero son reivindicados como derechos y soluciones a problemas: problemas individuales o problemas de la sociedad l...]. La vida primer don de Dios y derecho fundamental de todo individuo, base de todos los demás derechos es tratada a menudo nada más como una mercancia que se puede organizar, comercializar y manipular a gusto personal) (Vigilia, 14 de agosto de 1993,11 parte, n. 3; cf. L"osservatore Romano, edición en lengua española, 2O de agosto de 1993, 1p. 17).

El difícil camino de la renovación de la sociedad se basa en «una gran renovación de la propia responsabilidad personal» ante Dios, ante los demás y ante nuestra misma conciencia (ib.). Nadie debería subestimar la importancia del desafío que la Iglesia afronta y la gravedad para toda la sociedad de lo que está en juego. A esto se debe que, al llegar a Denver, haya expresado mi profunda preocupación, que sé que muchos de vuestros compatriotas, y no sólo católicos, comparten: Educar sin un sistema de valores basado en la verdad significa abandonar a la juventud a la confusión moral, a la inseguridad personal y a la manipulación fácil. Ningún país, ni siquiera el más poderoso, puede perdurar, si priva a sus hijos de ese bien esencial (Discurso durante la ceremonia de bienvenida, 12 de agosto de 1993, n. 4 cf. L"Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de agosto de 1993, p. 9).

6. Cuando rechaza el relativismo ético y el agnosticismo sobre el bien moral, la Iglesia no es dogmática ni sectaria. La verdad que la Iglesia está defendiendo afirma la dignidad trascendente de la persona y la obligación inviolable de respetar la conciencia de todo hombre. De hecho, esta verdad ofrece la garantía más segura a la libertad humana, porque como escribí en la Centesimus annus cuando «no existe una verdad última, la cual guia y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder» (n. 46), dejando a la persona indefensa frente al dominio de una opinión particular o de un sistema ideológico. Puede decirse que, al indicar la necesaria relación entre verdad y libertad, la encíclica demuestra la falsedad primordial que ha causado sufrimientos indescriptibles, mal y violencia a la familia humana desde sus orígenes, y que hoy parece no tener límites, engañando incluso al elegido (cf. Mt 24, 24). Como declara san Pablo con gran sencillez en su carta a los Romanos, la falsedad consiste en que muchos «cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador» (Rm 1, 25). En la práctica, el resultado final es la entronización del egocentrismo y la muerte de la solidaridad y del amor generoso.

7. Mis observaciones finales en la encíclica, antes de encomendar ese documento y su aplicación a la protección de la Madre de Dios, se refieren a nuestra responsabilidad de enseñar de modo fiel e incansable la «respuesta» a la pregunta moral [que] Jesucristo [...] confía de modo particular a nosotros pastores de la Iglesia» (Veritatis splendor, 114). Se trata de un deber y un privilegio que todos compartimos. En el cumplimiento de mi responsabilidad específica, he reafirmado algunas verdades morales fundamentales de la doctrina católica que, en la situación actual, corren el riesgo de ser deformadas o negadas (cf. ib., 4). Os confío a vosotros y a vuestros hermanos obispos esta consideración crítica acerca de algunas tendencias actuales en la teología moral, con la ardiente esperanza y la oración para que juntos cumplamos la misión de llevar esta enseñanza al centro mismo de la vida de la Iglesia.

Confiamos en el poder de Dios. Debemos tener la seguridad de que el Espíritu Santo iluminará y fortalecerá el corazón de los sacerdotes, religiosos y laicos, impulsándolos a manifestar su asentimiento y su fidelidad a este mensaje, que no es nuestro, sino del que nos ha enviado (cf. Jn 7, 16). Dado que tenemos «la obligación grave de vigilar personalmente para que la "sana doctrina" ( 1 Tm 1, 1O) de la fe y la moral sea enseñada» (Veritatis splendor, 116), sentiremos a menudo que nuestra fe y nuestra valentia son puestas a prueba. Entonces necesitaremos la virtud de la fortaleza y la fuerza de la gracia del Espíritu de verdad. Oremos los unos por los otros, y por todos nuestros hermanos obispos para que seamos completamente fieles al Señor en esta hora importante de la peregrinación de la Iglesia a través de la historia humana. Con mi bendición apostólica.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
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25/06/2005 ir arriba
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