Por Jaime Nubiola
La Gaceta de
los negocios
14-15 mayo 2005
La celebración del cuarto centenario de la
publicación de la primera parte de El
Quijote nos ha traído una estupenda lluvia
de ediciones, conmemoraciones, eventos
culturales y programas de todo tipo. De
todos esos acontecimientos, me gustaría
destacar uno muy sencillo, pero lleno de
significado, que descubrí en Barcelona hace
unas pocas semanas mientras paseaba por la
calle disfrutando de la primavera
mediterránea. En el paseo por la Diagonal
atrajo mi atención el lema elegido por la
ciudad para celebrar este 2005, “Año del
libro y de la lectura”: Més llibres, més
lliures. Docenas de farolas aparecían
engalanadas con los carteles de la
celebración y en todas ellas figuraban estas
palabras que parecen en un primer momento un
acertado eslogan publicitario, pero que, si
se piensa un poco, se advierte pronto que
llegan derechamente al corazón de nuestra
vitalidad democrática. No se trata sólo de
un feliz juego de palabras, sino que
mediante la permuta de una sola letra, tanto
en catalán como en castellano, ese lema abre
un insospechado horizonte de sentido para la
vida de cada uno y para la sociedad en
cuanto tal: “Más libros, más libres”.
Si leemos más
libros llegaremos a ser más libres: leer
ensancha nuestro vivir, porque amplia
nuestras vidas con la inteligencia y la
sensibilidad de los demás. Si tenemos más
bibliotecas en nuestras ciudades y más
libros en nuestras casas, nuestra sociedad
puede llegar a ser más culta, más
democrática y más libre. Al ver aquel
letrero repetido en las farolas venían a mi
memoria tanto la información, distribuida
pocos días antes, de que los españoles vemos
cerca de cuatro horas diarias de televisión,
como las pesadillas totalitarias de la quema
de libros por los bomberos en Fahrenheit
451. “Más tele, menos libres; más libros,
más libres” —repetía yo para mis adentros— y
no sólo porque el consumo de televisión
embote la mente —que la embota—, sino
también por el tiempo disponible. Quienes
ven cuatro horas diarias de televisión
difícilmente tendrán tiempo para leer algo
más que los titulares del periódico.
Hace tres meses
presté El maestro de esgrima a un estudiante
universitario, atascado en primero de
carrera, al que intentaba iniciar en la
lectura. Esta semana vino a devolverme el
libro muy amablemente, diciéndome con total
franqueza que no había podido leerlo porque
no tenía tiempo. Pensé yo que aquel
estudiante no tenía la suficiente apertura
interior para comenzar a leer. Ése es el
problema real, hay muchas personas que no
tienen tiempo para la lectura: tienen tanto
ruido dentro y tantas imágenes en sus ojos
que no tienen la paz suficiente para
comenzar a escuchar a los demás a través de
los libros.
Escribo estas
líneas en la biblioteca de mi Universidad
acompañado por un millón de libros que me
interpelan desde las estanterías con sus
voces más diversas. Estoy persuadido de que
la lectura resulta del todo indispensable en
una vida plenamente humana: “Leemos para
vivir”, decía la escritora Belén Gopegui.
Quizá sea verdad que quienes vivimos con los
libros somos una peculiar variedad del
género humano, pero es nuestra gustosa
obligación tratar de descubrir a los demás
ese tesoro, a los estudiantes y a todos los
miembros de nuestra sociedad. La literatura
no es sólo la mejor manera de educar la
imaginación, sino que es un medio
indispensable para aprender a convivir con
otras personas, con otras sensibilidades,
con otras culturas. Una sociedad sin lectura
no puede ser una sociedad democrática: una
sociedad sin libros no puede ser una
sociedad realmente libre.
“Leer no es,
como pudiera pensarse, una conducta privada,
sino una transacción social si —y se trata
de un si en mayúsculas— la literatura es
buena”, escribió el novelista norteamericano
Walker Percy. Si el libro es bueno —prosigue
Percy—, aunque se esté leyendo sólo para
uno, lo que ahí ocurre es un tipo muy
especial de comunicación entre el lector y
el escritor: esa comunicación nos descubre
que lo más íntimo e inefable de nosotros
mismos es parte de la experiencia humana
universal. Hace falta una peculiar sintonía
entre autor y lector, pues un libro es
siempre “un puente —ha escrito Amorós— entre
el alma de un escritor y la sensibilidad de
un lector”. Por eso no tiene ningún sentido
torturarse leyendo libros que no atraigan
nuestra atención, ni obligarse a terminar un
libro por el simple motivo de que lo hayamos
comenzado. Resulta del todo
contraproducente. Hay millares de libros
buenísimos que no tendremos tiempo de llegar
a leer en toda nuestra vida por muy
prolongada que ésta sea. Por eso recomiendo
siempre dejar la lectura de un libro que a
la página 30 no nos haya cautivado. Como
escribió Oscar Wilde, “para conocer la
cosecha y la calidad de un vino no es
necesario beberse todo el barril. En media
hora puede decidirse perfectamente si merece
o no la pena un libro. En realidad hay de
sobra con 10 minutos, si se tiene
sensibilidad para la forma. ¿Quién estaría
dispuesto a empaparse de un libro aburrido?
Con probarlo es suficiente”.
¿Qué libros
leer? Aquellos que nos apetezcan por la
razón que sea, desconfiando por supuesto de
las listas de best-sellers: en esas listas
están los libros nuevos más vendidos, pero
se excluyen los clásicos, los libros “de
toda la vida”, que son realmente los más
leídos y, en muchos casos, los realmente más
vendidos. Un buen motivo para leer un libro
concreto es que le haya gustado a alguien a
quien apreciemos y nos lo haya recomendado.
Otra buena razón es la de haber leído antes
con gusto algún otro libro del mismo autor y
haber percibido esa sintonía.
¿En qué orden
leer? No hace falta ningún orden. Basta con
tener los libros apilados en un montón o en
una lista para irlos leyendo uno detrás de
otro, de forma que no leamos más de dos o
tres libros a la vez. Depende efectivamente
del tiempo que cada uno disponga, pero hay
que ir a todas partes con el libro que
estemos leyendo para así poder aprovechar
las esperas y los tiempos muertos. Me llaman
la atención en los aviones —más en otros
países que en el nuestro— las personas que
siempre van leyendo y logran así hasta
disfrutar con las penosas demoras en los
aeropuertos.
Cada vez que
cerramos un libro terminado —ha escrito
Zanotti— le hemos ganado una batalla a la
incomprension”. En la inolvidable versión de
François Truffaut de Fahrenheit 451 —la
temperatura a la que el papel de los libros
se inflama y arde— hay una escena en la que
los hombres-libro van recitando entre los
árboles del bosque el libro que cada uno ha
aprendido para transmitirlo a los demás y
así poder crear espacios de libertad
intelectual frente a la agobiante opresión
de la televisión mural y el no pensamiento.
A veces llego a pensar que la situación
actual guarda cierto parecido con aquella
pesadilla totalitaria y, por este motivo, me
recuerdo a mi mismo que quienes disfrutamos
leyendo debemos decírselo a los demás.
Gracián dejó escrito que “nacemos para
saber, y los libros con fidelidad nos hacen
personas”. De forma más breve, como
recordaban en catalán las farolas de
Barcelona, “más libros, más libres”.
Jaime Nubiola es profesor de
Filosofía en la Universidad de Navarra