Por
Carlos Goñi
Arvo Net
La ética es el arte de usar bien nuestra
libertad. Nos sabemos y nos queremos libres,
amamos la libertad por encima de todo,
incluso por encima de nuestra propia
existencia. ¿Quién quiere vivir siendo
esclavo? La historia de la humanidad está
llena de personas que han dado su vida por
la libertad. Sin embargo, ¡qué difícil nos
resulta a menudo ser libres! ¡cuánto nos
cuesta elegir libremente! ¡qué contratiempo
aceptar que después del ejercicio de la
libertad llama a la puerta la
responsabilidad! Muchas veces sentimos ese
“miedo a la libertad” del que habla E. Fromm,
porque sabemos que ser libres no es tarea
fácil.
Unamuno estaba en lo cierto al observar que
“la libertad no está en el follaje, sino en
las raíces”, que el buen jardinero no deja
crecer las plantas sin ponerles obstáculos,
sino que las cuida, las poda y les pone
guías para que lleguen a ser fuertes y
hermosas. Por eso, la auténtica libertad
necesita echar raíces en la conciencia. En
ella se me hace presente la norma moral y yo
me exijo a mí mismo una forma de obrar
determinada, a veces, contraria a mis
apetencias, pero libremente querida. La
conciencia me pone en contacto con un
criterio moral absoluto que hace que el bien
se me aparezca como algo que debo hacer. Por
la conciencia, el ser humano se pone por
encima de sí mismo y descubre que posee un
valor y una dignidad.
Hemos dicho al principio que la ética es el
arte de usar bien nuestra libertad. La
libertad aparece, por tanto, como la
condición del obrar moral. Si no fuéramos
libres, no tendríamos conciencia, no nos
sentiríamos obligados por un deber, ni
podríamos decir que hemos actuado bien o
mal. Por eso, Kant decía que la libertad era
un postulado de la Razón Práctica sin el
cual la moralidad se viene abajo. Si nos
quitan la libertad nos quitan lo más
genuinamente humano. Si no tenemos libertad
nuestra existencia pierde su sentido.
Seguro que muchas veces nos hemos sentido
libres, que lo que hacemos no está
determinado por nada externo a nosotros,
sino que surgía de nuestro interior. Este
sentir que soy yo el origen de mis propias
decisiones, aunque hayan influido
motivaciones, inclinaciones, otras personas
o circunstancias diversas, etc..., es un
signo de libertad. Ahora bien, esto no
significa que todos nuestros actos sean
libres. Seguro que también hemos sentido
muchas veces que no hemos podido hacer lo
que realmente queríamos y que hemos obrado
llevados por las indicaciones de nuestros
superiores, por el miedo o por “el qué
dirán”.
¿Qué es la libertad? La libertad no es
arbitrariedad, hacer lo que me da la gana,
pura espontaneidad; no es vivir sin normas
ni obligaciones; no es poder comprar un
choche mejor o elegir el tipo de champú. No.
La libertad es la afirmación más profunda
que podemos hacer, que surge de lo más
profundo de nosotros mismos, de nuestra
voluntad. El objeto de esta afirmación
es proponernos fines en nuestra vida y
orientar nuestro obrar hacia ellos. Cuando
sentimos que no son las cosas externas las
que nos atraen, sino que somos nosotros los
que nos decidimos a propósito de las cosas,
estamos haciendo uso de nuestra libertad. En
la elección libre descubrimos que no estamos
hechos sólo de carne y hueso, sino que somos
seres espirituales capaces de decidir lo que
queremos ser. Todo elegir es un elegirnos.
Si ante un accidente de tráfico decidimos
detenernos y ayudar a los implicados, aun a
riesgo de llegar tarde a una cita
importante, hemos elegido ser altruistas y
generosos; si, en cambio, excusados por las
prisas, optamos por seguir adelante, hemos
elegido ser egoístas.
La libertad, dice L. Polo, tiene los
elementos de un cuento o una película de
aventuras: una misión, un camino que
recorrer y un destinatario. En el cuento de
La caperucita roja, la madre le
encomienda llevar la merienda (la misión) a
su abuelita (el destinatario) y le avisa de
los peligros -sobre todo el lobo- que puede
encontrar en el bosque (el camino). Entre el
momento en que la niña es capaz de asumir su
misión y el encuentro con la abuelita, está
el bosque y el lobo, el camino donde se ha
de ejercer la libertad. Caperucita sólo
cuenta con su misión, con las advertencias
que le ha hecho su madre y consigo misma.
A Caperucita le fascina ir descubriendo los
secretos de la naturaleza y se entretiene
persiguiendo mariposas y recogiendo flores
-sería absurdo cruzar el bosque a toda prisa
y en línea recta-. Hasta ese momento es una
niña ingenua e inconsciente porque todavía
no ha tomado conciencia de su camino. Es
cuando aparece la dificultad -el lobo-
cuando recuerda su misión y junto a ella
reclama su ejercicio la libertad. El lobo
engaña a Caperucita y, desde ese momento,
tendrá que proyectar nuevas rutas para
llegar a su final.
El esquema de este cuento infantil se repite
en la literatura y en el cine, porque
refleja de una manera “poética” la
existencia humana. La historia de Caperucita
es la historia de cada uno de nosotros. El
caminar por el bosque simboliza el ejercicio
de nuestra libertad; el encargo de la madre,
nuestra misión en la vida; la abuelita, los
otros como destinatarios de nuestro obrar.
Lo que ocurre muchas veces es que rechazamos
al destinatario y entonces la libertad se
convierte en hacer lo que nos conviene, lo
que nos apetece, siguiendo los dictados de
nuestro propio egoísmo: como si Caperucita
se comiera la merienda de la abuelita. Otras
veces negamos el encargo (¡resulta tan
difícil descubrir nuestra misión en la vida,
el sentido de nuestra existencia!), entonces
la libertad queda vacía, sin contenido, y la
interpretamos como poder hacer lo que nos
venga en gana, poder ir a cualquier parte,
simplemente porque no se tiene a dónde ir:
como si Caperucita deambulara sin rumbo por
el bosque. En ambos casos la libertad carece
de sentido y estamos, como creía Sartre,
“condenados” a ser libres sin finalidad
alguna.
Recuerda que eres hombre:
para Don Quijote la libertad es “uno de los
más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los
tesoros que encierra la tierra ni el mar
encubre; por la libertad, así como por la
honra, se puede y debe aventurar la vida”.
Extracto de su libro: Recuerda que eres
hombre (Ed.
Rialp).