Pablo
Cabellos
05.02.2007
Las Provincias, de Valencia
Quizá no es tan fácil la respuesta al título de
estas líneas. Desde un punto de vista
antropológico, habría que responder
afirmativamente, pues la libertad es el don más
grande de la persona. Como cristiano, he de
decir: existe la libertad. Pero no es tan claro
para todos, ni en su realización en cada hombre,
ni en su fin, ni en sus limites, porque no todos
entendemos del mismo modo qué es el hombre, su
origen y destino. Políticamente, podría
responderse que vivimos en un país democrático
y, por tanto, somos libres. Y será cierto. Pero,
¿estaríamos contemplando la libertad en su
sentido más hondo? ¿Pueden existir personas con
más libertad enriquecedora en un país
totalitario?
Desde luego, una respuesta afirmativa al último
interrogante no haría buena a una dictadura,
pero se trata de ir pensando en la libertad que
madura los humanos. Sociológicamente, podrían
considerarse, por ejemplo, las razonables
barreras impuestas por la sociedad en que
vivimos. Y también las menos razonables. O las
que lo serían y se saltan o que no existen.
Muchos hemos aprendido a amar la libertad desde
la fe, particularmente a través del Nuevo
Testamento. Y debo añadir que he penetrado algo
más en él con la ayuda del Magisterio de la
Iglesia y de algunos hombres excepcionales,
entre los que habría que citar a Agustín de
Hipona, Tomás de Aquino, Josemaría Escrivá, Juan
Pablo II y Benedicto XVI.
¿Qué es el corazón inquieto de Agustín sino el
ansia de buscar el bien que hace libres, o el
disgusto de haberlo encontrado tarde, según su
parecer de amante? Santo Tomás, con sus estudios
sobre la ley eterna, la ley natural y la
conciencia, encarna el afán por la verdad que
hace libre, y pondrá su poderosa inteligencia al
servicio de la misma en De Malo, De Veritate ,
Summa Theologica y en tantas de sus obras. Esa
verdad que resplandece en Juan Pablo II cuando,
contra toda moda pasajera, afirma que "Cristo
crucificado revela el significado auténtico de
la libertad, lo vive plenamente el don total de
sí y llama a los discípulos a tomar parte en su
misma libertad".
Frente a los que hacen barricadas con su
libertad para no gastarla o para malgastarla,
Cristo enseña su conquista con la entrega total
y cruenta de la propia vida. La libertad se hace
dándola. El cardenal Ratzinger trató por extenso
la libertad pero, en la memorable Jornada
Mundial de la Juventud de 2005, buscó su hondura
con sencillez en el mismo hecho: en la Cruz
anticipada en la última cena del Señor y
reproducida en la celebración de la Misa. Cristo
transforma la violencia que lo crucifica en el
amor que se da del todo. El gran pecado del
hombre, había escrito en Creación y Pecado,
“consiste en que el hombre quiere negar el hecho
de ser una criatura, porque no quiere aceptar la
medida ni los límites que trae consigo". Ese
hombre no será libre, porque "la libertad –dirá
a los jóvenes en Colonia- no quiere decir gozar
de la vida, considerarse absolutamente autónomo,
sino orientarse según la medida de la verdad y
del bien, para llegar a ser, de esta manera,
nosotros mismos, verdaderos y buenos".
Del fundador del Opus Dei son estas palabras:
"Existe un bien que [el cristiano] deberá buscar
especialmente: el de la libertad personal. Sólo
si defiende la libertad individual de los demás
con la correspondiente personal responsabilidad,
podrá, con honradez humana y cristiana, defender
de la misma manera la suya". En otro lugar
afirma no ya que predica, sino que grita su amor
a la libertad frente a los pusilánimes que la
miran como un peligro para la fe. Sí lo sería
una equivocada interpretación de la libertad,
una libertad sin fin alguno, sin normas
objetivas, sin ley ni responsabilidad.
Pero siempre recuerda que Jesús "no quiere
imponerse". Por eso mismo, se encarga de
desvelar el espantajo de las palabras vacías:
"libertad", que encadena; "progreso", que
devuelve a la selva; "ciencia", que esconde
ignorancia... Siempre un pabellón que encubre
mercancía averiada (cfr. Surco, 933). ¿Somos
libres orientándonos a la verdad y el bien?, o
¿somos sólo débilmente libres? El Concilio
Vaticano II reiteró la obligación de buscar la
verdad y adherirse a ella. Podríamos
interrogamos acerca de qué tipo de bien
perseguimos porque, sin ninguna duda, alguno
buscamos. ¿Es de los que mejoran la persona? ¿Es
de los que trascienden?
Parafraseando algo conocido, puede hablarse de
la insoportable levedad de algunas libertades
superficiales o frívolas; o de libertades que
esclavizan porque, como decía Tomás de Aquino,
retienen al hombre en términos ajenos, lo
aherrojan. Cuando eso sucede, la persona viene a
menos, hiere a su naturaleza y, en términos
cristianos, ofende a Dios, a los demás y a sí
mismo. Se puede llamar esclavitud del pecado,
del error, de la frivolidad o de la vida no
lograda.
En cualquier caso, y en esas circunstancias, la
criatura no es que deje de ser libre, porque es
imposible, pero vive con una libertad enferma y
fallida que no le llevará muy lejos. Uno es
tanto más esclavo, decía el de Aquino, cuanto
menos le resta de lo que le es más propio: la
razón, la voluntad, el corazón recto.
Es preciso, pues, una gran tarea educativa que
muestre la verdad, el bien, la belleza, la
unidad; que impulse a encontrarlos en medio de
los quehaceres habituales a través del ejercicio
de las virtudes humanas -sinceridad, lealtad,
laboriosidad, alegría, valentía, constancia,
fortaleza, solidaridad, justicia, sobriedad,
generosidad, prudencia, humildad, decencia,
honradez, pudor, etc.- y, si es cristiano, de
las teologales: fe, esperanza y amor. Así será
fácil que vivamos "como hombres libres y no como
quienes conviertan la libertad en pretexto para
la maldad", como escribe San Pedro.
Pablo Cabellos
Vicario del Opus Dei en Valencia,