DERROTA
ENVILECEDORA
Jorge
Peña Vial
Universidad
de los Andes
Santiago -
Chile
Debemos
promover y
fomentar
esas
verdades
nucleares en
torno a las
cuales se
hace posible
la
convivencia
democrática.
Creo que
esos
fundamentos
se
encuentran
en los
derechos
humanos,
aquellas
exigencias
básicas de
la
naturaleza
humana.
Decididamente
no creo que
la sociedad
liberal y
democrática
exija una
moral
anoréxica,
que rehuya
establecer
algún
contenido al
bien común.
La libertad
requiere de
una trama
común, de un
orden de
libertades,
de un marco
para su
despliegue.
Este no es
otro que el
fortalecimiento
de los
derechos
humanos y la
defensa de
la dignidad
de la
persona. La
libertad,
sin esa
orientación
hacia lo
justo y lo
bueno, decae
en un
individualismo
destructor
de la vida
social.
Precisamente
nuestro
compromiso
con los
derechos
humanos
deben
convertirse
en nuestra
moral, en
nuestros
lazos
públicos y
comunes. En
este
sentido,
resulta
paradójico
que quienes
hace pocos
años
enarbolaban
con decisión
y valentía
la bandera
de los
derechos
humanos,
hayan dejado
atrás ese
convincente
discurso
para
convertirse
en heraldos
de la
diferencia y
busquen
legitimar
modelos
alternativos
de familia
que vienen a
minar los
cimientos de
esos
derechos.
Negar la
universalidad
de los
derechos
humanos -una
naturaleza
común a
todos-, es
negar el
carácter
universal e
inteligible
de la
experiencia
humana, es
hacer
imposible un
verdadero
entendimiento.
Sin
convicciones
morales
comunes las
instituciones
no perduran
y se da una
libertad
vacía, que
no raras
veces se
emplea para
derogar y
abdicar de
la misma
libertad.
Debemos
respetar el
fundamento
de nuestra
cultura y
las
evidencias
religioso-morales
custodiadas
por ella.
Apartarse de
las grandes
fuerzas
morales y
religiosas
de la propia
historia es
el suicidio
de una
cultura y
una nación.
El
matrimonio
de un hombre
y una mujer
no es una
invención de
los
católicos
sino un
patrimonio
común de las
grandes
culturas. Se
hace
necesario
cultivar las
evidencias
morales
esenciales y
defenderlas
como bien
común. Los
derechos
humanos
fundamentales,
exigencias
verdaderas
de la
naturaleza
humana,
constituyen
el núcleo no
relativista
de la
democracia.
Precisamente
ése es el
sentido de
la
democracia:
garantizar
la
inviolabilidad
de los
derechos
humanos. Con
acierto lo
ha
proclamado
Spaemann:
"Los
derechos
humanos no
están
sujetos al
mandamiento
del
pluralismo y
la
tolerancia,
sino que
son
el contenido
de la
tolerancia y
la
libertad".
Pero esta
esperanza
comienza a
esfumarse.
La
declaración
universal de
los derechos
humanos de
1948 no
contempló
los llamados
“derechos
reproductivos”.
Entretanto
sobrevino la
revolución
sexual, el
intento
programático
de separar
el ejercicio
de la
sexualidad
de la
institución
del
matrimonio y
de la
perspectiva
de la
paternidad y
maternidad.
La
concepción
cristiana de
los derechos
humanos está
sistemáticamente
atacada por
las
organizaciones
internacionales.
El nuevo
libro de las
italianas
Eugenia
Roccella y
Lucetta
Scaraffia
“Contra el
Cristianismo:
la ONU y la
Unión
Europea como
nueva
ideología”
así lo ha
denunciado.
El
relativista
habla
constantemente
de derechos
humanos pero
los deja en
el aire
porque no
está
dispuesto a
aceptar que
los derechos
humanos
tienen un
fundamento
ético
objetivo.
Poderosos
grupos de
presión
antinatalistas,
abortistas,
ecologistas
y
homosexuales
están
tratando de
presentar
los derechos
reproductivos
(aborto y
contracepción)
como
derechos
humanos
fundamentales
y de
destruir la
familia
equiparándolos
a la unión
homosexual.
Así es
difícil
entendernos
y atónitos
contemplamos
una
“envilecedora
derrota de
la
humanidad”.
Arvo, 10 de
julio de
2005